O015001a

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Fecha: 19960112

Título: Lo relativo de las realidades humanas

Original en audio: 7 min. 48 seg.


Con respecto a eso de tener o no tener rey, lo mismo que con respecto a eso de tener o no tener templo, y con respecto a algunas otras realidades que hicieron parte del pueblo de Israel, hay en el Antiguo Testamento normalmente dos posiciones.

Es decir, había una corriente que estaba de acuerdo con que hubiera rey, y había otros, a los que no les gustaba ni poquito la idea del rey. Hubo algunos, que les parecía muy bueno que hubiera templo, y hubo otros, que no les gustaba ni poquito que hubiera templo. Hubo algunos, que les parecía bueno que Israel se aposentara en ciudades, y hubo otros que pensaron, que lo mejor era seguir viviendo en los campos, en una existencia seminómada.

Claro, estas dos corrientes no tenían igual fuerza. Por ejemplo, lo de vivir en los campos y por allá en un régimen un poquito bosquimano, eso estuvo confinado a un porcentaje poco numeroso. Los recabitas tenían algo de esa existencia, y ellos sentían, que eran especialmente fieles al Señor, manteniéndose especialmente fieles al desierto, al descampado en las montañas.

Y lo mismo en el caso del rey. Parece que al principio fue como más numerosa la tendencia a que no, y luego fue más numerosa la tendencia a que sí. Y de hecho hubo reyes, y los hubo por cantidades, casi todos malísimos. Pero reyes hubo, y bastantes.

Lo mismo con respecto al templo, con respecto sobre todo a eso de que el templo fuera únicamente el de Jerusalén. En eso hubo distintas tendencias. La religión original de los hebreos no tenía un sólo templo, sino ellos tenían una cantidad de santuarios, en Siló, en Betel, en Guilgal. Originalmente tenían pequeños santuarios así, santuarios que habían sido marcados por manifestaciones de Dios a los Patriarcas.

Pero se fue imponiendo la idea de un santuario único. De esa tendencia y de esa corriente es responsable fundamentalmente todo ese grupo que condujo a la redacción deuteronomista. El Deuteronomio es entonces decididamente partidario de que haya un sólo santuario y de que ese santuario esté en Jerusalén.

Mas, en todas estas cosas, así ganara alguna de las dos corrientes o partidos, siempre hubo por lo menos dos tendencias. Y las hubo, porque todas estas cosas son relativas. Un rey puede servir para manifestar el gobierno de Dios, o puede servir para manifestar sus propios caprichos. Un templo, un único templo majestuoso, puede servir para manifestar la unicidad de la fe, o puede servir para ese orgullo estéril que Cristo critica en el evangelio de Juan.

"¡Mire qué templo tan bonito! ¡Cómo nos quedó de bien hecho! Ya llevamos no sé cuántos años trabajando en él". Un templo puede servir para orgullo nuestro, o puede servir para gloria de Dios. Vivir en el campo, estar con otros, y hacer vida comunitaria, puede servir para la gloria de Dios efectivamente, sobre todo si de nosotros se puede decir: "Mirad cómo se aman".

Pero vivir no juntos, sino vivir en el desierto, vivir en el descampado, también es un testimonio. Y nadie niega, que el desierto de San Antonio, o el desierto de Pacomio, o el desierto de tantos que han acudido a la soledad, se ha convertido en una palabra contestataria, en una palabra vigorosa, que ha enseñado al mundo a que no se quede donde está, sino a que se ponga en camino hacia la Patria Celeste.

Así pues, de todas estas cosas nosotros podemos sacar una enseñanza. Y es que todas las realidades humanas pueden hablar más o menos de Dios: la extrema soledad, o la mucha compañía; un gobierno organizado, jerarquizado y solemne, o una especie de anarquía en la que Dios de vez en cuando suscita jueces; un templo majestuoso, o muchas pequeñas capillas; una vida muy reglamentada, o una vida de locos.

O una vida de locos, porque para todo da la acción de Dios, la gracia del Espíritu. Ahí estábamos escuchando no hace mucho, que a San Ignacio en su tiempo en Manresa, lo conocían como el loco de Dios. A San Ignacio de Loyola lo tenían por el loco de Dios, porque el hombre andaba como un mendigo, andaba como un zarrapastroso. No tenía aparentemente ley alguna, sino lleno de exageraciones, rejo y rejo, haga penitencia, exagere, suba y baje, pase hambre, trastórnese, caiga: ¡Un loco! Y sin embargo, ahí estaba despuntando Dios.

O puede mirar uno toda la organización de una comunidad religiosa, que a sus días, a sus horas y a sus fechas dice: "Bueno, hoy por favor, pónganse su mejor traje, porque van a renovar su profesión religiosa". Y ahí también aparece. Pero, ni las que renuevan su profesión son menos locas que el otro, ni el otro tiene una ley menos estricta que ustedes. Así es la obra de Dios.

Y por eso nosotros tenemos que aprender a mirar con cierto relativismo las cosas, incluso las más estructuradas. No sea que creamos, que son ellas las que nos dan la salvación.

¡Pero atención! En aquellas cosas en las que busquemos esa libertad de los hijos de Dios y esa especie de anarquía, no vaya a suceder, que estemos persiguiendo nuestro capricho como este rey.

Jesús es un poco ambas cosas. Jesús viene a poner en orden el mundo, pero también viene a poner en desorden el mundo, como puso en desorden esa casa a la que le quitaron las tejas. Jesús vino a hacerle al mundo una cosa parecida, a que se le pudieran levantar tejas, y a que los enfermos pudieran llegar a donde estaba Él.

Y ese es un terrible desorden. Pero el desorden que trae Cristo, de alguna manera restablece ese desorden que ha traído el pecado en el mundo.

Y por eso a su sabiduría nadie sabe responder, y su Reino es al mismo tiempo organizadísimo e inesperado; es al mismo tiempo una sorpresa y una expresión máxima de sabiduría; es al mismo tiempo un regalo y una tarea.

Que Dios nos haga participar cada vez más de ese Reino y saber descubrir en las cosas muy organizadas la locura del amor, y en las cosas muy espontáneas el orden de la caridad.

Así lo permita Dios en su misericordia.

Amén.