O096001a

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Fecha: 19960608

Título: Amor por el retorno de Cristo

Original en audio: 6 min. 29 seg.


A lo largo de su ministerio apostólico, podemos decir que Pablo tiene una evolución en muchos aspectos, entre otros, en relación a la segunda venida del Señor.

Si uno lee la Primera Carta a los Tesalonicenses, se encuentra con un Pablo que espera muy próxima la venida de Cristo, y que parece contarse entre el grupo de los que estarán todavía vivos cuando vuelva el Señor.

Pues así lo dice él mismo: "Nosotros, los que quedemos, saldremos al encuentro del Señor en los aires" 1 tesalonicenses 4,17. Y con un lenguaje cargado de simbolismo apocalíptico, describe lo que será ese momento de la plena realización de la Pascua de Cristo, ya no para él, sino para el universo.

La Segunda Carta a los Tesalonicenses cambia un poco el asunto. El mismo Pablo se ve obligado a matizar un poco las excesivas y a veces cómodas expectativas de los tesalonicenses. Porque ya había algunos que se tomaban tan en serio lo de que ya está por venir el Señor, que dejaban de trabajar y empezaban más bien a recostarse a las expensas de la comunidad.

A medida que pasa el tiempo, Pablo mira un poco de otra forma este retorno del Señor. Aquí, en esa especie de testamento espiritual que la Iglesia nos ha ofrecido el día de hoy, ya no habla de estar vivo él cuando vuelva Cristo. Pero sí habla del amor que le tiene al retorno de Jesús.

En cierto modo, deja en primer lugar ese retorno y ese amor al regreso de Cristo, como la condición para recibir la corona. Dice él, que ha pasado por muchas pruebas; así le ha dicho a Timoteo: "que ha combatido bien su combate, que ha corrido hasta la meta y mantenido la fe" 2 Timoteo 4,7.

Pero la corona merecida está, no para el que diga que ha trabajado más, no para el que haya sufrido más. La salvación, también en este punto de la vida de Pablo, sigue siendo pura gracia.

"La corona está reservada para todos los que tienen amor a su venida" 2 Timoteo 4,8. La corona no está para comprarla con nuestro esfuerzo, sino más bien, los esfuerzos que nosotros realizamos, son una prueba, una manifestación del amor que tenemos al retorno de Cristo.

En este sentido, la teología de la gracia es divinamente coherente en el Apóstol. Eso de combatir bien el combate, eso de correr hasta el final y eso de mantener la fe, no son una manera de adquirir como en una negociación, el cielo de la corona. Digo esto, porque sobre este texto a veces se predica en esos términos.

Más bien, eso de llegar hasta el final, no prueba que Dios tiene que darme algo, sino eso prueba que hasta el final, el Señor me ha dado amor al retorno de Cristo. Las obras meritorias son una manifestación del amor que hay; no son una manera de comprar el amor que no se tiene.

Pidamos nosotros al Señor, que nos dé amor al retorno de Cristo. Probablemente, debido a una preocupación por el estado moral del mundo, durante mucho tiempo la Iglesia ha descuidado el lugar centralísimo que tiene el retorno de Jesús, y por eso, a muchos cristianos quizá, les ha parecido que ser cristiano es llegar a portarse bien.

Pero en un mundo plural como el nuestro, hay muchas maneras de alcanzar ese portarse bien. Ya no parece que haya que ser un hombre religioso para ser un hombre sensato o pacífico, incluso moderado, casto, tolerante.

Es perfectamente posible a los ojos de nuestros contemporáneos, construir toda una ética y todo un comportamiento personal y social correctos, sin referencia a Cristo, al Evangelio o a religión alguna.

Por tanto, si nosotros sostenemos la predicación sólo en términos de la moralización y el cambio de costumbres en las personas, puede decirse que nuestra oferta no tiene demasiado, ni de buena noticia, ni de bueno para nuestros contemporáneos.

Pero si el centro de nuestro corazón está en el retorno glorioso de Cristo como plenitud de su Pascua, en eso sí hay una buena noticia para nosotros, y en eso sí hay un anuncio de justicia y de misericordia para todos los hombres de todos los tiempos.

Que Cristo, presente sacramentalmente en esta Eucaristía, acreciente en nosotros el amor a la plenitud; no simplemente el estar bien o el portarse bien en su presencia, sino el sentir que nuestro comportamiento es una manera de esperarle, nuestro portarnos bien es un fruto del amor que Él ha infundido en nosotros y un deseo de que acabe su obra.