O051007a
El Evangelio de hoy está tomado del capítulo sexto de San Marcos. Yo llamo a este texto de hoy, “Los primeros misioneros”, y lo llamo así porque la escena que se presenta está llena de tanta alegría y llena de tanta bendición.
Lo que se nos cuenta es que Jesús llega con sus discípulos a una población llamada Genesaret, al borde del lago que también lleva ese nombre, Lago de Genesaret o Lago de Galilea, y cuando Cristo desembarca con sus discípulos lo reconocen algunos del lugar, ven que se trata del Señor, y fíjate que el Evangelio nos dice que recorrieron la comarca. Esta es gente que ve a Cristo, reconoce a Cristo, y lleva la noticia de Cristo. El fruto de ese testimonio de aquellos primeros entusiastas que vieron llegar a Cristo con sus discípulos, es notable porque el mismo Evangelio nos dice que una gran multitud se congregó, y nos dice también que en las plazas y por las calles la gente le pedía al Señor que les dejase tocar siquiera el borde de su manto, y así muchos obtuvieron la salud (cf. Mc 6, 53-56).
Pero, ¿Dónde empezó todo? Todo empezó porque algunos del lugar, algunos ahí en Genesaret vieron, reconocieron y anunciaron a Cristo. Ver, reconocer y anunciar a Cristo, ya lo demás lo hará Él. Saber dónde está, saber lo que Él puede, y contarle a los demás quién es Él; esas, ¿No son acaso las virtudes y las acciones propias de un misionero? Ver a Cristo; reconocer a Cristo, es decir, saber de qué es capaz, cuál es el poder que hay en sus manos, cuál es la sabiduría que hay en sus palabras, cuál es la pureza que hay en su mirada, cuál es la dulzura que hay en su amor, eso es reconocer a Cristo; y luego llevar esa noticia por toda la comarca, nos dice el texto de San Marcos.
Varias veces el Papa Francisco nos ha hablado de una Iglesia en salida. Estos que salieron a recorrer toda la comarca, seguramente no estaban ciegos o sordos o paralíticos; quizá lo habían estado y habían sido curados por el Señor, eso es posible, pero en este momento no estaban en esa condición: ni ciegos, ni enfermos, ni leprosos, ni paralíticos. Pero, con su anuncio, con su diligencia y prontitud en hablar de Cristo, se pusieron efectivamente al servicio de los que sí estaban ciegos, sordos, paralíticos ó leprosos. El misionero es aquel que reconociendo a Cristo le presta un gran servicio a la comunidad, porque posponiendo sus intereses y sus asuntos, el misionero está abriendo un camino para que aquel que está en necesidad encuentre una respuesta. ¿En quién? En Jesús, el Señor.
Y ahora te pregunto yo, ¿Eres capaz de reconocer a Cristo?, es decir, ¿lo ves?, en medio de la confusión de este mundo, ¿lo ves?, esa es la primera pregunta. ¿Ves dónde está y dónde está obrando?, ¿sabes que está en la Palabra?, ¿sabes que está en el Santísimo Sacramento?, ¿sabes que está en la confesión?, ¿sabes que está en la hermosura de la creación?, ¿sabes que está en el servicio a los pobres? Ver y reconocer a Cristo, saber de lo que es capaz, y luego anunciar a Cristo para que llegue la Buena Noticia a todos. El Señor nos haga verdaderos discípulos y verdaderos misioneros. Amén.