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El Evangelio de hoy está tomado del capítulo quinto de San Mateo en el Sermón de la Montaña que vamos leyendo y meditando con toda la Santa Iglesia durante esta parte de nuestro año litúrgico.

El texto de hoy nos da una gran enseñanza, Cristo dice: “ Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt 5,20); lo que llama la atención de esta expresión es que tanto los fariseos como los escribas eran personas sumamente exigentes, ellos estaban reclamandoun comportamiento que podríamos llamar perfecto, para los fariseos la manera de conducirse delante de Dios era cumpliendo completamente todos los detalles de la Ley de Moisés y por supuesto llegar a cumplir completamente los más de 600 preceptos de Moisés, parece algo imposible; de hecho hay algunos pasajes en la Biblia en donde encontramos judíos convertidos que hablan de como no podían cumplir, simplemente no podían cumplir todos esos preceptos; eran demasiado. Por ejemplo en el capítulo segundo de la Carta a los Romanos dice abiertamente San Pablo que sucedía con frecuencia entre los judíos el decir: “no hay que robar”, pero en el fondo si roban; es decir uno es lo se predica y otro lo es lo que se aplica y en ese sentido hay una gran diferencia entre apreciar la belleza de la Ley y vivir la perfección de la Ley.

También el apóstol San Pedro en capítulo quince de los Hechos de los Apóstoles habla de cómo la Ley era prácticamente imposible de cumplir en todos sus detalles. Y ahora Cristo dice: “mira ahora hay que ser más perfectos que los fariseos”; es decir uno se queda como espantado porque lo que proponían los fariseos era muy difícil y Cristo dice “hay que ser mejor que los fariseos” pues uno se queda desconcertado; pero es que entender lo que Cristo nos está diciendo, Él dice que no es que la perfección este en más prácticas exteriores por sí mismas, sino que está mucho más en una realidad interior, está en un cambio interior y es entonces en esa dirección en donde hay que buscar la perfección que nos pide Cristo, es en ese tipo de cambio interior. Mientras que los fariseos querían mejorar la fachada, Cristo dice: “limpien la casa, limpien el corazón”; son dos líneas distintas y esto nos deja una gran enseñanza porque eso quiere decir que no siempre lo más difícil es lo más perfecto, lo que proponían los fariseos era más difícil pero no era más perfecto, era tan difícil que de hecho resultaba imposible según testimonios de apóstoles como Pablo y Pedro, también el apóstol Santiago hace una diferencia entre la ley como tal y la ley perfecta, la que da libertad que es la ley de Cristo. Es decir que no siempre lo más difícil es lo mejor y no siempre lo más amargo es lo más cierto, porque hay personas que creen que sí son particularmente amargas y ácidas, desde esa acidez van a tener la verdad más clara, lo van a poder expresar mejor; no necesariamente lo más amargo es más verdadero, no necesariamente lo más doloroso es lo más santo y no necesariamente lo más difícil es lo más perfecto porque cuando uno está buscando únicamente lo más doloroso, lo más amargo o lo más difícil tal vez uno está como los fariseos, empeñado en la fachada, y resulta que la renovación, según la pide Cristo tiene que ir mucho más hacia el centro de nuestro ser, tiene que ir mucho más en la manera como aceptamos nuestra propia necesidad, como nos abrimos por la fe, como dice San Pablo en la Carta a los Efesios: “Porque ustedes han sido salvados por su gracia, mediante la fe” (Efe 2,8); entonces abrirse a ese amor y llega a nuestras vidas en la persona de Jesucristo, abrirse a ese amor, recibir esa gracia y ser renovados interiormente es mucho más importante que seguir limpiando y seguir decorando una fachada, mientras quizás la vida va por otro camino.

Así que ser mejores que los fariseos no es ser más estrictos que ellos sino tener un corazón que se ha dejado renovar mucho mejor por la gracia divina.