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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19960209

Título: Jesucristo, que todo lo hizo bien, puede restaurar totalmente nuestra belleza

Original e audio: 5 min. 8 seg.


Hoy la Iglesia nos permite escuchar ese elogio, tal vez de los más bellos que se hayan dicho de nuestro Salvador Jesucristo. En griego se dice: "Kalós pánta pepóieken", y está traducido aquí: "Todo lo ha hecho bien" San Marcos 7,37.

"Todo lo ha hecho bien" San Marcos 7,37, pero me gusta más la versión griega, porque este adverbio "kalós", dice muchísimo más que simplemente "bien".

"Pánta" quiere decir "todas las cosas", o "todo", simplemente; "pepóieken" indica "hacer", "obrar". Pero me interesa sobre todo esa palabra del texto original griego, "kalós". Porque "kalós" viene de la misma raíz de belleza, por ejemplo, recuerdas la caligrafía, el arte de escribir, "graphein", escribir bellamente, escribir con belleza.

Pues bien, cuando se dice de Jesús: "Kalós pánta pepóieken", se está diciendo no sólo que hace cosas buenas, sino que las hace bien, y que las hace con belleza, que las hace con su estilo, que en Él todo es bueno, que todo lo que Jesús quiso y quiere para nosotros, que todo es bueno.

Y que todo aquello que se pone en manos de Jesús, así sea enfermo, así sea dañado, de sus manos saldrá renovado, de sus manos saldrá sanado, de sus manos saldrá apto para recibir la Palabra de Dios y para proclamarla.

Nuestra vida está llena de fealdades, está llena de desfiguraciones, está llena de garabatos; nuestra vida está llena de mamarrachos, y a veces nosotros mismos somos eso, un mamarracho, la aproximación a ése que no fue.

Se nota especialmente en los religiosos, que hacemos profesión y llevamos hábito de santidad, y resultamos entonces más o menos como si uno tomara una estatua, qué sé yo, por ejemplo, de nuestro Padre Santo Domingo, y le pusiera una bola de ping-pong, así, en la nariz, semejante garabato, semejante mamarracho sería una burla de Dios y no un elogio a Él.

Algo parecido somos los cristianos, llevamos nombre de santidad; y nosotros los religiosos llevamos profesión y seguramente hábito de santidad, y entonces nuestros egoísmos, nuestras envidias han hecho de nosotros garabatos y mamarrachos. Y resultamos feos.

Como se piensa del Padre Gobbi, que estuvo una vez predicando, o mejor dicho, intentando predicar unos retiros en una comunidad religiosa femenina, de un país altamente desarrollado. Y apenas llegar, las religiosas le decían: "Mire, nosotras no queremos ni mucha predicación, ni muy larga, ni muy cansona, ni que critique muchas cosas".

Y empezaron a decirle todas las cosas que no querían, de tal manera que ya tenían demasiado endulzados los oídos y no soportaban unas gotas de limón.

El Padre Gobbi recogió su maleta, volvió a empacar y les dijo: "Sólo les puedo predicar esto, y seré muy corto: ustedes se han vuelto feas para Dios y feas para el mundo, permiso, me voy".

Pues bien, de esa fealdad del corazón, de esa fealdad que a veces sale en la tristeza de los ojos, o en la amargura de una sonrisa que no puede nacer, nos rescatan las manos hermosas y capaces de hermosura, las manos de Cristo. Cristo nos puede hacer realmente bellos.

Pongámonos en Él, confiémonos a Él, como este hombre enfermo del evangelio; pongámonos en Él, bajemos nuestra cabeza ante Él, para que sus manos, entrando en nuestros oídos, los hagan abiertos a la Palabra, y para que un beso de su boca nos permita hablar la Palabra de salvación y proclamarle a todas las naciones.