O013002a
Fecha: 19980104
Título: El origen de un profeta.
Original en audio: [22 min. 21 seg.]
Hay un canto muy hermoso que dice: "La noche es tiempo de salvación". Y efectivamente, si nosotros buscamos la obra de Dios en las noches, ¡cuánto encontramos!
Si no fue de noche, si fue durante el sueño cuando Dios de Adán formó a Eva, como mostrando, en el misterio de ese descanso, el misterio de la unión y complementariedad, de la distinción e igual unidad entre el hombre y la mujer.
De noche la columna de fuego guía al pueblo de Israel. De noche sucede este encuentro entre Dios y el niño Samuel. De noche la resurrección. Y el nacimiento del Señor también.
Yo creo que Dios ama la noche así como ama el desierto. Pues, de la misma manera que en el desierto, donde no hay nada, se percibe más la fuerza de Dios que saca vida de la nada, así también en la noche cuando las fuerzas se agotan, cuando los sentidos se rinden, cuando la comprensión no avanza, cuando los peligros parecen más grande, en ese tiempo de noche, Dios hace resplandecer, hace brillar mas su obra.
Y por eso, de noche le habla a José, el esposo de la Virgen. Y por eso, también en sueño, les habla a tantos patriarcas como le hablo a Jacob. Si, la noche es tiempo de salvación.
Así como el desierto es tiempo de revelación, la noche es tiempo de salvación. Y por eso pertenece a la piedad cristiana desde los primeros siglos el orar de noche. Mientras que otros descansan rendidos de sus trabajos. Mientras que otros olvidan en unas copas, en ebriedades o placeres, en fiesta de toda clase, la dureza de la vida.
De noche nos unimos a Cristo, que también santificó la noche con su oración, especialmente con esa noche de Getsemani. Y con esa noche que Él mismo hizo cuando se estaba muriendo, porque esa fue una noche que Él hizo. Él oscureció la tierra, Él hizo la noche.
De manera que, así como Adán dormido dio origen a Eva, así Cristo dormido en la noche de su muerte, le dio vida a su esposa, la Iglesia.
Sí, la noche es bella, y de noche nos encontramos al niño Samuel y al anciano Elí. Todo este pasaje del capitulo tercero del libro primero de Samuel, está hecho para que meditemos en estos dos.
Miremos en qué se parecen y en qué se diferencian, y descubramos ahí la obra de Dios en una noche singular. Ambos se encuentran cerca de Dios; ambos están al servicio de Dios. Elí, un sacerdote anciano; Samuel, un joven profeta. Ambos al servicio de Dios.
Pero, aquí empiezan las diferencias: Elí, ya no puede casi ver. Elí se ha ido quedando ciego con los años. ¿Crees tú que esa ceguera era simplemente debilidad de los ojos de su cara? No. Elí, se iba quedando ciego. Se había vuelto incapaz de ver no sólo con los ojos de su cuerpo, se había vuelto incapaz de ver los pecados de su propia familia.
Efectivamente, el mensaje que le da Dios a este niño Samuel es el mensaje que aparece en el capitulo tercero. No lo hemos leído en la liturgia, pero que está, desde luego, en nuestras Biblias. Ese mensaje es terrible.
El primer oráculo que tiene que decir este niño Samuel es precisamente un oráculo contra la familia del sacerdote Elí. Porque los hijos de este sacerdote Elí, aprovechan los bienes del Señor, explotan al pueblo, son transgresores y cínicos de la Ley. Y Elí, el papá de ellos, no ve, no ve nada, no se da cuenta de nada.
De manera que Elí, no sólo era ciego de los ojos de la cara, no es simplemente que no pudiera ver la luz del sol, es que ya no podía ver tampoco los caminos del Señor; es que no sabía ver la voluntad de Dios, es que no sabía ver las heridas y los pecados del pueblo; empezando con que no podía ver los pecados de sus hijos.
¿Tú te acuerdas del sacerdote Elí? Elí, obró con una dureza espantosa con Ana. Ana estaba orando en la casa de Dios, y Ana movía sus labios suplicando. Y Elí empieza por insultar: "¿Hasta cuando ese vino?" 1 Samuel 1,14, la trata de borracha, la insulta, y Ana tiene que explicarse, y se explica con humildad, y le dice al sacerdote Elí: "No, yo no estoy ebria de vino; lo que sucede es que estoy embriagada de dolor" 1 Samuel 1,15.
Bueno, has visto cómo ha obrado Elí con esa pobre mujer. Le ha caído con todo el peso de su autoridad sacerdotal. La ha regañado con fuerza, a Ana que era inocente. Pero, a sus propios hijos, que son culpables, a esos sí no les ve las faltas.
Qué peligrosa es la ceguera en los sacerdotes, qué peligro esa ceguera que no pueda descubrir, esa inocencia en unos y la culpa en otros. Porque con ceguera, esto lleva ha que se maltrate la inocencia de los pequeños y se deje pasar la culpa de los poderosos.
Elí estaba, pues, sin luz en sus ojos. Pero, el pasaje nos dice algo más: no es sólo que le faltara luz a los ojos de Elí, es que no había casi luz en la casa de Dios. Y mira como dice: “En aquel tiempo era rara la palabra del Señor” 1 Samuel 3,1, era rara la palabra del Señor, así como era raro que Elí acertara. Elí no tenía luz en sus ojos, porque era rara la palabra del Señor.
Allí donde escasea la Palabra del Señor, la mirada se vuelve confusa. Y llamamos mal al bien y bien al mal. Juzgamos según nuestro propio criterio.
Era rara la Palabra del Señor. Y dice: "No eran corriente las visiones” 1 Samuel 3,1. Elí estaba acostado en su habitación, y nos dice el texto: "No estaba aún apagada la lámpara de Dios" 1 Samuel 3,3.
Poca luz en los ojos de Elí y poca luz en la casa de Dios. Pero, aquí empiezan los contrastes. Nos dice el texto: "Elí estaba acostado" 1 Samuel 3,2, Samuel también estaba acostado. "Elí dormía en su habitación" 1 Samuel 3,2, "Samuel estaba acostado en el Santuario del Señor" 1 Samuel 3,3.
La habitación de Samuel es la habitación de Dios, la habitación de Elí es simplemente la habitación de Elí. Elí duerme en su habitación, Samuel no tiene habitación, Samuel no tiene casa, sólo tiene la casa de Dios, y por eso va a llegar la luz a través de Samuel y no a través de Elí.
Y es que Elí tenía su propia habitación, y aquí hago yo una alegoría: Tenía sus propios intereses, y los intereses suyos eran los de sus hijos; y los intereses suyos eran los de sus cosas; él tenía sus intereses.
Ese era Elí, tenía su habitación, en cambio Samuel no tenía su habitación. En esto se parece a nuestro bendito Patriarca Santo Domingo, que tantas veces pasaba las noches en el templo. Al igual que Samuel, Santo Domingo dormía en el templo junto al Arca del Señor.
Eli dormía en su habitación porque tenía sus intereses; Samuel dormía en la casa del Señor porque no tenia nada, porque solamente tenía al Señor. Y la luz va a venir de ahí. Entonces una voz que llama a Samuel y responde Samuel: "Aquí estoy" 1 Samuel 3,4.
Si hemos dicho que Samuel estaba en la casa del Señor, hemos dicho que de alguna manera tenia ese desprendimiento de todas las cosas, aquello a lo que aspira precisamente el voto de pobreza.
Y aquí lo encontramos no sólo pobre, sino también obediente. Cuánto se asemeja en esto Samuel a Jesucristo, porque Jesús fue ese verdadero Samuel que no tenía otra casa que la casa de Dios, no tenía más intereses que los intereses del Padre, en nada tenía que ocuparse sino en las obras de su Papá Dios.
Verdaderamente pobre Jesucristo y verdaderamente obediente Jesucristo.
A la voz de Dios Samuel responde: "aquí estoy!" 1 Samuel 3,4. Puesto que no tiene intereses propios, está dispuesto a obedecer. Fue corriendo a donde estaba Elí y renovó su obediencia al sacerdote.
Aquí me pregunto yo: ¿Es que Samuel no se daba cuenta de lo que estaba haciendo Elí? Tenia que darse cuenta. Todo el mundo sabia lo mal que estaba viviendo la familia de Elí, todo el mundo sabia que Elí hacía el de la vista gorda, que no sólo no podía ver con sus ojos del cuerpo, sino que tampoco quería ver los pecados de su familia; Samuel sabia eso y sin embargo Samuel no se revela contra el sacerdote.
Hemos descubierto tres cosas maravillosas de Samuel: tiene el espíritu de pobreza. "Bienaventurado los pobres". Tiene espíritu de pobreza, porque su casa, ¿cuál casa?, Él no tiene más casa que la casa de Dios. Ademas tiene el espíritu de la obediencia. Su voluntad, él no tiene más voluntad que la voluntad de Dios.
Él es pobre, es obediente. ¿Te das cuenta de cómo se forma un profeta? ¿Te das cuenta de a quiénes le habla Dios? Es pobre, es obediente, pero, hay algo más: es fiel al sacerdote, es fiel a la Iglesia.
Samuel hubiera podido decir: "Me esta llamando Dios", "Por fin me llama Dios", porque esa porquería de sacerdote que tenemos no sirve de nada". Pero esta es la diferencia entre un santo y un hereje, el hereje, como le sucedió a aquel Pedro Valdez, que dio origen a los Valdemenses en tiempos de Santo Domingo; el hereje tal vez tiene muchas virtudes, pero es incapaz de reconocer la voz de Dios en la Iglesia, es incapaz de ver que Dios siga obrando con esos sacerdotes pecadores.
Tercera virtud de Samuel, reconoce a Dios en su Iglesia. ¿Acaso no sabía Samuel de los pecados de Elí? Sí lo sabia, claro que tenia que darse cuenta. Los jóvenes son o somos muy críticos. Samuel se daba cuenta, pero acude al sacerdote, va a donde Elí, no niega su pertenencia a la Iglesia.
Y en esto también se me parece a mí a Santo Domingo de Guzmán. ¿Acaso no sabia Santo Domingo cuantos pecados, cuantas iniquidades tenían aquellos curas de su tiempo? Claro que sí, y sin embargo, una y otra vez le vemos postrado pidiendo humildemente la bendición del sacerdote o del obispo.
“Aquí estoy” 1 Samuel 3,5, le dice a Elí: "No te he llamado, vuelve a acostarte, Vuelve ha tu descanso" 1 Samuel 3,5. Eli lo manda ha descansar, pero Dios lo vuelve a levantar del descanso.
Otra virtud del profeta, el profeta no puede determinar cuándo es su descanso, descansará cuando Dios quiera, así lo podemos también ver en Jesucristo. Jesucristo trabaja agotadoramente, pero si hay que levantarse temprano a orar, ahí le vemos. En medio del campo, bebiendo de las fuentes del Padre Celestial.
Samuel no tendrá otro descanso del que le dé Dios, Eli le dice, "descansa" 1 Samuel 3,5, y Dios le vuelve a decir "levántate" 1 Samuel 3,5, no es tiempo de descanso, es tiempo de labor.
Vuelve otra vez Samuel donde Elí y le dice: "Aquí estoy, porque me has llamado" 1 Samuel 3,6, y Elí vuelve a decirle que descanse.
Por tercera vez le llama el Señor, y entonces, atención, es el pecador Eli, no el virtuosos Samuel, sino el pecador Elí, que es sacerdote, el que reconoce la voz de Dios.
¿A ti no te parece misterioso esto? No es Samuel que era el inocente y el virtuoso, quizás el santo, sino Elí el que reconoce que Dios esta obrando ahí. Y esto es bien importante, muy importante, porque esto nos hace ver cómo a pesar de las limitaciones que tiene Iglesia, el discernimiento último lo tiene quien tiene la autoridad de Dios en Iglesia.
Esto nos muestra cómo no son ciertamente los pecados personales de los sacerdotes o los de los obispos los que le van a quitar la autoridad que Dios les ha dado.
Es Elí el que discierne, Elí que no podía ver por sus propias fuerzas, gracias a la voces que Dios le da a Samuel, llega a escuchar, llega a ver, llega a discernir, y se da cuenta de que es el Señor el que esta llamando. "Anda a acostarte, y si te llama alguien responde: Habla, Señor, que tu siervo escucha” 1 Samuel 3,9.
El Señor se presentó y lo llamó: "Samuel, Samuel" 1 Samuel 3,10, Dios que llama al ser humano. Otro misterio, ¿por qué Dios llama a Samuel? Es que Dios no podía hacer justicia en la casa de Eli por su propia cuenta? Dios, que lo puede todo, ¿no podía enderezar la casa de Eli sin necesidad de Samuel?
Claro que podía, pero Dios ama obrar por causas segundas; Dios ama obrar a través de seres humanos. A través de un jovencito inexperto como Samuel, a través de un anciano pecador, negligente como Elí y Dios, sin embargo, obra a través de esas personas.
Santo Tomas de Aquino se pregunta por qué Dios hace eso, por qué Dios no resuelve los problemas Él mismo, por que Dios parece a veces necesitar la ayuda de abogados, de médicos, de psicólogos, de psiquiatras.
¿Por qué no resuelve Dios todo Él mismo? Y Santo Tomás hace esta comparación: "Si el dueño de una finca tiene que hacerlo todo, es pobre; si el dueño de una finca cuida la finca a través de administradores y jornaleros, ese es el verdaderamente potentado".
Dios manifiesta su gloria, y su santidad, y su poder obrando a través de todo el ejército de causa segunda, incluso las que no saben que están sirviendo a Dios. Así Dios habla más de su majestad, de su misericordia, de su sabiduría y de su poder.
Nos hemos encontrado con el origen de un profeta. De pronto renace en nosotros eso que hubo mucho en la casa de Israel, hubo gente que se preguntó: ¿Será que es posible formarse para profeta? Hubo comunidad de profetas, por ejemplo, los que rodearon a Eliseo, gente que estudió para profeta.
El Don de profecía, desde luego, sólo lo da el Señor. Pero, parece que en un sentido sí se puede pensar en una escuela de profetas.
Varias veces he mencionado a Santo Domingo de Guzmán, a mí me parece que Santo Domingo vio la Orden de Predicadores como una escuela de profetas, como un camino en la profecía. ¿Y qué se necesita para eso? Ser pobre, que significa aquí no tener otra casa sino la casa de Dios, ser obediente, que significa, como Samuel, decir: "Aquí estoy, Señor" 1 Samuel 3,8.
¿Qué más se necesita? Se necesita no tener más descanso que los que Dios diga, estar siempre dispuestos a la labor, ¿y qué más se necesita? Saber que Dios obra hoy a través de su Iglesia y que desprenderme de la Iglesia, desprenderme del sacerdote, desprenderme del pastor, es como cercenarme, yo que apenas soy una ramita, cercenarme del árbol, pronto me voy a secar y sólo voy a servir para el fuego. Hermosa conclusión la que trae el pasaje.
Samuel crecía, crecía; Elí se debilitaba; Samuel crecía, Dios estaba con él. Y ningunas de sus palabras dejó de cumplirse, porque no eran las suyas, eran las palabras de Dios.
Así como Samuel no tenía más intereses que los intereses de Dios, así Dios le concedió que todas sus palabras fueran palabras de Dios.
Esto es grande, esto es bello, el que quiere tener en su corazón los intereses de Dios, logra tener en su boca la Palabra de Dios, en cambio, el que revuelve con sus intereses, el que revuelve y tiene su propia habitación, ese se confunde; a veces acierta, como vemos hoy acertar a Elí, otras veces se equivoca, como el mismo Elí se equivocó, por ejemplo, juzgando de Ana, o se equivocó dos veces con Samuel.
Llenarse de los intereses de Dios, crecer como Samuel, tener en nosotros la Palabra del Señor, para que Israel, para que el pueblo de Dios se alegre y se alimente de las fuentes vivas, de las fuentes de la verdad, de la paz y de la justicia.
Amén.