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Fecha: 20000715

Título: La importancia del celo apostolico y los frutos que trae

Original en audio: 19 min. 24 seg.


Son dos pasajes de envío los que nos presenta la liturgia de hoy. Isaías que escucha esa palabra del Dios de Israel.

Después de la purifición de su pecado, se le dice: "¿A quién enviaré?" Isaías 6,8, y él responde: "Aquí estoy, mándame" Isaías 6,8. Y de ese envío tenemos testimonio en el libro de Isaías.

Y Jesús da estas consignas a sus Apóstoles en ese capítulo décimo que llevamos algunos días leyendo, un capítulo que, por cierto, es muy importante para la historia de nuestra espiritualidad dominicana, porque era algo así como el manual para los herejes, y fue también el espejo en el que quiso leerse nuestro Padre Santo Domingo.

Conocía muy bien, casi de memoria, todo el evangelio de San Mateo, pero especialmente este capítulo décimo era el que resumía, por así decirlo, las consignas del evangelismo, ese intento de vivir el Evangelio sin glosas, lo que ahí dice, eso vivimos nosotros.

Resulta útil comparar estos dos envíos. Porque, en el texto de Isaías, se cuenta de la purificación del profeta antes del envío. Y en el texto del evangelio, Jesús recuerda que esa purificación no ha sucedido en el mundo. Por eso aquí está como el rostro, como el perfil de la vocación del misionero, del predicador.

A sus espaldas, en su pasado, una experiencia de purificación por parte de Dios; frente a él, en su futuro, la conciencia de que el mundo no ha tenido esa misma purificación. Las dos cosas se necesitan, la conciencia del pecado vencido, y la conciencia del pecado todavía presente.

Si el misionero se olvida de su pasado, de su raíz humilde y de donde ha salido, se anuncia a sí mismo, a sus méritos, a sus conocimientos, pero no anuncia a Dios. Si el misionero se olvida de la necesidad de Dios que tiene delante, entonces se olvida de la urgencia de su mensaje, se olvida del ardor de su mensaje y no tendrá palabras para llegar, para tocar esos corazones.

Hay una tensión que es la propia de los predicadores, la tensión entre la realización del Reino, que ya ha empèzado porque él lo experimenta, lleva un ascua encendida, fuego que le ha cambiado la vida, el Reino ya presente, y por otra parte, el mundo que no ha escuchado, que no ha recibido esa palabra, que no conoce esa palabra, el Reino todavía ausente.

Con la famosa frase de aquel teólogo protestante, "es el ya y el todavía no"; pero el "ya" tiene que suceder dentro de él, y el "todavía no" tiene que descubrirlo fuera de él.

Cuanto más intensa sea la experiencia del Reino aconteciendo dentro de él, seguramente más limpios estarán sus ojos para percibir todo lo que falta afuera de él. Y así, el predicador, el misionero, tiene como una fuerza contínua, que no es otra cosa sino lo que llamamos "el celo apostólico".

¿De dónde surge el celo apostólico? De ese nivel entre lo maravilloso que yo he visto sobre el amor de Dios, y la angustia que se siente al ver que esa noticia es desconocida, ignorada, ultrajada, blafemada, ocultada de mil modos en los hermanos amados por Dios. De ese desnivel surge el ardor misionero, surge el celo apostólico. Necesitamos celo apostólico.

Si nos damos cuenta, la estructura interior de este celo, de este ardor es algo que tiene mucho más que ver con la geografía e incluso con la expresión externa de las vocaciones.

Teresa del Niño Jesús, contemplativa, vive este drama, y desde ahí se convierte en un corazón misionero palpitante, que alienta el conocimiento de Jesucristo y de sus misterios por todas partes.

Desde luego que quienes están o estamos dedicados al ministerio necesitamos de este celo, pero no es un privilegio nuestro, sino que es una característica que surge en todo corazón cuando mira, cuando abre los ojos ante el amor desbordante de Dios, y abre los ojos ante el rechazo, por ignorancia, por odio, por engaño, porlo que sea, de ese amor en el mundo.

En la medida en que ese celo apostólico, -porque es el que Cristo imprimió en sus Apóstoles-, en la medida en que ese celo se va convirtiendo en una realidad en nosotros, suceden tres cosas que nos las cuenta en evangelio de hoy, tres cosas maravillosas que también las vemos testificadas en multitud de santos, gracias a Dios, muchos de ellos de nuestra familia dominicana.

Primer efecto, lo repite varias veces el evangelio de hoy: el miedo desaparece. Es como una especie de coraje que hace que los obstáculos ya no sean obstáculos para nosotros.

Me decía una piadosa señora en estos días, con multitud de problemas en su familia, sus hijos y ella es viuda además, me decía: "Pero yo me iba a la iglesia y le decía al Señor, como mirándolo a los ojos: "Pero por encima de ti no hay nadie"".

Eso es lo hermoso de esta fe, sí, hay muchos poderes, y muchos de esos son más grande que nosotros, pero por encima de Aquel que nos ama y que nos mueve, no hay nadie. Esa absoluta confianza en el señorío de Jesucristo, destruye por completo el miedo, ese es el arrojo, esa es la audacia que de tantas maneras aparece en la Iglesia.

Y la Iglesia necesita ser audaz, la Iglesia necesita audacia, audacia para proponer a Jesucristo. En las políticas de esta tierra todo tiene que ser por medio del consenso, la participación, el lenguaje diplomático: "¿Qué hacemos para decir una palabra que no le vaya a disonar a nadie?" Es muy difícil predicar el Evangelio así.

El Evangelio necesita audacia, pero claro, no se puede tener audacia si no se está proponiendo el mensaje de Jesucristo.

Yo veo, por ejemplo, este drama con el asunto de la paz aquí en Colombia. Si la propuesta mía, si la propuesta última de mi mensaje es es que tengamos paz, entonces tengo que decirle a todos que cada uno va a tener la palabra, y que se van a repetar los intereses de todos, y no sé cuántas cosas.

Y de ahí resultan esos documentos insípidos que antes de que los publiquen ya uno sabe qué van a decir, que no convierten a nadie, que no conmueven a nadie y que no hacen nada, y que sólo son una multiplicación de lamentaciones, porque "la situación está cada vez más crítica", "cada vez más crítica", pues ya sabemos que está muy crítica.

Pero si la propuesta última de mi vida y de mi palabra es Jesucristo, entonces la cosa es distinta, porque en eso, en los surcos del Corazón de Jesucristo, tiene que ser experto el predicador, tiene que conocer como esa huella del Maestro, tiene que conocer esa fisonomía del amor de su alma que es Jesucristo, y ahí es en donde desaparece el miedo.

Bueno, esa ese es el primer fruto. Más podríamos decir, pero lo fundamental está ahí: se vence el miedo.

En segundo lugar, nos dice el Señor: "Lo que os digo de noche, decidlo en pleno día; lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea" San Mateo 10,27. Es como la capacidad de mostrar, de esclarecer el misterio.

Es, con otras palabras, yo me atrevo a decir, es la transparencia, la vida simple, sencilla, sin pliegues, sin vueltas, es la transparencia. Ese es el otro fruto que trae esta obra del celo en nuestras vidas.

De Santo Domingo se decía: "Procediendo siempre por la vía de la sencillez", sin entuertos, sin segundas intenciones, sin trasfondo, sin trastienda.

Nos decía el maestro de novicios, cuando empezamos nuestro camino vocacional, nos decía: "El desastre de una vocación es la trastienda: la persona se muestra de una manera, pero luego resulta que tenía una trastienda por allá, y se le va todo el noviciado encontrando la trastienda: "Ah, es que tiene esta problemática, ¡pero como nunca la dijo!"

Todas esa cosas, escondidas por vergüenza, por orgullo, por conveniencia, esas cosas escondidas, eso desaparece. El que es verdadero apóstol aprende a llevar, necesita llevar una vida transparente, una vida sin pliegues, ¿por qué? Porque es todo él el que tiene que servir como lenguaje para que se pronuncie el Evangelio de Cristo.

Todo él, así como Nuestro Señor; Jesús nos habla con todo lo que Él es: Jesús nos habla con su soledad, con su silencio, con su oración, con su cuerpo, con su mirada, con sus palabras, con sus milagros.

Si yo quiero ser un lenguaje de Dios, pues yo no sé qué parte de mí o de mi vida le va a ser útil a Dios para propagar su noticia; y por eso, el que se entrega completamente a la causa del Evangelio, necesita tener una total transparencia, para que todo lo de él pueda ser mensaje. Finalmente, este celo apostólico trae una experiencia intensa de la Providencia de Dios.

Nos dice Jesucristo aquí: "ni uno solo de los gorriones cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre" San Mateo 10,29. "Hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados" San Mateo 10,30.

¡Qué dulce experiencia la de la Providencia! Esto va muy unido a la audacia y la transparencia. El que es audaz, con esta audacia de Cristo, se expone, claro, pero así expuesto, descubre cosas, descubre obras, acciones de Dios que otros no descubren.

Eso es lo bonito, por ejemplo, de las fundaciones. Cuando se va a a hacer una fundación, -y aquí hay quien tiene esa experiencia-, lo hermoso de las fundaciones es eso, que es exponerse, es pasar al riesgo, pero allá en medio del riesgo, ir descubriendo que Dios no falta, y que da lo de cada día, y que sostiene, y que...

Y eso da una sensación tan bella, una alegría tan grande, porque Dios se vuelve casi sensible, se vuelve casi tangible, cuando descubrimos su paso en las cosas más pequeñas y en las cosas más grandes. Hermosa la percepción, el descubrimiento de la Providencia en nuestras vidas.

Bueno, ¿qué tenemos entonces de las lecturas de hoy? Tenemos gente enviada, y hemos visto que el que está enviado tiene que ir como en la mitad, porque antes de él, adentro de él, detrás de él tiene que haber una experiencia fuerte de purificación, de amor, de obra de Dios, de acción, de presencia del Reino.

Y delante de él, el descubrimiento de un mundo, que como lo dijo Jesús en la lectura de ayer, eso es como mandar ovejas en medio de lobos. La conciencia de lo que falta en el mundo.

Y luego hemos dicho que de ese desnivel surge el celo apostólico, que es para todos los bautizados, y que es una de las señales más claras de la calidad de una vocación.

Quienes tengan que ver con la formación, por ejemplo, en esta casa dedicada a Dios, tómenle el pulso a eso, hay que tomarle el pulso a eso, sobre todo en una vocación como la dominicana, ¿no? No nos fiemos únicamente de las experiencias espirituales.

Hay que saber si una vocación nunca habla de la conversión de los pecadores, si eso no le interesa, si está viviendo sólo para sí mismo, o para sí misma y para sus experiencias: "A ver qué me pasa, si al fin me logro recoger en la oración, y entonces yo, reunido conmigo, logro así recibir la bendición que Dios me trae para crecer. Yo, hacia ese proyecto mío, que yo..."

Yo, de maestro, hacía lo posible porque esa vocación saliera prontico, precisamente para que descubriera que que no existe solamente él o ella. Si a usted no le duele la Iglesia, si a usted no le duele la Orden, si a usted no le preocupa el mundo, usted, menos que nadie, debe esta aquí. Procure prontico recoger sus motetes y salir.

Es que ese es un pulso que hay que tomarles a las vocaciones. Una vocación tiene que tener un celo apostólico vilento; pero, ya sabemos, celo apostólico no significa apostolado; pero el desnivel sí lo tiene que tener.

Y yo sí creo, como dice el Decreto "Ad Gentes", ese famosos texto del Concilio Vaticano II cuando habla de los monasterios de clausura. Es que el desnivel de ustedes, ese desnivel entre la experiencia del Reino que acontece y lo que falta al mundo, ese es un motor que mueve a orar, que mueve a llorar, que mueve a arrepentirse.

Que salga de la conversación de los monjes y de las monjas, que salga la conversación con fuego, una conversación, un diálogo con quienquiera que ustedes hablen, que mueva a todos, pero especialmente a los frailes, a los sacerdotes, que los mueva a conversión y a preocuparse por las almas.

Eso es lo que dicen todos los santos cuando iban a visitar allá a Santa Rosa de Lima a su ermita, que vivía repleta de moscos; cuando iban a visitar a Santa Rosa encontraban eso: la gente salía con el corazón palpitando de amor por Dios.

Entonces ese celo es una señal de vocación, es un fruto propio del bautismo, y ese celo es también fuente de unos frutos, entre todos los frutos que puede dar, hoy hemos mencionado tres: nos da audacia, nos hace transparentes y nos hace conscientes, gozosamente conscientes de la Providencia de Dios.