O014007a

De Wiki de FrayNelson
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El Evangelio de hoy está tomado de San Marcos en el capítulo primero. Es una de tantas escenas conmovedoras que tiene la Palabra de Dios; encontramos a Jesucristo, que cura de su enfermedad a un leproso (cf. Mc 1,40-45). Como hemos explicado otras veces, la lepra no era una enfermedad más en el pueblo hebreo; la lepra era como la señal visible de una realidad espantosa, que es el pecado. Así como la lepra destruye el cuerpo, así como la lepra nos disminuye y nos separa finalmente de la comunidad humana, así, también el pecado nos destruye y nos divide.

Hay tanto que meditar en este pasaje. Quiero en esta oportunidad centrarme en la frase que le dice Cristo, casi al momento de la despedida, el Señor le dice: “Ve a presentarte al sacerdote, ofrece por tu purificación, lo que mandó Moisés” (Mc 1,44). Hagámonos esta pregunta: ese acto que le pide Cristo, que vaya donde el sacerdote, y que ofrezca lo que había sido mandado por la ley de Moisés, eso, ¿qué le agrega al milagro? A primera vista, uno podría decir: nada, ya el hombre está curado, eso era lo que se quería; su vida mirada desde un punto de vista, llamémoslo “personal”, “individual”, no cambia, su vida no va a cambiar, pero, ¿Por qué Cristo le pide esto, entonces? Ya la curación ha sido recibida, ya el hombre ha recibido el milagro, ya la enfermedad ha desaparecido, ¿para qué entonces, es necesario el sacerdote?, ¿para qué entonces, es necesario el rito?, ¿para qué?, ¿qué añade ese rito?.

Esta pregunta, yo creo que es muy buena, porque a veces tenemos una idea de la fe y de la religión, en términos demasiado individualistas. Si nos hemos dado cuenta, esta es una de las características típicas de la música protestante; está muy bello lo que a veces se dice, pero básicamente un noventa por ciento o más de las canciones protestantes, lo que hacen es contar una historia: yo estaba muy mal, yo estaba equivocado, o en pecado, o decaído, llegó Cristo a mi vida, Cristo ha cambiado todo en mi vida, he participado, recibí la vida nueva que él me dio, ahora soy suyo. Está muy bien, pero está incompleto, y el Evangelio de hoy nos lo muestra; ¿Por qué?, ¿qué le falta a esa historia? Fíjate que todas las historias de estas canciones protestantes, y algunas en la música católica, quedan un poco con ese sesgo individual: a mí me pasó, pero yo encontré, y ahora yo soy; en cambio, Cristo, ha entrada en una relación absolutamente única con este hombre que estaba enfermo, lo ha curado, pero más allá de la relación leproso-Cristo, Cristo, hace intervenir otros dos protagonistas: el sacerdote y la comunidad. “Ve y preséntate al sacerdote”, esto es importante: para curar, Cristo no necesitaba del sacerdote, pero para restaurar plenamente la vida de ese leproso, sí se necesita del sacerdote, porque el sacerdote es testigo único dentro de la comunidad, testigo único de la pertenencia de cada uno de los miembros de esa comunidad.

Entonces, quedaría incompleta nuestra fe si únicamente miráramos la curación que Cristo me hizo, la liberación que Cristo me hizo, la doctrina que Cristo me enseñó, el camino que Cristo me mostró. Oye, y ¿dónde está el sacerdote?, y ¿dónde está la comunidad? Cristo, remite al leproso a lo que es la ley propia de la comunidad como estaba vigente en ese momento, “La ley de Moisés”. Entonces, ¿por qué nos extrañamos?, ¿por qué algunos se extrañan?, por qué nos vamos a extrañar de que el mismo Cristo, quiera que cada uno de nosotros nos acerquemos al sacerdote. Que hay malos sacerdotes, que hay sacerdotes escandalosos; sí, como hay malos médicos, malos políticos, malos abogados, pero, eso no quita la necesidad de acercarse al médico, al abogado, o al político. Hay que ir donde el sacerdote; lo que necesitamos, no es alejarnos de los sacerdotes, sino trabajar para que nuestros sacerdotes sean lo que tienen que ser: santos. Y ¿quién enseña eso? No lo enseño yo, lo enseña Jesucristo.