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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20020716

Título: Dirigir nuestros ojos hacia la Virgen

Original en audio: 13 min. 9 seg.


¡Qué cosa tan maravillosa ver el poder que tiene la Santísima Virgen María, para atraer los corazones de todos! ¡Mire nada más esta iglesia! ¡Niños y niñas, jóvenes de ambos sexos, matrimonios, solteros, separados, viudos, gente pobre y gente rica, ancianos, enfermos, venidos de lejos, o habitantes de nuestra ciudad!

¡Qué poder tan grande el que tiene esa belleza, esa pureza! Hay como un perfume espiritual en María, algo que se deja percibir en el ambiente, una alegría que todos sentimos, algo que todos compartimos, que sabemos que está ahí y que tiene su origen, que tiene su fuente en Ella, en su hermosura, en su gracia, en su generosidad, en su bondad.

¡Qué día tan hermoso éste para nuestra Iglesia, para nuestra Diócesis! ¡Qué alegría para mí, ver el poder que tiene la belleza de la Virgen! Porque si nuestros ojos se dirigen a la belleza de la Virgen, serán transformados por esa hermosura.

Este es el pensamiento que quiero compartir con ustedes. ¡Que los niños miren hacia María! ¡Que los jóvenes miren hacia María! ¡Que los matrimonios miren hacia María! ¡Que el anciano, el enfermo, el agonizante, el sacerdote, el que está feliz, o el que está triste, todos tenemos tanto que recibir de esos ojos, de esa sonrisa, de ese Corazón!

Hay un filósofo en la antigüedad, llamado Plotino, -no confundirlo con Platón, desde luego; aunque alguna relación tiene, porque Plotino era un neoplatónico-, quien decía, que uno se va convirtiendo en aquello que uno mira. Uno va tomando la semejanza de aquello que uno mira. Y ese pensamiento de este filósofo, nos ayuda hoy para aumentar nuestra alegría.

Porque si miramos, si tomamos como referencia de nuestra vida a la Santísima Virgen, nuestra vida se va a hacer semejante a la de Ella en algo, y ojalá en mucho. Nuestra vida, si tiene ese norte, si tiene esa referencia, va a cambiar.

Fíjese, por ejemplo, lo que le pasa a la juventud, lo que le pasa a un joven. Un muchacho, casi siempre puede saber si una amistad le conviene, simplemente con presentársela a la mamá: "Mamá, ¿usted cree que este amigo, con el que vine el otro día, será que esa amistad me conviene?"

Y la niña de la casa, también le puede decir a la mamá: "Mamá, ¿será que ese muchacho que me está prometiendo el cielo, la tierra y todas las estrellas, será que me conviene ese joven? Él está muy interesado en mí. ¿Será que me conviene?"

La mirada de la mamá, el corazón de la mamá, casi siempre es el pulso. Porque en la mamá ha querido Dios que haya como una brújula, y es muy difícil que una madre se equivoque en lo que le conviene o no le conviene a un hijo.

¡Es muy difícil! Porque como hay tanto amor en el corazón de la madre, y como sólo desea lo mejor para su hijo, por ese amor entonces, la mamá le sabe indicar. ¡Cuántas tragedias nos evitaríamos, si hiciéramos más caso a las intuiciones, a esa mirada de las mamás! ¡Cuántas veces los hijos hubieran podido evitarse dolores muy grandes, problemas muy serios, atendiendo a la mirada de la mamá!

Así también nosotros tenemos una Madre en los Cielos, que nos ama tiernamente en razón de Jesucristo. María nos ama más que nuestra madre en la tierra, porque María quiere formar en nosotros al Hijo del Cielo, a Jesucristo.

María ve que en nosotros, los cristianos, se está formando Jesucristo. Y María ama a Cristo con todo el amor de la tierra y del Cielo. Por eso, María quiere que se forme en nosotros Jesús, y por tanto, Ella obra como verdadera Madre con nosotros.

Podemos hacer ese ejercicio de acercarnos a María, mirarla a los ojos y preguntarle: "¿Te gustan los negocios que estoy haciendo?" "María, ¿te gusta la vida que estoy llevando?" "María, ¿qué opinas de mis amigos, o de mis amigas?"

Si nosotros hacemos ese ejercicio, si venimos, por ejemplo, ante esta hermosa imagen, -no por quedarnos con el yeso, la madera o la pintura, sino como una manera de que nuestros sentidos nos ayuden en la oración-, si nos acercamos a una hermosa imagen, si miramos a María a los ojos y le preguntamos: "¿Te gusta la vida que estoy llevando?", yo creo que María nos dejará sentir en el corazón como verdadera Madre, lo que Ella quiere para nosotros, que es solamente nuestro bien.

Imagínense, ¿qué pasaría si una jovencita antes de salir a la calle, mirara a María a los ojos y le preguntara: "María, ¿te gusta cómo salgo vestida?" Esa es una buena pregunta para que una niña se la haga a la Virgen: "Quiero ser amiga tuya, María. ¿Te gusta como voy vestida?" De pronto, María sabe de modas. De pronto, María sabe cómo ayudar a vestir a las niñas, a las jóvenes.

¿Qué tal que un hombre, qué tal que un caballero, antes de escoger la carrera, el estudio, lo que va a hacer de su vida, se detuviera un momento frente a la Virgen y le preguntara?: "¿Esta es la carrera, el trabajo que más me va a convenir?" "¿Ese amigo que acabo de conocer y que no hace sino invitarme a la cerveza, o al aguardiente llanero, te gusta, María? ¿Te gusta la amistad que tenemos?"

Si nosotros dejamos que la belleza y la pureza de la Virgen palpiten en nuestro corazón: ¡Ah! Se nos van a mejorar las familias.

Muchos de ustedes, muchos de nosotros, tenemos imágenes de la Virgen en la casa. Pero no son bultos de cemento, mis hermanos. No son bultos de yeso. Esas imágenes están ahí para recordarnos la hermosura de la vida y la belleza que hay en la Madre de Dios.

De nada sirve tener esas imágenes como si fueran estatuas de palmeras, de chigüiros, de papagayos, o de sapos. De nada sirve tener bultos de colores en la casa. De nada sirve, si nuestro corazón no se detiene alguna vez valiéndose de ese instrumento tan sencillo, que es un cuadro, que es una imagen, y hace ese diálogo de amor preguntando a la Madre de Dios: "¿Cómo quieres que sea mi corazón?"

Ustedes se imaginan, ahora que tenemos esa imagen de la Virgen ahí cerquita, un par de novios que entren a la Iglesia, -yo conozco que hay parejas así; no deben ser muchas, pero sí las hay-, y vengan los dos, se tomen de la mano, se arrodillen y le pregunten a la Virgen María: "¿Te gusta como nosotros nos queremos? ¿Te gusta nuestra manera de amarnos?"

Cuando los hijos tienen cosas que esconder, no miran a los ojos. Y casi siempre las mamás se dan cuenta de que los hijos están en problemas, cuando ellos no miran a los ojos sino que esconden la mirada: "Algo le avergüenza a mi hijo, porque no me ha querido mirar a los ojos". "Me saludó de carrera, pero no me saludó bien". "Hoy no me dio beso mi hijo; algo pasó". "No me mira a la cara; algo anda mal".

Así también la Virgen se da cuenta de muchas cosas. Después de un rato de conversación, después de una fiesta familiar, después de hacerle visita a la novia, ¿puedes mirar a la Virgen María a los ojos?

¡Qué grande es tener a María como Amiga y como Maestra! Pero cuando pensamos en estas cosas, nos damos cuenta de que Ella no es un adorno. Tener un adorno de colorines en la casa, ¿de qué sirve? Igual podríamos tener la estatua de una palmera, o podríamos tener un chigüiro de tamaño natural, o un papagayo, o un sapo. ¿De qué sirven las imágenes?

¿De qué sirven? ¿De qué sirven, si nosotros con nuestra oración, no nos acercamos al Corazón amoroso de Jesucristo, sobre todo, y al Corazón de la Virgen?

María tiene un poder muy grande, por la belleza que hay en su Alma. Porque Ella es la Llena de gracia, porque el Evangelio tuvo poder en Ella, porque en Ella se realizó el plan de Dios. Ver a María, es ver el universo como Dios lo amó. Ver a María, es mirar el Evangelio con todo su poder. Ver a María, es ver la obra maestra de Dios.

¡Y eso tiene un atractivo tan grande para el corazón humano! ¡Tan grande! ¡Tan bello! Yo he conocido gente que ha transformado su vida, sólo por el poder de la Virgen María, por ese poder que tiene la gloria de Dios, que sale de Ella, que se irradia de Ella.

Pues bien, no detengamos ese poder. Hoy vamos a dejar que el sol hermoso de la gracia que brilla en el Corazón de María, nos alumbre. Vamos a dejarnos traspasar por la belleza de la Virgen, y vamos a decirle las preguntas fundamentales: "¿Te gusta mi vida? ¿Te gustan mis amigos?" Hasta llegar a preguntarle: "¿Te gusta cómo me estoy vistiendo?"

¡Qué hermoso acercarnos así a la Santísima Virgen, tomarla como verdadera Amiga y empezar a sentir que también Ella transforma nuestro corazón! María nos ama bien, María nos ama desde el Corazón del Padre Eterno, María nos ama desde el fondo de las llagas de su Hijo, María nos ama desde la hoguera del Espíritu Santo.

María nos ama tanto, que dicen que en una aparición, la Virgen María dijo: "Si ustedes supieran cuánto los amo, ustedes llorarían de alegría".

¡Oh, Madre del Cielo! ¡Déjanos experimentar ese amor! ¡Que seamos traspasados por los rayos bienhechores del sol de gracia que hay en ti!

María Santísima, mira este pueblo que se ha congregado en esta fiesta tan hermosa. Mira a este pueblo y derrama sobre nosotros los dones de tu belleza, de tu pureza, de tu humildad.

Haz de nuestros corazones, como el tuyo: altares en que se ofrezca oración y amor a Dios.

Amén.