O143002a
Fecha: 20000712
Título: Pedirle a Dios que podamos superar toda division que exista en nuestro corazon
Original en audio: 14 min. 9 seg.
El profeta Oseas castiga con sus palabras el corazón dividido de los israelitas, que aprovecharon un cierto desorden que se presentó en una de esas transiciones complicadas de la política del reino del Norte, del reino de Israel, y sentían que, no habiendo gobierno visible, cesaba también el señorío de Dios.
Realmente, esa historia de ese reino del Norte es más bien triste, porque no llegó a consolidar ninguna dinastía, y porque todas estas voces de los profetas, podemos decir que quedaron casi en el vacío. Sirven ahora para nosotros, pero ese pueblo como tal desapareció, y esas diez tribus de Israel se disolvieron en la nada y el vacío.
Por eso tomemos nosotros este mensaje, que si no aprovechó a ellos, pero si permanece, seguramente es porque permanece para nosotros.
Dos son las cosas que critica Oseas en esta lectura, y nosotros las podemos tomar, más que como un catigo, como una advertencia, como una exhortación, porque ya vemos que la desobediencia a estas palabras acarrea la ruina.
Las dos cosas que toma Oseas en este pasaje son: el corazón dividido y la multiplicación de altares, de acuerdo con la prosperidad. Es tan diciente esa frase que dice el profeta que a medida que iban mejorando los frutos, iban mejorando los altares idolátricos: "Cuanto más eran sus frutos, más aumentó sus altares" Oseas 10,1.
Las dos críticas son ese corazón que cree en Dios cuando le conviene, y luego esta multiplicación de ídolos, a medida que se multiplican los bienes. Ahí podemos encontrar una raíz profunda que llevará a superar esa idea que estaba en el Antiguo Testamento.
Fíjate que en el Antiguo Testamento, la riqueza, la prosperidad, eran siempre señal de bendición de Dios. El que es bendecido por Dios, le tiene que ir bien; el que se aparta de Dios, le tiene que ir mal.
Este principio, que suena al comienzo muy lógico para la mente de uno, empieza a mostrar sus límites precisamente cuando la prosperidad que Dios da se convierte, no en un motivo para volverse hacia Dios, sino en un motivo para cerrarse a la misma prosperidad, y por tanto a buscar la fuerzas naturales o sobrenaturales que garanticen ese mismo bienestar.
Es verdad que todos los bienes provienen de Dios, pero también es verdad que no todos los bienes nos llevan a Dios. Así traduciría yo esta enseñanza de Oseas. Sí, todos los bienes provienen de Dios, pero no todos los bienes nos llevan a Dios.
San Pablo lo dice de otra manera: "Todo es lícito, no todo conviene" 1 Corintios 6,12. Descubrir cuáles son los bienes que convienen, esa sí es sabiduría espiritual. Y ahora aplíquele eso a todos los aspectos de su vida.
¿Cuál es la comodidad que conviene? Pues uno necesita un cierto grado de comodidad en todo sentido. de comodidad física, necesita una cierta estabilidad, sosiego, espacio libre y tiempo disponible para poder estudiar; necesita un cierto espacio afectivo de cierta amistad, uno no puede vivir indefinidamente de pelea, agarrado con todo el mundo, uno necesita una cierta comodidad, una cierta estabilidad, ¿Pero cuál es la que a mí me sirve? ¿Cuál es la que me conviene?
Por plantearlo de una manera casi brusca, infantil: ¿cuántos amigos y cuántos enemigos necesito para mantenerme estable y al mismo tiempo fiel? ¿Cuántas cosas sencillas o difíciles necesito? Esa es una medida complicada que sólo Dios conoce, y por eso sólo Dios, en su sabiduría, va dando, como dicen tantos textos, por ejemplo, aquel del libro de Samuel, va dando la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta.
Dios es el que sabe qué es lo que necesita uno en el estado de ánimo, en la relación con las personas, en las enfermedades o en la salud, en la riqueza o en la pobreza, en la aceptación y acogida que las personas tienen de nosotros, o en el rechazo, la indiferencia, en las tentaciones que nos vienen de nuestros pensamientos, de nuestras pasiones, de nuestro organismo, o en esa paz dulce que a veces gozamos con nosotros mismos y con todo lo que nos rodea.
Demonos cuenta de que esta profecía de Oseas desarma la ingenuidad de la mirada que tenía el Antiguo Testamento: "Sí, Dios tiene que bendecir a los que son suyos, Dios tiene que darnos leche y miel, donde haya la bendición de Dios tienen que multiplicarse los bienes". No necesariamente. Dios sabe cuáles son los bienes que hay que dar.
Y muchas veces es necesario limitar algunos de esos bienes, y traer algunos de esos males, y así Dios va cultivando su viña.
Sobre el corazón dividido no hay que decir muchas palabras, porque eso sí que había recibido ya críticas abundantes en los profetas de Israel. Este es el tema, por ejemplo, de aquella confrontación de Elías con los profetas de Baal, allá junto al Carmelo, tener el corazón dividido.
Pero el otro tema que hemos mencionado, lo de la prosperidad y la idolatría, no ayuda a iluminar el tema del corazón dividido.
Casi siempre, cuando uno piensa en el corazón dividido, piensa en un corazón que está frente al bien y al mal, y en parte quiere a Dios y en parte quiere al diablo, ¡quién va a querer eso! ¡Quién va a tener esas divisiones! El problema no es estar uno dividido entre el bien y el mal, eso es muy fácil de saber.
"-Usted quiere ser bueno o quiere ser un criminal desgraciado?" "-No, yo quiero ser bueno". Esa decisión es fácil de tomar. Pero es que el corazón no sólo padece esa división. Hay otras divisiones que aparecen ante nuestros ojos, cuando recordamos aquello de la prosperidad y la idolatría.
Por ejemplo, piense usted en un corazón dividido entre lo bueno y lo mejor, ese también es un corazón dividido, un corazón dividido entre lo bueno y lo mejor. Cuántas vocaciones he visto yo perderse por personas que no se terminan de resolver entre lo bueno y lo mejor, teniendo las disposiciones, bueno, sólo Dios sabrá.
Pero la sensación que uno tiene es que tenían las disposiciones, y tenían la capacidad, y tenían la manera de responder, y Dios les estaba llamando, pero con ese argumento de que: "No, pero yo también puedo hacer mucho afuera".
Y luego va y se encuentra uno con esas vocaciones a ver qué fue lo que hicieron afuera; hicieron una unión libre y dos hijos naturales; o sea que también afuera podían hacer muchas cosas. "Yo también me puedo comprometer afuera". Pues sí, se comprometen con una banda de narcos, o se comprometen con lo que sea.
Son muy pocos, muy pocos los casos en los que uno ve que realmente una persona, llamada por Dios, desobedece la llamada de Dios y luego resulta fecunda. No, eso no funciona así porque San Pablo dice: "De Dios nadie se burla" Carta a los Gálatas 6,7.
Espero, sin embargo, que no haya ningún luterano o luterana oyendo estas palabras, porque entonces le entrará la terronera. Son palabras que uno dice no para asustar a nadie:"Ay, qué hago yo, ¿y qué tal que yo desobedezca?" No, tampoco hay que tener miedo, porque si la vocación de la persona es una vocación a formar una familia, entonces pues seguramente no va a prosperar en otros caminos.
Hace unos meses se retiró uno de nuestros postulantes, y tuvo la honestidad de reunirse con sus compañeros y con el maestro de postulantes y decirles: "El discernimiento ha sido largo, ha sido difícil, pero yo me siento realmente llamado a constituir un hogar", y por eso se fue en paz. Y ese también es un discernimiento.
En fin, nosotros estamos con lo bueno y lo mejor; esa también es una división. Uno puede estar dividido también en ese sentido. Uno puede estar dividido hasta el punto de ser remiso, perezoso en seguir las inspiraciones de Dios; y ese también es un corazón dividido.
Como le enseñaban a uno a confesarse en esos tiempos antiguos, que yo ya no conocí porque me enseñaran a mí sino por las confesiones que he oído, es la falta de prontitud y obediencia a las inspiraciones de la gracia; esa también es una circunstancia de corazón dividido.
La mejor manera de superar todas estas divisiones del corazón, no sólo la división sencilla, trivial entre el bien y el mal, que esa es fácil de resolver, sino la manera de resolver todas estas otras divisiones indudablemente está en esa aspiración profunda a responder al bautismo.
A mí me gusta mucho esa imagen y tratar como de predicarla, como de inculcarla, que a todos se nos grabe: "Cuando Dios te estaba bautizando, Dios tenía un plan bello para ti, Dios pensó en un santo, en una santa para ti, Dios tuvo un plan para ti. Ese plan, esa medida, o como a veces se decía, "ese grado de santidad", "ese grado de caridad", eso es lo que Dios quiere de ti.
"Pero entonces me voy a explotar; si así como estoy casi no aguanto, como decía la otra "no arrisco", ¿qué tal con todos esos altos grados de santidad?" Pues fíjate que hay que saber complementar con lo otro, por eso Dios tiene su Providencia, y Dios va administrando las gracias.
O sea, tú no tienes que preocuparte de ser la persona que no eres, sino tienes que preocuparte de responder con el mejor corazón a toda gracia que visite tu alma, y pedir perdón por aquello en lo que no has respondido, y buscar con renovado amor dar respuesta a esa gracia, y pedirle a Dios la gracia para responderle a la gracia. Como decía San Agustín: "Dame lo que me pides, y luego sí pídeme lo que quieras".
"Dame, Señor, manera de responderte, de superar este corazón que se divide fácilmente, esta pereza, esta modorra que hace que se siente uno por el camino y no hay quién lo mueve, entonces toda la comunidad tiene que traer una grúa para mover a esa pobre que no se mueve".
Uno tiene que pensar en todo el daño que uno le hace a la comunidad con la modorra de uno, con la pereza de uno, con esa tardanza de uno, uno le hace mucho daño a la comunidad, porque uno les está dando mensaje a las otras personas y les está diciendo: "Mire, figúrese que yo soy un sinvergüenza y un mediocre y mire que no me pasa nada. Esta vida es para gozarla; comamos y bebamos que mañana moriremos".
Uno hace mucho daño con eso; por eso hay que arrepentirse, pedirle a Dios: "Señor, haz que yo pueda superar toda división de mi corazón, que yo te sirva con el corazón entero, que todo lo mío, que todo mi mundo interior, todas mis aspiraciones, todos mis recuerdos, que todo esté en tu presencia, que todo esté ante tu mirada, que desaparezca todo altar idolátrico y sólo quede la gloria de tu majestad.
Que yo sea verdaderamente como ese tapiz sin pliegues, como esa alfombra sin pliegues, que tú puedas alumbrar todo lo mío, que no tenga que esconder nada, ni dar explicaciones, ni estarme justificando, sino que esté así, abierto, limpio, transparente, luminoso porque tú llegas a mí y porque tú haces tu obra en mí".