O052001a
Fecha: 19960206
Título: ¿Que podemos hacer nosotros para que la Palabra de Dios ocupe el primer lugar en nuestra vida?
Original en audio:
La simplicidad del mandamiento divino da vértigo, y entonces uno suele buscar seguridades en tradiciones, en enseñanzas, en preceptos puramente humanos.
El problema está en que cuando nos aferramos solamente a esas tradiciones humanas, aquello que ofrecemos a Dios queda consentido, es como un templo en el que no habita la divinidad. Bien lo ha expresado Salomón en su oración: "Si no cabes en los cielos y en lo más alto de los cielos, ¡cómo vas a caber en este templo1" 1 Reyes 8,27.
Es evidente que la presencia de Dios en el templo, la presencia de Dios en nuestra vida sucede solamente por gracia. Pues bien, esa gracia se espanta de nuestras vidas cuando ponemos nuestra confianza solamente en las tradiciones humanas.
La pregunta es: ¿y qué puede hacer uno? ¿Cómo puede uno arreglárselas para vivir en primer lugar de la Palabra de Dios? ¿Qué puede hacer uno para estar pendiente sobre todo de esa Palabra y para ser discípulo de Dios? Porque estos fariseos y letrados se enorgullecían de sus maestros, de sus rabinos: "Yo soy de Hilel, yo soy de Gamaliel, yo soy de Samay".
¿Qué podemos hacer nosotros para devolverle ese primer lugar a la Palabra del Señor? Pues, fundamentalmente, escucharla con el corazón; y fundamentalmente, dejar que ella penetre hasta donde ella tiene que llegar y dar fruto, y esta es una obra del Espíritu.
Además, hay esta diferencia: ante la Palabra de Dios, como dice la Carta a los Hebreos, uno está como indefenso, en cambio, las tradiciones humanas, siempre son algún negocio. Trataré de explicarme.
La Palabra de Dios nos deja siempre como despojados y siempre como en manos de su poder, en cambio, en la palabra humana siempre hay un pacto: hago algo, pero también estoy asegurando algo. Si uno se pregunta: "Al obedecer, ¿qué me estoy asegurando yo con esta obediencia? Uno descubre también el grado de obediencia en la Palabra de Dios que tiene en eso.
Vamos a hacer un pequeño contraste entre la obediencia en la vida militar y la obediencia en la vida religiosa, aunque su parecido tendrán, porque se les llama "obediencias" a ambas. Cuando el soldado obedece, queda libre de su propia responsabilidad: "A mí me mandaron que matara, a mí me mandaron que hiciera, a mí me mandaron..., etcétera.
Pero el religiosos no queda libre de su propia responsabilidad. Las Constituciones son claras al decir que no estamos subyugados, ni debemos obedecer en aquello que entrañe pecado.
Cuando la obediencia a un precepto supone que yo no pienso, supone que mi conciencia no tiene que entrar en eso, supone que yo me vuelvo una especie de niño minúsculo, que delega y endosa su responsabilidad en el superior, aparentemente ese es un gran obediente: "¡Qué hombre de su obediencia, caray!"
Pero no, no, no , no, no es así, porque ese señor, con esa obediencia está comprando una tranquilidad, está comprando una comodidad, está comprando la certeza de no ser rechazado, ni regañado, ni reprobado por su superior.
Yo no estoy diciendo que no haya que obedecer, ni más faltaba, estando yo mismo bajo este saludable régimen de la obediencia religiosa; no estoy diciendo que no haya que obedecer, sino que ninguna obediencia nos exime de tener plena responsabilidad de nuestros actos, y aún más, que de tal manera hay que obedecer, que entendiendo a mente de nuestro superior, obedezcamos también con nuestra conciencia.
Porque ese niño aparentemente juicioso, que es el religioso que obedece, pero sin entender, ese niño aparentemente juicioso, está obedeciendo con sus manos, porque si le dicen: "Barra", barre; está obedeciendo con sus pies, porque si le dicen: "Suba o baje", sube o baja; está obedeciendo con su cuerpo, pero su mente se la ha reservado para sí.
Y por eso, esa especie de "niños juiciosos", que son los religiosos que obedecen así como sin conciencia, que obedecen dentro de su propia comodidad, están obedeciendo con su cuerpo, pero su mente no ha hecho todavía voto de obediencia; puede que tenga voto de pobreza, voto de castidad en el cuerpo, pero en la mente no tiene voto de obediencia.
Hay que obedecer con inteligencia, de otra manera nosotros estaremos orgullosos de ser de Samay, de ser de Haliel y de ser de Gamaliel, o de ser del padre tal, o de ser de la madre tal: "Es que yo soy de los del padre tal", yo he oído eso en mi comunidad, "yo soy de los formados por el padre tal", yo soy de las formadas por la madre tal".
Eso no es suficiente, mis hermanos; eso no es suficiente, mis frailes, eso no es suficiente. Falta ver si has sido discípulo de Cristo; falta ver si tú cuando obedecías al padre tal y a la madre tal, obedeciste también con tu inteligencia, o solamente le diste tus manos, o solamente le diste tus pies. Es el corazón el que tiene que obedecer, si no, el culto está vacío.
Si no cabes en los cielos ni en lo más alto de los cielos, qué vas a caber, Dios, ¡qué vas a caber tú, Señor, en mis pequeñas palabras! Mis palabras no alcanzan para lo que yo quisiera transmitir. Mi corazón es pequeño y estrecho.
Que Él haga de mi corazón un templo en el que se goce, y que Él haga de mis palabras un evangelio que sea útil siempre para vosotros.