O102002a
Fecha: 20000613
Título: Rogar a Dios para no dejarnos llevar por las voces de los ídolos
Original en audio: 5 min. 1 seg.
Una pregunta que uno puede y debe hacerse es: ¿Por qué tentaba tanto la idolatría a estos antiguos israelitas? Continuamente los profetas están reclamando fidelidad, debe ser porque continuamente el pueblo tendía hacia la infidelidad.
La razón parece estar en los bienes que prometía esa idolatría, fundamentalmente, la prosperidad y la fecundidad, esa seguridad de la abundancia: sentir que los bienes de esta tierra están a disposición cuando se quiera.
Si lo pensamos bien, todas las idolatrías son búsquedas inconscientes, o conscientes, del paraíso. De nuevo la especie humana busca como ese lugar de abundancia, intenta volver a ese lugar idílico, así no lo conozca, así no lo recuerde; intenta volver hacia esa dulzura, hacia esa abundancia y quiere tener a mano todas las cosas, todos los placeres y realizar siempre su voluntad.
Y eso es lo que prometen los ídolos. Los ídolos están a espaldas de nosotros, llamándonos para que retrocedamos en el camino y para que regresemos al paraíso.
Dios, sin embargo, desde el Génesis, nos hace una invitación distinta: delante de nosotros pone la Cruz de Jesucristo, esa que aparece ya desde las Bienaventuranzas.
Mientras que el paraíso es atractivo por él mismo y no necesita explicaciones, sino que cautiva nuestra atención y reclama nuestro amor, sin decirnos una sola palabra, en cambio la propuesta de Dios, que no es otra sino la Cruz de Jesucristo, sí que necesita palabras y necesita de una unción especial.
Por eso decía Jesús: "Nadie viene a mí si el Padre no lo atrae" San Juan 6,44.
Detrás de nosotros, los ídolos intentan llevarnos, intentan devolvernos hacia un paraíso que ya no existe; delante de nosotros, Jesucristo con su palabra extraña, paradójica, nos llama hacia una entrega, nos llama hacia una donación que nos deja desconcertados y que sin embargo es verdadera puerta hacia algo mejor que el paraíso, es decir, hacia la gloria del cielo.
Esta realidad que ya la podemos ver claramente, porque ya se ha manifestado la gracia de Dios por medio de Jesucristo, como dice la Carta a Tito, esa realidad aparece ya anunciada desde el Antiguo Testamento.
Si nosotros miramos este episodio de la sequía en tiempos del profeta Elías, de lo que se trata es de eso: la Palabra de Dios corta por la base toda posibilidad de paraíso, ni siquiera de paraíso, de prosperidad, de fecundidad, de vida, no hay agua; todos los ídolos y todos los idólatras tendrán que reconocer que hay Uno, que es el Dios de Elías, que es el dueño de la vida.
Pero no sólo los enemigos de Dios, sino incluso también los amigos de Dios tienen que aprender esta lección,
Así como dice la Carta a los Hebreos de Nuestro Señor Jesucristo: "Aún siendo Hijo, aprendió sufriendo a obedecer" Carta a los Hebreos 5,8. También los amigos de Dios necesitan, necesitamos aprender la lección.
Y esa fue la lección que Elías le dio a la viuda: en semejante trance desesperado, con esa escasez que ya lleva a esta pobre mujer a decir: "Vamos a comer esto y nos vamos a morir" 1 reyes 17,12, Elías le dice: "Primero el pan para mí" 1 Reyes 17,13.
No se trata de poner por delante su hambre o su necesidad, sino de poner por delante los intereses de Dios y una fe absoluta.
Y esta mujer, que ya tenía la muerte a las puertas, sin embargo, por decirlo de alguna manera, apuesta por la palabra de Elías, acepta, acoge la palabra de Elías, y entonces Dios muestra que aún de esa harina insuficiente y de ese aceite escaso, puede sostener la vida de su pueblo.
En el fondo es la misma lección que da siempre el desierto: si has puesto tu confianza en Dios, aunque todo falte, Dios hace infinitamente fecundo lo poco que hay, y hace que de ahí tengas sustento suficiente para ti y para tu prójimo.
Roguemos entonces de Dios que nos ayude a poner toda nuestra confianza en Él, y aunque nos atraigan las voces de los ídolos, que esté siempre primero la unción del Espíritu que nos conduce hacia la Cruz y la gloria de Cristo.