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Fecha: 20070716

Título: Que se vea, Senor, que tu eres Dios.

Original en audio: 19 min. 57 seg.


Nuestra Señora del Monte Carmelo, o como es conocida comúnmente, la Virgen del Carmen, es una de las advocaciones más conocidas, más populares en el pueblo católico.

Cada advocación, como lo indica esa palabra, es una especie de llamada, es una manera de llamar, un apelativo, y es también una mirada especial que le damos al misterio maravilloso, hermoso, inagotable de la Virgen María.

Es la misma Virgen por supuesto, la Virgen de Fátima, la de la Medalla Milagrosa, o Nuestra Señora de la Paz, o Nuestra Señora de Lourdes, o la Virgen del Carmen. ¡Son tantas advocaciones, y son tantas miradas, y son tantas llamadas!

Y es hermoso pensar que el pueblo católico, con esa multiplicidad de llamados y de miradas, reconoce a María siempre cercana, siempre aliada, siempre brindando su auxilio, su consuelo, su fortaleza, su ejemplo, su intercesión.

Esta advocación tiene un origen muy lejano. El Carmen, el Monte Carmelo, es el monte en el que el Profeta Elías predicó, en cierta manera demostró la verdad de la fe. Y yo quisiera, en estos minutos, compartir con ustedes una reflexión sobre lo que esto quiere decir.

Porque pienso que de aquí se deriva el sentido profundo, el sentido auténtico, por ejemplo, del escapulario de la Virgen del Carmen. Nosotros no podemos quedarnos en la superficie de las devociones, porque entonces se vuelven como actos de magia, como cosas de superstición.

Cuando descubrimos la raíz que estos actos tienen, entonces podemos vivirlos y podemos trasmitirlos con mayor coherencia, ¿Qué fue lo que sucedió allá en tiempos del profeta Elías? Fue un tiempo muy malo para el pueblo de Dios, un tiempo de persecución.

Reinaba por aquella época el Rey Ajab, pero no era él el que reinaba, era en realidad su esposa, una mujer perversa, idólatra, egoísta, cruel, por nombre Jezabel.

Ese nombre quedó asociado no solamente a ella, sino quedó asociado a todo aquel que se declara enemigo de Dios, tan es así, que en el libro del Apocalipsis vuelve a aparecer otra Jezabel Apocalipsis 2,20.

Probablemente, no una mujer que volviera a tomar ese nombre, sino un modo de utilizar el nombre de aquella antigua reina como prototipo de todos los enemigos de Dios.

Jezabel, la esposa de Ajab, fue una mujer idolatra que miró siempre como una amenaza la fe en el Dios verdadero. Jezabel quería una religión controlada desde el poder político; Jezabel quería que los sacerdotes fueran simplemente funcionarios del estado, funcionarios de la casa real.

Gente que ella misma, o los que estuvieran en su sitio, pudieran manejar; gente que no opusiera ningún obstáculo, ninguna traba a los deseos, a los proyectos del corazón ambicioso de esta mujer, y ella había logrado controlar bastante bien.

Con bastante éxito había llegado a controlar el corazón de su esposo y había sido muy eficaz también en apagar la llama de la fe verdadera, la fe en Yahvéh, la fe en el Dios de la Alianza.

Y cada vez que un creyente en Yahvéh era derrotado o eliminado o abandonaba la fe, más y más santuarios de los ídolos, especialmente de los llamados Baales, se propagaban por la tierra prometida, por la tierra que Dios entregó a Abraham y a sus sucesores.

La situación era triste, mas allá de toda descripción, porque era en realidad ver cómo se estaba perdiendo cualquier rastro de la Alianza, de la victoria de Dios sobre el Faraón, sobre la travesía del desierto, de los mandamientos entregados por Dios.

Todo lo que Dios había construido en su pueblo a través de los Patriarcas, de Moisés, de la Ley y de los Mandamientos, y de los grandes prodigios, todo eso iba quedando enterrado en el olvido, bajo una capa de miedo, bajo una capa de complicidad y bajo la tutela, bajo la acción agresiva de esta mujer.

La cosa llegó a un punto, que prácticamente solo uno entre los Profetas de Dios permaneció fiel, un hombre extraordinario, un hombre lleno de un coraje sobrenatural, ese hombre se llamaba Elías, y Elías no solamente permaneció fiel sino que predicó la fidelidad a Dios en ese tiempo tan difícil; convocó en una ocasión al pueblo de Israel, sabiendo que en ello se jugaba la vida.

Convocó al pueblo de Israel y les dijo: “Bueno, tenemos que decidirnos, tenemos que resolver, a ver, casa de Israel, resuélvete, tú no puedes seguir al mismo tiempo a Dios y a Baal; tú no puedes al mismo tiempo pertenecer a la fe de Moisés y de Abraham, de Isaac, de Jacob, o pertenecer a la fe de esos santuarios idólatras que ahora se multiplican; escoge".

Yo creo que esa voz recia, poderosa de Elías, tiene que volver a resonar en nuestra época, en nuestro tiempo; hoy también nosotros tenemos que ser confrontados y tenemos que escoger: "vamos a seguir al Dios verdadero, o vamos a seguir a los ídolos", porque los ídolos hoy se multiplican más que los Baales en tiempos de Jezabel.

Elías congregó a Israel en el Monte Carmelo y ahí les dijo: “Bueno, esto hay que resolverlo. Vamos a preparar dos sacrificios, pero no vamos a utilizar fuego, y después de que estén listos los dos sacrificios, pues que los profetas de Baal recen y a ver si Baal responde, que yo rezaré al Dios de la Alianza, yo rezaré al Dios de nuestros Padres y Él va a responder".

Observemos el coraje de este hombre, observemos la consistencia, la textura de su fe, esa fortaleza para ser casi el único que defiende a Dios en esas circunstancias. Y en efecto, en el Monte Carmelo preparan estos dos sacrificios. Los sacerdotes de Baal durante horas enteras están cantando y rezando y danzando a su Dios, su dios falso, su ídolo.

Incluso, según la costumbre que ellos tenían, se sacaban sangre, se hacían heridas en el cuerpo, chorreaban sangre, hacían de todo, pidiéndole a Baal que se produjera fuego, pero nunca se produjo y entonces Elías empezó a burlarse de ellos y les dijo: “Pues tal vez Baal está muy ocupado, tal vez está dormido, tal vez está de viaje, porque no les responde a ustedes” 1 Reyes 18,27-29.

Cuando ya llegaba el final de ese día, cuando ya casi se ponía el sol, Elías dijo: "Bueno, ahora voy a rezar yo", y entonces él se puso en oración y le dijo a Dios: “Que se vea, Señor, que se vea que tú eres el Dios verdadero” 1 Reyes 18,36-37.

¡Qué herencia espiritual tan grande evoca la Virgen del Carmen: “Que se vea, Señor, que tú eres el Dios verdadero” 1 Reyes 18,27-29.

Unirse al Monte Carmelo es estar dispuesto a llevar la consigna de Elías, mis hermanos; vestirse con el Monte Carmelo, es vestirse con la consigna de Elías: “Que se va que tú eres Dios”.

Porque yo les puedo asegurar, si ustedes usan el escapulario de la Virgen del Carmen, que en los lugares a donde ustedes vayan seguramente hay muchos Baales, hay muchos ídolos que están compitiendo en contra de Dios.

Tal vez en donde usted trabaja el adulterio es la norma, tal vez en donde usted trabaja la mentira, la vulgaridad, la obscenidad, la pornografía, el engaño, la codicia, el orgullo, el resentimiento reinan, y hay muchos profetas del egoísmo, y hay muchos profetas del resentimiento, hay muchos profetas que anuncian que la única manera de mejorar las cosas es a través de la violencia.

La violencia tiene también muchos profetas, pero el que esté vestido del Carmen, el que esté vestido del Monte Carmelo tiene que seguir la consigna de Elías en su oración: “Que se vea Señor, que se vea que tú eres Dios”; a pesar de los ataques, a pesar de que sean tan numerosos los profetas de Baal, yo te pido, Señor, que se muestre tu gloria y se muestre a través del fuego.

Elías fue llamado, en el libro del Eclesiástico de la Santa Biblia, un profeta como un fuego. Yo creo que los que amamos a la Virgen del Carmen tenemos que creer eso, tenemos que llevar el fuego, tenemos que incendiar al mundo con el amor de Dios, con el celo por la causa de Cristo.

Uno que lleve el escapulario del Carmen, pero que sepa lo que está llevando, no puede tolerar que sea ofendido el nombre de Dios, no puede tolerar que sus mandamientos sean contravenidos, no puede tolerar que se desobedezca impunemente la causa del Altísimo.

Uno que tenga el escapulario de la Virgen del Carmen tiene que estar ardiendo él mismo con el fuego que Elías trajo del cielo. Elías terminó su oración, y un fuego impresionante vino del cielo, que no sólo consumió el sacrificio, sino que evaporó el agua que Elías había mandado echar sobre ese sacrificio, sobre el animal que había sido sacrificado.

La gente quedó asombrada y dijo: "En realidad sólo Dios es Dios” 1 Reyes 18,30-39. Esto se parece mucho a la consigna de San Miguel Arcángel, “quién como Dios”

A los que amamos el escapulario de la Virgen del Carmen tenemos que caminar bajo el patrocinio de Elías y bajo la dirección, bajo la comandancia de San Miguel, “quién como Dios”.

El escapulario no puede ser una bandera de mediocridad, no puede ser una rutina, no puede ser una costumbre solamente; el que lleve un escapulario de la Virgen del Carmen, tiene que entender que en esa raíz se le está llamando a combatir por la gloria de Dios, así se quede solo como Elías; él estuvo solo en esa confrontación tan decisiva.

Ese monte, el Monte del Carmen o el Monte Carmelo, quedó marcado por ese evento, es el monte donde uno se resuelve por Dios, es el monte donde uno le dice "sí" a Dios, y le dice uno "no" a los ídolos, y por eso es la gran imagen de lo que significa el caminar de la vida cristiana.

Caminar en la vida cristiana, mis hermanos, es eso, es aprender a decirle sí a Dios en cualquier circunstancia; y cada vez que un Baal, cada vez que un ídolo quiera entrar en competencia con mi Dios, entonces yo le voy a decir no a ese impostor que quiere adueñarse de mi corazón y le voy a decir sí al Dios que me ha salvado, al Dios que me hizo atravesar las aguas, no las aguas del Mar Rojo, sino las aguas del bautismo que saltan hasta la vida eterna.

Este Monte Carmelo así sellado por la presencia de la fe y por la victoria de Dios, se convirtió de una manera muy natural en un lugar de peregrinación y en un lugar de oración.

Ya a finales del primer milenio, pero especialmente al comienzo del segundo milenio de la era cristiana, tantos ermitaños decidieron irse a vivir a ese lugar y poniéndose bajo la protección de la Santísima Virgen María, porque por supuesto, las condiciones son inhóspitas en ese clima y en ese sitio, empezaron a llevar una vida de santidad, una vida de oración, una vida de penitencia, pero sobre todo una vida marcada por una aspiración dulce y fortísima: unirse a Dios.

Para ellos ascender al Monte físico, al monte material del Carmelo, era como una imagen de lo que significa ascender al encuentro con Dios, como Moisés subió al Horeb, como Jesús subió al Tabor, como Jesús también subió a la Cruz.

Entonces el Monte Carmelo se convirtió en la gran parábola de la perfección cristiana, bajo el patrocinio, bajo la protección, bajo el dulce amor, el manto del dulce amor de la Santísima Virgen.

Nada de extraño que a principios del siglo XIII se constituyera una Comunidad religiosa, la Comunidad que hoy conocemos como los Carmelitas; de ahí nacieron los Carmelitas que luego, reformados por Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, son conocidos también como las Carmelitas Descalzas; descalzo quiere decir humilde, en espíritu de penitencia y de reforma.

Y tan eficazmente predicaron estos ermitaños y sus sucesores la fidelidad a Dios, de pronto los que peregrinaban hacia ese monte atravesando mares y regiones inhóspitas, pedían la intercesión de la misma Virgen, entonces los navegantes, -esto es tan bello-, decidieron poner sus barcos bajo la protección de la Virgen, dejando en esto las antiguas costumbres paganas que tenían, por ejemplo, los vikingos.

Ustedes recuerdan los barcos de los vikingos tenían unos animales que ponían allá en la proa, esos animales eran imágenes de las divinidades de ellos; en cambio, los navegantes cristianos que iban a peregrinar a Tierra Santa y que querían ir al Monte Carmelo, en vez de utilizar esas imágenes paganas, empezaron a invocar la protección de la Virgen.

Porque también esta vida es un camino, porque también esta vida es como navegar un mar que a veces es celososo, que a veces es agresivo y amenaza con arruinar todo y a llevarnos a la zozobra, al naufragio.

Entonces los navegantes escogieron como Patrona suya, como aliada suya, como protectora y guía suya a la Virgen María, y entonces así surgió el hecho de que los barcos se encomendaran a la Virgen del Carmen.

Pero, muy pronto, los que viajaban por tierra, descubrieron en esas peregrinaciones que también necesitaban ese auxilio, esa compañía y protección de la Virgen para completar felizmente su ejercicio de piedad.

Entonces también los que viajaban por tierra empezaron a encomendarse a la Virgen del Carmen y así resultó, que como los viajeros son los que llevan prontamente las devociones a todas partes, empezó a difundirse por todo el mundo; desde la Tierra Santa, desde esa montaña hasta estas montañas y hasta muchos valles y llanuras en todo el mundo, empezó a difundirse este amor a la Santísima Virgen del Carmen.

Sigamos esta celebración, mis hermanos, creo que conocemos ahora un poco más lo que significa esta devoción, lo que significa vestirnos del escapulario.

¿Qué es el escapulario finalmente? El escapulario es la versión micro, es la versión comprimida de un vestido, es una piecita de tela tan pequeñita, pero que en el fondo es un vestido.

De lo que se trata el escapulario, es de vestirse, tomar un vestido nuevo, tomar un vestido del Carmen; es vestirse del misterio y de la victoria que sucedió en esa montaña, es revestirse también de las virtudes de fe, de fortaleza y de oración que estuvieron allá en esa montaña.

Entonces, ponerse el escapulario es eso, es vestirse de María, vestirse de su virtud, su humildad y su oración. Así vamos a recibir, después de esta Santa Misa, esos escapularios que vamos a bendecir, y en otras iglesias también se está haciendo, y en ese acto tan sencillo, vamos a pedirle al Señor que nos confirme en la fe y que nos haga valerosos en defender los derechos de Dios.

En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.