O145004a
Fecha: 20020712
Título: Solo la gracia de Dios logra separa al corazon de la atraccion del idolo
Original en audio: 6 min. 27 seg.
Conocemos de la historia de Oseas, un hombre que en su propia situación de pareja y de familia sufre el dolor de la infidelidad por la situación de su esposa, una mujer infiel, casi se podría decir, por naturaleza.
Y esta situación personal le lleva a Oseas a descubrir, con una profundidad muy grande, qué significa pecar. Pecar es hacerle a Dios lo que la esposa le estaba haciendo a él.
Y en ese contexto, Oseas describe la relación con Dios como una relación asimétrica entre el pecado y la infidelidad del pueblo, por una parte; y el amor gratuito, el amor terco, podríamos decir, de Dios. El amor fiel de Dios a pesar de todo.
Esto permite describir el amor de Dios en términos de lo que nosotros llamamos gracia. Dios sigue amando porque sí; ama porque ama. Diríamos, parodiando a San Bernardo, "ama porque quiere amar".
En este sentido, en Oseas hay una revelación muy grande de la gracia. Aparece un amor que es fiel, un amor que permanece, un amor que es capaz recubrir el pecado, un amor que también es eficaz. Porque si ese amor de Dios, con toda su gratuidad, no produjera un cambio en Israel, pues no habría mucha diferencia entre un amor de gracia y un amor tonto.
Sería como el esfuerzo inútil, como la oferta inútil, y eso es lo que ha aparecido en la lectura de hoy, la eficacia, podríamos decir, de la gracia. Ese amor tantas veces ofrecido de parte de Dios no cae en el vacío. ¡La gracia es eficaz!
Y el primer fruto de la gracia es lo que hemos oído hoy; es decir, ese momento bendito que los psicólogos llaman “tocar fondo”, es el momento en el que a la persona, su propia situación, le fastidia. El momento en el que la voluntad toma una resolución que no tenía, el ídolo pierde su encanto, el mal deja de ser atrayente. Esta es, parece, una de las primeras, si no la primera obra de la gracia en el corazón humano.
Y lograr eso es lograr muchísimo, porque en el momento en el que el mal ya sabe feo, la idolatría no seduce; se empieza a realizar esa maravillosa separación entre el pecador y el pecado.
El salmo 103 dice, como un elogio de Dios: “Como dista el oriente del ocaso, Él aparta de nosotros nuestros pecados” Salmo 103,12. Y esa maravilla la realiza la gracia eficaz de Dios, que hace que el pecado pierda su encanto.
Ésta es la diferencia entre una actitud pelagiana, o semipelagiana, y la actitud propiamente cristiana. En una actitud pelagiana el pecado sigue siendo el que tiene el verdadero poder en el corazón humano.
Pero una resolución construida desde la sola voluntad del hombre intenta apartarse de eso que le fascina. El camino de la gracia es distinto. El camino de la gracia parte de que hay una eficacia del amor de Dios en nosotros que le quita el encanto, le quita, por así decirlo, el poder al ídolo.
Luis Bertran cuando predicaba en algunas tribus, llegaba como a un momento del juicio de la verdad en que derribaba al gran tótem, al gran ídolo de la tribu, lo hacía trisas delante de la gente, poniendo en peligro su propia vida, claro.
Y les mostraba de esa manera drástica que el ídolo no era nada. Algo así es lo que hace la gracia obrando en el corazón humano, cuando termina destruir al ídolo, y mostrar que no tiene ningún poder.
Por eso, esas confesiones que aparecen en la profecía de Oseas: “Ya no le vamos a pedir más ayuda a Siria, ya no vamos hacer más ídolos, ya sabemos que el ganar guerras no está en conseguirse caballos, ya entendimos, ya nos hemos dado cuenta, ya hemos tocado fondo".
Yo creo que en la iglesia hay todavía mucho de la actitud pelagiana, por decirlo de otra manera, nos hace falta creer y predicar más esta acción maravillosa de la gracia, que es la que le permite al corazón, al mismo tiempo, ser honesto consigo mismo y empezar a cambiar.
Sólo la gracia eficaz de Dios logra separar al corazón de la atracción del ídolo, y sólo esa gracia permite que la persona, también en el plano espiritual, toque fondo, para que pueda decir: “Ya no sigo por ese camino. Me levantaré e iré donde mi Padre”.
Amén.