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Fecha: 19960724

Título: El Espiritu de Dios es el que continua haciendo profetas en la Iglesia

Original en audio: 14 min. 13 seg.


Desde hace ya algunas semanas, la Iglesia nos ofrece textos de los libros proféticos para la primera lectura en la Santa Misa.

Hemos escuchado, por ejemplo, a Amós, a Oseas, a Isaías, a Miqueas, y a partir de hoy, empezamos a escuchar algunos textos de Jeremías.

Parece que es una buena ocasión para hacer alguna reflexión sobre lo que significa esto de la voz profética y el lugar que tienen los profetas dentro del conjunto de la revelación.

Uno puede preguntarse, además, si esta maravilla que son las profecías ha cesado simplemente con el Nuevo Testamento.

¿En dónde están los profetas? ¿Dónde se puede conseguir hoy una profecía? San Pablo nos dice que hay que aspirar al don de profecía. Pero parece que lo mismo que sucedió con el pueblo de Israel, también el nuevo Israel, también la Iglesia, es un poco temerosa con respecto a la profecía.

Parece que tenemos miedo a que haya profetas, y parece que los profetas, cuando los hay, se encuentran por un lado con que es difícil hallar quien discierna la voz profética, y por otro lado es difícil para ellos mismos aceptar su misión.

Que el Espíritu de Dios nos ayude en estas palabras, nos ilumine en este momento. Porque la fuerza que tiene la profecía es casi lo único, entre las instituciones del Antiguo Testamento, que alcanza a vislumbrar y a asomarse a la persona de Cristo.

A ver lo intento decir mejor porque salió como mal dicho. La institución del sacerdocio, por ejemplo en el Antiguo Testamento, no tuvo ojos para reconocer a Cristo. Y por eso vemos que más bien, sacerdotes y sumos sacerdotes, estuvieron entre los principales enemigos y opositores del Señor.

Entonces la sola institución del sacerdocio, no tiene corazón para descubrir al Mesías, al Ungido de Dios.

Entonces pensemos en los reyes. Hubo reyes en el Antiguo Testamento, y hubo reyes en la época de Cristo. Herodes era rey, Pilato no era rey, era procurador, pero bueno, tenía algún género de poder temporal.

Bien, ¿los reyes pudieron reconocer al Señor? Tampoco. Miraron, más bien con terror, la posibilidad de que hubiera un rey, y sabemos todos cómo Herodes se opuso con todas sus fuerzas al posible reinado de alguno de los niños de Belén, Herodes el grande.

Se opuso a eso, y fue capaz de pasar por encima de la sangre de niños inocentes, con tal de no correr el riesgo de que alguien le fuera a quitar su realeza. De manera que la institución de la realeza tampoco tuvo ojos para reconocer a Cristo.

Pensemos en los sabios, pensemos en los escribas. Los escribas tuvieron, delante de sus ojos, delante de su corazón, las palabras, las palabras de la Ley sobre todo, pero también palabras de los profetas.

Jesús habla de la Ley y los profetas. El escriba es el hombre que tiene delante la Palabra de Dios. Bien, hubo escribas, o mejor, esa institución que es el escriba, ¿tuvo ojos para reconocer a Cristo? Parece que no.

Hay por ahí algún escriba que en diálogo con el Señor, pues parece que está más o menos cerca del Evangelio, pero en general los escribas, lo mismo que los fariseos, lo mismo que los sacerdotes, lo mismo que los reyes, no tuvieron ojos para reconocer a Jesús.

Esto indica que el profeta tiene un algo que no tiene nadie más. Porque Juan Bautista sí tuvo ojos para reconocer a Jesús. Juan Bautista le dice a los discípulos que tiene cerca, cuando ve pasar a Jesús: "Ese es el Cordero de Dios" San Juan 1,29.

Y los que eran discípulos de Juan, estos dos que eran discípulos de Juan, pasan a ser discípulos de Jesús.

Y que Juan era profeta, nos lo asegura el mismo Cristo, porque hablando de Juan el Bautista dice: "¿Que fuisteis a ver al desierto? San Mateo 11,7, y dice: "¿Un profeta? San Mateo 11,9, y dice: "Sí, y más que profeta" San Mateo 11,9.

Entonces, nuestra primera y fundamental idea es que hay algo en el profeta, hay algo que no lo tiene ni el rey, ni el sacerdote, ni el sabio; hay algo que tiene el profeta que no lo tiene ni el que consigue poder, ni el que consigue una institución o una investidura sagrada, ni el que consigue muchos conocimientos. Hay algo, hay una luz, hay una unción en el profeta.

Bueno, ese es un primer elemento. Segundo, ¿qué es ese algo? ¿Qué es lo que sucede ahí? Pues mira: ¿Cómo se transmite el reino? Muy sencillo, miremos la historia. Saúl fue elegido rey, pero no siguió en el trono un hijo de Saúl, sino David.

Dios descartó a Saúl y eligió a David; pero por medio de un profeta, de Natán, le hizo una profecía: "Siempre un descendiente tuyo estará en el trono" 2 Samuel 7,12. Esto significa que la realeza se transmite por herencia; el hijo del rey es rey, hecho.

Pensemos en el sacerdocio del Antiguo Testamento, no en el sacerdocio como lo vemos hoy en la Iglesia, sino en el sacerdocio del Antiguo Testamento. La cosa es muy sencilla. Hay doce tribus, hijas de Jacob, uno de los hijos de Jacob es Leví, el que es hijo de Leví es sacerdote. Tan sencillo como eso.

En el caso del escriba la cosa es más complicada. ¿El escriba cómo llega a ser escriba? Muy sencillo. El escriba entra en la escuela de otro escriba, de manera que un maestro, un rabí tiene sus enseñanzas, por ejemplo pensemos en Shamai, o en Hilel, ellos son escribas, enseñan, y los discípulos de este escriba, a fuerza de aprenderle muchas cosas, llegan a ser escribas.

Tenemos a un rey que engendra a un príncipe, ya no es un sacerdote que engendra a otro sacerdote; ahora es un escriba que enseña, y finalmente gradúa a otro escriba.¿Qué tienen en común estas instituciones, y lo mismo se podría decir de la familia como la conocemos y de la riqueza? Tienen en común que son instituciones heredadas, que se pueden obtener en esta tierra.

Yo cojo un libro, y estudio y estudio, y me vuelvo escriba; o yo nací del rey, y soy rey; o yo he nací del sacerdote, y soy sacerdote.

Estas cosas que tienen su origen en esta tierra, es lo que Cristo llama "carne". Cuando hablando con Nicodemos dice: "Lo que nace de la carne, es carne" San Juan 3,6, se refiere a todas estas cosas.

Todo lo que pueden conseguir nuestras fuerzas, todo lo que puede salir de nuestro cuerpo, todo lo que puede ser una gran idea nuestra, todo lo que pude ser un proyecto fantástico que se nos ha ocurrido.

Pero todo aquello que sale del ser humano y que es transmisible a otro ser humano, hasta el milagro de la vida, todo eso es carne, y lo que nace de la carne, es carne.

Lo que tiene de nuevo el profeta es que la profecía no se puede adquirir por nada, no hay dinero que la compre, no hay herencia que valga, no hay posición social que pueda alegarse, no hay ningún libro que lo haga a uno profeta, no hay ninguna compañía con la cual uno se convierta en un profeta.

Lo que hace distinto al profeta, de todas las instituciones del Antiguo Testamento, es que en el profeta hay un toque del mismo Dios, hay un algo que sólo Dios puede realizar, un algo que incluso va como en contravía de los intereses y de la expectativas humanas.

A partir de hoy vamos a empezar a escuchar textos del profeta Jeremías, y lo vamos a ver sufrir de que manera; si hay alguien que anticipa la Pasión de Cristo es jeremías, ¡qué manera de sufrir! ¡Y qué difícil para él tener que decir la Palabra de Dios!

Entonces, el profeta es aquel en el que Dios, por decirlo de alguna forma, se ha impuesto, Dios lo ha ganado, Dios lo ha seducido, Dios le ha vencido, ha sido más fuerte que él; ha irrumpido, ha entrado casi con violencia, con la violencia del amor, Dios ha entrado en su vida.

Y este hombre o esta mujer, porque hay ejemplos de profetizas también, este hombre o esta mujer, incapaz de contener la palabra, se convierte en incontenible ante los poderes de esta tierra, y por eso, al rey, le habla el profeta, y al sacerdote, le habla el profeta, y al sabio, le habla el profeta.

Por eso el profeta tiene una palabra para todos, porque el profeta mismo ha sido conquistado por una palabra que le resultó más fuerte a él, una palabra contra la cual ya no puede luchar más. Esto es lo nuevo y maravilloso que tiene la profecía.

Y por eso yo me atrevería a decir, que si uno mira el conjunto de las instituciones del Antiguo Testamento, aunque se puede discutir si la profecía es una institución precisamente.

Pero bueno, si uno mira el conjunto de las instituciones del Antiguo Testamento, y las pasa por el cedazo, las pasa por un colador para ver qué quedó en el Nuevo Testamento, prácticamente lo único que quedó fue la profecía, lo único que quedó fue la unción del Espíritu.

Y por eso, desde esa unción, desde esa consagración del Espíritu, unción se dice en griego con una palabra de donde sale "Cristo", con esa unción del Espíritu, nosotros los cristianos redefinimos, desde la profecía, todas las demás instituciones.

Entonces nosotros los cristianos ya no tenemos rey, como lo tenía Israel, un rey así ya no lo tenemos, pero sí tenemos, cada uno de nosotros, la fuerza de la institución regia, y por eso nos dice el Apóstol Pedro que nosotros somos un "sacerdocio real" 1 San Pedro 2,9.

Nosotros ya no tenemos un sacerdocio hereditario, ya no es la tribu de Leví la que le da sacerdotes a la Iglesia, sino el toque del Espíritu el que quiere que ciertas vidas se conviertan en un modo particular de profecía, y ese es el ministerio ordenado dentro de la Iglesia.

Es una maravilla lo que puede hacer Dios con sólo tocar una vida, lo que sólo puede hacer Dios infundiéndose en una existencia, eso es una maravilla. Esta obra del Espíritu, dentro del pueblo cristiano, sigue haciendo profetas.

De manera que si uno quiere buscar dónde está la acción profética en este Nuevo Testamento, hay que buscarla allí donde esté la acción del Espíritu Santo, allí donde sólo Dios puede engendrar, allí donde más allá de la carne Dios engendra, allí está el mismo Espíritu que, como dice el Credo,"to lalisan dhia ton profiton", "el que habló por los profetas".

El mismo Espíritu que habló por los profetas, puede decir más; el mismo Espíritu que hizo profetas, es el mismo Espíritu que se vierte en el corazón del cristiano.

Cuando este Espíritu toma por completo posesión de la vida del cristiano, hace de él un profeta, hace de él una voz, hace de él una palabra irrepetible de Dios, hace de él un mensaje y un Evangelio para el mundo.

Demos gracias a Dios por los profetas, demos gracias a Dios por la gracia del Espíritu, y pidamos al Señor esa absoluta docilidad a este Espíritu que nos haga también palabras de salvación para el mundo.

Así lo conceda Él, que vive y reina por los siglos.

Amén.