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De Wiki de FrayNelson
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La primera lectura de hoy está tomada del capítulo 24 del Segundo Libro de Samuel. Seguimos con la historia del rey David. Es importante la historia de este rey, porque en los tiempos de David, podemos decir, que el pueblo hebreo experimentó con la mayor cercanía posible, lo que significa “Dios, reinando”. David logró mantener a raya a los enemigos de Israel; David logró unificar al pueblo, es decir, las tensiones internas, particularmente entre las tribus del norte y las tribus del sur, encontraron en David un gobernante suficientemente sensato, suficientemente inteligente para aliviar la situación, y sobre todo, podemos decir que en el tiempo de David fue cuando el pueblo hebreo, el pueblo elegido por Dios experimentó con mayor abundancia grandes bendiciones.

Toda esta grandeza de David, explica también, por qué para los judíos el tiempo de David es la gran referencia; sabemos que en la bandera del actual estado de Israel, lo que sobresale es lo que se llama la estrella de David, señal bastante clara de que este reinado y este rey significan algo único para los judíos. Esto, sin embargo, no quiere decir que el mismo rey David lo hiciera todo bien, y creo que es interesante el pasaje de hoy, para recordarnos una de las facetas menos brillantes del tiempo del reinado de David y de su propio corazón. La misma Biblia nos ha contado una escena absolutamente escandalosa, cuando David se dejó llevar por la lujuria, cometió adulterio, traicionó, mintió, abusó del poder y terminó asesinando al esposo de la mujer de la que él estaba enamorado (cf. 2Sa 11, 1-27). Esta serie espantosa de crímenes la realizó un hombre tan bendecido como David, en lo cual hay una advertencia para nosotros. Por algo dice, muchos siglos después el apóstol San Pablo: “El que esté en pie, tenga cuidado y no caiga” (cf. 1Co 10,12).

Pero, el texto de la primera lectura de hoy nos trae un relato diferente. David tuvo lo mejor de su fortaleza en un rasgo espiritual muy profundo: su confianza en el Señor. ¿Recuerdas, por ejemplo, aquella escena de la lucha entre David y Goliat, que también leímos en la Santa Misa?, y ¿recuerdas cómo, aunque Goliat podía fiarse de su entrenamiento, de su musculatura, de su altura, de su experiencia como soldado, aunque todo eso fuera cierto, David sale al encuentro de ese gigante y lo vence? Podemos decir que el arma fundamental de David fue la confianza puesta en el Señor (cf. 1Sa 17, 38-54). Y lo que nos cuenta la primera lectura de hoy, es que aunque esa confianza, en general, brilló en la vida de David, lamentablemente tuvo también sus eclipses: así, por ejemplo, en un cierto momento, él quiso asegurarse exactamente de cuántos recursos tenía, de cuánta gente podía llamar para el ejército, es decir, de qué tan poderoso era (cf. 2Sa 24, 2.9-17).

Para nosotros, un censo es un acto de sensatez, un censo es una manera de evaluar las necesidades y los recursos; pero, es que en la Biblia y en la manera como Dios nos mira, lo que interesa no es solamente lo que hacemos, sino con qué intención, con qué corazón lo hacemos. Así que el pecado de David no fue simplemente el tema del censo; de hecho, en la Biblia hay un libro, que es el libro de los Números, que mayormente lo que trae son estadísticas (quizá muy rústicas) sobre el pueblo de Dios. Es decir que el problema no está en los números, el problema no está en el censo en sí; el problema está en la actitud de corazón de David. Una actitud que de alguna manera quería consolidarse: A ver qué tan fuerte soy ahora que soy rey, a ver qué tan fuerte soy, de qué tamaño es mi ejército, con cuánta gente cuento, a dónde más puedo seguir ganando. Y esa actitud, que ya no está centrada en la gloria de Dios, sino que está centrada en David, es la que la Biblia fustiga, llamándole como hay que llamarle, como un pecado, porque es pecado de arrogancia, y porque por sobre todo es el pecado de retirar la confianza en Dios.

Así que tenemos una lección que aprender ahí: uno puede llevar cuenta de los recursos que tiene, del dinero que tiene, de los amigos que tiene, de las fuerzas que tiene, de la salud que tiene, y puede hacer cuenta de todo eso para convertirlo en agradecimiento, en alabanza, y ponerlo al servicio de Dios; o, lamentablemente, uno puede caer también en la falla de David, y entonces, uno puede caer en buscar cómo hacerse más fuerte, más importante, porque en el fondo está dándole culto a un ídolo interior que se llama “el propio ego”. ¡Cuidado con eso! La lección de la primera lectura de hoy, es: no basta simplemente con las cuentas que llevas; revisa qué es lo que hay en tu corazón.