O135004a
Fecha: 20020705
Título: Justicia y misericordia, dos modos de actuar que tiene Dios
Original en audio: 9 min. 56 seg.
Las lecturas del día de hoy, nos presentan dos maneras de obrar que tiene Dios. La que nos resulta más familiar, la que nos resulta más cercana, más amable, la que siempre quisiéramos tener, es ésa que aparece en el evangelio.
Podemos sintetizarla en la palabra misericordia. Jesucristo es la gran manifestación de la misericordia de Dios. Frente a este hombre sumido en una vida de pecado, entretejido con el pecado, amarrado con relaciones de pecado, un hombre llamado Mateo, frente a ese caso tan difícil, triunfa la misericordia de Jesucristo.
Esta es una Palabra grande en el día de hoy, en estas lecturas que hemos oído. El contraste viene de la primera lectura, tomada del Profeta Amós. La palabra que utilizaríamos ahí, tal vez sería denuncia. Pero si lo pensamos mejor, no es exactamente la denuncia, es la palabra justicia.
La palabra justicia atravesó el ministerio del Profeta Amós, atravesó su vida, podemos decir: la justicia, la pasión por la justicia, el valor para defender la justicia delante de todos, incluyendo los poderosos de esa época.
Los dos poderosos de esa época eran Jeroboam Segundo y Amasías. Amasías era el gran sacerdote del Santuario de Betel, y Jeroboam Segundo, -no el Primero, que fue el que causó la división entre Israel y Judá-, fue el que de alguna manera, propagó la idolatría, difundió la idolatría por todo ese Reino de Israel, como tantos otros de esos reyes.
Pues, Amós se encara con Jeroboam y se encara con Amasías. Amós es como el rostro del valor para defender los derechos de Dios y los derechos de los pobres.
Esas son las denuncias y ese es el clamor de justicia que hemos escuchado hoy, un clamor fuerte, un clamor vigoroso: "Escuchad esto, los que exprimís al pobre diciendo: ¿Cuándo pasará la luna nueva, para vender el trigo, y el sábado, para ofrecer el grano?" Amós 8,4-5.
La "luna nueva" era día de descanso, y el sábado era día de descanso, día en que no había comercio. Aquí, Amós se refiere a aquellos que están obsesionados por sus ganancias y que miran en el descanso religioso, que miran en el sábado, que miran en todo ello, sólo un estorbo para su codicia.
"Disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa" Amós 8,6. ¿Será que estas estrategias se siguen dando en nuestro tiempo? ¡Lo mismo que nos encontramos hoy!
Cada rato, que hicieron una investigación en las gasolineras, que no da la medida exacta. Es que es un mundo tan ridículo en el que vivimos, que ahora resulta que uno se encuentra en algunas gasolineras escrito: "Aquí, medida exacta". Como quien dice, uno tiene que agradecerles y felicitarlos: "¡Oiga! ¡Qué bien! ¡Ustedes no están robando! ¡Buena!"
Y así sucesivamente en una cantidad de cosas, pequeñas o grandes. Mire usted, analice usted, ¿cuántos de los empaques en que le venden a uno las cosas, vienen con la medida disminuida, o es puro plástico? El otro día estaba yo aterrado de ver un desodorante que vendían, -no le miento-, casi la mitad del empaque era plástico simplemente. ¡Es el mundo de la mentira! ¡Es el mundo del engaño!
Las dos palabras de hoy son la palabra justicia y la palabra misericordia. Nosotros solemos utilizar estas dos palabras de la siguiente manera: "¡Que Dios haga justicia con esas gasolineras y con esas fábricas de desodorantes, pero a mí sí que me trate con misericordia!"
Nosotros somos pequeñitos, somos débiles: "A mí, que Dios me trate con guante de seda. Para los demás, sí puede ser guante de boxeo, o puede ser manopla de hierro. ¡A los demás, sí que los triture! ¡A mí, que me trate con misericordia!"
Tenemos que saber, que la justicia y que la misericordia, son dos modos de actuar de Dios, pero ambos están bajo el gobierno de su infinita sabiduría. Por eso, Dios a veces nos hace experimentar las consecuencias de nuestras malas acciones, y otras veces, nos hace experimentar la indulgencia, el perdón, el regalo de su amor que no merecemos.
Las dos cosas vienen de Dios. Viene de Dios, que alguna vez uno sienta las consecuencias de haber obrado mal, y viene de Dios, que otras veces uno sienta: "El Señor me libró de ésta, porque me hubieran podido pasar muchas cosas".
Dios en su sabiduría, Dios con su providencia, gobierna nuestra vida y nos va dando de justicia y de misericordia, nos va enseñando que nosotros no podemos cerrar ninguna de esas dos llaves.
San Agustín nos da una explicación muy bonita sobre esto de la justicia y de la misericordia.
Al fin y al cabo, Amós está antes del evangelio. El primer lenguaje que uno necesita, es el lenguaje de la justicia. Ese es el lenguaje más propio del Antiguo Testamento, aunque hay también rasgos de ternura maravillosos.
El primer lenguaje que uno necesita es el de la justicia. ¿Para qué? Para aprender a distinguir, qué es lo bueno y qué es lo malo. Como dijo Isaías: para "no caer en llamar bueno lo malo, ni malo lo bueno" Isaías 5,20.
El primer lenguaje que uno necesita es el de la justicia. Pero, "ese lenguaje, finalmente, -nos explica San Pablo-, nos deja convictos" Carta a los Gálatas 3,23. Cuando analizamos nuestra vida paso a paso, acción por acción, si le ponemos la lupa y si somos minuciosos con nuestra historia, todos llegaremos a una conclusión: "¡Culpable!"
¿Quién de nosotros podrá justificar todas las acciones de su vida? ¿Quién de nosotros podría comparecer ante Dios y decirle: "No me arrepiento de nada; no me avergüenzo de nada?" Eso no puede decirlo nadie.
Todos tenemos que declararnos culpables, realmente, delante de Dios, y todos tenemos que decir con el Salmista: "Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?" Salmo 129,3.
Pero eso sólo lo dice el que ha escuchado el mensaje estremecedor de Amós, el mensaje de la justicia. Sólo así, llega uno a esa conclusión. Y cuando uno llega a esa conclusión, entonces, ¿qué suplica? Uno suplica misericordia, uno suplica la gracia. Por eso, hay un orden. Primero, Amós y luego, el evangelio. Primero, la justicia y luego, la misericordia.
El pensamiento de San Agustín que quería compartirles, es: "Se dio primero la ley, para que fuera suplicada, para que fuera implorada la gracia". El lenguaje de la ley, sobre todo referido a la ley de Moisés, es el lenguaje de la justicia.
El lenguaje de la misericordia, el lenguaje de la gracia, vendrá después. Primero se dio la ley, para que luego fuera implorada, fuera suplicada la misericordia, como una gracia.
De ambas cosas necesita Dios, de ambas cosas necesita la sociedad, de ambas cosas necesita la Iglesia. La Iglesia necesita también de justicia y de misericordia. La sociedad necesita de justicia y de misericordia. Los papás necesitan de justicia y de misericordia.
Ahora hay teorías que dicen, que no se puede corregir a los hijos porque se traumatizan: "¡No se puede corregir a los hijos! ¡No le vaya a levantar la voz al hijo! ¡Cuidado toca al hijo! ¡No le vaya a hacer nada al hijo!"
¡Como si uno pudiera solamente con las razones, con el diálogo, con la persuasión, resolver todos los problemas! Muchísimas cosas pueden resolverse así entre los adultos. Pero ni siquiera entre los adultos se pueden resolver todas las cosas así.
A veces se necesitan acciones de justicia, hechos firmes que pongan un dique a las pretensiones del mal. ¡También se necesitan acciones de justicia hoy!
En fin, pidámosle a Dios que nos otorgue algo de su sabiduría, para poder nosotros también obrar con justicia, pero sobre todo, obrar con misericordia.
Amén.