O043003a
Fecha: 20020206
Título: Que Dios sea el Unico que gobierne nuestra vida
Original en audio: 25 min. 49 seg.
De pronto queda uno confundido en la primera lectura. David manda hacer un censo y luego se arrepiente de haber hecho ese censo, y Dios juzga el acto de David por un profeta, el cual le denuncia su pecado a David y viene una especie de purificación, una especie de purga, y uno se queda un poco sin entender, finalmente cuál es el pecado de haber hecho un censo.
Pero no era un censo para ver cuáles eran las vías que tocaba ampliar, no era un censo para ver en dónde había que construir sinagogas, no era un censo para saber dónde había que mejorar los cultivos, era un censo para saber con qué fuerzas contaba.
Para entender la enseñanza que este pasaje de la Biblia nos quiere dar, necesitamos, ante todo, caer en cuenta de qué había en el corazón de David, por eso el resultado del censo no es: "Hay tantos niños, tantas niñas, tantos hogares donde falta el papá, hay pobreza en tales zonas, el resultado del censo es: "Usted cuenta con tantos soldados en Israel, y cuenta con tantos soldados en Judá".
Es un censo para saber con qué fuerzas se cuenta, para eso es el censo; es decir, detrás de una idea que para nosotros es la cosa más natural del mundo, porque todos los gobiernos hacen censos.
Detrás de esa idea o de ese acto que para nosotros es inocente, incluso es rutinario dentro de la mecánica de la organización de recursos de una nación, detrás de eso hay algo distinto, es el deseo de encontrar un número que le dé tranquilidad a mi corazón: "Tengo suficientes fuerzas, tengo suficientes hombres, tengo suficientes armas a mi lado".
Luego el pecado de David empieza por ahí, él intenta saber en qué se puede apoyar, de los recursos, de las fuerzas y de los hombres que tiene a mano, él quiere saber eso, quiere saber si puede contar, si tiene suficientes fuerzas a su disposición.
Es decir, le está buscando un estribo, un escalón a su paz, a su tranquilidad, quiere encontrar tranquilidad en las fuerzas que él puede verificar.
Y resulta que David, cuando era muchachito, cuando era niño, no era así. David, que fue el último de los hijos de un hombre llamado Jesé, como último de la casa, lo tenían dedicado a las labores mas humildes y también más peligrosas, él era pastor, pero pastor en una región donde había peligros, lobos, leones, osos.
Y tenía él que defender al rebaño, un muchachito que ni siquiera lo contaban entre los hijos de Jesé, porque cuando fue allá el profeta Samuel a preguntar dónde estaban los hijos, ni siquiera hicieron cuenta de David, era poco más o poco menos que un siervo, un peón, eso era David.
Y este muchachito, despreciado de todo, perdido por allá en las montañas, se tenía que enfrentar con lobos y con leones, y fue allí donde adquirió la práctica en el manejo de la honda, que fue el recurso que utilizó en su batalla, en su pelea contra el gigante Goliat.
Pues miremos al David que luchó contra Goliat y al David que aparece en la primera lectura de hoy, y ahí entendemos el cambio que ha tenido este hombre.
El David que sale a enfrentarse contra Goliat no lleva espada, no lleva armadura, no lleva escudo, lleva tres piedras y lleva una onda, y Goliat era un carnicero, era un salvaje, un hombre brutal y cruel, dispuesto a despedazar y acostumbrado a destrozar.
Y David sale donde Goliat con una certeza y con una seguridad infinitas y Goliat, nos dice la Escritura, lo despreció desde el fondo de su corazón, lo despreció y le dijo: "¿Yo acaso soy un perro? Pues voy a dejar tu cadáver en pasto a las aves del cielo" 1 Samuel 17,43-44.
Fijémonos en esa actitud de David que va prácticamente desnudo frente ese monstruo acorazado que era Goliat, no había prácticamente dónde pegarle, excepto donde le pegó David.
David va lleno de certeza, va lleno de coraje, es gallardo, es hermoso, se presenta sin otra vestidura, se presenta sin otra confianza que el mismo Dios que lo ha traído hasta ahí, él tiene la experiencia de un Dios que lo defiende, de un Dios que lo ama, de un Dios que está con él, y por eso, fundado en esa certeza, obtiene la victoria.
¿Cuál es el David que encontramos hoy? Es un David sentado en su oficina, metido, escondido en su castillo pidiendo recados, recogiendo razones y mandando gente a que cuente cuántos soldados hay: “Díganme, a ver, cómo es que andamos, ¿será que somos fuertes o no somos fuertes?”
Es un David inseguro, es un David que quiere fundar su seguridad en el número de soldados; pero David, en medio de sus limitaciones, es un hombre que es noble, es un hombre que reconoce su parte.
Y esa misma noche la conciencia le remordió y él dijo: “No, no, no obré bien, yo no era así, yo no soy así, yo no debo ser así, esto así no funciona, así no es”, y al otro día se lo confirma Dios por medio de la palabra del profeta.
Por otra parte, el pecado de David lo podemos expresar con una palabra muy de nuestro tiempo, el "control". David quiere tener control de la situación, quiere tener, podríamos decir, dominio de todo su territorio, de toda su gente, también eso nos puede parecer natural a nosotros.
Pero aunque a nosotros nos parezca normal, no significa que a Dios le parezca bien, porque hay muchas cosas que el mundo hoy llama “normales” y no le gustan a Dios; porque nosotros llamamos normal a lo que sucede muchas veces, y Dios llama normal y llama bueno a lo que es conforme con ese hermoso y amoroso plan que Él tuvo al crearnos, eso es lo normal y bueno para Él.
A nosotros nos pueden parecer normales muchas muertes, muchos desastres, muchos terremotos que despedazan los corazones humanos, hablando metafóricamente, cuántos desastres morales ya nos parecen normales, uno hasta se acostumbra a la cifra de muertos.
Ya para que una masacre, por decir de nuestro país, para que una masacre salga en el periódico, ya tiene que tener veinte o treinta o de ahí en adelante en una sola tanda, si no, no clasifica seguramente para periódico.
O sea que uno va considerando normales muchas cosas, pero Dios no piensa así, Dios no tiene esa mente.
Por eso, mis hermanos, aunque a nosotros nos parezca normal querer tener el perfecto control de nuestra vida y de nuestras cosas, hay algo ahí que falta, y lo que falta ahí es que el ser humano será rey de la creación si sabe ser siervo y, mejor, hijo del Creador, ése es el orden querido por Dios.
Cuando el hombre se siente dueño, controlador, dominador, convierte a la naturaleza en una cantera, convierte a los hombres en unos esclavos y se convierte a sí mismo en un tirano, y ese es el drama del pecado y ese el drama de todos los imperios en esta tierra.
Ha tenido que venir el movimiento ecologista para decirnos: "¡detengan, paren, paren, que están acabando el planeta, que esto no va a durar más, paren, detengan!" Porque en las fiebres de la Revolución Industrial, allá en el siglo XIX, parecía que el mundo era inagotable: "¡Petróleo infinito, atmósfera para siempre, basura la que queramos, árboles habrá siempre!"
Hoy nos damos cuenta que no es así, ese hombre que sintió que podía dominar la naturaleza y hacer lo que quisiera con ella, arruinó para siempre cosas que hoy son irreparables.
Hay una cantidad de especies extintas, especies que el ser humano hizo desaparecer de la tierra, en sus pretensiones y en su afán de dominación.
Hay unos casos tristísimos, aunque uno no sea muy sensible a los animales, yo soy poco sensible a los animales, me fastidian en general, todos me huelen feo, pero aun así hay cosas que a uno le duelen, el caso de las ballenas, por ejemplo.
¡Es que es lamentable que seamos tan terribles administradores de esta naturaleza! Las cifras son algo así como una reducción del noventa y cinco por ciento de las ballenas en el curso de cincuenta años, hasta que alguien puso el grito y dijo: “¡Oiga, que van a acabar con todo, paren!”
El ser humano, que quiere dominar todo y que quiere controlar todo, necesita esclavos y no cree que existan hermanos; el ser humano que quiere dominar todo, necesita darle armas a unos esclavos para que mantengan sometidos a otros esclavos, y esa es la historia de todos los imperios, y todos los imperios necesitan eso, gente que sepa cumplir órdenes, pase lo que pase.
Pues bien, la Biblia tiene una idea distinta, el plan de la Biblia es: “Tú vas a ser un gran administrador de tu vida, tú vas a ser un gran administrador de tus cosas, si tienes dentro de ti quien dirija esa vida, quien le dé una luz a esa vida, quien le dé una dirección a tu existencia”.
Dice San Agustín: "El alma es la vida del cuerpo; pero Dios es la vida del alma", una manera muy suya de decir las cosas. Hay que tener a Dios dentro, tú puedes manejar muchas cosas, ¿pero a ti quién te maneja? "A mí no me maneja nadie" Bueno, entonces vamos a examinar si eso es cierto.
¿Usted es impermeable a todo y a todos? ¿A usted no le entra nada? Miremos, no tenemos aquí que inventar nada, miremos la historia de la humanidad, simplemente eso, busquemos a los tiranos, a los tiranos más absolutos y miremos si eso es así, si es verdad que a ellos no los domina nadie.
Inmediatamente viene a mi memoria ese texto bíblico donde el profeta, tal vez es Ezequiel, le dice a uno de esos reyes: “¿Y tú vas a seguir diciendo que eres un dios frente a tus asesinos?” Ezequiel 28,9.
Esas pretensiones de dominación absoluta, para descubrir que los hombres, cuanto más dioses nos creemos, más bajos caemos. ¿Cuántas decisiones de los emperadores romanos fueron tomadas en medio de los desórdenes, borracheras y orgías con sus amantes, fueran hombres o mujeres?
Qué tristeza saber que fueron los que sabían envenenar, los que sabían adular y los que sabían venderse, los que gobernaron a esos grandes imperios. Vayamos a la historia de los romanos y de los griegos y busquemos cómo detrás de todo tirano, que consideramos que no lo gobierna nadie, hay hilos de una y de otra parte.
Y cuanto más iracunda es una persona, más fácil es dominarla, porque no es sino saber qué teclas hay que oprimir para producir el resultado que uno quiere.
Cuanto más apasionada y orgullosa es una persona, más fácil es dominarla, porque no es sino oprimirle las teclas de lo que quiere oír, para producir el efecto.
La persona verdaderamente libre, el hombre verdaderamente libre, y esto lo dicen hasta paganos, Marco Aurelio entre otros, Epicteto también; la gente verdaderamente libre es la gente que no depende de sus pasiones, es la gente que tiene un principio interior de gobierno.
Porque el que no tiene un principio interior de gobierno, alguien lo está gobernando, algún amante, alguna codicia, alguna plata, alguien lo esta gobernando, algún miedo, alguien lo gobierna
La única manera de ser verdaderamente dueños de nosotros es tener dentro un principio independiente, esta fue la historia de los estoicos, por eso son tan interesantes en la historia de la filosofía los estoicos, como estos que hemos mencionado: Epicteto, Marco Aurelio, Séneca, esa gente se sigue leyendo con mucho provecho y mucho gusto en esta época.
Los estoicos se dieron cuenta de eso, porque los estoicos eran gente que estaban próximo gobierno, y se dieron cuenta de que un gobernante, a menos que tuviera un principio interior de gobierno a sí mismo, alguien lo iba a gobernar.
Claro, Marco Aurelio, por ejemplo, que fue emperador, se daba cuenta de que todos los otros emperadores los habían gobernado sus vicios, los habían gobernado sus aduladores, los habían gobernado otros.
Luego el espejo del verdadero gobernante es el que tiene un principio interior de gobierno, los estoicos buscaron ese principio en una cosa que ellos le llamaban "la razón", "la sabiduría", "el logos". Bueno, le dieron distintos nombres. Hay que tener un principio interior de gobierno que fuera la razón.
No, no es poco avance, realmente es una cosa interesante. Si por lo menos los gobernantes que nosotros conocemos no se dejaran llevar ni por la codicia, ni por los amiguismos, ni por los nepotismos, ni por los miedos, sino que se dejaran llevar por la razón, ¡hermoso!
¿Pero quién ha dicho que la razón ya resuelve el problema? Pues no lo resuelve, porque la razón, aunque los de la Ilustración francesa los hayan endiosado y por todas partes sale la diosa razón, la razón no es la señora, la razón es la sierva, la razón es la esclava, la sirvienta del amor.
Porque uno encuentra todas las razones para lo que ama, y le pueden dar todas las razones para lo que no ama, y no lo convencen. El amor es el único que reina en el corazón.
Entonces, llegar a la conclusión de que se necesita un principio interior de gobierno es una gran cosa, decir que queremos que gobierne la razón en nuestras vidas, hombre, es un avance, eso por lo pronto nos libra de aduladores, de vicios y de una cantidad de cosas.
Pero pretender el gobierno de la razón tampoco es la mejor idea, por la razón sencilla de que la razón es sirvienta, la razón va detrás del amor y donde el amor dice: "Por aquí", la razón empieza a construir un argumento para decir: "¿Por qué es por ahí?"
Bueno, ustedes me han oído, tal vez, aquella historia, por ejemplo, de un amigo de un hermano mío, un profesor que se decia ateo, y nosotros tuvimos unas conversaciones larguísima, nosotros es este profesor y este servidor que les habla, estuvimos hablando con este hombre sobre la existencia de Dios, y una cantidad de temas semejantes.
Y el hombre finalmente me dijo "Hombre, no, no, usted no me convence, pero si le voy a pedir una cosa: mire tengo una niña pequeña, -a mí esa historia me encanta-, tengo una niña pequeña, y yo creo que usted es un tipo sincero, dentro de ese gremio, o sea, los curas, creo que usted es un tipo sincero, ¿usted quisiera, cómo se llamará eso, darle una bendición, darle un buen augurio, un buen deseo a la hija mía?"
Y fuimos allá, él iba, pues, a verle la cara a la niña, porque él decía que no rezaba, y creo que no reza, y yo iba a hacer una oración por la niña, a la hija del ateo, a petición del ateo.
Cuando estábamos rezando, imagínese, siendo uno el pecador que es, resulta que ha aparecido encima de la niña un halo de luz, y el hombre ateo ha visto el halo de luz encima de la niña mientras estábamos rezando, yo entre otras cosas no lo vi, porque tenia los ojos cerrados.
Bueno, pues terminamos la oración y el hombre dice: "Oiga, pue, algo sí pasó porque yo vi allá un halo de luz y no se qué", y le pregunta mi hermano: "-Y usted no cree?" "No, pero Dios no existe". Claro, el tipo de vida que lleva ese señor, el tipo de negocios en él que el anda metido no le permiten que Dios exista.
Decía San Agustín: "Sólo niega a Dios aquél que no le conviene que exista Dios". El que quiere seguir llevando la vida que lleva, tiene que negar a Dios tarde o temprano, porque si admite a Dios le toca cambiar un poco de cosas.
Bueno, pero lo interesante de esta historia es ver que la razón no es la señora. "En mi vida va a gobernar la razón, dijeron los estoicos”. Hombre, señores estoicos, se les agradece, ustedes le hicieron un favor, sobre todo a la Antigüedad, a la edad Antigua le hicieron un favor, pero ustedes todavía no han dado con el chiste, porque es el amor el que gobierna.
Pero entonces ¿cuál es ese amor que es superior a la luz de la razón? Eso fue lo que no encontraron los estoicos, y si un gobernante no tiene un amor que sea superior a la luz de la razón, pregúnteme ustedes por qué se va a sacrificar; y el verdadero gobernante es el que es capaz de sacrificarse por el bien común.
El que no tenga un amor más grande que la razón, no encuentra un motivo para sacrificarse, un motivo para renunciar a sus propios intereses, no lo encuentra.
Y ustedes pueden recorrer las páginas elocuentísimas y sapientísimas de Aristóteles, de Platón, de Séneca, de Marco Aurelio, de Cicerón, hablando del gobierno, y en ninguna parte encontrarán que alguno de esos paganos haya dicho: “Y hay que dar la vida por los demás, y hay que entregarse, y hay que sacrificarse por el pueblo”.
Ese lenguaje sólo aparecerá con un hombre maravilloso, un hombre hermoso y santo, el verdadero, el enviado de Dios, que se llama Jesucristo, con Él sí aparece ese modo de hablar, con Él aparece un amor que le da la luz a la razón, y cuando la razón está iluminada por ese amor que es del tamaño de Cristo, con esa luz, la razón sí puede gobernar la existencia.
Ese es el plan de Dios para nuestra vida; Dios quiere que nosotros no nos dejemos gobernar por vicios, pecados, codicias, pasiones, en eso nos parecemos a los estoicos; pero Dios quiere que esa razón que tiene que gobernar en nosotros, esté a la vez gobernada por un principio más alto, que es un amor, y ese amor ha brillado en Jesucristo, y ese amor que ha brillado, se llama el Espíritu Santo.
Ese es el espíritu de misericordia, la palabra que no conocieron, o por lo menos no pudieron aplicar al gobierno ni Cicerón, ni Epicteto, ni Marco Aurelio, ni ninguno de esos. La palabra misericordia, la palabra sacrificio de sí mismo.
¡En dónde se va uno a imaginar que Cicerón diga: “Y el que no cargue con su cruz no puede verdaderamente”, eso no lo podía decir Cicerón, Cicerón decía: “La cruz, la palabra cruz no debe aparecer en labios de un hombre culto, es una ignominia tal que no hay que pronunciarla siquiera”.
Y Jesucristo, en cambio, toma la cruz, y la pone en el centro de su corazón, y la pone en el centro de su propuesta, y la pone en el centro de su Evangelio, y ese es el amor grande.
Y el plan de Dios es ese, que Dios me enseñe con su Espíritu Santo a gobernar mi razón para que mi razón me gobierne; y que yo, poseído por el amor de Dios y por la luz de la sabiduría del cielo, pueda gobernar el hogar, la patria, el colegio, la economía. Ese es el plan de Dios.
Esa cadena la ha roto el ser humano con su pecado, y eso es lo que también tiene David, “-No, yo quiero controlar”, "-no seas necio, cuando tú dices: “Yo quiero controlar”, no te das cuenta de quién te controla a ti. Tu ira, tu miedo, tu codicia te están controlando, o tu razón atea, como en el caso aquel.
Por eso David, gracias a Dios, se arrepintió; David se arrepiente, David se duele de lo que ha hecho, comprende que el camino no es buscar seguridad por sus propios métodos, ni el camino es pretender controlarlo todo, el camino es distinto.
Y qué hermoso como termina el pasaje, dice David: “Mejor caigamos en manos de Dios que sabe compadecerse” 2 Samuel 24,14, y Dios se compadeció. "Caigamos en manos de Dios, Dios sabe de misericordia" 2 Samuel 24,14, es decir, a través de esta experiencia dolorosa, David recordó los orígenes de su fe, podríamos decir, volvió al amor primero.
Por eso mis hermanos, el llamado que Dios nos hace en esta lectura, es: vamos al volver al mejor de nuestros amores, quizá no fue el primero, volvamos al mejor de nuestros amores a Dios, volvamos a una actitud de radical confianza en Él.
Y volvamos a ese esquema que ya no se nos puede olvidar nunca: "A mí no me pueden gobernar las pasiones, cualesquiera que sean, mucho menos la publicidad. A mi no me puede gobernar ni siquiera la razón, si esa razón no está iluminada por ese principio más alto; a mí que me gobierne Dios".
Y por eso decía el Señor Jesucristo: "Y si Dios te hace libre, entonces serás verdaderamente libre" San Juan 8,36, y esa es la maravillosa libertad que encontramos en el mismo Cristo, y esa es la libertad que Dios nos ofrece para que nosotros la experimentemos y la llevemos a los demás.