O013003a
Fecha: 20000112
Título: Hay que tener humildad, audacia, prudencia y caridad para discernir y comunicar aquello que viene de Dios
Original en audio: [12 min. 21 seg.]
La primera lectura nos habla de un acontecimiento sobrenatural: la Palabra de Dios se deja escuchar por un jovencito llamado Samuel.
Lo que a mí me llama la atención en este momento de esa lectura es que Samuel va en primer lugar donde Elí que era un sacerdote, y ciertamente no un sacerdote ejemplar, sino un hombre débil, incapaz de corregir a su propia familia.
Los hijos de Elí, también sacerdotes de acuerdo con el régimen legal de aquella época en que el sacerdocio estaba ligado a a la estirpe, los hijos de Elí eran unos abusadores que hacían quedar muy mal el nombre de Dios.
Elí, pues, era culpable por lo menos de negligencia, porque sabiendo lo que hacían sus hijos, no los corregía; no tuvo vigor para gobernar su propia casa.
Y a sí como se iban apagando sus ojos, lo ojos de su cuerpo, por la edad, hasta que se quedó ciego, así también su capacidad de discernimiento espiritual, por lo visto, y sobre todo su capacidad de ver la obra que Dios quería hacer en su propia casa, estaba como como casi en tinieblas.
Pero tuvo suficiente luz para darle consejo apropiado a Samuel: "Es Dios quien te está llamando, habla, Señor, que tu siervo escucha" 1 Samuel 3,9. Esta respuesta es el modelo de obediencia de todos los creyentes de todos los tiempos, esta se la dijo Elí a Samuel.
Elí, pues, tuvo suficiente luz para orientar a Samuel, aunque no tuviera claridad, o aunque se hiciera elciego, o quisiera ser ciego ante los problemas de su propia casa.
Me llama la atención, que siendo Elí este tipo de persona, Samuel va primero donde Elí, y en cierto modo sentía yo como lo irónico de la situación, porque hoy hay mutitud de mensajes, hoy lo raro es no recibir mensajes. Cualquier padrecito, hermanita, cualquier laico, todo el mundo recibe mensajes.
Y de una vez el origen del mensaje se pone en Dios. Ayer no más estaba en una pequeña librería católica, donde están ofreciendo un libro que se llama algo así como "Mensajes del Padre Misericordioso", mensajes llenos de mucha poesía, de mucha belleza ciertamente en muchos pasajes.
Es una obra que va por tomitos. Bueno, en el primero de esos tomos salen unas perlas como estas, por ejemplo, que las almas existían antes de venir aquí a los cuerpos, y entonce Dios por allá, en el "almario", donde las tenía, les cuenta sobre la vida que van a tener.
Imagínese, a estas alturas de la vida resucitando doctrinas de Orígenes, que en eso fue hereje, resucitando esas doctrinas, y eso se vende, son unos mensajes.
Y en esa misma obra se habla algo así como que el fruto que era prohibido, cuando Adán y Eva, eran los hijos, ese era el fruto prohibido, porque de acuerdo con la mentalidad del autor, pues el pecado original fue un pecado sexual, de modo que si no se podía sexo, obviamente tampoco se podían hijos, entonces los hijos eran el fruto prohibido. ¡Cosas de ese tamaño! Calcule usted.
Yo creo que en eso la Iglesia necesita mucho discernimiento, porque tampoco se puede acabar con todo. Yo personalmente he recibido un beneficio inmenso de Santa Catalina de Siena, y la mayor parte de su doctrina está en forma de mensaje, y además, esa doctrina que está dada así, ha sido aprobada por la Iglesia, con el sólo hecho de nombrala doctora.
Pero mi historia va a que hoy por hoy todo el mundo cree que sus inspiraciones están en Dios directamente. Samuel fue mucho más humilde. Samuel, que sí estaba recibiendo una inspiración de Dios, creyó que el llamado venía de ese hombre incoherente, medio ciego, ese hombre que cuando Ana, la mamá de Samuel, fue allá a rezar, no supo distinguir entre una borrachera y una oración.
Ese hombre que se quedaba como ciego para muchas cosas, negligente y cómplice implícito de sus propios hijos, ese hombre es el que Samuel cree que lo está llamando. Es decir, Samuel puso como primera referencia de su experiencia a ese hombre imperfecto y limitado.
Y precisamente, porque buscó en la comunidad creyente, porque buscó en su propia realidad, en su propio entorno la causa propia, la causa de su exeriencia, esa actitud limpia y humilde, fue la que dispuso su corazón para recibir la Palabra del Señor.
Fíjese que en esto la soberbia espiritual no está sólo en quienes tienen o creen tener mensajes de todo el mundo: del Espíritu Santo, de los Ángeles, de la Virgen, de todo el mundo creen tener inspiraciones; no sólo ahí puede estar la soberbia.
También es soberbia cuando un teólogo siente que su magisterio está por encima de todo lo que haya dicho la Iglesia: "Yo soy el que sí tiene la verdad, yo soy el que sí entiende cómo es que es esto".
De modo que una manera de leer y de aprovechar esa primera lectura es en la búsqueda de la verdadera humildad, pureza, limpieza de corazón. La verdadera humildad del corazón.
Tengamos conciencia de que la mayor parte de aquello que nos sucede tien su origen en la comunidad creyente, tengamos eso siempre a la vista, tengamos en cuenta cuánto le debemos a esa comunidad a la que nosotros pertenecemos, una comunidad con deficiencias, con errores, medio ciega como Elí, incoherente como Elí, negligente como Elí, pero en esa comunidad obra Dios.
Y será esa comunidad la que nos ayude a descubrir cuál mensaje sí es de Dios y cuál palabra es la que sí nos hace profetas.
De aquí salen dos enseñanzas que ustedes conocen muy bien. La primera y más obvia, esa especie de sano escepticismo que tiene la Iglesia con todo este tipo de cosas.
y lo parsimoniosa que es para no dejarse envolver por la elocuencia o belleza de las palabras, y para no correr detrás de todo el que diga que tiene una inspiración, que tiene una nueva teología, que tiene un nuevo modelo de Iglesia, que tiene un nuevo estilo, que ahora lo que se utiliza es esto, o que el Espíritu me reveló a mí directamente lo que había callado en todos los siglos.
La Iglesia va muy despacio en eso, tanto con ese tipo de novedades teológicas, doctrinales, pastorales, como con ese tipo de inspiraciones, revelaciones y mensajes.
Para las dos cosas hay que tener una sana parsimonia y un sano escepticismo, porque lo que es verdaderamente de Dios está por encima de las opiniones, y de las opciones, y del brillo de un determinado personaje.
Las cosas que dependen de un determinado personaje son como las de "Teudas" Hechos de los Apóstoles 5,36, aquel que citó Gamaliel, cuando dijo: "Mire, acuérdese que se murió ese señor y se dispersó todo".
O sea que la Iglesia prueba en cierto modo la doctrina dejando que muera el que la ha sostenido. Las enseñanzas tiene que ir más allá de las personas. Arrio tenía una elocuencia impresionante, y componía cantos, y organizaba cursos, y recibía mensajes, y detrás tenía un séquito de vírgenes.
En tiempos de Pascal el jansenismo prosperó en un monasterio; allá estaba el séquito, todas las monjas de Port-Royal, bueno, no todas, eso ahí hubo diferencias, pero ahí detrás, detrás. De manera que hay que tener ese cuidado, esa es la primera enseñanza, hay que tener ese cuidado, hay que tener ese discernimiento, hay que tener esa parsimonia.
Discernimiento que no puede ser negación de todo, porque Elí, en medio de sus imperfecciones, pudo reconocer, aunque estaba ya que no veía ni por la familia, ahí sí es verdad, tuvo la sinceridad, la honestidad de reconocer: "Esto viene de Dios, esto es más grande que yo; vaya, mijito, y que le sigan hablando y luego me cuenta qué es lo que le llegó".
O sea que tampoco se puede cancelar todo. Pero sí hay que tener esa parsimonia, y esa es la priemera consecuencia que sale acá.
Y la segunda consecuencia que surge es la necesidad de permanecer en esa humildad de corazón y en esa disponibilidad. Porque el texto también se puede leer al revés: Samuel no creía que Dios lo estuviera llamando a él, no creía.
Seguramente algunos querrán mucho que Dios les diga cosas así como en directo, en teléfono directo; pero hay otras personas que no quieren que Dios las meta en problemas: "Yo mejor sigo aquí tranquilo, nadie se mete conmigo, las cosas siguen como van, esta fue la Iglesia que encontré, esa fue la Iglesia que dejé".
De pronto Dios a ese tipo de personas les podría decir: "A ver, hablemos con usted, pedazo de inepto, ¿qué pasó con su tarea? ¿qué pasó?" "-No, yo dejé las cosas como las encontré", "-pero es que para dejarlas como las encontró no era necesario que usted existiera, y yo hice que usted existiera, yo le di el ser".
Por eso hay que tener la humildad unida a la audacia, y hay que tener la audacia unida a la prudencia, y hay que tener la prudencia unida a la caridad, de modo que ningún improvisado con ganas de protagonismo se robe la atención de todos, pero tampoco ningún cobarde con ganas de comodidad deje de decir lo que viene de Dios. Esos dos extremos hay que evitarlos.
Porque si aquellos que tienen el encargo, por ministerio, por estado de vida, si los que tienen el encargo de hablar y de obrar no lo hacen, seguramente están dando el espacio para los que no son sí aparezcan.
Por eso cada uno revise su corazón delante de Dios, tenga una conciencia limpia, cristalina humilde, déjese alumbrar por Diosy regale también usted esa luz de Dios a los demás.