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El pasaje del Evangelio de hoy, abre el capítulo segundo de San Marcos. Encontramos uno de esos milagros, que después de oírlos aunque sea solo una vez, ya no se pueden quitar de la memoria de uno. Cristo predica en Cafarnaún; esta es la ciudad más importante en aquel tiempo en la Costa del Mar de Galilea.
Durante un tiempo, después de que Cristo empezó su misión, Cafarnaún fue su sede, podríamos decir. Según antiguas y parece que bastante razonables y documentadas tradiciones, Cristo tuvo sede estable, tuvo casa ahí en Cafarnaún; probablemente como una especie de apéndice de la casa de Pedro, en ese mismo sitio. Pedro se había establecido de tiempo atrás, allá en Cafarnaún, y Cristo vivió en la casa de Pedro, o exactamente al lado de la casa de Pedro, y esa fue su sede durante un tiempo. Esto es interesante comentarlo, porque algunas personas creen que después de que Cristo recibió el Bautismo y estuvo en el desierto (en el episodio aquel de las tentaciones), como que ya nunca más hubiera tenido sede, y nunca más hubiera tenido casa. La verdad es que Cristo si tuvo esa sede en Cafarnaún, y de ahí de Cafarnaún salió ya con paso resuelto, como lo dice San Lucas, para Jerusalén, donde ya iba a entregar su vida.
O sea, que las etapas de la vida de Cristo son relativamente simples: primero, pues su nacimiento en Belén; luego, tiene que establecerse en Egipto, seguramente en alguna de las comunidades judías, allá en Egipto; luego, vuelven a Nazaret, con María y José, se establece en Nazaret, ese es el tiempo cronológicamente más extenso de su vida, donde es conocido como el hijo del artesano; y después de ese tiempo en Nazaret, escucha la predicación de Juan, recibe el Bautismo que estaba anunciando y realizando Juan; y después de eso, se establece en la región de Galilea, en esa ciudad llamada Cafarnaún, ese será como su centro de operaciones, aunque claramente sale mucho; de esa sede de Cafarnaún, saldrá completamente cuando ya va hacia Jerusalén a entregar su vida. Esas son las etapas básicas del ministerio de Cristo, y a mí me gusta que nosotros tengamos esta claridad, me gusta que tengamos estos mapas básicos, para que encontremos de un modo nuevo, y de un modo más sustancioso, la realidad de la carne de Cristo, la realidad de su historia, de su vida cercana a nosotros.
Es en esa humilde casa, en la que sucede el milagro que hemos escuchado: la gente que ya lo conocía porque Él se había establecido ahí, y habían visto muchos de sus milagros, lo rodea, hasta el punto de que ya se dificulta la llegada de algunos de los que necesitan un milagro de sus manos; y esos que necesitan un milagro, son los que no se detienen ante la dificultad, sino que quitan unas tejas de la parte de encima de la casa y bajan a este paralítico (cf. Mc 2,1-12). Y hay dos cosas que me gusta destacar de este pasaje: primero, cómo estos hombres hacen toda esa maniobra, y dice el Evangelio: “Cristo, viendo la fe que ellos tenían, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados” (2,5); no se habla de la fe del paralítico, se habla de la fe de los amigos del paralítico. Esto, para mí significa muchísimo, porque yo creo que todos tenemos en nuestra familia o entre nuestros amigos, personas que de alguna manera están paralíticas, personas que se han apartado tan completamente de Dios, que podemos pensar que lo han perdido todo; pero, si nosotros con nuestras oraciones y con nuestro testimonio, los llevamos ante Jesús, Jesús puede hacer algo por ellos, porque Jesús miró, no solamente al paralítico, sino la fe de los que estaban con el paralítico. Es decir, la fe de otros también puede apresurar la hora de la Gracia en el que está en necesidad.
Lo otro que hay que destacar, es la admiración; la gente dice: “Nunca habíamos visto algo semejante” (2,12), y eso tiene que llamarnos la atención, porque es necesario admirarse de Cristo. En mi historia personal, la admiración ha sido la puerta a una oración más profunda; cuanto más reconozco la grandeza de Cristo, más le reconozco capaz de hacer por mí, algo como lo que hizo con este paralítico.