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Fecha: 20000619

Título: La espiritualidad de las religiosas como esposas de Cristo

Original en audio: 24 min. 53 seg.


Simplemente es un escándalo esa primera lectura, que es, podríamos decir la apoteosis, la manifestación espectacular del poder del mal con todo su cinismo, con toda su crueldad, con toda su pavorosa eficacia. Valía más una viña, valía más una huerta, que la fama de un hombre y que su propia vida.

Es indispensable conocer este aspecto espantoso del reinado de Ajab, y es necesario conocer ese corazón retorcido de Jezabel, su esposa, para también conocer el rostro verdadero del pecado, las consecuencias de la idolatría.

A nosotros nos sirve también esta lectura para conocer contra qué clase de adversarios se estaba enfrentado el profeta Elías.

He aquí la gran consejera de Ajab, una mujer sin asomo de justicia, sin asomo de compasión, dispuesta a lograr sus objetivos a cualquier precio, incluso utilizando el nombre de Dios, utilizando las prácticas religiosas, utilizando la Ley de Dios en contra de la justicia de Dios.

La razón por la que Nabot no quiso entregar su viña, en el fondo es una razón religiosa, aunque a uno no le parece al principio. Todo el argumento de Nabot es: “Se trata de la heredad de mis padres” 1 reyes 21,3.

Hay que recordar, aunque desde luego la lectura no lo dice, que había un mandato, que apareció en el libro Levítico, el mandato del jubileo precisamente, que establecía que cada propiedad volviera a sus primeros poseedores, volviera a las tribus, según la repartición aquella del libro de Josué. Era una disposición de Dios la que estaba ahí.

Nabot no quiera cambiar la distribución de tierras que ha dado Dios. Su problema no es de eficiencia, su problema no es de producción, su problema es de fidelidad a la distribución que ha querido Dios, al plan de Dios.

Desde luego nosotros no miramos hoy el plan de Dios en esos términos, no miramos la posesión de la tierra en esos términos. Nos puede provocar una sonrisa que se crea que la distribución que se hizo en tiempos de Josué era la única posible o la única apropiada.

Lo que quiero destacar es la motivación, que en su fe sencilla, elemental, tienev Nabot. Hay un plan de Dios sobre esta tierra, y eso no es para que lo disponga el rey de turno. Ahí debería presentir Ajab, -Ajab era descendiente del pueblo elegido, su esposa era pagana, Jezabel-, y era, podríamos decir, la primera promotora del culto a los Baales.

Así las cosas, se trata de un enfrentamiento entre la altanería de Baal y esta fidelidad humilde de Nabot.

Ya vimos quién resultó perdiendo en la lectura de hoy. Nabot acaba apedreado y Ajab baja a tomar posesión de la viña que había sido de Nabot; es decir, ha triunfado el poder del mal. Desde luego, el episodio no termina aquí, mañana nos aguarda una lectura en que se presenta precisamente la intervención de Elías.

Pero es bueno que de tanto en tanto aparezcan estas lecturas para que, como decía al principio, recordemos que la idolatría nunca se queda sin frutos, nunca se queda sin consecuencias.

Como ya hemos dicho en otras oportunidades, el culto a Baal era el culto a la fecundidad y a la prosperidad.

Y resulta que el que tiene por única meta de su vida la prosperidad, un día descubre que su único estorbo es el pobre, el pequeño, el que no deja que yo me apodere de su viña, el que no deja que yo me haga otra huerta, el que no deja que yo construya otro imperio, el que no deja que yo me dé gusto en lo que a mí me apetece. Ese es mi estorbo.

De modo que, para traducir a una enseñanza esta lectura, sinteticémosla en esta frase: el culto idolátrico termina por mirar al prójimo como a un estorbo y un enemigo.

Los ídolos de nuestro corazón, hacen que nuestros deseos crezcan sin medida y que miren, por consiguiente, a todo lo que se oponga a nosotros o a todo lo que pretenda frenarnos, lo vea como motivo de depresión, de tristeza, como le pasó a Ajab, o motivo de crueldad y de cinismo, como lo realizó Jezabel.

Esta enseñanza debería golpearnos fuertemente el alma, porque vemos crecer el paganismo. Si la libertad religiosa, que en sí misma es una cosa buena, porque su contrario es malo, no se pude presionar a la conciencia de nadie para que se convierta, la libertad religiosa puede convertirnos en indiferentes.

Que la gente abandone la Iglesia, que la gente busque su propia religión, o abandone la fe viva, puede dejarnos indiferentes, porque fácilmente podemos pensar que la tolerancia es la indiferencia. Por eso, la primera aplicación que quiero hacer de esta lectura a nuestra vida es esa: una cosa es la tolerancia y otra cosa es la indiferencia.

La tolerancia consiste en que yo no puedo obligar a nadie a que se convierta, y no puedo retener a nadie en la fe por la fuerza, esa es la tolerancia. La tolerancia es un respeto a la conciencia de la otra persona.

Pero si bien yo respeto la conciencia de esa persona, cuando yo la veo alejarse de Dios, se me rompe el alma, porque se ofende el amor de Dios, en primer lugar; por que esa persona camina a su perdición, en segundo lugar; y porque todo ídolo produce muerte, destrucción, opresión al prójimo, en tercer lugar.

Nosotros no podemos igualar la tolerancia con la indiferencia, y por eso más bien es propio de nosotros ese gemido, esas súplica que Santo Domingo de Guzmán, Fundador de esta Orden de los Predicadores, tenía en sus noches de oración: “Señor, ¿qué será de los pecadores? No les puedo amarrar, no les puedo obligar, pero ellos tampoco pueden impedirme que sufra por ellos”.

Esta es la diferencia entre el corazón de un santo y el corazón de un cómodo. Nuestro mundo se está volviendo pagano en muchas cosas.

El paganismo avanza, la apostasía crece en muchos renglones, no se educa en la fe, no se enseña a orar, ¡es gravísimo! El nombre de Dios desaparece o es profanado. Cuando suceden esas cosas, una mal entendida tolerancia nuestra, se convierte en una comodidad egoísta que deja a Cristo solo con el problema, no nos interesan, entonces, los intereses de Jesucristo.

Eso es grave. Se quebranta la institución familiar, se quebranta el sagrado vínculo del matrimonio, se deja crecer lejos de Dios a los jóvenes.

¿Cuál es nuestra respuesta? “Ah, yo no puedo hacer nada por eso. Yo no puedo obligar a la gente”. Tú no los puedes obligar a ellos a que crean, pero ellos tampoco pueden obligarte a ti a que no sufras, a que no ames. Ellos serán responsables por su perdición, tal vez; pero si en ti no hay siquiera una oración dolida, yo me permito dudar de tu amor a Jesucristo.

No puede uno decir que está unido a Jesucristo, y que está consagrado a Jesucristo, y que es de Jesucristo, mientras que los intereses de Cristo son pisoteados, el nombre de Cristo olvidado, ¡no se puede!

Por eso, yo soy de la idea, de que una verdadera renovación de la vida religiosa, requiere que la mujer consagrada descubra la dimensión esponsal de su consagración. La vida religiosa ha decaído en número y ha decaído en calidad, desde que la religiosa se ha visto como una trabajadora.

¡Qué poco me gusta a mí esa expresión, sin embargo frecuente en los documentos de la Iglesia!: "Agentes de pastoral, somos agentes de pastoral". “-¿Cuántos agentes de pastoral hay en esta parroquia, en esta Diócesis?” Se siente uno como entre agentes secretos: “-Tenemos setenta y cuatro agentes de pastoral: las Hermanas de Jesús pobre, las Hermanas del pobre Jesús, y las Hermanas… , y los laicos de no se qué. Y esos son los agentes de pastoral que tenemos”.

La vida religiosa es una cosa distinta, y, es necesario que lo descubramos pronto. Una religiosa es una persona, es una mujer que le duele lo que le pasa a Jesucristo, no entiendo otra manera. ¿Qué dice Primera Corintios, capítulo séptimo? Dice expresamente eso: “La mujer no casada y la soltera, -que parece que entre esas caen ustedes-, se ocupa de los asuntos de Dios en cuerpo y alma” 1 Corintios 7,34.

"Los asuntos de Dios" 1 Corintios 7,34. En la mentalidad de San Pablo no se puede recibir la riqueza del Evangelio, el poder del Espíritu, el don de la Eucaristía y ser indiferente a los intereses de Dios.

Dicen, los que han estudiado esos textos, que San Pablo ni siquiera estaba pensado en el caso de mujeres que se dedicaran o que se consagraran por propia voluntad.

La mentalidad de Pablo más bien es esta: mientras una persona esté soltera, si ha recibido la noticia del Evangelio, su primer y único amor en cuerpo y alma es Dios. ¿A qué más tiene que amar? Pues a Dios sobre todas las cosas, como ya lo pedía el primer mandamiento.

Mucho más en el caso de una persona que ha tomado la decisión motivada por la acción del Espíritu Santo y ha dicho: “Soy para Dios”.

Cuando esa persona ha tomado esas decisión, ¿qué surge de ahí? Surge que los intereses de Dios son los primeros para esa persona. Y cuando una mujer se consagra a los intereses, a las preocupaciones, a la extensión del Reino de su Amado, eso se llama espiritualidad de esposa.

Esto resultaba tan obvio en la Iglesia que casi no tocaba especificarlo. Todavía hasta hace poco, el Papa Pío XII, me parece que fue, cuando le escribió a las religiosas, le pareció que lo más natural era escribir una carta que llevaba por titulo "Esponsa Christi". Eso es el lenguaje natural para hablar a una religiosa dentro de la Iglesia.

Lamentablemente, esa perspectiva cambió. Y entonces, como en el siglo pasado surgieron una cantidad de comunidades, -entre las cuales están algunas de ustedes-; surgieron comunidades dedicadas a obras particulares de misericordia, a nosotros se nos olvidó el amor que motivó a esas fundadoras y nos quedamos con las obras que salieron de esas manos. Y entonces empezamos a definirnos por esa obra y por el resultado que se producía.

Cuando el mundo cambió y demostró que podía hacer obras muy parecidas a las nuestras, sin necesidad de tanta tramoya, montaje, noviciados, postulantados y juniorados, cuando ya todo eso cambió y cambió esa perspectiva, entonces la religiosa quedó sin identidad y en esas estamos.

Mi balance de la vida religiosa no es desesperanzado ni mucho menos, pero sí es fuerte. El Señor Dios quiso, -tal vez algunas de ustedes no lo sepan-, quiso que yo estuviera al frente del Departamento de Vida Consagrada de la Conferencia Episcopal aquí en Colombia, cargo que estuve ocupando durante un interregno de cerca de un año.

Y en ese tiempo, me moría yo por dentro, serán esas las palabras que me salen ahora, -porque en ese tiempo nadie me llamó a predicar retiros-; me moría yo por dentro de ver que las religiosas languidecen en una frialdad ante los intereses de Jesús.

¿Les preocupa su consagración? Tal vez, ¿les preocupa su congregación? Muchísimo, ¿les interesan sus obras? Bastante, Pero ¿Jesús? ¿Dónde están las religiosas que se mueran por Jesús? ¡Es que yo sé lo que es el amor en una mujer! ¡Yo sé cómo una mujer hace los ojos, y cómo se le encharcan los ojos, y qué lágrimas salen de los ojos cuando una persona ve cómo le acaban la obra del amor de su alma!

¡Yo sé lo que es una mujer que ama! ¡Y ese es el amor que yo no veo en las religiosas! No les veo, las veo preocupadas por sus obras, por sus resultados, por sus cronogramas, por sus Capítulos, las veo ocupadas de esas cosas, pero no hay quién se interese por Cristo y quién llore lagrimas de amor, porque el nombre de Cristo es rechazado y porque el mundo se vuelve apóstata.

¿Qué de raro tiene que una institución, que se ha vuelto sólo para sí misma, no enamore entonces a otras personas? Necesitamos una profunda renovación, que es una renovación en el amor a Jesucristo, una renovación intensa en el amor a Jesucristo.

Y eso es lo que tiene Elías, y eso es lo que va a aparecer precisamente en la lectura de mañana. Yo no puedo caer en la intolerancia, no puedo. ¡Pero Dios me libre de caer en la indiferencia!

Dios, en su poder, va a renovar la vida religiosa. Por allá un Padre, cuyo nombre no recuerdo, se puso a hacer la historia de las comunidades religiosas. Decía él, que cerca de dos terceras partes de los institutos que han sido fundados ya desaparecieron. O sea, los institutos como tales, no tienen promesa de permanencia eterna en la Iglesia.

¿Cuáles son los institutos que van a quedar? Los que tengan la vida de Dios, así de sencillo. Los que tengan algo irreemplazable, los que tengan algo esencial, algo de cielo, eso es lo que va a quedar. Todo lo demás se acaba, todo lo demás lo puede producir el mundo cuando quiera, cuando quiera. Todo lo demás se termina.

Necesitamos una renovación profunda en el amor a Jesús. Y esto requiere que cada religiosa recupere, si alguna vez lo tuvo, o adquiera, si nunca lo ha tenido, un amor esponsal. Si tú recorres la historia de la vida consagrada, tú descubres, eso no tiene discusión, la vida religiosa femenina nació de las vírgenes consagradas.

Y las vírgenes consagradas nacieron de una moción del Espíritu Santo que tocó el corazón de mujeres, muy amadas por Dios, para que tomaran para sí mismas los intereses de Cristo. De tal modo que cada una de ellas, a imagen de la Iglesia, pudiera decir: “Vivo y soy esposa de Jesucristo”. Perdido eso, se pierde todo.

Y a estas alturas de mi vida, sin ser anciano, sin ser muchacho, a estas alturas de mi vida, he visto demasiados experimentos estériles. He visto a las religiosas detrás de los laicos tratando de ver: “Oye, si yo me parezco a ti, ¿tú me vas a aceptar? Si yo vivo como tú, ¿tú me vas a creer? Si hago lo que tú haces, ¿tú me vas a escuchar? ¡Qué tontería, por Dios! ¡Qué insensatez!

Y en eso se metieron renglones enteros de la vida religiosa femenina, detrás de los laicos, detrás de los seglares. "A ver, ¿cómo es que viven los seglares? A ver si nosotros podemos vivir algo". Hay que ir a Jesús, con todas las fuerzas. Aprender de todos, pero no aprender del seglar a ser seglar, no aprender del laico a ser laico.

Aprender del seglar ese Cristo que vive en él, y aprender del laico ese Cristo que reina en él. Eso es lo que tenemos que aprender, para también brindar ese Cristo que nos alimenta a todos, única razón de nuestro Bautismo y única esperanza de nuestra gloria.

¡Cuántos experimentos! “¿Será que sí hacemos esto? ¿Será que si comprometemos? ¡Mejor vamos a dedicarnos a luchar por la justicia!” Eso me hace recordar a Supermán y a Centella: “¡Vamos a luchar por la paz y la justicia!”

Mira, la paz y la justicia están muy bien. Por la paz y la justicia va a trabajar mucha gente, por Jesús va a trabajar muy poquita gente. Tú trabaja por Jesús, que si tú te ocupas de Jesús, con Jesús llegan la paz y la justicia y los frutos del Espíritu Santo, que no muestra ningún otro plan de paz.

Ahora les hablo, no como sacerdote, no como predicador, sino si me quieren recibir como amigo, para contarles este último dato. Estando allá en mi querida y amada Conferencia Episcopal, ahí sí que hubo sufrimiento en este pecho.

Yo decía: “Sí, nos llaman para que mediemos en los procesos de paz, nos llaman para que estemos en las mesas de negociación. En cierto modo, es una honra y una oportunidad para la Iglesia, pero también es un lazo, es un lazo engañoso. Y me parece que en buena parte caímos en el lazo".

Creo, metiéndome a profeta, que vamos a salir de ahí. Yo creo que sí, porque hay luces. -Yo sigo en contacto la gente de la Conferencia, y yo los quiero mucho a los señores Obispos, pues la mayoría de ellos también me conocen, no voy a decir que somos íntimos, pero nos conocemos, o con muchos de ellos-; pero creo que de ahí vamos a salir, ese es un lazo.

Porque nos dedicamos a mantener en paz gente que estaba buscando la viña de Nabot, y se nos olvidó predicar, desde la caída estrepitosa que trae el pecado, la grandeza maravillosa que trae la gracia.

Por esa razón, yo siento, que así como les digo a ustedes: "Desde el nombre de Jesucristo, ¡renueven lo que ustedes son! ¡Dejen de hacer experimentos! ¡Renueven lo que son! Vuélvanse a Jesús hasta enamorarse apasionadamente de su causa, así también, le pido a mi comunidad, y le pido a los sacerdotes, y le pido a la Iglesia: ¡Dedíquese a anunciar a Jesucristo! ¡Presente la noticia del Evangelio! Denuncie, no sólo a los paramilitares y los guerrilleros y las torturas, ¡denuncie a Baal! ¡Muestre que eso lleva a la muerte! Eso es lo que hay que hacer.

Cuando nosotros empecemos a denunciar Baal, cuando empecemos a denunciar el pecado, va a empezar a suceder, en algún lugar de la vida, que algunos de los criminales y poderes torturadores se convierten, y esa gente convertida es la que puede decir: "La paz es posible". Sin conversión la Iglesia no hace nada.

La primera piedra, el primer lugar que hay que rozar en el corazón humano se llama conversión. Si no se produce conversión, no se está haciendo nada. ¡Pero cuántos esfuerzos, cuántas reuniones…! A ver si el Derecho Internacional Humanitario! ¡Me parece una Iglesia tan detenida, tan amarrada, tan artrítica! Y así nos acostumbramos nosotros a ser.

¿Usted sabe qué es el Derecho Internacional Humanitario? Es el Derecho de guerra. Entonces más o menos la idea es: "No se maten, pero si se van a agarrar, por lo menos no se torturen; y si se van a torturar, pues por lo menos no hagan estas torturas que son demasiado espantosas; y si las van a hacer, pues devuelvan los cadáveres, por lo menos".

¡Qué es eso! ¡Qué es eso! ¿Y el Bautismo para qué sirve? ¿Y el Espíritu Santo dónde está? Y el poder del Evangelio, ¿qué?

Miren, la Santa de que hemos venido hablando, Santa Catalina de Siena, era una mujer que vivió en un siglo espantoso, donde había torturas, no se llamaban paramilitares, ni se llamaban guerrilleros, se llamaban goliardos, por ejemplo, y algunas otras tribus salvajes, porque el salvajismo siempre ha estado.

Lo que pasa es que en estos países tercermundistas, el salvajismo es con adultos, mientras que en el mundo desarrollado, el salvajismo es con niños. "Ay, ¿cómo así? ¿Con niños?" Pues sí, no los dejan nacer, los despedazan. Entonces son otro tipo de salvajes. Las autopistas quedan limpias y las canecas llenas de fetos.

De manera, pues, que el salvajismo está metido en la especie humana. Catalina de Siena ¿cómo obraba con respecto a la paz? Convirtiendo criminales. El día que los criminales digan: “Me encontré con Jesucristo y dejo de matar”, ese día empieza a abrirse un proceso de paz.

Pero, ¿la Iglesia tardará mucho en entender esto? Tal vez sí, o tal vez no. ¿Depende de qué? Depende del grado de santidad. Por eso el gran mensaje, para resumirles todo el retiro en una frase, el gran mensaje es este: lo único que la Iglesia puede hacer, es ser santa.

Cuando la Iglesia es santa, poseída por el Espíritu, cuando la Iglesia está colmada del Evangelio, cuando la Iglesia tiene la noticia de Jesús por encima de todo, -y eso se ve en religiosas que se mueran por los intereses de Cristo, lo mismo se ve en tantas otras señales-, cuando eso pasa, entonces la Iglesia ayuda a la humanidad.

Cuando la Iglesia no hace eso, es la humanidad la que le asigna el papel: “Ahora tú me haces el favor y te vuelves monaguilla de nuestras celebraciones, de nuestros ritos, que son ritos sociales y civiles estériles”.

Tomemos la pasión profunda de Domingo de Guzmán, Francisco de Asís y tantos otros Santos. Tomemos la pasión de estos Santos por el Evangelio de Jesús, tomemos los intereses de Jesús para nosotros.

Con ese tesoro, que son las confidencias de Cristo a tu alma, tu vida religiosa, tu vida consagrada se transforma. Sin eso, tú puedes desarrollar una vida buena, pero con esa bondad indiferente que deja caer, resbalar en la muerte a muchos hermanos.

Ven, Señor, con tu poder y con tu amor. Ven a nosotros, renueva con tu Espíritu la faz de la tierra, y regálanos verdaderas vocaciones.

Amén.