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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20000205

Título: Unir a la grandeza de la gratitud la pequenez de la humildad

Original en audio: 8 min. 35 seg.


En la primera lectura de todas estas semanas de comienzo del Tiempo Ordinario, nos hemos encontrado con la historia de la monarquía. Ése es el tema general de la primera lectura de todas estas semanas.

Nos empezaron hablando de Samuel, aquel Profeta que siendo niño recibió el llamado de Dios. Luego, cómo Samuel ungió a Saúl, el primero de los reyes.

Después, por qué Dios rechazó a Saúl, la soberbia y la violencia de Saúl contra David, que fue el elegido de Dios, la promesa que Dios le hace a David: "Tu dinastía, tu casa, sí va a permanecer en el reino" 2 Samuel 7,16.

Y dentro de este proceso, llegamos hasta Salomón, un momento glorioso y bello de la monarquía. ¡Qué escena primorosa la que nos presenta esa primera lectura! Un joven, que por una parte tiene el agradecimiento ante Dios, y por otra parte tiene la humildad ante Dios.

Son las dos virtudes que brillan en este Salomón, que es grande por lo que Dios ha hecho en él, pero que se sabe pequeño por lo que Dios le encomienda.

Y ahí tenemos como una primera enseñanza para nosotros. Cada uno de nosotros es grande, o es pequeño. Hay que saber ser grande y pequeño. Hay que ser grande, y saberse grande y valioso.

Existe una historia detrás de nosotros. Nosotros somos el resultado de una historia hermosa que Dios ha ido tejiendo, y valemos mucho.

Dice Salomón: "Tú trataste con misericordia a mi padre. Fiel a esa misericordia, le diste un hijo que se sentase en su trono: es lo que sucede hoy" 1 Reyes 3,6. Hay que sentir esa grandeza, hay una historia que viene detrás de mí.

Dios ha propiciado todas las cosas para que yo le pueda conocer, para que yo le pueda amar, para que yo tenga la salud que tengo, para que pueda pronunciar su nombre, para que pueda desplegar una cantidad de posibilidades que hay en mi vida. ¡Soy grande!

Pero, así como es grande lo que me ha precedido, grande tiene que ser mi gratitud y mi alabanza hacia Dios. Y éso fue lo que hizo Salomón.

Sin embargo, en otro sentido soy pequeño. También el futuro en alguna medida depende de mí, por lo pronto mi propio futuro.

Salomón se sentía abrumado pensando en ese pueblo inmenso al que tenía que gobernar. Por eso dice: "Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable" (véase 1 Reyes 3,8).

Estaba asustado Salomón. Pide aquí: "Da a tu siervo un corazón dócil. ¿Quién será capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?" 1 Reyes 3,9. "Yo soy un muchacho y no sé desenvolverme" 1 Reyes 3,7.

¡Qué belleza unir a la grandeza de la gratitud, la humildad! "Yo soy un muchacho y no sé desenvolverme" 1 Reyes 3,7.

¡Es el pueblo más grande de la tierra! Porque todos los otros pueblos pueden ufanarse de cosas que perecen, sólo el pueblo de Israel puede tener entre sus blasones el ser escogido por Dios y el llevar la promesa de Dios: es el pueblo más grande de la tierra.

Salomón está al frente del pueblo más grande de la tierra. ¿Y cuáles son sus palabras? "Soy un muchacho y no sé desenvolverme" 1 Reyes 3,7. ¡La grandeza de la gratitud, la pequeñez de la humildad!

Si uno aprende a vivir así, las promesas de Dios abrirán sus tesoros para uno. Si tú quieres tener la bondad, las bondades de Dios en torrentes sobre tu vida, ya te di la fórmula que no es mía sino de la Escritura. Mira: ¡Grande en la alabanza, pequeño siempre en la humildad!

¿Cómo no destacar en la petición de Salomón éso del corazón dócil? "Dame un corazón dócil" 1 Reyes 3,7.

Un corazón dócil es un corazón que tú puedas siempre moldear, que tú puedas siempre esculpir, que tú puedas siempre cambiar.

"Que lo único duro en mí sea el vínculo que me une a ti, Señor" ¡Ah, si uno fuera así! ¡Si uno tuviera esa oración perpetuamente en los labios y en el alma!

"Señor, lo único que quiero que sea duro en mí, es el vínculo que me une a ti. Quiero ser intransigente sólo en una cosa, en amarte, en amarte siempre y por encima de todo. Quiero mantener esa intransigencia, esa dureza siempre. En todo lo demás, lo que tú quieras, como tú quieras. Dame un corazón dócil".

Pero, la palabra hebrea para "corazón dócil", no significa solamente dócil. Hay otra traducción muy bonita: "Dame un corazón que sepa escuchar" 1 Reyes 3,9.

Es como decirle a Dios: "Dame un corazón que tú puedas herir con tu Palabra, un corazón que siempre pueda recibir tu Palabra, un corazón en el que tú siempre puedas escribir".

"Dame un corazón que sepa escuchar" 1 Reyes 3,9. Los corazones de bronce, los corazones de piedra, rechazan la Palabra. Fíjate que donde hay eco, es porque hay una pared dura. El eco se produce porque la pared es dura y el sonido rebota contra la pared.

"Yo no quiero ser una pared dura que hace rebote a tu Palabra y que te devuelve con altanería lo que tú le digas. Quiero ser un corazón que pueda recibir esa Palabra, un corazón como arcilla blanda donde tú puedas escribir, un corazón que tú puedas moldear, que tú puedas transformar".

Repito: ¡Qué escena primorosa! Y la Biblia que es tan exigente y que tiene esas medidas, esos estándares tan altos para pedir y que no se contenta con nada, tiene una palabra de aprobación para Salomón.

Es verdad que Dios es exigente, pero también es verdad que a Dios se le puede agradar. "Al Señor le agradó" 1 Reyes 3,10; esta Palabra es muy rara en la Biblia. Que a Dios le gustara lo que alguien hizo, éso es rarísimo en la Biblia.

Porque Dios es perfecto, porque Dios es infinito, porque Dios es santo, que a Dios le agrade algo, éso se dice muy poquitas veces en la Biblia. Se dice, por ejemplo, de la Santísima Virgen María: "Has hallado gracia ante Dios" San Lucas 1,30.

¡Qué tal esas palabras! "A Dios le gusta tu vida" ¡Ah, Señor! ¿Oír éso? "A Dios le gusta tu vida, a Dios le gusta lo que tú eres". O esto de Salomón: "A Dios le agradó eso" 1 Reyes 3,10. ¡A Dios le gustó eso!

En la mayor parte de los textos de los libros de los Reyes, lo que encontramos es exactamente lo contrario: "A Dios no le agradó, hizo lo que el Señor reprueba, no agradó a Dios, no fue grato ante Dios".

Pero, aquí vemos que sí es posible lo anterior. ¿Por qué camino? Por el camino del reconocimiento de sus bienes: la gratitud, la alabanza, la docilidad, la humildad, un corazón que sepa escuchar, un corazón en oración.

Sí es posible agradar a Dios por ese camino. Y por ese camino, tal vez Dios pueda decirnos también a nosotros, -pues, es lo que deseamos por la gracia del Señor-, que Él nos pueda decir también un día: "¡Tu vida me agrada! Lo que tú eres, a mí me gusta".

Que podamos darle ese gusto al Creador Nuestro, al Artífice Nuestro.

Amén.