O041001a
Fecha: 20020204
Título: ¡No pierdas a Dios por sobrestimar al hombre!
Original en audio: 12 min. 54 seg.
Hermanos:
La primera lectura nos presenta un cuadro extraño, en cierto sentido desalentador. El paisaje no podría ser más turbio.
Ubiquémonos un poco. ¿Qué es lo que está sucediendo aquí? Resulta que el primer rey que tuvieron los israelitas, fue Saúl. Y lo normal en esa cultura y en la mayoría de las culturas, es que un descendiente del rey es el que tiene que seguir en el trono. Eso es lo que se llama una dinastía. El trono se recibe por herencia.
Pero sucede que ningún descendiente de Saúl fue el siguiente rey. Después de Saúl, el rey que quedó en Israel, fue David. Y la Biblia nos cuenta, precisamente en estos libros de Samuel, por qué sucedió así.
Saúl apartó su corazón de Dios, apartó su confianza de Dios, cometió incluso una gravísima falta: cuando se vio perdido, acudió al espiritismo. Saúl se apartó de Dios, y Dios se apartó de Saúl.
Y a través del profeta Samuel, que fue el mismo profeta que ungió a Saúl como rey, Dios le dijo a Saúl que lo descartaba como rey. Y en ese sentido, no sólo se apartó de Saúl, sino se apartó de la familia de Saúl, lo cual tiene una razón de ser también.
Cuando se nos presentaba al rey Saúl en alguna lectura de días anteriores, se decía: "Era un hombre que sobresalía entre todos los israelitas, sobresalía de los hombros para arriba" 1 Samuel 9,2. Era alto, era fuerte, era un gran guerrero.
Pero ahí hay una experiencia. Saúl, el gran guerrero, se apoya en sus fuerzas. Y sus fuerzas, como las fuerzas de cualquier ser humano, son insuficientes para responder al plan de Dios. Cuando ellas fallaron, él no buscó apoyo en Dios. Por eso Dios no quiere que Saúl sea rey, y tampoco quiere que una familia de fortachones y de guerreros, esté en el trono.
Eso no lo quiere Dios. Por tanto, busca un modelo completamente distinto: la humildad de un hombre, que no proviene de familia de guerreros, la humildad de un hombre, que incluso es descartado por sus propios hermanos y por su propio padre Jesé. Ese hombre es David.
Hay un cambio de estilo. Y en ese cambio de estilo entre la familia de Saúl y la familia de David, hay una enseñanza para nosotros, una enseñanza, que la Biblia la repite hasta la saciedad: el que se apoya en sus propias fuerzas, llámense sus riquezas, su inteligencia, su experiencia, el que se apoya en sí mismo, termina por no apoyarse en Dios.
Bueno, con ese contexto, ¿qué encontramos? Resulta que David ya está en el trono. Pero David tiene que padecer dentro de su propia familia, división: división, que nace de la codicia.
Un hijo de David, Absalón, fomenta una revuelta agresiva y homicida contra el propio padre. David se siente desconsolado, se siente frustrado como papá, pero sigue obrando de una manera, podríamos decir, a la vez práctica y en búsqueda de la voluntad de Dios.
Evita una confrontación con su propio hijo; intenta salvar la vida del hijo. Como lo seguiremos escuchando en los relatos que vienen, intenta salvar la vida de Absalón, y también intenta, que el reino permanezca como Dios lo ha prometido, permanezca en él y luego en Salomón.
Es que el asunto no era sencillo tampoco, porque se supone que el reinado debe pasar al hijo mayor. Una vez que Dios le promete a David, que la dinastía de David sí va a permanecer en el trono, se diría que lo normal es que el hijo mayor de David quede en el trono.
Pero resulta que David, guiado no por costumbres humanas, sino guiado, diríamos, por una especie de olfato, por una especie de intuición, por una búsqueda de qué es lo que Dios quiere y qué es lo que a Dios le gusta, se da cuenta de que el rey tiene que ser Salomón.
De modo que hay una doble tensión, una tensión con la familia de Saúl,-eso es lo que aparece en la primera lectura de hoy-, y una tensión con su propia familia, que también aparece en la misma lectura: tensión con Absalón, que es uno de los hijos mayores de David y que está buscando hacerse con el poder y con el trono, pero además de eso, tensión con la familia de Saúl.
Un pariente de la familia de Saúl, un hombre llamado Semeí, empieza a insultar al rey David y a agredirle, incluso con violencia a maldecirlo: "¡Vete, asesino, canalla! El Señor te paga la matanza de la familia de Saúl" 2 Samuel 16,8.
Pero esto no es cierto. David respetó al máximo la familia de Saúl y a Saúl mismo. Seguramente recordamos, que Saúl intentó muchas veces asesinar a David, hizo lo posible y lo imposible, y David respetó la vida de Saúl. Más de una vez le hizo ver: "Pero, ¿qué estás haciendo? ¿Por qué me persigues?" 2 Samuel 26,18. Y Saúl se arrepentía, pero volvía a atacar.
Es decir, que lo que Semeí le está diciendo al rey David, no es cierto, es más bien una calumnia, es un acto de resentimiento, es un acto de agresividad contra el rey. Semeí se duele de no haber quedado en la familia que tiene el poder en el trono, y por eso insulta con verdadera pasión, con verdadero encono al rey David.
A David le toca entonces en esta escena, sufrir la oposición de su propio hijo, y sufrir el resentimiento de la familia que no quedó en el trono.
Uno de los generales de David le dice a David: "¿Por qué permites eso?" 2 Samuel 16,9.
Y sin embargo, la respuesta de David es muy formativa para nosotros, es una verdadera lección: "¡No te metas en mis asuntos! ¡Déjale que maldiga! Que si el Señor le ha mandado que maldiga a David, ¿quién va a pedirle cuentas? Ya veis, un hijo mío, salido de mis entrañas, intenta matarme, y ¿os extraña ese benjaminita?" 2 Samuel 16,10-11. Recordemos que Saúl era de la tribu de Benjamín.
"¡Dejadlo que me maldiga! Quizás el Señor se fije en mi humillación, y me pague con bendiciones estas maldiciones de hoy" 2 Samuel 16,11-12. Esa respuesta está llena de grandeza, y sobre todo está llena de una absoluta, de una total confianza en Dios.
"¡Déjale que me maldiga!" 2 Samuel 16,11. David se da cuenta del tamaño de los enemigos. David se da cuenta de lo que puede hacer la palabra humana. David se da cuenta de lo que puede hacer el deseo humano. David se da cuenta de hasta dónde llegan los proyectos humanos, los insultos humanos, las iras de los humanos.
No pensemos, por favor, que este es un acto de cobardía de David. Él iba con sus generales, él iba con su ejército, y Semeí, que lo estaba insultando, estaba solo.
Semeí estaba solo; si David hubiera dicho: "Vayan y acaben con ese perro muerto", como lo llamó Abisai 2 Samuel 16,9, "vayan y mátenlo", pues hubiera sido un acto de unos segundos; ahí no había batalla posible.
No fue cobardía de David. Fue grandeza de alma de David, que se da cuenta, hasta dónde llega el ser humano, y cómo los seres humanos, incluso en sus iras y en sus pasiones más bajas, incluso en esos momentos, pueden estar siendo instrumentos de Dios.
Es una lección inmensa, es una lección de gran importancia para nosotros. David se da cuenta del poder del hombre, y se da cuenta del poder de Dios. Y no se arriesga a luchar contra el poder de Dios por sobrestimar el poder del hombre.
Esta es una enseñanza para nosotros. Preguntémonos, cuántas veces hemos perdido la paz, cuántas veces hemos perdido la gracia de Dios, cuántas veces hemos perdido la unión con Dios, por obra de los hombres. ¡Qué gran lección nos da la vida aquí! Lo que nos está diciendo es: "¡No pierdas a Dios por un hombre!" "¡No pierdas a Dios por el hombre!"
¡Qué inconciencia de la diferencia, de la distancia infinita que hay entre la Palabra de Dios, que siempre se cumple, y la palabra del hombre! La Palabra de Dios puede transformar en bendición una maldición de un hombre.
Eso es lo que dice precisamente el final de este pasaje: "Quizás el Señor se fije en mi humillación, y me pague con bendiciones estas maldiciones" 2 Samuel 16,12.
La palabra última no la tiene el hombre."¿Que tengo enemigos, que me odian, que me maldicen, que buscan mi ruina?" Son proyectos de hombres. Hasta ahí llega el hombre. Lo importante, lo verdaderamente importante, lo verdaderamente grave es: ¿Dónde está el querer de Dios?"
Los proyectos de los hombres, los deseos y las codicias de los hombres, no son suficientes para arrancar a David de la unión que tiene con Dios. Y esto, sobre todo esto, es lo que convierte a David, en el gran rey, en modelo de reyes.
Es tanto así, que Nuestro Señor Jesucristo, que no aceptaba cualquier elogio barato, que no aceptaba cualquier alabanza, fue saludado y se dejó saludar el día de los ramos: "Hosanna al Hijo de David" San Mateo 21,9.
Esa expresión, ¿qué indica? Esa expresión está indicando, que en David está el modelo del verdadero rey. ¿Y por qué? ¿Porque fue el más guerrero? ¡No! Porque en su unión con Dios supo traducir, podríamos decir, a esta tierra esa realidad maravillosa que sólo Jesús podrá anunciar mejor, el Reino de Dios.
Recibamos esta lección: ¿cuál es el tamaño de tus enemigos? Que un enemigo humano no vaya a tener tanto poder como para apartarte de tu Amigo del Cielo, de tu Amigo divino. ¡No pierdas a Dios por un hombre!