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La primera lectura de hoy está tomada del profeta Jeremías, de hecho es el capítulo primero del libro de este profeta. De inmediato nos llama la atención las palabras con que él describe su propia experiencia vocacional, el Señor le habla y le dice: “Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes de que salieras del seno, yo te había consagrado” (Jer 1,5). Esto puede sorprendernos, ¿cómo debemos entender estas palabras? Se puede decir que Dios ¿tenía un plan para Jeremías, antes incluso de que él existiera y naciera, había un plan para él? Y si es verdad que existe un plan plan para él, ¿existe también un plan para mí o para ti? Y si es verdad que existe un plan de Dios para cada uno de nosotros ¿no es eso coartarnos la libertad? ¿no se supone que somos libres? Y aún suponiendo que ese plan fuera lo mejor para nosotros ¿cómo podemos llegar a conocerlo? Son muchas preguntas, preguntas que se vuelven profundas, porque es profunda, es hermosa y es fecunda la vida de los profetas.
Podemos responder sin temor que Dios efectivamente tiene ideas, muy buenas ideas, muy buenos planes para cada uno de nosotros; pero hay que tener en cuenta que en Dios no son separables el poder, la sabiduría y el amor. De modo que el mismo Dios que con su poder nos crea, es el mismo Dios que con sabiduría ha pensado lo mejor para nosotros y con amor nos mueve para que lleguemos a esa plenitud, la que Él quiere para nosotros.
San Agustín tiene una expresión muy bonita para referirse a esa obra de la gracia divina, que a la vez es externa, porque nosotros somos distintos de Dios; es decir que el plan de Dios y la gracia divina son externos a nosotros. El plan de Dios es externo pero también es interno, porque el conocimiento perfectísimo que Dios tiene de cada uno de nosotros y el amor incalculable que Él tiene para cada uno de nosotros hace que ese bien; el bien pensado y el bien amado por Dios sea algo que está más adentro de nosotros que nosotros mismos. San Agustín dice: “Tú estás más adentro de mí que yo mismo”, ¡que palabras tan bellas!. Además, este mismo santo que es conocido como el Doctor de la Gracia Divina, nos enseña otra cosa, él dice: “cuando alguien me ofrece algo que me gusta, en cierto modo me atrae y en cierto modo respeta mi libertad”; el ejemplo que él da es el de los niños, a muchos niños les gustan las nueces, por lo menos eso era en el tiempo de San Agustín y dice este santo: “si le ofreces nueces a un niño, él va libremente y al mismo tiempo es movido”; libertad y moción divina no se opone porque el puente que les une es el amor sabio y poderoso de Dios. Así también sucedió con Jeremías, así también sucede con nosotros y por lo tanto la clave de comprensión, la clave que empieza a abrir nuestra mente al plan divino, es precisamente el amor; en la medida que abrimos nuestro ser al amor, en la medida que aceptamos ese amor de Dios, también descubrimos con mayor facilidad el plan que Dios tiene para nosotros y al acogerlo y ser dóciles a la obra de la gracia, nuestra propia voluntad renovada por esa gracia obra en fidelidad al Señor para plenitud del plan que Él ha pensado con nosotros, pero también para plena realización nuestra.
Son los misterios de la gracia divina y la voluntad humana. ¡Alabado sea el Señor y bendita sea la memoría del gran profeta Jeremías!