O015004a
Fecha: 20100115
Título: ¡Bendito Jesucristo: ven a reinar a nosotros!
Original en audio: 29 min. 22 seg.
Queridos Hermanos:
En esta semana hemos empezado la lectura continua del evangelio según San Marcos, y lo primero que hizo Jesús en el evangelio según San Marcos fue anunciar: “El Reino de Dios está cerca; convertíos, creed la Buena Noticia; el Reino de Dios se ha acercado” San Marcos 1,15.
Creo que las lecturas de hoy son una muy buena ocasión para que reflexionemos en lo que quiere decir esta expresión: “El Reino de Dios” San Marcos 1,15. El evangelio según San Mateo dice una expresión semejante, que quiere decir lo mismo, en realidad: "El Reino de los Cielos" San Mateo, se trata de lo mismo. Lo que sucede es que algunos judíos piadosos, para evitar pronunciar el nombre de Dios, no fuera a caer en vano ese nombre, decían: “Los cielos”, "el Reino de los Cielos", pero se referían a lo mismo. El Reino de Dios, por supuesto, es Dios reinando.
Y es muy interesante lo que se presenta en las lecturas de hoy, porque Jesucristo, en el evangelio, se muestra como Aquel que tiene poder, poder sobre todo aquello que nos hace daño; podríamos decir esta frase: Cristo tiene poder sobre todo aquello que ha tenido poder sobre nosotros.
La parálisis, por ejemplo, había tenido poder sobre ese hombre que estaba postrado en la camilla; la parálisis tuvo poder sobre el paralitico, pero Cristo tiene poder sobre la parálisis; el pecado, el pecado lamentablemente ha tenido poder en muchos de nosotros, por eso siempre reconocemos que somos pecadores, por eso empezamos la Eucaristía diciendo: “Yo confieso que he pecado”. Nos reconocemos pecadores, reconocemos que el pecado ha tenido poder en nosotros, pero Cristo tiene poder sobre el pecado.
La enfermedad, el pecado, la muerte misma ha tenido poder sobre nosotros; y sabemos, por otros pasajes del Evangelio, que Cristo incluso manifestó poder sobre la muerte, por ejemplo, cuando resucitó a Lázaro, o cuando resucitó a la hija de un hombre llamado Jairo.
Es decir que Cristo manifiesta el poder de Dios; con Cristo no sólo llega el anuncio del reinado de Dios, sino que llega la realidad; Cristo anuncia y realiza esa maravillosa noticia: "El Reino de Dios está cerca" San Marcos 1,15; Cristo mismo, nos enseña el Papa Benedicto, Cristo mismo es el Reino de Dios, porque en Él y a través de Él Dios muestra su poder.
En este sentido, también podemos decir que Cristo es Rey porque Él se muestra más fuerte, Él se muestra vencedor sobre todas aquellas cosas que nos habían hecho daño, que había tenido poder sobre nosotros. Entonces Cristo es Rey, así lo dijo Él mismo ante Pilatos, por cierto; y Cristo es el reinado de Dios, Cristo es el Reino de Dios.
Pero ahora sucede que en la primera lectura de hoy la gente estaba pidiendo un rey, la gente le pide al profeta Samuel un rey. ¿Quién era Samuel y por qué le piden a Samuel un rey? Pues esto es muy interesante. Resulta que en la época de los Patriarcas, Abraham, Isaac, Jacob, estaba perfectamente claro cómo era que Dios iba a expresar su voluntad.
Abraham era el jefe de su familia y con la palabra familia indicamos no solamente su esposa, su hijo sino también todos aquellos quienes vivían con él, es decir, sus colaboradores, trabajadores, pastores; él era padre, obviamente, de Isaac, pero en cierto sentido también padre, jefe de toda esta gente. Otro tanto se puede decir de Isaac, otro tanto se puede decir de Jacob. En esa época, que es como una época primera del pueblo de Dios, estaba claro cómo era que se iba a mostrar la voluntad de Dios; pues la voluntad de Dios se muestra a través de Abraham, a través de Isaac, a través de Jacob.
El jefe de familia se convertía automáticamente en la expresión de la voluntad de Dios para esa familia; pero luego, cuando Jacob, también llamado Israel, era anciano, las cosas se complicaron: hubo una gran hambre en la tierra que hoy llamamos Palestina y tuvieron que salir de ahí, tuvieron que ir a Egipto y en Egipto ya la situación era diferente.
Ellos eran descendientes de Abraham, tenían una alianza con Dios, pero el que reinaba verdaderamente era el Faraón, y el Faraón era el que disponía qué se trabaja, cuánto se trabaja, qué se hace, e incluso llegó un punto en el que el Faraón quería determinar también quién vive y quién muere.
Por ejemplo, para forzar que los hebreos emparentaran con los egipcios, tomó una estrategia espantosa, dijo a las parteras hebreas que cuando fueran a atender un parto de una mujer de ese pueblo, "si es niña, la dejas con vida; si es niño, lo echas al río" Exodo 1,16, al río Nilo.
Con estas palabras de tanta crueldad, el Faraón se estaba manifestando o se estaba creyendo dueño de la vida y de la muerte. Y la verdad es que en la tradición de Egipto el Faraón tenía un carácter divino, se suponía, que el Faraón era de una casta divina, era un ser más allá de este mundo, era como un Dios o un semi Dios.
De modo tal, que los hebreos estando en Egipto, tenían que pasar por una situación espantosa, porque por una parte tenían una tradición que hablaba de la alianza que el Dios del cielo hizo con Abraham; pero por otra parte el que realmente mandaba era Faraón. Ahí había una disparidad. De ese conflicto, de esa disparidad los sacó un hombre llamado Moisés, Moisés se acreditó ante el Faraón y ante los hebreos como aquel que expresa la voluntad de Dios.
Una vez más con Moisés quedó claro quién es el que lleva la batuta de director, quién es el que expresa el querer divino, ¿quién es? ¡Moisés, por supuesto! Porque Moisés fue grande en prodigios, porque Moisés era el que atendía las dificultades, peleas, diferencias entre los hebreos, porque Moisés fue el instrumento a través del cual los israelitas recibieron los diez mandamientos, de modo que quedaba muy claro quién era el sucesor.
¿Quién era el sucesor, es decir, quién llevaba la batuta, quién expresaba la voluntad de Dios? Está clarísimo: Moisés. Una vez más el pueblo tenía claridad sobre quién era la expresión viva de la voluntad divina. Moisés, a su vez, nombró un sucesor, y ahí tampoco hubo discusión: Josué. Josué, sucesor y ayudante de Moisés, era el que tenía que seguir dirigiendo al pueblo y era el encargado de establecer al pueblo de Dios en la Tierra Prometida.
Así lo hizo. Josué, efectivamente, dirigió al pueblo, Josué guió al pueblo, atravesaron el Jordán, tuvieron algunas luchas, pero podemos decir que Josué en aquella época era la expresión de la voluntad de Dios.
Pero Josué no era eterno, Josué murió y entonces nos encontramos en la Biblia con un libro que se llama el libro de los Jueces, y en el libro de los Jueces se da este diagnóstico tan triste. En aquella época cada quien hacía lo que le parecía; una vez más, el pueblo estaba perdido, no sabia a quién mirar, no tenían un líder claro, no era la época de los Patriarcas, en que se sabía que el padre de familia era el que dirigía todo; no era la época de Moisés, en que peregrinando por el desierto, había una voz clara que decía: “Esto es lo que Dios quiere de nosotros”.
Ya no tenían esas voces, cada quien hacia lo que le parecía, estaban en una tierra llena de ídolos, era la tierra de Palestina, la palabra "Palestina" viene de “filistin”, es la tierra de los filisteos, eso es lo que significa Palestina, “tierra de filisteos”. Y los filisteos, los habitantes de esa tierra tenían toda clase de creencias religiosas, algunas de ellas bastante extrañas e incluso depravadas.
Algunos de estos pueblos filisteos, por ejemplo, tenían la costumbre de sacrificar niños; cuando tenían que hacer alguna petición particularmente grande a los dioses, entonces en vez de sacrificar un animal, sacrificaban al propio hijo, algunas veces degollándolo y otras veces, ¡oh, espantosa crueldad, quemándolo vivo! Quemaban vivos a sus hijos como queriendo ofrecer ante los dioses algo supremamente precioso, esos eran los filisteos.
Otras costumbre extrañas que tenían era la manera de revolver el sexo con la religión. En la mayor parte de estos pueblos filisteos había sacerdotes y sacerdotisas, pero resulta que las sacerdotisas tenían un culto bastante raro, algo que se puede llamar propiamente prostitución sagrada, de manera que cuando la gente iba a ofrecer un sacrificio, pues también tenía que unirse a las sacerdotisa, en unos cultos extraños de fecundidad. Eran pueblos con esa clase de costumbres.
Y en la época de los jueces, no habiendo mucha claridad y no habiendo quien recordara permanentemente la ley de Moisés, entonces los hebreos empezaron a repetir las costumbres del pueblo donde vivían, de modo que algunos de ellos empezaron a volverse supersticiosos, atentos a los horóscopos o si no practicando cultos depravados como los que ya he mencionado.
Y en esa época de los jueces, no habiendo mucha claridad y no habiendo quién recordara permanentemente la Ley de Moisés, entonces los hebreos empezaron a repetir las costumbres del pueblo donde vivían, de modo que algunos de ellos empezaron a volverse supersticiosos, atentos a los horóscopos, o si no, practicando cultos depravados como los que ya he mencionado.
Y en esa época de los Jueces se da una especie de círculo espantoso, porque esta gente se alejaba de Dios, cuando se alejaba de Dios, los otros pueblos, los filisteos, les ganaban terreno y los derrotaban en la guerra; y cuando eran derrotados en la guerra clamaban a Dios, ¿y qué hacía Dios? Dios les mandaba unos líderes provisionales a los cuales la Biblia llama “los jueces”, por eso ese libro de la Biblia se llama así.
Los jueces eran líderes carismáticos que unificaban al pueblo y que tenían como un don especial para la guerra, para pelear con eficacia contra los filisteos; entre los jueces hay que recordar nombres como Dévora, o sea que también hubo “juezas”, hay que recordar a Gedeón, a Jefté y tal vez el más conocido de ellos sea Sansón, todos ellos eran jueces. lLs jueces eran líderes para la pelea, eran buenos en tiempos de guerra, pero no eran tan grandes en tiempo de paz.
Los jueces no sabían mantener al pueblo en la fidelidad a la alianza, era una defensa pero una defensa temporal; apenas el juez moría o declinaba en sus fuerzas, otra vez la gente cayendo en la idolatría, otra vez cayendo en los horóscopos, mirando el cielo, las constelaciones, el zodiaco, leyendo las estrellas; otra vez la gente cometiendo sacrificios inmundos.
Y ese ciclo se repitió muchas veces, ese ciclo que también nos hace recordar algo de nuestra propia vida, porque creo que nosotros también seguimos siendo un poco como era el pueblo de Israel en esa época: cuando nos va mal, “ay, Diosito, ayúdame, sálvame de esta, sácame de esta”; y ya le va a uno bien, y se olvida de Dios; le va mal, corra a la Basílica a pedirle a la Virgen, a suplicar: "Ayúdame, ayúdame"; se arregla el problema, y otra vez uno se olvida de Dios.
Así eran los israelitas en esa época; por supuesto, cada vez que Dios los salvaba, el pueblo tenía como ocasión de saborear el poder de Dios, la bondad de Dios, el Reino de Dios. Los jueces eran como expresiones del Reino de Dios, pero expresiones fugaces cual relámpagos.
El último de los jueces es precisamente el hombre del cual se ha hablado mucho en la primera lectura de estos días, en la Misa. El último y tal vez el más grande de los jueces fue Samuel. Samuel fue un gran juez, sobre todo un gran intérprete de la voluntad divina, no sólo era capaz de defender al pueblo frente a las amenazas exteriores sino que también se ocupaba del bien interior, es decir, de la fidelidad a la alianza.
Pero es aquí donde aparece el texto de la primera lectura que hemos oído, la gente fue donde Samuel, que ya estaba viejo y la gente le dijo estas palabras .Le dijeron a él: “Mira, tú eres ya viejo, tus hijos no se comportan como tú; nómbranos un rey” 1 Samuel 8,5, y es muy comprensible esa petición.
Efectivamente, Samuel ya no tenía fuerzas y entonces volvía a resurgir la misma pregunta, la pregunta que venía desde el tiempo de los patriarcas: "¿Quién nos va a guiar?" En los patriarcas se sabía que Abraham, o en general el padre de familia era el que iba a guiar; en la época de Moisés, se sabía que era Moisés; cuando surgía alguno de los jueces, se sabía que Dios estaba con el juez, es decir, con la persona que iba a traer el juicio de Dios, el parecer de Dios.
Pero puede decirse que ya la gente estaba cansada de esa repetición, estaban cansados de esa situación de sentirse a salvo, pero únicamente mientras duraba el tiempo de ese juez. Por ejemplo, mientras Sansón, algo se logró; pero se murió Sansón y la situación volvió a empeorarse; mientras estuvo Gedeón, algo se logró: derrotó a los hijos de Amalec; pero murió Gedeón, otra vez se dañó la cosa.
Entonces, el pueblo está cansado de esto y por eso le dicen a Samuel: “Arreglamos este asunto: nombramos a un rey, un rey que permanezca”; pero obviamente, ellos no están pensando solamente en un rey, están pensando en una dinastía, es decir, que después del rey que va a nombrar Samuel, se sepa quién va a seguir, pues el hijo del rey, y después de ese, pues el hijo de ese que haya sido rey; y así, pasando de padres a hijos y de hijos a nietos, así sabremos donde está la voluntad de Dios.
Yo creo que no se puede criticar demasiado esta petición que hacían los israelitas en aquella época, ellos en el fondo lo que querían era: “¿Cómo hacemos para tener segura la voluntad de Dios?” ¿Cómo hacemos para tener claro quién es el que lleva la batuta? “¿Cómo hacemos para que Dios reine?" Esa es la gran pregunta de ellos: "¿Cómo podemos encontrar el Reino de Dios?" Y esa gran pregunta, esa profunda pregunta atraviesa las páginas del Antiguo Testamento, las más gloriosas, que tal vez son la páginas del rey David cuando estuvo ya en paz con Dios, o del rey Ezequías, o del rey Josías.
Unos poquitos reyes fueron buenos, pero la mayor parte de los reyes fueron bastante regulares, bastante malos; la mayor parte de esos reyes siguieron más bien la palabra que Samuel dijo al pueblo, en esencia lo que Samuel le dijo al pueblo fue: “El tal rey que ustedes quieren no va a buscar el querer de Dios, va a buscar su propio provecho; no va a seguir la voluntad de Dios, sino que va a seguir y a querer su propia voluntad”, y eso fue lo que sucedió efectivamente.
De aquí entendemos, mis hermanos, cuán profunda era esa necesidad, cuán profunda era esa pregunta: "¿Dónde está el reino de Dios? ¿Dónde reina Dios?" Fíjate que esa pregunta, según hemos sido presentando las cosas equivale a esta otra pregunta: "¿Cómo saber cuál es la voluntad de Dios?" Y eso también equivale a otra pregunta: "¿Cómo tiene uno que vivir para darle la gloria a Dios y no ser objeto de burla o convertir a Dios en objeto de desprecio? ¿Cómo tiene uno que ser para darle la gloria a Dios?"
Yo creo que nos damos cuenta que estas son exactamente las peticiones del Padrenuestro que nos enseñó Jesucristo. Fíjate que en el Padrenuestro, lo que nosotros pedimos, es el resumen del Antiguo Testamento; mira que en el Padrenuestro, cada cosa que pedimos, es exactamente lo que la gente quería, lo que la gente necesitaba, pero que no sabían cómo encontrar, por eso lo buscaban a través de esfuerzos, instituciones, instancias humanas, pero lo que ellos estaban buscando es lo mismo que Cristo estaba buscando y es lo mismo que Cristo nos enseñó a pedir en el Padrenuestro.
"Padre nuestro, que estás en el cielo" San Mateo 6,9, decimos; "santificado sea tu nombre" San Mateo 6,9, que quiere decir que la gloria sea para ti; “venga a nosotros tu Reino” San Mateo 6,10, que quiere decir "danos a conocer en dónde se realiza tu poder, en dónde podemos buscar tu bondad, en dónde ilumina tu luz". “Venga a nosotros tu Reino" San Mateo 6,10.
"Hágase tu voluntad” San Mateo 6,10, porque ya conocemos cómo es la voluntad de los reyes de esta tierra, ya conocemos cómo los poderosos utilizan muchas veces el poder sólo para provecho propio. “Hágase tu voluntad" San Mateo 6,10.
"Danos hoy nuestro pan de cada día” San Mateo 6,11, que nosotros experimentemos que eres un Dios providente, un Dios bondadoso, un Dios misericordioso, un Dios generoso. "Que haya perdón" San Mateo 6,12. "Que estemos libres de todo mal" San Mateo 6,13.
El Padrenuestro, mis hermanos, es el resumen de todos los anhelos del antiguo Testamento; el Padrenuestro es el resumen de todo lo que puede pedir el corazón humano; pero lo más hermoso de Jesucristo es que no solamente nos enseñó a rezar el Padrenuestro, sino que Él mismo lo hizo realidad.
Fíjate: Él llama a Dios su Padre pero también nos dice a nosotros estas palabras, cuando iba a ascender al cielo: "Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios", de modo que Jesús no solamente nos enseña a invocar a Dios como Padre, sino que nos hace hijos suyos. Jesús nos dice: “Santificado sea tu nombre” San Mateo 6,9, pero nos enseña a darle la gloria a Dios, porque Cristo dice: "En esto tiene gloria mi Padre, en que vayáis y deis mucho fruto" San Marcos 15,8, o sea que Cristo lo dice y lo hace.
Cristo no solamente nos enseña a orar pidiendo que llegue la voluntad de Dios y se realice, sino que también nos manda con estas palabras: "No todo el que me dice: "Señor, Señor", entrará en el Reino, sino que hay que hacer la voluntad de mi Padre" San Mateo 7,21.
Y así, mis hermanos, cada petición y anhelo del Padrenuestro es a la vez un resumen del Antiguo Testamento, una expresión de las necesidades y anhelos más profundos del corazón humano y una descripción preciosa de la obra que Cristo hizo en medio de nosotros; porque con Él llegó el Reino de Dios y porque en Él experimentamos cómo reina Dios.
Sigamos nuestra celebración, hermanos, dándole gracias a Dios por estas luces que nos regala a través de su divina Palabra; entendamos, mis hermanos, que lo que aparece en las páginas de la Biblia no es otra cosa sino el corazón tuyo y el mío; el anhelo más profundo de tu alma, el deseo más profundo de mi corazón, eso es lo que aparece en las páginas de la Biblia.
Siendo lo más bello, que después de recorrer y comprender nuestra propia hambre, en Cristo, Pan de Vida, encontramos cómo saciar esa hambre; en Él encontramos la semilla para el mundo nuevo, en Él empieza la nueva creación.
Cada vez que recibimos santamente la Sagrada Comunión, le estamos diciendo a Jesucristo: “Te doy autorización para que reines en mi vida; quiero que tú llegues a tomar posesión de todo lo que ya es tuyo, Jesús”.
Cada vez que escuchamos la divina Palabra, cada vez que recibimos los sacramentos, especialmente la Eucaristía, estamos abriéndole la puerta a Jesús para decirle: “Trae a nosotros el reinado de Dios, porque tu reinado, Jesucristo, que es el reinado de Dios, tu Padre, tu reinado ya no declina, tu reinado ya no está sometido a la vejez, como Samuel, ni a la muerte, como David, Josías, o Ezequías.
¡Bendito Jesucristo! ¡Ven a reinar a nosotros! ¡Bendito Jesucristo! ¡Ven a hacer realidad en nuestras vidas este reinado, de manera que también a través de nuestra vida, de nuestras palabras y acciones, brille la gloria de Dios y muchos más puedan creer en tu bendito Evangelio!
Amén.