O013008a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

l Evangelio de hoy está tomado de San Marcos en el capítulo primero, y lo que encontramos es una escena cargada de ternura, de hermosura y de poder; encontramos a Jesucristo volcado completamente, otorgando bendición, sanación, salud, consuelo y curación, a un pueblo que ha sufrido tanto (cf. Mc 1, 9-39). Es una escena que tiene que conmovernos muy particularmente en este año de la Misericordia que ha decretado el Papa Francisco. Esa actitud de Cristo, de absoluto olvido de sí mismo, esa actitud de darse a los demás, de sanar, de proteger, de bendecir y de restaurar lo que está dañado en los demás, es una muestra de una caridad sublime, es la muestra del amor de Dios llegado a esta tierra, y es también, definitivamente, el camino que debe seguir la Iglesia; ésta sin duda, es la primera lección que nos deja ese texto del capítulo primero de San Marcos.

Y antes de pasar a otro punto de meditación, cordialmente les invito, centrémonos otra vez, quizá cerremos nuestros ojos, miremos a Jesús, miremos la actitud de sus ojos, su sonrisa, su abrazo; miremos ese bendito instrumento unido a la divinidad, así llama Santo Tomás de Aquino al cuerpo físico de Cristo: “Instrumento pleno, perfectamente unido a la divinidad”; y miremos cómo esas manos sanan, cómo esa palabra levanta, cómo esa mirada renueva la esperanza, cómo esa sonrisa consuela. Alegrémonos en el misterio de ese amor compasivo y tan eficaz; demos gracias a Dios por esa ternura; acojámolo también nosotros, quizá tenemos heridas, quizá hay cosas en nosotros que nos han marcado, hay cosas en nosotros que nos han herido profundamente, también nosotros tenemos que ir donde este médico divino, también nosotros tenemos que aprender a descansar en su regazo, descubrir en Él la fuente bendita, donde todos nuestros males se alejan y todos nuestros bienes llegan.

Pero hay un punto más que meditar; al día siguiente, le dice el apóstol Pedro: “Todo el mundo te busca”, y la respuesta de Cristo, y te estoy hablando del Cristo compasivo, la respuesta de Cristo es: “Vámonos porque también debo anunciar en otros lugares” (37-38). Esto puede sonar un poco paradójico; el mismo amor que le trajo, le lleva; el mismo amor que lo acerca a nosotros, también un día, tiene que llevarlo quizá lejos de nosotros. Pero, hay una alternativa, y es que ese amor que lo ungió a Él, nos unja también a nosotros; la humanidad de Cristo, como tal, necesariamente tenía que realizar esa tarea que implica moverse, que implica llegar a otros sitios, que implica visitar otros pueblos, sí, la humanidad de Cristo, tenía que hacer eso; pero, el mismo amor que llegó a Cristo, y que lo ungió, ese mismo Espíritu que hace las maravillas y prodigios, ese es el mismo Espíritu, que también nosotros hemos recibido en el Bautismo, y ese Espíritu, sí que ha llegado a nosotros para no irse.

La humanidad de Cristo tenía que irse, como lo comenta el evangelista Juan en boca del mismo Cristo: “Os conviene que yo me vaya”; la humanidad de Cristo tenía que irse, pero el amor de Cristo, no; y por eso, la verdadera y plena sanación, no es solamente que las heridas de nuestro pasado sean sanadas, la verdadera curación, es que la misma unción que nos ha curado, es la unción que nos acompaña, que se queda con nosotros. Por eso Cristo decía: “Os conviene que yo me vaya, porque vendrá el Paráclito” (Jn 16,7), y ese Espíritu Santo, ese Espíritu que sana, ese Espíritu que transforma y renueva, ese ya no se va, ese quiere quedarse para siempre en nuestra vida. Bendito Jesús y bendito Espíritu de Amor que hacen maravillas y prodigios.