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De Wiki de FrayNelson
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Hay tanta riqueza en el pasaje del Evangelio de hoy, tomado del capítulo once de San Marcos, que uno podría reflexionar en muy diversos temas. Yo quiere que en esta ocasión nos concentremos, en aquello que dice Cristo sobre el templo: el templo, llamado a ser casa de oración, pero, que se ha convertido en cueva de ladrones (cf. Mc 11,15-17). Interesante el hecho de que Cristo hable de ladrones. ¿Qué era lo que pasaba en el templo de Jerusalén? Hay que saber que el templo de Jerusalén no era simplemente un recinto, como lo que nosotros conocemos en nuestras iglesias en la fe católica. Aquí, por ejemplo, nos encontramos en el templo de Santo Domingo, o Iglesia del convento de Santo Domingo en Bogotá; es un recinto amplio y bello donde la gente llega, y donde se celebran los sacramentos, sobre todo la Santa Misa.

El templo de Jerusalén no tenía un solo recinto, sino que tenía como varios espacios concéntricos, de modo que había un espacio que era el más santo de todos, o el espacio más sagrado, que se llamaba, precisamente, el “Sanctum sanctorum”, o el “Santo de los Santos”, y ahí solo podía entrar el sumo sacerdote. Alrededor de ese espacio, había otro espacio, que correspondía al lugar de los sacerdotes; únicamente los de la tribu de Leví (los levitas: una de las doce tribus de Israel), podían estar en ese espacio. Luego, alrededor de ese, había otro espacio más grande, que era donde podían estar los varones (pues, había una segregación muy fuerte entre hombres y mujeres), que era llamado el “atrio de Israel”; ahí podían estar los hombres. Luego viene otro espacio más grande, donde ya podían estar las mujeres; y luego, otro último espacio, que era el “atrio de los gentiles”, a donde podían llegar los visitantes. Un visitante (por lo menos un visitante respetuoso), cuando llegaba a Jerusalén, no podía meterse hasta el fondo, como, por ejemplo, un turista japonés, que llega a la basílica de San Pedro en Roma, y pues como no es cristiano ni católico, sino de religión Shinto, va allá, y le llama la atención y mira lo que quiere ver. Así, no era en el judaísmo; en el judaísmo, los gentiles apenas podían estar en su espacio, de ahí en adelante, si era una mujer israelita, podía avanzar más; si era un hombre, podía avanzar más; si era un levita, podía avanzar aún más; si era el sumo sacerdote, podía llegar hasta el centro (pero, tampoco lo podía hacer todo el tiempo).

¿Por qué destaco esto? Porque Cristo dice: “cueva de ladrones”. Recordemos que toda la escena parte del hecho de que se están realizando ventas. ¿Qué era lo que vendían ahí? Pues lo que vendían, eran aquellos animalitos, que según la ley de Moisés, tenían que ser sacrificados por los sacerdotes. La gente, entonces, tenía necesidad de llevar unos animales para el sacrificio, y mucha gente llegaba hasta el templo, y ahí, en uno de esos atrios, en el atrio de los gentiles, seguramente, era donde compraba esos animales. Pero, si estamos hablando de una compra y una venta, ¿por qué Cristo habla de ladrones?, esa es la parte que quiero que reflexionemos.

Uno entiende que un ladrón es el que quita algo por la fuerza; ¿por qué, entonces, Cristo lo llama cueva de ladrones, si lo que estaba sucediendo ahí, era una transacción comercial?, y se supone que si el precio es justo, pues, entonces no hay propiamente un ladrón, no hay alguien que esté robando, y no hay alguien que haya sido robado, porque se está pagando el precio justo. ¿Qué es lo que le fastidia a Cristo, para que Él utilice aquel texto famoso del profeta, donde se habla de una cueva de ladrones? Pues, parece que lo que le fastidia a Cristo, es que si nuestro corazón y nuestra atención, no están puestas en el Señor; si el propósito de nuestra vida, si el propósito de nuestro caminar, no mira hacia Dios, entonces, le estamos robando a Dios.

Los ladrones de los que habla Cristo, no le están robando a la gente; le están robando a Dios; y en ese sentido, el problema no es tan sencillo, como decir: “pues, entonces, no cobren por los sacramentos; entonces, no vendan los frascos de agua bendita; entonces, no vendan imágenes; entonces, no vendan rosarios, y se acabó el problema”. ¡No!, el problema no es ese, el problema no es, simplemente, esas imágenes; el problema, es mucho más profundo, el problema es que nuestras vidas, si no están orientadas hacia Dios, si no están en la escucha del Señor, le estamos robando algo que le pertenece: nuestro tiempo, nuestra vida y, sobre todo, nuestro corazón. Los ladrones somos nosotros; los ladrones somos los que no le hemos entregado al Señor lo que a Él le pertenece, es decir: lo más íntimo de nuestro corazón, lo más profundo de nuestro ser, la docilidad de nuestra voluntad.