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A comienzos del siglo XIX un filósofo llamado Immanuel Kant escribió una obra de muy fácil lectura, escrita precisamente a modo de propaganda de un movimiento cultural y filosófico de gran importancia llamado la “ilustración”. Kant llamó a este folleto de divulgación “Qué es la Ilustración”. La idea central del filósofo Kant es que ya la humanidad ha llegado a un punto de madurez, es decir ya no somos niños, ya no somos menores de edad, para Kant la Ilustración es aquel movimiento cultural, intelectual y filosófico que anuncia la llegada de la mayoría de edad y así como el niño va de la mano del papá, pero el adulto ya no necesita de esa clase de guía, así también Kant dice: “no debemos buscar ya tantos profesores o maestros que nos digan dónde están las cosas ni qué es lo bueno y qué es lo malo, no debemos buscar tantos jueces que nos digan que es lo justo o lo injusto, ni tampoco necesitamos predicadores que nos estén hablando de qué es pecado o qué es virtud”. De acuerdo con Kant ya no necesitamos esa clase de ayudas, ya no necesitamos de esa mano que nos sostenga y nos guíe ¡porque ya crecimos! ¡ya somos mayores de edad! a eso se le llama “autonomía” somos autónomos, cada uno puede descubrir por sí mismo utilizando su propia cabeza, utilizando su capacidad racional cada uno puede saber qué es lo verdadero, qué es lo bueno y qué es lo justo, no se necesitan predicadores, no se necesitan profesores y no se necesitan jueces. Esa es la idea que tiene Immanuel Kant.

Resulta que lo anterior está en un contraste realmente interesante con el Evangelio de hoy que fue tomado del capítulo número once de San Mateo, porque lo que nos dice este evangelista, es que Cristo se presenta como aquel que alivia, aquel que recibe nuestras dolencias: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11,28); pero Cristo también dice: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt 11,29-30); es decir Cristo no es el predicador de la autonomía, Él no está anunciando la autonomía, Cristo está diciendo que Él tiene su propio yugo, que Él trae un yugo a nuestra vida, es decir que de todas maneras sí hay un camino que hay que seguir, sí hay una obediencia que hay que seguir.

¡Claro! lo que dice Kant se parece mucho a lo que había dicho otro alemán, Martín Lutero; él decía: “mira, ya tenemos la Biblia y ya en ella cada uno puede leer y cada uno puede entender”; la diferencia es que Lutero vio la autonomía en la Biblia y Kant ve la autonomía en el uso de la razón. ¿Pero qué pasó en el protestantismo? Lo mismo que sucede en nuestro tiempo, es decir que en el protestantismo de una misma Biblia salen torrentes y torrentes de interpretaciones y por eso resultan tantísimos grupos que tienen toda clase de enseñanzas y todos se basan en la misma Biblia, pero enseñan cosas opuestas y distintas, porque según ellos bastaba con la Biblia.

Luego con la mentalidad racionalista sucede, si cada uno tiene su propia cabeza, pero con esa única cabeza y con esa única manera de pensar lo que acontece es que cada uno empieza a decir: “a mi esto me parece que es bueno y entonces lo voy a volver una ley”; y otro dice: “a mi eso no me parece que es bueno, entonces me invento otra ley contraria”. A eso lleva la soberbia de creer que cada uno puede definir por sí mismo a su manera y según su entender, eso se llama “subjetivismo” lo cual conduce al “relativismo”.

Por el contrario lo de Cristo es: hay uno que es el Maestro y el Señor y es en la unidad que encontramos en Cristo, donde todos podemos descubrir de modo pleno cómo se vive la vida humana y cómo la sociedad puede tener su verdadero fundamento.

Esta es la hora entonces, para tener el valor de volver hacía Cristo y más allá de la presunción de un Lutero o de un Kant, proclamar a Cristo como único Señor de nuestras vidas.