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Fecha: 20120118
Título: Apoyemos toda nuestra vida en la verdadera fe, aquella que vence al mundo
Original en audio: 4 min. 55 seg.
En el capítulo diecisiete del Primer libro de Samuel encontramos el famoso episodio de la lucha entre un gigante filisteo llamado Goliat y este joven muchacho de la casa de Judá llamado David. Es joven, parece indefenso, pero su juventud esta revestida del poder de la bendición de Dios, quien también le da fortaleza.
¿Qué podemos aprender de este combate? Veámoslo. Pero primero recordemos quiénes eran los filisteos y por que este continuo conflicto entre los hebreos y los filisteos.
Se llama en general "filisteos" a aquellas tribus que vivían en tiempos antiguos en lo que hoy conocemos como Palestina o como la Tierra Santa. Podemos decir que el conflicto era inevitable, porque, vamos a ver: sucede que Dios ha prometido esa tierra a Abraham y a su descendencia; ellos, efectivamente, toman posesión de la tierra, pero en tiempos del hambre que los lleva a Egipto tiene que salir de ahí. Los habitantes que entonces ocupan esa tierra, tienen sus propias costumbres, tienen su propia religión, una religión vagamente unida por el nombre de Baal.
El culto a los baales es el culto a dioses de la guerra y de la fecundidad; dioses de la prosperidad que recibían todo tipo de sacrificios, incluyendo la prostitución sagrada y también el sacrificio de seres humanos, incluso niños.
Bueno, ese es el culto de los baales. Entonces, los distintos clanes y tribus que tenían esa clase de costumbres y esa clase de religión se habían adueñado de esa tierra, de modo que cuando regresan de Egipto los israelitas se encuentran con que no tienen dónde vivir. Es ahí donde empiezan los combates. Se trata de distintos niveles de batalla, a veces son cosas muy laterales, casi problemas entre familias, pero otras veces son verdaderos ataques sistemáticos.
En esa multitud de conflictos y peleas, hoy encontramos la propuesta de un hombre arrogante, extraordinariamente fuerte, una especie de jefe natural de los filisteos, se llama Goliat, y la Biblia lo describe como un hombre de una estatura descomunal y de una fuerza impresionante; su voz como un bramido desafía al Dios de Israel; por supuesto, es un hombre absolutamente seguro de sí mismo; su fe ni siquiera está puesta en los dioses a los que estérilmente dan culto los demás filisteos. su fe está puesta en él mismo, en sus músculos, en su estatura, en su entrenamiento para la guerra.
Así que la gran lección en realidad es que sólo hay dos modos de vivir: o nos apoyamos en el Dios verdadero, como hizo David, el cual tuvo la victoria, o nos apoyamos en mentiras, la mentira de un ídolo, la mentira de un fetiche, la mentira incluso de fiarse uno sólo de sus propias capacidades y fuerzas.
En esa mentira cayó Goliat, y como él había caído en la mentira, pues también su cuerpo cayó de bruces ante esa estrategia nueva e inesperada con la que le atacó David, es decir, la piedra y la honda.
Pues pidamos al Señor que nuestra vida tenga verdadero fundamento, por algo escucharemos en el Nuevo Testamento tantas veces que solo Cristo es roca, y por eso también nos dijo el Señor que edificar fuera de Él, edificar fuera de su palabra es como edificar sobre arena. Aquella casa que cayó estrepitosamente cuando llegaron las inundaciones se parece al estrépito de la caída de Goliat.
Que Dios nos conceda la verdadera fe: la que vence al mundo.