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El Evangelio de hoy, está tomado del capítulo doce de San Mateo (cf. Mt 12,38-42). Las palabras de Cristo, son directas y son muy duras; esto es lo que dice: “Esta generación malvada y adúltera” (Mt 12,39). Destaco la dureza de las palabras de Cristo, porque estamos en el Año de la Misericordia, y es bueno que se sepa que la misericordia, que es siempre una característica de Cristo, no siempre debemos asociarla con palabras suaves, dulces, agradables, consoladoras. El mismo Cristo, que con tanta compasión se acerca a los enfermos, a los leprosos, a los que están en duelo; ese mismo Cristo, con inmensa compasión, suelta el látigo de palabras tan duras, como las que aparecen en el Evangelio de hoy. Y este es el primer pensamiento, que quisiera que quedara muy claro para nosotros: “no asociemos automáticamente, misericordia con ternura”. La ternura es una expresión privilegiada, muy necesaria y muy frecuente en el ámbito de la misericordia; pero, si es verdad que la misericordia implica compadecerse de aquel que está extraviado, o de aquel que está sufriendo, y no hay mayor sufrimiento que perderse del camino de Dios, entonces, por misericordia, muchas veces hay que obrar con gran vigor, con gran resolución, incluso, con gran fortaleza.
Recuerdo hace muchos años, cuando estaba tomando algún curso para aprender a nadar, nuestros instructores nos hablaban, no sólo de lo que se necesita para ser un buen nadador, sino de lo que a veces tienen que hacer los salvavidas para rescatar a una persona del agua: nos explicaba, aquel socorrista, que cuando una persona ve que se está ahogando, entra en pánico, y la agitación desordenada de sus brazos y piernas, la agitación de su respiración, simplemente, empeoran su situación, empeoran su condición, y por eso en algunas oportunidades, lo que tiene que hacer el socorrista, es gritar con autoridad a la persona que se está ahogando, o incluso, en casos extremos, golpear a la persona, para que tranquilizandose, pueda colaborar con el socorrista de la única manera que puede y debe hacerlo: dejando que su cuerpo sea llevado por la persona que sí puede rescatarlo.
Yo me atrevo a decir, que ese socorrista es Jesucristo, y que muchas veces, por eso, tiene que hablarnos con mucha fuerza, tiene que hablarnos, podríamos decir, con tono de regaño. No tengamos miedo de decirlo; Cristo nos regaña, Cristo nos corrige, y nos corrige con fuerza, porque lo necesitamos, y esa corrección de Cristo, es fruto de misericordia. Lo mismo que el socorrista se compadece de la condición de aquel que se está ahogando y se da cuenta que si le habla con palabras suaves, y le dice: “Mira, no chapotees de esa manera, así no es, espérate, respira más despacio, mueve así, hazlo después de mí”, cuando termine de decir sus dulces y blandas palabras, el otro estará como una piedra en el fondo del río o del mar donde se encuentren. Tiene que hablar con mucha autoridad; tiene que regañar, a veces; y si es preciso, en último caso, algún golpe tendrá que darle. Ese es Cristo con nosotros; no es que le falte dulzura (de ninguna manera), es que abunda en amor, y solamente quiere lo mejor para nuestras vidas.