O133001a
Fecha: 19980701
Título: El sacerdocio de la vida
Original en audio: 10 min. 34 seg.
Un tema que aparece con frecuencia en la predicación de los profetas, es éste que nos ha hecho escuchar el Profeta Amós el día de hoy: la crítica al culto que se vuelve puro culto y que se convierte como en una mentira, que oculta la verdad de la vida.
En vez de ser culto, oculta, esconde, no deja ver esa realidad de injusticia. Además, Dios lo que quiere en primer lugar, es la ofrenda de un corazón que obedece. Esto es lo que descalificó al rey Saúl: "La obediencia vale más que mil holocaustos" 1 Samuel 15,22.
La docilidad del corazón, dar el corazón a Dios, entregarlo a su voluntad, esto es más difícil y es también más valioso que todas las ofrendas de culto; sobre todo, porque ese culto que conocieron los israelitas, era la entrega de algo de ellos, entregar unos animalitos del rebaño, entregar algún dinero para el sacrificio o para el sacerdote.
Dios no quiere que entreguemos algo de nosotros, sino que nos entreguemos nosotros mismos. Y esto es lo que aparece plenamente en Jesucristo. Jesucristo inaugura una alianza, un culto nuevo.
Por eso, el velo del Templo se rasgó. Porque ese culto antiguo ya no podía seguir existiendo. Porque lo que anunciaba ese culto, llegó con Jesucristo. Jesús, con la ofrenda de su propia vida, está dando verdaderamente culto a Dios. Es en Él, el sacerdote la víctima.
Y ésta es también la condición de los que creen en Cristo. Todos nosotros, bautizados en su Nombre, tenemos el sacerdocio de la propia vida. Ejercitamos este sacerdocio cuando nos presentamos ante Dios, o cuando le presentamos lo que nosotros somos, lo que padecemos, lo que decimos, lo que hacemos.
Pero así como todo culto tiene sus propias normas, así también este culto de la vida, tiene sus propias normas. No es solamente decirle al Señor: "¡Aquí estoy!". Hay que decirle: "¡Aquí estoy!" Y la norma ¿cuál es? "Para hacer tu voluntad".
De modo tal, que en esta nueva liturgia, es la vida misma de nosotros ofrecida según la voluntad de Él, según el gusto de Él, según el parecer de Él; es decir, según el Espíritu de Él que obra en nosotros.
Ese es el culto que San Pablo llama "razonable" Carta a los Romanos 12,1, aunque esa palabra griega es un poco difícil de traducir. No sabemos si sería "razonable", o literalmente, "según la palabra", "según el logos", "este es el culto según el logos", o "el culto según la razón", o "según la palabra el nuevo culto es así".
Luego, a uno le queda una pregunta. Si el nuevo culto nuestro es el culto de la vida, en el cual se quiere que se cumpla lo que dijo el Profeta Amós, -"que fluya como el agua el juicio y que la justicia fluya como arroyo perenne" Amós 5,24-, pues entonces, ¿nosotros por qué tenemos celebraciones? ¿Por qué seguimos teniendo una liturgia que a veces, por cierto, corre el riesgo de ser también vacía en su contenido?
¿Por qué se dan para nosotros ritos, si nosotros tenemos ese nuevo sacerdocio, que es el sacerdocio de la vida? Esa es una buena pregunta, que no se puede esconder y que no se puede embolatar de cualquier manera.
Es que nosotros, precisamente, para ofrecer nuestra vida, no obramos con nuestro propio impulso. Porque si el ser humano pudiera por sus propias fuerzas presentarse y ofrecerse a Dios como oblación perfecta, entonces no hubiera sido necesario que viniera Cristo.
El ser humano no puede por sus propias fuerzas alcanzar esa plenitud de sacerdocio. De modo que aunque la tiene, siempre la está recibiendo. Y lo que nosotros hacemos en la liturgia de la Iglesia, es beber de la Fuente que nos permite también a nosotros ser manantiales.
No podemos ser un manantial de generosidad, de oración, de ofrenda, si no recibimos. Porque esa es la condición nuestra. Si uno no necesitara recibir de Cristo, entonces querría decir que la gracia no es necesaria, sino que basta con proponerse ser perfecto y ser justo ante Dios.
Pero ante Dios nadie es justo. Eso en el Antiguo Testamento está escrito, para dar testimonio de que el hombre no se justifica por su propio esfuerzo, sino que necesita la gracia de Dios, para que su vida pueda ser también una oblación hacia Él.
Es decir, que tenemos el sacerdocio por participación, tenemos el sacerdocio de Cristo. Todos y cada uno de los bautizados, tenemos el Sacerdocio de Cristo. Lo ofrecemos con la suma de nuestra propia vida, que es ofrenda.
¿Y eso en qué templo se hace? En el templo de la vida. Eso se hace ante el templo del sol y de las estrellas, ante el templo inmenso del universo, donde tú, cada vez que ofreces a Dios lo que eres y le presentas lo que eres, estás realizando ese sacerdocio bautismal.
Pero ese sacerdocio, aunque lo tienes, necesitas recibirlo. No surge de tus propias fuerzas. Por tanto, necesitas alimentarte. ¿De quién? Del que es el Jefe, el Líder, el Modelo, la Fuente, y ese es Jesucristo.
Entonces, nosotros, para alimentar nuestro sacerdocio, nos acercamos a la ofrenda de Jesucristo, bebemos de ese amor, comemos ese amor, nos alimentamos de ese amor, para también nosotros serlo.
Eso explica por qué hay una liturgia en la Iglesia. Es como la expresión visible, pública y perenne de que nuestro sacerdocio es recibido del continuo Sacerdocio de Cristo, del verdadero culto en el Espíritu y en verdad, que Cristo hace para gloria de Dios Padre.
Luego, toda la liturgia de la Iglesia es eucarística. ¡Toda! Ahí se comprende cómo la Eucaristía no es un rito más dentro de la Iglesia, sino que es el rito, es el culto, es el centro. Porque precisamente, en él se renueva, se actualiza ante nosotros y en nosotros, el Sacerdocio de Jesucristo.
Todo lo demás, todo, la lectura de la Palabra, el bautismo, las oraciones, la Liturgia de las Horas, es para que se pueda celebrar con más fruto, con el máximo fruto, la Eucaristía.
De algún modo, nosotros sólo tenemos una liturgia, que es la Eucaristía. Todo lo demás, -nos bautizamos, nos confesamos, recibimos la unción de los enfermos, oramos con los Salmos, nos reunimos para las Vísperas-, éso de más que hacemos en la liturgia de la Iglesia, es para que se realice con mayor fruto ante nosotros, entre nosotros y en nosotros, esa ofrenda viva de Jesucristo.
Cuando llega la Eucaristía, entonces llega el centro de todo, llega la fuente de todo, llega la meta de todo.
Cuando nos congregamos así, para celebrar la Eucaristía, estas palabras de Amós se cumplen plenamente. Atrás queda todo canto vacío y es la ofrenda de la vida, de la vida vivida en Cristo y de su vida participada en nosotros, la que le da plena gloria al Padre Celestial, y se convierte en fuente de salvación para el mundo.