O112002a
Fecha: 20000620
Título: La penitencia del malvado
Original en audio: 18 min. 44 seg.
Parece que de todos los reyes que tuvo el pueblo de Dios, tanto en Israel como en Judá, de ninguno habla la Sagrada Escritura con tanta dureza como contra este Ajab. La sentencia pronunciada hoy por el profeta Elías, de parte de Dios contra Ajab, es durísima.
Sorprende la penitencia que se pone a hacer Ajab, y sorprende que Dios tenga en cuenta esa penitencia. Quiero hacer una reflexión sobre este hecho, la penitencia del malvado.
Tengamos en cuenta que no todas las culpas, aunque exteriormente sean iguales, son iguales ante Dios. No es lo mismo el robo por necesidad, que el robo por curiosidad, que el robo por envidia, o que el robo por malicia.
Y en todos los casos puede tratarse del mismo objeto robado. Hay algo en el acto moral que está más allá del objeto, de lo realizado, algo que tiene que ver con las intenciones y con ese contexto existencial que Dios solamente conoce.
Esta enseñanza de la Teología moral viene a nuestras ayuda, no sólo para esclarecer este texto, sino también para animarnos en nuestra propia conversión, como espero que quede claro en unos minutos.
Es terrible haber cometido las maldades que se cuentan de Ajab. Por eso mismo, no es lo mismo la penitencia del malvado que la penitencia del justo. Por extraño que pueda parecernos, esa penitencia del malvado, precisamente porque era la menos probable, es quizá la más gozosa ante los ojos de Dios.
La que trae más alegría, como explícitamente dijo Jesús que "había más alegría en el cielo por un pecador que se convirtiera que por noventa y nueve justos que no necesitaran conversión" San Lucas 15,7.
¿Esto qué quiere decir? Quiere decir que hay como una especie de, ¿qué llamaríamos? De esperanza profunda para el malvado y de advertencia grave para el que no ha cometido las mismas maldades del otro.
¿Por qué Dios suspende toda esa secuencia terrible de males que había anunciado solamente por unos días de ayuno? Ajab era un hombre que nunca ayunaba. Es más, un hombre que había utilizado la institución sagrada del ayuno para ponerla al servicio de su robo, de su crimen y de su homicidio.
¿Por qué Dios toma en cuenta eso? Porque ese ayuno era el que más difícilmente podía darse. Así como son más escasos los metales más preciosos, y así como se consideran más finas las piedras más difíciles de encontrar, así Dios está esperando como nadie, al inicuo, está esperando la conversión de ése, el más endurecido.
Esto trae por lo menos dos enseñanzas para nosotros. La primera, si lo aplicamos al conjunto de nuestra comunidad, o al conjunto de la sociedad humana o al conjunto de la Iglesia que conocemos, entonces deducimos, que Dios, por decirlo de alguna manera, nunca pierde la esperanza ni aún en los casos más desesperados.
También de esos labios fríos, o vulgares, o sucios, Dios está esperando una profesión de fe. Y si viene esa profesión de fe de esa boca asquerosa por tantos aspectos, Dios la va a recibir con un júbilo que llama a fiesta a los Ángeles.
Dios, por decirlo a la manera humana, conserva esa especie de esperanza, y con "correas de amor" Oseas 11,1; Oseas 11,3-4; Oseas 11,8, como decía tal vez a través de uno de sus profetas, tal vez Oseas, con lazos de amor intenta atraer especialmente a esos corazones que son los que más le interesan.
Y esta enseñanza significa para nosotros dos cosas: primero, que no tenemos derecho a desesperar de nadie.
Y segunda, que debemos esforzarnos, sobretodo, en nuestras plegarías, en la creatividad que Dios nos regala, en nuestras obras apostólicas y en nuestras oraciones, debemos orientarnos sobre todo por los corazones duros, porque esos son los que con una sola palabra le van a dar gloria a Dios, que todos los corazones que siempre han sido justos y buenos.
Nada da tanta gloria de Dios como la conversión del pecador, y cuanto más endurecidos, más alabanza para Dios.
Así que hay que centrar las baterías en los casos difíciles, en los casos duros, en los casos imposibles. Y hay que pensar, que de esas personas, de esos casos imposibles, va a venir una inmensa bendición. Así sucedió, desde luego de modo estelar, con San Pablo.
Ahí está, endurecido, endurecido en el pecado, convencido hasta el fondo de que tenía que perseguir hasta la muerte a los seguidores de Cristo, pero después, endurecido como nadie en la certeza del amor de Dios.
“Esta es una verdad digna de la adhesión de todos, dice San Pablo por allá en Primera Timoteo, que Dios ha venido por los pecadores, y yo soy el primero” 1 Timoteo 1,15.
¡Que victoria! Un San Pablo hizo más que, -humanamente, digo yo, sólo Dios sabe las cosas-, otros Apóstoles que estuvieron tiempo, y tiempo, y tiempo, y tiempo, y tiempo con Jesús. Hay que creer en la fuerza de los convertidos y hay que pensar que la fuerza de los convertidos, es la fuerza de la renovación de la Iglesia.
La Iglesia se renueva con las conversiones, hay que pedir por las conversiones: conversiones en la comunidad, conversiones en la Iglesia, conversiones de los sacerdotes, ¡conversiones! Las conversiones son la clave de la renovación de la Iglesia.
Sin conversiones, jamás recuperará su primavera el Evangelio. El Evangelio se vuelve sorpresa, sorpresa que nos hace abrir los ojos, que nos hace sonreír y cantar. El Evangelio se vuelve sorpresa en las conversiones. Hay que pedir conversiones.
La segunda enseñanza tiene que ver con nosotros mismos. Tal vez algunos de nosotros tenemos en nuestro pasado cosas que no nos hemos podido perdonar, así pasa. O de pronto, otras personas que oigan estas palabras estarán en esa situación, así pasa, hay cosas que cuesta trabajo perdonar.
Y ese es un círculo del que uno no logra salir, ¿qué hago yo? De pronto hasta celebrar con una cierta aceptación mental de que Dios me perdona, pero no se logra sentir el perdón.
Uno de los obstáculos, no sé si sea el único, para llegar a experimentar el perdón de Dios, es que nuestra autoimagen quede tan completamente destruida por cierto acto, por cierto pecado, por cierta situación, queda tan completamente despedazada la autoimagen, por lo que hemos hecho, que no logramos recuperar fuerzas.
De nuevo, este texto bíblico nos auxilia, ya vera cómo.
El planteamiento es este: si usted es una persona tan mala para hacer lo que hizo, piense cuánto le agradará a Dios que una persona tan mala como usted se vuelva hacia Él.
Este razonamiento conmueve poco a poco nuestro corazón. ¿Cuál es todo su argumento? Todo el argumento es que: “Soy una persona inicua, que soy una persona perversa y que no tengo ni idea de cómo pude hacer eso”. Bueno, pues aceptemos su planteamiento. Porque la persona no se cura cuando uno empieza a decirle: “No, no es tan grave. Hay otras personas que han hecho otras cosas peores”.
Eso no sirve para consuelo del corazón. Eso es como decirle a una persona que le han robado: “No, pues figúrese que en el otro barrio han hecho otros robos peores”. Eso no ayuda.
Lo que verdaderamente ayuda es aceptar el planteamiento de la persona. Además, tiene razón. Ofender a Dios no es un juego de niños. “¿Usted dice que es una persona mala? Pues sí, tiene razón, eso sí, aquí no se le quita nada a nadie, de manera que admitimos su planteamiento. Usted es una persona que ha obrado mal".
"Ahora piense que ese mal suyo hace de usted una persona, que si le da la gloria a Dios, Él va a dar muchísima gloria”.
Con otras palabras, esto significa, que es la frase más absurda, más loca del mundo entero: que los males que acumula el malvado, si se convierte, están ya capitalizados como bienes para la gloria divina.
Esto realmente revienta todos nuestros esquemas. Que una persona, acumulando bienes, tenga mérito ante Dios, nos parece normal, nos parece de justicia. Pero que Dios pueda hacer de los males acumulados de una persona, un motivo, un capital que lo pone al servicio de su propia gloria, esta es una sorpresa, esta es una noticia que sólo fue posible que se oyera con Jesucristo.
No hay que decir a la persona que está acomplejada por su pasado, no hay que decirle: “Lo suyo no fue tan grave”. Por algo la persona piensa lo que piensa. Lo que hay que decirle más bien es: “Piense usted, que con este Dios en el que creemos, ese poco de males suyos, son ya un capital disponible para la gloria de Dios, ya, en este momento”.
Y esa es la historia que nos encontramos en el mismo Pablo, y esa es la historia que nos encontramos en los distintos convertidos.
Es tan grande la fuerza que tienen en la Iglesia los convertidos, que la persona que no tenga esa experiencia profunda de haberse arrepentido hasta el fondo, de haberse quebrantado totalmente ante Dios, yo creo que debería sentir una especie de envidia de los convertidos…
Es que es una gracia muy grande, que a uno se le derrumbe el mundo ante Dios. Es una gracia muy grande, muy grande, porque desde ese momento en adelante, nace, surge una libertad y una capacidad de hablar de la gloria de Dios, que no la tienen los que están cuidando, cuidando, cuidando, cuidando y pastoreando, y alimentando, y maquillando su imagen.
El convertido tiene más libertad, tiene una capacidad de libertad porque Dios, de un golpe le ha quitado el principal peso para darle gloria al nombre divino, y ese peso se llama el afán de la gloria humana.
Decían los tratados antiguos, que tres son los enemigos del alma: demonio, mundo y carne. Sobre la acción del demonio, uno más o menos tiene claridad: qué puede pretender el demonio. Sobre los pecados de la carne, uno más o menos tiene claridad de cuáles pueden ser.
Pero no se da cuenta, que a uno se le pueden ir los años de los años bajo el peso de los pecados de mundo. Y como esos no hacen el ruido que hace Satanás, y como esos no producen la vergüenza que produce la carne, ahí están, solapados, años y años, ahí están.
Gracias a Dios, en estas conversiones profundas cae con estrépito la mentira del mundo, como dijo Jesús en el Evangelio de Juan: “Ahora va a ser juzgado el príncipe de este mundo” San Juan 12,31.
La gran ventaja de esos derrumbamientos estrepitosos, como el que pasó a San Pablo, a San Agustín, a San Francisco y a tantos otros, la gran ventaja de esas conversiones, en donde a la persona se le acaba todo, como un Francisco de Borja, como un Ignacio de Loyola, la gran ventaja de esas conversiones totales y radicales, es que logran quitar la raíz de los pecados de mundo, son los que a uno no se le caen tan fácilmente.
Porque uno puede pasar los años y uno empieza como a aprender a manejar las situaciones: “A ver, vamos a manejar la situación. Entonces, con respecto al demonio, pues intentará que yo tenga envidia, que tenga incredulidad, que tenga soberbia, eso se ve bastante".
Con respecto a la carne, pues ya se saben cuáles son sus obras, el tipo de alianzas y de placeres que promete, eso también lo conozco”. Lo difícil es conocer lo otro.
Uno apenas tiene una media idea de que está metido y de que el mundo tiene poder en uno, cuando uno nota que es torpe para hablar para la gloria de Dios. Cuando uno nota que es torpe para cantar las maravillas de Dios. Cuando una nota que está atado y que tiene sentimientos, podríamos decir, lejanos y orgullosos con respecto a las personas que se entusiasman con Dios.
Son señales demasiado ambiguas y demasiado leves, pero son esas las señales que indican que un está arrastrando pecados de mundo.
Hay una frase que me gusta citar con frecuencia dicha por el pensador, pero escritor sobretodo, inglés, Gilbert Chesterton. Decía Chesterton, que el primer deber de un hombre enamorado es ponerse en ridículo. La persona que está demasiado dueña de su mundo, sus circunstancias, que hace siempre un cálculo antes de una obra de amor, esa persona no tiene pasión por Dios.
Que alguna que otra vez, el ímpetu del amor esté más allá que el cálculo, es indispensable para que surjan las obras. Miremos, si no, la historia de los santos y de los fundadores.
¿Cuál santo se puso a hacer cálculos estrictos: “A ver, vamos a fundar en toda Europa; a ver, qué hacemos, de qué van a vivir los de allá, espere, pensemos, a ver, cómo sería, cómo está la economía allá"?
Así nunca hubiera fundado Santo Domingo los conventos que fundó en vida, y los que nacieron después. ¡Nunca!
El amor va más allá del cálculo. No es algo irracional, sino suprarracional. El amor va adelantado. Si uno no tiene un amor que le reviente de tanto en tanto las puertas de los cálculos y de las cuentas de qué gano y qué pierdo, aquí cómo quedo, qué va a decirse de mí, cómo van a pensar, pero qué tal yo con estas...”
Si uno no tiene un amor que le haga reventar esos moldes, seguramente está arrastrando pecados de mundo, desde hace quién sabe cuánto tiempo.
Por eso, pidamos a Dios que nos dé gracias profundas, radicales de conversión. Gracias de conversión de esas que hacen que el alma se suelte para hablar de Dios, para hablar de la gloria de Dios, para hablar del amor de Dios.
Para llenarlo todo –como dice San Pablo en el capítulo décimoquinto de la Carta a los Romanos: “He llenado todo con el Evangelio de Jesucristo” Carta a los Romanos 15,19, decía Pablo. Se necesita un poco de esa locura y de ese enamoramiento para predicar el Evangelio.
Para disfrutar, para ser buena persona, para nadie se meta con uno, para dejar la vida tranquila no se necesita eso. Pero para anunciar el Evangelio, para que crezca la noticia, para que muchos se vuelvan a Dios, se necesita de esa pasión, se necesita esa locura, se necesita de ese amor que no va en contra de la razón, pero que sí va por encima de la razón.
Nuestro punto de partida fue, que Dios miró, como no ha mirado nadie, como nadie hubiera podido mirar, miró la penitencia del malvado. Dios mira la penitencia del malvado. Y esas palabras, que por esperadas son más valiosas, Dios las hace preciosas en el cielo. Estas palabras son preciosas ante Él.
Lo cual significa, que no debemos desesperar de nadie, que hemos de trabajar y orar por la conversión de todos, especialmente los más endurecidos, y que aquellos de nosotros que sentimos que en nuestro pasado hay obras demasiado vergonzosas, pues no nos vamos a curar con que se nos diga: “¡Ay, eso no era tan grave!”
No. Más bien, lo que hay que decir es: “Eso ya te lo tiene capitalizado Dios. Para que te dejes de histerias de mundo, para que dejes tu vanidad, para que te olvides de tantas imágenes que estás tratando de cuidar, y para que capitalices, para que tomes ese capital que ya Dios te tiene, y lo vuelvas motivo de alabanza de su gloria”.
Venga el Espíritu de Dios sobre nosotros. El Espíritu de Dios es tan poderoso como para transformar el humilde pan de nuestros campos en pan de los cielos. El Espíritu Santo también puede tomar la ofrenda de nuestras vidas.
Vamos a tomar, vamos a presentarle a Dios, -ese es el ejercicio del sacerdocio bautismal-, vamos a presentar ante Dios nuestras vidas como pan que Dios, con el poder de su Espíritu, transforma, transfigura en hostias vivas para alabanza de su gloria.
Amén.