O013004a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20020112

Título: Respetar y someterse a la autoridad y al ministerio conferido a los superiores, sin importar su condicion

Original en audio: 10 min. 27 seg.


En la primera lectura está el relato tan terso, tan hermoso de la vocación de Samuel. ¡Son tantas las reflexiones bellas que seguramente hemos escuchado sobre este relato!

Pidiendo la precencia del Espíritu Santo, yo también quiero comentar algo, en este caso refiriéndome a la relación entre la voluntad de Dios y las voluntades humanas.

Porque si hay algo que es interesante en este relato es ver cómo Dios obra, pero también los seres humanos obran; y Dios no arroja de la escena, no quita del paso a los hombres, sino que más bien,a través de los mismos hombres, va mostrando su camino. Y, sin embargo, Dios no está sujeto a las voluntades de los hombres.

Es una relación compleja y a la vez hermosa: Dios, que nos deja en libertad, y sien embargo,a través de nuestra libertad, construye su plan y, sin embrago, su plan no está sometido a nuestras voluntades. Ahí está en síntesis lo que queremos reflexionar, partiendo de este relato bello del niño Samuel.

En efecto, el sacerdote Elí, como quedará más claro en las lecturas que siguen después, pues era un hombre que, agotado por los años y a uno le da la sensación de la rutina, realmente pierde autoridad sobre sus sucesores, que son sus propios hijos, porque se trataba de la tribu sacerdotal, y por lo tanto el sacerdocio era hereditario.

Elí ha dejado entrar la corrupción en su propia casa, en cierto sentido no es un hombre digno de la misisón,del encargo que Dios le ha puesto y, sin embargo, es él el que le ha dado la bendición a Ana, como recordamos en la lectura; es él el que le pide a Dios que cumpla la oración de Ana, y es él también el que recibe a Samuel, y es él, el que de alguna manera, le deja a Samuel la mejor parte.

El niño Samuel, como nuestro Padre Santo Domingo, dormía junto al arca del Señor, dormía en el templo del Señor. En esa hermosa compañía ha quedado el niño Samuel por disposición de Elí.

Dios se hace sentir en la vida de Samuel, era escasa la Palabra, pero fue abundante en Samuel. El niño escucha y acude en primer lugar a la autoridad que conoce, es decir, al sacerdote Elí; y a la tercera vez que se repite esta escena, es Elí el que da el paso fundamental.

Es el sacerdote el que se da cuenta de que hay un llamado, de que hay una voluntad que está por encima de las dispocisiones que él ha tomado sobre ese niño, Elí se da cuenta del paso del Señor.

Elí, indigno, envejecido, cansado, rutinizado, pero es Elí el que discierne, es Elí el que da el paso y dice: "Esta voz viene de más hondo, esta voz viene de más lejos, esta voz viene de más adentro; es el Señor el que está sucediendo aquí".

Y qué hermosura que Dios, aunque llama a Samuel, y en eso no le pide permiso a Elí, utiliza a Elí, por así decirlo, para confirmar el llamado. Ahí está todo el misterio de lo que es la relación de los sacerdotes, de los pastores en nuestra Iglesia.

Juntemos esas dos afirmaciones: Dios no necesita de Elí para llamar a Samuel, pero Dios sí toma el ministerio de Elí para confirmar la voz que ha escuchado Samuel.

El llamado es de Dios, pero la confirmación es a través de la obra que Dios ya ha hecho en su Iglesia, en su pueblo, así esa voz esté desgastada por los años, desgastada por la rutina, desgastada por la enfermedad, o lo que nos escandaliza más, desgastada por el pecado.

Nosotros vemos cómo en la Santa Iglesia esa ha sido la norma. El protestantismo surgió po no respetar esa ley, esa especie de ley que tiene Dios para mostrarse.

El protestantismo se quedó sólo con una parte, dijo: "Dios me habló", así salió el de los mormones y el de los testigos de Jeová y el de los pentecostales, todo son así: "Dios me habló ya, tengo claro el mensaje de Dios, yo voy a liderar aquí, no necesito que nadie me explique, no necesito que nadie discierna, no necesito que nadie confirme, porque yo tengo línea directa con Dios".

Esa es la histora del protestantismo; mientras que los grande santos se han dado cuenta de las miserias de la Iglesia. Catalina de Siena decía: "La vi, vi a la Iglesia, y era leprosa, inmunda, sucia"; se dan cuenta de cómo está la Iglesia, pero se someten a la Iglesia.

Santo Tomás, que tuvo que escribir por lo menos dos o tres opúsculos para defenderse de calumnias de curas, que vio la miseria de la clerecía, y las intrigas de los sacerdotes, y la codicia, y cuántas miserias, y cuántas llagas conocería, cuando estaba para morirse, él, semejante portento de inteligencia, dice: "Y todo lo someto a la sede de Roma". ¡Esos son los santos!

Y Santo Domingo se da cuenta de la situación lamentable de los sacerdotes y de los obispos, pero allá va, postradito junto a Inocencio III, postradito junto a Honorio, a decirle: "Yo lo que pido es esto, lo que deso es esto".

Es la misma ley que encontramos aquí. La inspiración no la dan los hombres, la inspiración la da Dios, pero la confirmación la da Dios a través de los hombres, según los ministerios y según los cargos que él ha tenido.

Por eso también uno se conmueve oyendo, o mejor dicho, leyendo aquellos consejos, aquellas recomendaciones, es que no son ni mandatos, que les daba Francisco de Asís a sus frailes. Ustedes saben que San Francisco no fue sacerdote; las recomendaciones que da Francisco para tratar a los sacerdotes, y él sí que conocía porquerías de sacerdotes y miserias de sacerdotes, y la manera cómo habla.

Y San Agustín, que vivió en tiempos también duros, donde el mundo entero parecía derrumbarse junto con la caída de esa civilización romana, y en esos momentos, ¿ustedes saben lo que escribe allá a las monjas en su famosa Regla? Donde les dice precisamente, -y luego también a los monjes-, que "tengan el debido respeto al prepósito, -hoy diríamos al prior, al superior-, y especialmente al presbítero, que es el que entre vosotros tiene la máxima autoridad".

Y eso lo dice sabiendo qué clase de presbíteros había y qué clase de herejías se habían dado.

De manera que es maravilloso ver como esa confirmación que se da en la Santa Iglesia. No esperemos que las inspiraciones nos las den solamente los hombres. Muchas veces el que está en el cargo de superior, agobiado por los problemas, asechado por sus propias flaquezas, desacreditado por los rumores, cansado por el ministerio, de pronto no es el que va a tener las inspiraciones.

Pero, seguramente, sí es él, porque así lo ha querido Dios, quien puede confirmar, ¿y por qué puede confirmar él? Por la razón que vemos en lo que hemos dicho del protestantismo: cuando no hay quién confirme, entonces cada uno se vuelve cabeza y se destruye la unidad del pueblo de Dios.

En resumen, no esperemos que todas las mejores ideas vengan de los superiores, y los que somos superiores de comunidades pequeñas, como es el caso presente, o de comunidades más grandes, no esperemos que todas las ideas se nos van a ocurrir a nosotros; a Elí jamás se le hubiera ocurrido, nunca hubiera venido de su cabeza lo que realizó Samuel.

No esperemos que la inspiración venga toda del superior, pero sí respetemos el ministerio del superior, y acompañándolo con nuestra oración, y con ese obsequio de una religiosa obediencia, reconozcamos que no está en vano en la reponsabilidad en la que se encuentra.

Así hizo Samuel y le tocó duro, como escucharemos luego en las siguientes lecturas. Porque ustedes saben que, Samuel, los primeros oráculos que tuvo que dar fueron precisamente para denunciarle al mismo Elí, que le había confirmado la vocación profética, denunciarle la situación en que estaban los hijos.

Pero si hay algo grande de Elí, y con eso terminamos nuestra reflexión de hoy, es que este hombre, viendo la situación y oyendo lo que le dice Samuel: "Mira, tus hijos están enestas, y en estas, y en estas situaciones", Elí tiene la verdad, el coraje, la sinceridad de decir: "Él es el Señor" 1 Samuel 3,9; 1 Samuel 3,18.

Yo le pido a mi Dios que mire con misericordia nuestro ministerio, y que nos conceda una sensatez y una humildad como la de Elí, para reconocer el paso del Espíritu, aunque a vece ese Espíritu nos denuncie a nosotros mismos.