O145003a
Fecha: 20000714
Título: El arrepentimiento es una siembra
Original en audio: 16 min. 59 seg.
Está difícil escoger tema entre las lecturas de hoy, porque aparecen como dos líneas: una es la que tiene que ver con el arrepentimiento y la alabanza, y la otra tiene que ver con el sufrimiento y la misión.
Son como dos parejas de temas: uno es el que nos propone Oseas, y que queda hermosamente aclarado con ese salmo 51, la relación que hay entre el arrepentimiento y la alabanza, eso no falla.
Los corazones que tienen poco para arrepentirse son corazones que tienen poco que agradecer. Eso es matemático, y está demostrado en las ecuaciones del cielo, pero por otra parte está esa otra ecuación entre el sufrimiento y la misión.
El sufrimiento nos indica la profundidad de una misión. Hay unas misiones en las que uno sólo goza, se llaman paseos, y dejan muy poco fruto; hay otras misiones donde se sufre mucho.
Por ejemplo, cuando lo matan a uno, eso siempre es complicado, es un poco tenso, pero en esas misiones hay mucho fruto. Los grandes misioneros siempre han sido gente que entregó la vida. Es decir, en una cierta parte del proceso, el misionero muere, y eso es un poco complicado, pero es supremamente fecundo.
Desde hace algunos años, por ejemplo, a mí me vuelve a la memoria, aunque no sea su fecha, San Bonifacio, el apóstol de Alemania. La fe cristiana llegó a Alemania por Bonifacio. Además, ese nombre es tan hermoso. Bonifacio es el que obra bien, el del buen obrar, y obró tan bien que entregó así su sangre. Cómo no recordar los mártires de Vietnam o los mártires del Japón.
Entonces, tenemos dos parejas de temas hoy: uno es penitencia-arrepentimiento y alabanza. Arrepentimiento y alabanza que van juntos. Y otro es sufrimiento, y eficacia. Tratando de unificar, de buscar sin forzar las lecturas ¿Qué nos quiere decir el Espíritu Santo?
Con estas propuestas de la liturgia de hoy, yo veo que hay algo en lo que se parecen estos dos temas, cada uno de los cuales nos daría para una predicación completa. Fíjate que el arrepentimiento es como la siembra que se hace en el corazón.
El arrepentimiento es como el cimiento que se le pone a la vida. Cuando una persona no se ha arrepentido le pueden suceder las cosas que sean a su alrededor, serán cosas extrañas, extraordinarias, serán cosas raras, pero no serán acontecimientos de salvación.
Uno empieza a salvarse cuando empieza a arrepentirse. Descubrir el mundo sin descubrirse uno, todavía no ha descubierto nada. Uno empieza a cambiar de vida cuando se empieza a arrepentir.
Por ejemplo, cuando yo veo jovencitos, niños así, relativamente pequeños, me pongo a pensar cuándo empieza la historia del amor de Dios en los niños, alguien puede decir: "Pues mire, la historia con mi niño empezó a los tres años".
"Cuando yo pasaba con la camándula de mi abuelita, el niño volteaba y sonreía, el niño reconocía la camándula. Ahí el niño mostró lo que iba a ser". Probablemente, si nosotros estuviéramos en la mente del niño, resulta que al niño le llamaba la atención era los destellos de las pepas.
Le importaba un pepino la Virgen, los Santos, y la Eucaristía, le interesaba las pepas. De manera que no nos fiemos mucho pensando que ciertos destellos de piedad son ya señales inequívocas de que el corazón del niño está en Dios.
No, porque probablemente son destellos, y los destellos se acaban. ¿Cuándo empieza la historia de amor de Dios con un niño? En mi experiencia, que no es larga, pero creo que tampoco es corta, todo empieza cuando el niño se arrepiente.
Cuando el niño descubre la capacidad de volver sobre sus pasos, y descubre a Dios en eso, ahí empezó. Por ejemplo, hay una Santa del siglo XIV, Catalina de Siena, que descubrió muy pronto lo que eso significaba arrepentirse, porque la familia tenía planes con ella.
"Bueno, usted se va a casar y va a tener hijos"; ya le tenían organizada la vida, pero resulta que ella se sentía llamada a dedicarse a Dios, pero entonces le insistieron que tenía que arreglarse para conseguir novio.
Y ella, aunque sentía que ella era para Cristo, para que dejaran de sobar la pita, entonces se dejó organizar y maquillar y todo eso, para ver si conseguía novio, después se arrepintió profundamente.
Había obrado contra su conciencia; era una niña, una jovencita. Tendría en esa época como doce o trece años, porque las italianas de entonces no eran como las italianas de ahora, porque las italianas se casan ya después de muchas lunas.
No, estas eran unas italianas que se casaban como a los trece años de edad, así que a los doce tocaba sacarle colores a la niña, fuera a cachetadas o como fuera, la niña tenía que llegar a buscar, y tenía que buscar.
Pero esta muchachita se dio cuenta que ella había obrado contra su conciencia, desde ese arrepentimiento, desde esas lágrimas empezó lo firme de la historia de la santidad de Santa Catalina de Siena.
Es decir, uno empieza a caminar en Dios, cuando uno empieza a preferir a Dios; lo demás son tonterías, lo demás son costumbre. ¡Ay! Bueno, llegó el viernes. “Entre una juerga, y el grupo, ¿Qué hago? Pues el grupo, que no da guayabo, por lo menos.
Si, pero ahí no hay nada. No nos hagamos ilusiones, que ahí no hay nada, sino que Dios le está dando tiempo a la persona mientras le llega el día, y hay que saber eso.
Entonces, ¿nuestra conclusión cuál es? Nuestra conclusión es que el arrepentimiento es una siembra, como dice la parábola del sembrador “hubo una semilla que quedó en la superficie” San Mateo 13,5; esa no sirve para nada.
Usted empezará a crecer en Dios cuando se arrepienta de sus pecados; cuando usted sienta dolor por haber ofendido a Dios, y sienta el amor de Dios que le perdona, ahí empieza lo hermoso para la vida suya.
El arrepentimiento es la siembra, y ustedes, cuando estén con niños, déjense de bobadas, de pensar que "mi niño es como medio místico", "mi niño ve a la Virgen, ve a los Ángeles, ve una cantidad de cosas". Pues es posible que sí, no sabemos. Yo no soy nadie para negarlo.
Además, recordemos que la visión, como nos enseñaron los teóricos de la Gestalt, buena parte es aprendida. De manera que uno puede haber perdido cierta capacidad de percibir señales de Dios.
Incluso, eso es posible, pero es que uno no es santo por lo que a uno le sucede, uno es santo es por lo que uno hace con lo que le sucede. De manera que por el hecho de que el niño vea Ángeles, o vea a la Virgen, o que el niño vea los pokemones, eso todavía no dice demasiado.
Cuando usted vea al niño capaz de arrepentimiento, ahí sí. De pronto usted dirá: “No, ¿un niño a qué horas se va arrepentir?” Pues mire, a mí me sucedió con una niña como a las nueve y cuarenta y cinco de la noche, o sea que si hay horas en las que se arrepienten los niños.
Estábamos en un grupo cuando la niña se arrepintió, tenía en esa época como siete años, y ella se arrepintió, Y estaba -“Quiero confesarme”, y le pregunté: -¿Usted ya se ha confesado antes? “-Nunca me he confesado”, "-¿Hizo la Primera Comunión?" “-Tampoco.
Pero necesito confesarme”, dice la niña. Dije yo: “¿Pero qué puede haber hecho esta niña? ¿Será que le quitó el oxígeno a la abuelita? Quién sabe". No es que fuera ninguna situación grave, pero es que no es lo grave.
Otra cosa es: no hay que esperar a que le suceda a uno lo grave. Ella, iluminada por el Espíritu Santo, se daba cuenta de que sólo los arrepentidos descubren la gracia del perdón.
Y lo mismo pasa con el sufrimiento. Fíjate que el sufrimiento es la siembra que hacemos en la sociedad humana. Los corazones que no han sufrido no sirven para predicadores, una persona que ha vivido en medio de la parranda, ¿qué puede decir? Direcciones de bares y discotecas.
No tiene nada más que decir. Pero eso para los demás. Pero resulta que en el mundo hay una cantidad de gente que está triste, que está emproblemada, que está dolida.
A esas personas que no les convencen ya más bares, ni más discotecas, y que ya vieron la mentira que hay detrás del placer efímero, para esas personas el que no tenga una palabra capaz de meterse con el dolor, no tiene nada que decirles.
Por eso, el sufrimiento es la cuota que nosotros aportamos para llegar profundamente al corazón de nosotros, o sea que sí hay un tema, que es la profundidad, el tema de hoy es la profundidad.
El arrepentimiento es la profundidad del alma, el sufrimiento es la profundidad del apóstol. Por eso, apóstol que se respete tiene que sufrir mucho. Si un apóstol no sufre quiere decir que es un apóstol de segunda, de tercera.
Un apóstol sin sufrimiento es un apóstol, pero no sufre, él no sufre de nada, nunca le pasa nada, nunca le sucede nada, ¿qué quiere decir? Quiere decir, grave la situación. No tendrá mucho que decir,
Porque resulta que el mundo sí sufre, y si tú no tienes una palabra para el mundo que está sufriendo, tú no tienes nada que hacer para predicar la Buena Noticia de Jesucristo, no tiene nada que hacer. Es indispensable. Es que la cruz no es un elemento decorativo de las iglesias, no es un elemento decorativo.
Por ejemplo, en mi caso del hábito. La cruz no es un elemento decorativo, es la herramienta básica.
En un tiempo, un hermano mío, que ahora está en otro país, ayudaba en el mantenimiento de equipos médicos electrónicos. Entonces, para mí era muy interesante verlo salir siempre de casa con un pesado maletín donde portaba cuanta herramienta y cuantos medidores tenía; una cantidad de aparatos, de todo había ahí para desarmar y volver a armar.
Soldadura, y tester, y yo no sé, bueno de todo tenía ahí, transistores. El no salía sin su maletín. Mi hermano, gracias a Dios, es muy buen ingeniero, pero si él llega así con las manos limpias a cualquier lugar de trabajo, no hace nada.
Sí, muy bonito esto, pero no tiene cómo aflojar un tornillo. Así le pasa al apóstol. El apóstol que no tiene la cruz, el apóstol que sale sin la cruz, sale sin herramienta. Hermano, ¿qué le pasa? ¿Cómo se le ocurre? Está saliendo sin herramienta.
Si usted no sale con la cruz, usted sale sin herramienta. Mensaje de hoy: la profundidad. Profundidad, primero en nosotros. El descubrimiento infinito de nuestra necesidad de Dios. Ese es el elemento, la profundidad en mí, y desde ahí la profundidad para llegar al corazón de las otras personas.
Eso es lo que nos da Jesucristo, por eso la palabra de Cristo tiene esa profundidad tan grande. Hay que creerle a Cristo todo, porque Cristo se sumergió profundamente, totalmente en el absurdo, en el dolor, en la miseria humana. Nadie tan solo, nadie tan lastimado.
Nadie bajo tanta contradicción, sospecha, ironía, odio, nadie. Nadie como Él. Por eso Él tiene una palabra para todos, el que quiera tener una palabra para todos, pues algo semejante le sucede.
No, pero ese camino si está muy difícil, yo preferiría más bien que me dieran unas técnicas. Mire la técnica consiste en lo siguiente: La mejor técnica para que usted aprenda a predicar y a ser apóstol consiste en que usted descubra toda la riqueza del corazón de Jesucristo.
Para lo cual es muy saludable que descubra todas las miserias del corazón suyo. En esa preciosa, en esa fabulosa catequesis usted tiene una imagen viva de Cristo. Cristo vive en mí, yo he visto que vive en mí, ¡porque me ha sacado de unas!
¡Ha hecho por mí unas cosas! ¡Ha tenido tanta paciencia! ¡Me conoce tan a fondo! ¡Él ha desplegado su misterio sobre el misterio de mi alma! Entonces, las palabras brotan, no hay que producirlas.
Por eso, Jesús decía: "Miren, déjense de estar preparando discursos. Voy a preparar discurso para las madres atribuladas de no sé dónde; no, usted tiene que ser un atribulado, cuando usted esté profundamente atribulado con Cristo.... -porque si usted es otro que está peor de desesperado que a los que les va hablar, ahí no se puede-.
Cuando usted es un atribulado con Cristo, entonces ¿qué pasa? Pasa que usted, cuando va a hablar es una palabra de hermano que empapa inmediatamente, que penetra inmediatamente.
Es que fíjate que esa es la maravilla que Dios hace en nosotros, la palabra del predicador es una palabra que se pasea en el cielo mientras va recorriendo la tierra.
Es tan lindo este ministerio de la predicación, es muy hermoso, y por eso el mensaje de hoy era profundidad. Profundidad en el arrepentimiento, profundidad en el sufrimiento, y esa es la fuente eficaz.
¡Bendito sea Dios!
Amén.