O153001a
Fecha: 19960717
Título: Nuestros pecados son un instrumento que Dios emplea para salvarnos
Original en audio: 6 min. 15 seg.
El libro de Isaías contiene oráculos de muy diversas épocas. Esto, por ejemplo, que acabamos de escuchar sobre los ataques de Asur, es indudablemente anterior a, por ejemplo, los oráculos de consolación de los capítulos cuarenta al cincuenta y cinco, que a su vez son anteriores, según parece, a los últimos capítulos del libro, hasta el sesenta y tanto.
Dicen los estudiosos que Isaías, más que un profeta como tal, es una escuela de profecía; indudablemente, en primer lugar, un hombre que lleva ese nombre, un hombre muy instruído, culto, cultivado.
Pero después de él hay como toda una corriente profética, toda una escuela que, finalmente, es la que viene a responder por este libro de Isaías. Comento esto para situar apropiadamente en su lugar histórico el oráculo que hemos oído.
La situación es que Asur, rey de lo que lo que corresponde a Asiria, al norte de Palestina, amenaza al Reino de Judá. Asiria ha ganado terreno, ha vencido a Israel, ha desterrado y ha aniquilado a Israel.
Sabemos que después de Salomón se dividió el reinado, Judá e Israel, y el Reino de Israel fue llevado al destierro por Asiria. Siglo y pico después el Reino del Sur, Judá, fue llevado también al destierro, a Babilonia. Pero con la diferencia de que Judá volvió del destierro, Israel ya nunca volvió del destierro.
El Reino del Norte se acabó con este ataque de Asur, del que se nos ha hablado en la lectura.
¿Qué es lo que dice el profeta? El profeta dice: "Pues tu imaginas que se debe a tu inteligencia, y te imaginas que se debe a tu fuerza" Isaías 10,12. Asíria era pagana, desde luego. Pues Dios dice: "Tú tienes tus intenciones,y yo tengo las mías; las mías son las que se van a cumplir en la historia".
Humanamente hablando, lo que tenemos es: el odio, la envidia, la venganza, la codicia de Asiria; eso es lo que se ve humanamente. Y le da palo a los reinos que quiere, y siente que puede cambiar las fronteras, y que puede robar los tesoros, y que puede saquear en todas partes.
Pues Dios le dice: "Tienes que saber que tus saqueos, tus murmuraciones, tus ataques, tu codicia, tu envidia, lo tuyo que es tan malo, para mí es un instrumento de mi plan por eso dice: "¡Ay de Asiria, bastón de mi cólera!" Isaías 10,5.
Es decir, la enseñanza es que a Dios, estos ataques, estas codicias, estos odios, no se les salen de las manos. Dios no se asusta cuando aparece el odio; nosotros sí. Y por eso, el rey de Judá estaba asustadísimo, y por eso Isaías le tuvo que decir este oráculo.
Este mensaje, sin embargo, sólo puede ser comprendido desde un corazón sencillo, desde un corazón de niño. El niño quisiera, por ejemplo, al mirar un partido de fútbol, que ganara su equipo; sólo el papá llega a entender que no siempre debe ganar el equipo del niño.
Y si el niño se obstina en el partido, no saca sino, además de la derrota, dolor. Pero si el niño se fía del papá y dice: "Bueno, mi papá sabe más de fútbol y sabe por qué en esta ocasión no convenía esto"; si el niño se sabe fiar del papá encuentra la luz, y un día será un gran campeón.
He aquí el chiste: saber uno en el momento apropiado, sin quitarle nada a la derrota del partido y sin quitarle nada a la fiereza de Asur, sin quitarle nada a eso, saber uno volver a la la mano del Padre y saber uno que no lo sabe todo, y escuchar en el corazón que no lo ha oído todo.
Queda un misterio para nuestra meditación, un misterio que lo dejo para la oración y adoración de ustedes, un misterio grande y hermoso. Jesús dice que estas cosas nadie las conoce, dice: "A mi Hijo nadie lo conoce sino el Padre, y al Padre nadie lo conoce sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" San Mateo 11,27.
Esto quiere decir que a Papá Dios lo podemos conocer gracias a Jesucristo, pero ¿esa frase de que "al Hijo nadie lo conoce sino el Padre"? San Mateo 11,27. El misterio de ser hijo, parece que eso como que no terminamos de conocerlo, como que es un abismo en el que nunca terminamos de sumergirnos, como que es una luz demasiado enceguecedora.
Ahí dejo para su consideración y contemplación. Que Dios nos enseñe a ser hijos, y que nos enseñe a bendecir su plan y su momento en toda circunstancia.