O066001a
Fecha: 19960217
Título: Pronunciemos a menudo el nombre de Dios
Original en audio: 4 min. 8 seg.
Las lecturas de hoy nos invitan a comparar dos palabras o dos modos de hablar. El Apóstol Santiago, siguiendo una tradición sapiencial, hace algunas reflexiones sobre la lengua y sobre la manera de hablar de nosotros los seres humanos.
Y nos hace ver cómo fácilmente grandes catástrofes y grandes desastres tiene su origen en pequeñas palabras, pero junto a esas palabras pequeñas, pero funestas del ser humano, están las palabras pequeñas, humildes y salvadoras de Dios.
En el evangelio nos ha dicho, no de lengua humana sino del interior de esa nube gloriosa, nos ha dicho: “Este es mi hijo muy amado. Escuchadle” San Marcos 9,7, y esto significa que la Palabra de Dios es la redención de nuestras palabras.
Santa Catalina de Siena hace una hermosa reflexión que tiene que ver con esto y dice cómo para curarse de males del corazón y de males de la lengua, de la manera de hablar, hay que purificar, hay que santificar la conversación con el nombre de Jesús. Entonces dice: "Al hablar, por ejemplo, San Pablo, cómo a cada momento está mencionando a Jesucristo".
Jesucristo es aquella Palabra, incluso su solo nombre, es esa Palabra que redime nuestras palabras y cuando nuestra conversación se dirige hacia Jesucristo, se limpia, se eleva y se sana.
Cuando nuestra conversación se olvida de Él, de alguna manera cae en lo que nos ha dicho el Apóstol: "Llamas de fuego que tiene su origen último en los profundos infiernos" Santiago 3,6.
Tomemos la Palabra de Cristo entre nosotros, pero de tal manera, que sea Él el que tenga el primer lugar. Porque ya vemos que en el evangelio los Apóstoles discutían, a pesar de estar hablando de algo que les había dicho Cristo; había división y discusión entre ellos.
Sólo cuando Cristo pascual y glorioso toma el primer puesto en nuestra conversación, y eso fue lo que les sucedió a ellos con el don del Espíritu Santo, y lo que nos puede suceder a nosotros; sólo cuando Cristo toma el primer puesto y es como el invitado de honor de toda conversación, es como el piso desde el cual hablamos, es como el techo que nos cobija; sólo cuando Cristo es ese recinto de nuestro amor y nuestro dolor, y nuestra esperanza, y nuestro temor tienen su lugar.
Sólo cuando Él es así, el todo de nosotros, la conversación se convierte no en ocasión de pecado sino en instrumento de bendición, en instrumento de sanación de nuestra propia vida y de la de las demás personas.
Tomemos a Cristo en nuestra boca, es lo que hace la Iglesia cuando nos ofrece un salmo de respuesta; tomemos a Cristo en nuestra boca comulgando, tomemos a Cristo en nuestra boca diciendo a menudo su nombre, santificando nuestra memoria, nuestra inteligencia y nuestra voluntad, con ese nombre que es glorioso por los siglos.