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El Evangelio de hoy tomado de San Marcos trae una lección muy importante para nosotros, es el paso de la sanación, es decir de la misericordia que recibimos a la proclamación, es decir la misericordia que anunciamos. Es interesante leer este pasaje, capítulo quinto de San Marcos desde este ángulo de la misericordia, porque de hecho muchas traducciones traen exactamente esa palabra. Esta es la historia de un hombre que era vejado terriblemente por demonios, y por supuesto la presencia, la acción de estos espíritus tenebrosos en su vida producía efectos desastrosos en su cuerpo, en su mente, en su entorno; pero llega Cristo con la gracia, con el poder de su amor, con el poder de su Espíritu y libera a este hombre; ese es el momento, es el instante de la erupción de la misericordia; brota abundante la misericordia de Dios y se hace presente en una vida que parecía completamente arruinada, completamente perdida, ahí llega la misericordia. Este recibir misericordia es el preámbulo para todo lo demás que aparece en el Evangelio. El hombre viéndose sanado, viéndose curado le dice a Jesús que quiere seguirlo, que quiere estar con Él, que quiere acompañarlo; pero esta vez Cristo le dice algo distinto, no lo admite en su compañía sino que más bien le da una consigna: “ve y cuenta a los tuyos la misericordia que Dios ha tenido contigo, ve y da testimonio de la misericordia” (cf. Mc 5,19-20). Me parece notable esto porque indudablemente Cristo quería tener colaboradores y a muchos los llamó para que estuvieran con Él, y grandes multitudes a veces lo acompañaban, pero he aquí que al Señor le pareció más importante que este hombre anunciara misericordia en su propia casa, entre los suyos. Podemos tomar esta escena como una especie de resumen de lo que puede traer para nosotros si lo vivimos apropiadamente, el Año de la Misericordia; primero abrirnos al amor de Dios, saber que necesitamos ser sanados y liberados.
Últimamente precisamente por esta experiencia del Año de la Misericordia he estado un poco más atento al dolor que hay en tantas vidas, incluso donde uno no se imagina. Quiero dirigir una palabra por ejemplo, a mis hermanos sacerdotes, con el debido respeto y con todo cariño, la realidad es que hay muchos sacerdotes heridos, hay muchos sacerdotes que necesitan o necesitamos sanación. Aquello que se condensa en los votos que hacemos los religiosos, es decir: pobreza, castidad, obediencia; eso que está expresado con los votos es materia de sanación en muchos sacerdotes y consagrados. Efectivamente la relación con el dinero en muchos casos no es una relación sana, es en a veces una relación de esclavitud. La relación con el afecto, con el sexo muchas veces no es una relación sana, porque en esas experiencias de afecto hay traumas, hay soledad, hay deseo de dominar, hay trampas también con las que nosotros caemos o hacemos caer a otras personas. Y todos esos errores y todos esos pecados tienen consecuencias en nuestra vida, pero en donde más he conocido esa necesidad de sanación es en el aspecto de la autoridad y la obediencia. Muchos sacerdotes tienen un profundo dolor, justificado o injustificado, por los cambios que han tenido que llegar a sus vidas, porque les han asignado donde no querían, porque están descontentos del liderazgo de los obispos o incluso del Papa. He escuchado a algunos laicos y sacerdotes hablar y criticar del Papa, ciertamente como ser humano puede equivocarse en muchos aspectos, pero es que hay unas críticas llenas de genuina rabia, de odio, de una amargura. Necesitamos que este año sea experiencia de sanación y misericordia, una cosa es comprender que nuestros superiores son seres humanos, que pueden tener errores y otra cosa es cultivar amargura y odio por los errores de ellos, por las equivocaciones reales o ficticias de ellos, ¡necesitamos experimentar misericordia!. Pero luego, según el Evangelio de hoy no quedarnos con esa dulce experiencia, no quedarnos con ese amor jubiloso sino ir a compartirlo como nos manda Cristo, ir a compartirlo con los que tenemos más cerca, con tantos otros, que seguramente necesitan lo mismo que nosotros hemos recibido, la experiencia de ser amados.