O015003a
Fecha: 20000114
Título: Un corazon enamorado de Cristo se acerca a la liturgia
Original en audio: [15 min. 49 seg.]
Estamos empezando en esta semana ese tiempo litúrgico extenso que se suele llamar el Tiempo Ordinario. Sabemos que existe el Adviento, que prepara la Navidad, y existe la Cuaresma, que prepara para la Pascua.
Estos cuatro tiempos, Adviento, Navidad, y Cuaresma, Pascua, a veces son llamados los tiempos litúrgicos fuertes. Son como intensos en la contemplación de lo central, lo esencial del misterio de Jesucristo.
El resto del año, es decir, lo que no pertenece a estos cuatro tiempos, se llama "Tiempo Ordinario", o "Tiempo durante el Año", nombre que me gusta más, porque "ordinario" es como de mala calidad, o es como lo que resulta común.
"Ordinario", ahí, lo que significa es que va de acuerdo con un orden. Es el tiempo durante el año, y esta es la primera semana del "Tiempo durante el Año".
La lectura que acabamos de escuchar, pertenece a esa serie que ha preparado la Iglesia, para que se lea entre semana durante ese tiempo que se llama, "Tiempo durante el Año".
Pero, resulta que la Iglesia ha dispuesto las lecturas de esta manera: El evangelio es siempre el mismo. Durante este Tiempo Ordinario, siempre se escucha cada año la misma serie de evangelios, una serie que empieza por el Evangelista Marcos, luego sigue por el Evangelista Mateo, y luego continúa por el Evangelista Lucas.
De manera que si una persona asiste a la Santa Misa entre semana, lo que litúrgicamente se llama "las Ferias", pues, a lo largo del año hace una lectura muy completa de esos tres Evangelios, Marcos, Mateo y Lucas.
El Evangelio de Juan se escucha abundantemente en el Tiempo Pascual y también algunos trozos durante el año. Bien, esa es la serie del Evangelio que se repite igual todos los años.
En cambio, la primera lectura que va acompañando a ese evangelio, ésa sí cambia. Este libro gordo que tenemos acá, -es así de gordo porque trae todas las lecturas del Tiempo Ordinario para las Ferias-, miremos a ver qué dice aquí.
Dice: "Tiempo Ordinario, lectura continuada para los días feriales, ciclo completo". Este libro gordo trae tres partes. Una primera parte es para los años impares, es la primera lectura de la Misa durante los años impares.
Aquí va numerando las semanas, cada semana: semana octava, sigue, semana decimosexta, semana vigésima cuarta, hasta llegar a la última semana. Son treinta y cuatro semanas del Tiempo Ordinario. ¡Treinta y cuatro!
La primera parte de este libro gordo y pesado, contiene éso. ¿Llega hasta dónde? Llega hasta el punto en donde termina la semana trigésima cuarta, la número treinta y cuatro. Todas esas hojas son la primera lectura del Tiempo Ordinario en los años impares.
Luego, la parte central del libro de donde yo hice la lectura, ciertamente corresponde a los Evangelios. Ahí está la historia que les he contado.
Toda esta sección corresponde a los Evangelios, semana por semana: los Evangelios, empezando por Marcos, siguiendo por Mateo y terminando por Lucas.
Y la última parte, -ya ustedes que son perspicaces se habrán imaginado qué es-, son las primeras lecturas durante los años pares.
De ese modo las lecturas no se repiten exactamente igual sino cada dos años. Porque, los años impares tienen sus lecturas, es decir, lo que va en la primera lectura, y los años pares tienen su primera lectura.
Esto de la liturgia, yo considero que es muy importante, porque si uno no aprende a ubicarse en estas cosas, entonces uno asiste a la Misa como a lo que salga. Y una persona que llega a Misa a lo que salga, es poco lo que aprovecha.
¿Sabe por qué? Porque, cuando uno va a Misa con el criterio de, "a lo que salga", uno intenta ubicarse. Como no tiene un mapa en la cabeza, como no tiene una formación litúrgica, intenta ubicarse es a base de los recuerdos.
Le pasa lo del borrachito aquel que fue a la iglesia, empezaron a leer el evangelio y él decía: "Lo mismo del año pasado". Y hablaba duro, como todo borracho, imprudente: "¡Lo mismo del año pasado!"
El padre seguía leyendo y el borracho allá a cada rato interrumpía: "Lo mismo del año pasado". Hasta que el padre no se aguantó más y mandó que lo sacaran a escobazos o como fuera. Cuando iba en la puerta, ya lo estaban terminando de sacar, dijo: "¡Lo mismo del año pasado!".
La persona que no sabe nada de liturgia, cuando llega a una celebración, lo que está es oyendo lo mismo del año pasado. Y de ahí que nosotros le sacamos tan poquito provecho a la liturgia.
Porque, como estamos con esa historia de, "lo mismo del año pasado", cuando uno escucha, uno le pone cuidado es a lo que ya escuchó; no le pone cuidado a lo nuevo, al contenido nuevo, a la vitamina nueva que le trae la Palabra de Dios para que uno se forme.
Por eso, aunque estos temas no son exactamente de homilía, teniendo un grupo tan selecto y tan hermoso, yo estimo que es mi deber como sacerdote compartirles esto, porque es parte de la celebración y porque ayuda a que ustedes se concienticen en la hermosura de la celebración de la Iglesia.
Bueno, y ahora viene nuestra siguiente pregunta: ¿Y esas primeras lecturas de dónde salen? Pues, una parte sale del Antiguo Testamento y otra parte sale del Nuevo, en los años impares.
En cambio, en los años pares, una parte sale del Nuevo Testamento, y otra parte sale del Antiguo. Entonces dice uno: "Pero, ¿cuál es la diferencia real?" No es tan fácil describirlo en unas pocas palabras.
De manera que lo que yo voy a hacer en este momento, es contarles por qué resultamos aquí escuchando esta lectura de un Profeta Samuel, que no hallaba si nombrarle o no nombrarle rey a los israelitas.
¿Y eso qué tiene que ver? ¿De dónde sale éso? ¿Qué hubiera pasado si nosotros estuviéramos en año impar? Si nosotros estuviéramos en la primera semana del año impar, ¿qué es lo primero que se empieza a leer? Pues, para sorpresa nuestra, se empieza con la Carta a los Hebreos.
¿Y qué tiene que ver la Carta a los Hebreos? ¿Y por qué empezó con la Carta a los Hebreos y no con la Carta a los Gálatas, o con lo que hubiera sido? No podemos responder todas las preguntas, pero sí podemos responder algunas.
Yo quiero comentar hoy lo del libro de Samuel, con la esperanza de que en un retiro que hagamos de aquí a un año, aclararemos el misterio de la Carta a los Hebreos. Por ahora, especificamos, explicamos, qué pasa con el libro de Samuel.
Resulta que un ejercicio muy saludable que usted puede hacer viniendo furtivamente a la Sacristía, -sobre todo aquí parece que no cierran mucho-, es tomar este libro y empezar usted que tiene ese amor por Jesucristo, con amor de esposa, a conocer el mundo de su Esposo.
Yo pienso que una esposa que realmente se sienta amada y que esté enamorada, trata a las cosas de su esposo con una ternura particular: si está realmente enamorada.
Si se encuentra, por ejemplo, la ropita sucia del esposo que llegó cansado del viaje, no dice: "¡Estos puercos chiros, puerca vida, puerca ropa, puerca ..., y yo aquí!" Seguramente que no.
Si ella siente amor, aún esa ropita sucia, la ropita sucia del amado, aunque se tratara de éso, tiene un cariño, tiene un significado para ella. Y la lava, la prepara, la arregla, la plancha con ese amor, porque es para su amado.
Así también, nosotros, con esa mente y con ese corazón que ha de tener la esposa de Jesucristo, nos acercamos a la liturgia. ¡Estas son las cositas de Cristo, estos son los misterios de Cristo, esta es la intimidad de Cristo!
Yo no entiendo un corazón enamorado de Jesucristo que sea indiferente a estas cosas. Por lo menos yo, que no me avergüenzo de decir que tengo corazón de esposa de Cristo, cuando trato de estos asuntos, me paseo por esas lecturas.
Y siento como el que estuviera organizándole el closet a Cristo, como el que estuviera poniéndole en orden la bibliotequita a Cristo, su escritorio, para que Él pueda trabajar. O de pronto su altar, limpiándoselo, para que Él pueda ofrecerse, o quizás ese lugar, para que Él pueda predicar.
Así también, cada uno de nosotros, con esa mente y con ese corazón de esposa, ha de tomar con respeto y con amor estos libros, o si no, servirse de esas guías, como es el "Ordo", el "Kayrós", o esas libreticas.
Y buscar: "A ver, ¿qué es lo que vamos a leer en esta semana? ¿Cómo es que en esta semana voy a conocer a mi Amado?" Esos son los oficios piadosos y santos de la esposa de Jesucristo.
"¿Qué es lo que voy a aprender de mi Amado en esta semana? A ver, ¿qué es lo que voy a leer? ¿Qué es lo que me va a proclamar mi Madre, la Iglesia?"
Cuando uno llega con esa preparación a la Santa Misa y se acerca el momento de la proclamación, aunque fallara un poquito el sonido de la iglesia, o aunque la predicación no fuera todo lo brillante, lo inteligente y lo fervorosa que uno quisiera, pues, es mucho el provecho que saca esa alma enamorada porque está ubicada, porque sabe qué lenguaje le está hablando su Amado.
Nosotros hemos empezado este año par, hemos empezado a leer el libro de Samuel. ¿Sabe por qué? Porque la historia de los reyes de Israel, que es el tema dominante en estas primeras semanas del Tiempo Ordinario en el año par, esa historia es comprensible solamente empezando por Samuel.
Porque, en la Biblia hay como grandes ciclos, y hay un ciclo que se llama el Ciclo de los Reyes, todo lo que sucedió a los reyes. Los reyes y los profetas van muy relacionados y van muy juntos en la Sagrada Escritura. ¡Reyes y profetas!
Entonces, reyes y profetas tienen su origen, tienen su raíz última en este señor, Samuel. Nosotros estamos escuchando de Samuel, porque durante estas semanas vamos a oír lo que sucedió en los comienzos de la realeza.
Yo describiría de una manera plástica esta obra que hace la liturgia con nosotros, imaginándonos un cuadro.
Jesucristo: Ése es el objetivo de nuestra mirada, hacia allá van los dardos de nuestro amor, Él es el que nos atrae, Él es el que nos ha cautivado y a Él queremos mirar.
Pero, como ese espectáculo es maravilloso, como ese cuadro pintado por el Espíritu Santo nos cuenta todo lo que es Dios, esa imagen esplendorosa que es Jesucristo, -la Carta a los Hebreos dice: "Impronta de su ser" Carta a los Hebreos 1,3-, esa imagen maravillosa, desborda nuestra mirada.
Y no se puede contemplar entera desde un sólo punto de vista. Entonces, nosotros, si allí está Jesucristo, lo miramos, por ejemplo, desde este ángulo, y descubrimos algo sobre Él; después nos pasamos a esta otra mirada, a este otro ángulo, y descubrimos otra cosa sobre Él. Éso es lo que nosotros hacemos.
Por lo tanto, vamos a tomar durante un tiempo el tema de los reyes. Durante todas estas lecturas del comienzo del Tiempo Ordinario, año par, vamos a tomar el tema de los reyes. Y ese tema de los reyes ..., mire, aquí estoy en la semana quinta, y fíjese que todavía se está leyendo: "Lectura del primer Libro de los Reyes".
Todas estas lecturas van a ser del primero y segundo libro de Samuel, y del primero y segundo libro de los Reyes. Vamos a tomar ese tema de la realeza y de los reyes, vamos a hacer de todo eso una especie de palco, y nos vamos a sentar en ese palco para contemplar a Jesucristo.
Y todas estas lecturas nos van a hacer, ¿qué? Ansiar la Realeza de Cristo y desear el Reino de Dios.
Este es como un ciclo. En estas cinco primeras semanas del Tiempo Ordinario, el tema va a ser ése, los reyes. ¡Los reyes! Ya en la sexta semana del Tiempo Ordinario, año par, vamos a cambiar de catequesis, vamos a cambiar de palco, nos vamos a ir para otra parte. Esa otra parte va a ser la Carta del Apóstol Santiago.
O sea que estas cinco primeras semanas son sobre reyes, y a partir de la sexta semana empieza un tema distinto con la Carta de Santiago. De ese otro tema no voy a hablar ahorita.
Si estuviéramos en un año impar, sucede una cosa semejante. Vea, llega hasta la cuarta semana con la Carta a los Hebreos, y cuando llega a la quinta semana, empezó el libro del Génesis.
Uno dice: "Pero, ¿y por qué ese cambio?" En el año impar, se da entre la cuarta y la quinta semana, en el año par, se da entre la quinta y la sexta semana.
Y pregunta uno: "¿Por qué ese cambio tan raro?" La razón está en que el Tiempo Ordinario tiene un pedacito, ahora, antes de Cuaresma, y luego continúa el Tiempo Ordinario después de Pentecostés.
Entonces, la idea de nuestra Madre, la Iglesia, es que ese pedacito que son cuatro o cinco semanas, esté hecho precisamente para que recibamos esta primera catequesis.
O sea que el tema de las lecturas, -resumiendo-, en el año par, entre el final de la Navidad y el comienzo de la Cuaresma, es, los Reyes de Israel. ¿Para qué? Para contemplar a Jesucristo Rey, y para ansiar el Reinado de Dios.
Si estuviéramos en año impar, ¿el tema cuál va a ser? ¡Sacerdocio! Sacerdocio, porque la Carta a los Hebreos es la Carta del Sacerdocio de Cristo.
Es un palco totalmente distinto. Estaríamos, si fuera año impar, durante ese tiempo, contemplando a Jesucristo en el misterio de su Sacerdocio.
Y luego, viene la Cuaresma y la Pascua. Después de la Pascua haremos otra predicación parecida, si Dios nos lo permite, para seguir deleitándonos en esto.
Que quede la enseñanza: Un corazón enamorado de Jesús, un corazón que tiene ese espíritu de esposa de Cristo, se entera de estas cosas y las trata con reverencia, con ternura, con amor.
Porque, esto es como organizarle las cositas a Cristo que es el Esposo del alma. Esto es como conocerle a Él, esto es deleitarnos en Él, y esto es aprender cómo contemplarle, cómo amarle y cómo unirnos mejor a Él.