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Fecha: 19980710
Título: Cristo no viene a maquillar la realidad sino a transformarla
Original en audio: 9 min. 23 seg.
Queridos Amigos:
Cuando experimentamos el gozo del amor de Dios sentimos algo desbordante. Uno de los jóvenes nos invitaba al comienzo de esta celebración a participar de una fiesta, porque verdaderamente cuando el amor de Dios llega a nosotros, hay fiesta en el alma.
Y hay momentos en que la alabanza, la música, las profecías, los milagros, el ambiente, el amor que se siente como que lo saca a uno de esta tierra, como que uno siente que se va para otra parte.
Y tal vez, incluso, hemos pensado a veces que estas celebraciones, este amor maravilloso que vimos de algún modo es como un olvidarnos de este mundo cruel: tantos problemas, tantos odios, tantas dificultades, tantas incomprensiones.
Y entonces llegamos a una fiesta del amor de Dios, y celebramos con poder todo lo que Dios hace, y sentimos que nos podemos olvidar un momento de esa realidad. Esto tiene su parte de belleza.
Pero, ¡cuidado!, ¡la religión no debe ser una droga! Si nosotros habláramos con un drogadicto, él que nos diría: “Yo me inyecto, y se me olvida todo, hermano, todo me parece increíble”, ¿y ¿qué pasa cuando se le acaba el efecto de la droga? Tiene una depresión pavorosa. Y enfrentar de nuevo un mundo duro, con un cuerpo más enfermo, y con una billetera más vacía.
La religión no es una droga, la alabanza no es un escape, y Cristo no es un narcótico. Cristo no es un doping para que nos sintamos increíbles, nos vayamos a la luna para luego caernos desde la luna otra vez el mundo cruel.
Hay personas que a veces miran la alabanza carismática así, y les pasa lo mismo que les pasa a los drogadictos, es decir, cuando vuelven aterrizar en sus casas dicen: “¡Ahh, qué aburrimiento de vida!” Eso no es lo que quería Jesús.
Jesús no es un idealista, un hombre fantasioso. Cuando una persona huye, y huye de la realidad, termina volviéndose loca, porque le toca negar la realidad, ¿y qué es la locura sino eso?
La imagen clásica del loco es aquel que tiene el sombrero de Napoleón Bonaparte, y se le pregunta a ese señor: -¿Usted quién es?" "-Napoleón Bonaparte". -¡Ah, ¿y qué ha hecho usted? "Vencer en Waterloo".
"Bueno, pero resulta que los libros de historia dicen otras cosas, además usted no se parece mucho a Napoleón, además usted ni siquiera habla francés, además..." ¡Pamplinas! ¡Mentiras! Detalles secundarios, pero es un Napoleón.
¿Qué está haciendo ese loco? Está rechazando su realidad, está rechazando su problema, y está huyendo. Se fue a las nubes, y allá sintiéndose Napoleón se siente bien.
¿Fue Jesús un soñador? No. ¿Fue Jesús un idealista? No. Y el evangelio que acabamos de escuchar lo prueba clarísimamente. Jesús no fue un soñador, Jesús no fue un idealista. Fue un hombre que tuvo la claridad inmensa, meridiana sobre los problemas que se le iban a venir a sus discípulos.
Y los describe con un detalle impactante: “No os fíes de la gente, os entregaran a los tribunales, os azotaran en las sinagogas, y os harán comparecer ante sus gobernadores y reyes por mi causa” San Mateo 10,17-18. ¿Son esas las palabras de un idealista soñador? No.
Son las palabras de alguien que sabe lo que pesa el poder, lo que duele la enfermedad, lo que se siente con hambre; la tristeza, el dolor, el abandono, estas no son imaginaciones para Cristo. Si hay alguien que conoce la entraña del dolor humano, es Jesús.
Y Jesús no vino a esta tierra a coger la llaga, y ponerle encima un trapito rosadito, y decir: “Ya, ¿ves? Ya no está”. Esto sería lo que hace el drogadicto, o el alcohólico: se van a otro mundo donde se sienten reyes y señores saludables, buen mozos, artistas, para luego aterrizar, y darse duro contra el mundo.
Cristo no es un idealista. Cristo no viene a maquillar la realidad, sino a transformarla, y el precio es su propia sangre. Si hay alguien que le habló claro a los discípulos, fue Jesús, más bien los soñadores eran ellos. Ellos sí.
"¡No, Jesús, eso que te va a pasar! No. ¡Que cruz, no! No entendemos ese lenguaje". Ellos sì estaban tomados, soñando cosas. Jesús sabía que el camino iba hacia la cruz, pero con esa misma claridad sabía que el sufrimiento de la cruz, como todo sufrimiento que se vive en la fe, en el realismo, en el amor, y en la generosidad.
Sólo si el sufrimiento así se vive, da fruto, fruto abundante, y por eso, aunque nos habla de persecuciones, mira lo que también dice: “No os preocupéis de lo que vais a decir, daréis testimonio ante ellos, y ante los gentiles, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros” San Mateo 10,19,20.
Sí, persecución que se vuelve testimonio; dolor que se vuelve sanación; soledad que se vuelve purificación; sufrimiento que se hace fecundo para la salvación y para vida de otras personas. Amigos, esta es la enseñanza para hoy.
Nosotros no vamos a huir. La vida es dura en tiempos de Jesús y en tiempos nuestros. La vida es dura, y que nadie se monte en un cohete de alabanzas para huir de la vida dura. No, la alabanza no es para huir, no es para subir a las nubes rosadas, sino para bajar a las entrañas del corazón humano.
Y allí encontrar la fuerza para transformar realmente al mundo, para cambiar realmente nuestras condiciones de familia, para aprender a ser generosos con nuestros hermanos, para crear lazos eficaces de solidaridad, para abrir los ojos ante el hermano pobre, y para todos juntos experimentar gozosos que este evangelio, aunque pasa por la cruz, llega hacia la gloria.
¡Bendito sea el Señor!
Amén.