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Fecha: 19961007

Título: Del Santo Rosario sale un manantial de cosas buenas.

Original en audio: 18 min. 44 seg.


Por bondad de Dios celebramos hoy los misterios de Jesucristo contemplados con los ojos de María en el Santo Rosario, así queremos unirnos a la Iglesia, que en la contemplación de estos misterios de Gozo, de Dolor y de Gloria, quiere centrar y concentrar su corazón y su atención en Jesucristo.

Y precisamente por amor a Cristo, por devoción a Cristo, por obediencia a Cristo, por devoción a Cristo se une al Inmaculado Corazón de María y contempla con María, verdadera conocedora de la salvación y del Salvador, contempla los misterios en los que hemos recibido nuestra redención.

Esto significa que el Santo Rosario es como una proclamación sostenida de nuestra salvación, cada vez que decimos el Ave María, estamos repitiendo la proclamación, el anuncio del increíble amor de Dios.

Si lo pensamos bien, el relato de la Anunciación que la Iglesia nos presenta en esta fiesta del Rosario, no es otra cosa sino una hermosa declaración del amor fuerte y sabio, del amor misericordioso y eficaz de Dios, y por eso, orar con el Santo Rosario es escuchar una y otra vez el anuncio de la salvación.

No tiene entonces nada de extraño, que cuando una persona ora con esas palabras que proclaman su salvación, llegue a sentirse salvada. Nada de extraño tiene, que la oración con el Rosario obtenga favores que parecen imposibles, especialmente la conversión de los corazones y especialmente la unidad y la reconciliación entre personas.

Precisamente, lo que no alcanza la voluntad humana, es lo que necesita ser salvado por Dios; y precisamente el Santo Rosario es un anuncio continuo de la salvación de Dios, del amor de ese Dios para el que nada es imposible. Por eso, la oración con el Santo Rosario es, por decirlo así, indicadísima para esas obras en las que los esfuerzos humanos parecen inútiles o ya incapaces de dar buen fruto.

Le dice el Ángel a María todo un Evangelio, realmente lo que hemos escuchado es literalmente un Evangelio en este capitulo primero, versículos veintiséis y siguientes de San Lucas, le comunica una buena noticia, y esa buena noticia no es sino Cristo; le comunica la verdad, le anuncia la verdad de Jesucristo.

Por eso, quisiera detenerme en esta ocasión, unos momentos sobre las palabras con las que el Ángel describe a este que ha de nacer de las entrañas de María, porque precisamente, si Dios quiso darnos por María al Salvador, quiere decir que a través de Ella quiso darnos la salvación.

Y quiere decir entonces que ese instrumento predilecto de Dios, que es la Virgen Santísima, es también el camino más cierto, el más seguro, el más amable, para que la salvación del Señor se realice en nuestras vidas. Pero vayamos ya a las palabras que dijo el Ángel describiendo al Salvador y a la salvación: “Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús” San Lucas 1,31.

Muchas veces la liturgia de la Iglesia ha asociado estas palabras del Arcángel Gabriel con aquellas otras del profeta Isaías en el capitulo siete del libro que lleva su nombre: “un hijo que se nos ha dado” Isaías 9,5; hay alegría por ese anuncio.

Ahí en Isaías aparece en el diálogo entre el profeta y Ajaz: “¿No te parece suficiente cansar a los hombres que quieres cansar también a Dios? Pues el Señor por su cuenta te da una señal, mira la Virgen concibe y da a luz un hijo” Isaías 7,13-14.

“Da a luz un hijo”, este dar a luz y este hijo es anuncio de salvación, porque está indicando tanto en el texto del profeta en el capitulo siete como aquí en el evangelio en el capitulo primero, que está anunciando que la promesa de Dios es firme.

“Darás a luz un hijo”, no es simplemente el anuncio de la alegría por demás intensa, exuberante que la mujer puede sentir de ser mamá, no es simplemente la alegría de ser mamá, no es ese el anuncio del Evangelio, no es simplemente el anuncio de una maternidad, es el anuncio de la continuidad y de la firmeza de la promesa de Dios.

Es contarle a María, así como Isaías le decía a Ajaz, es contarle a María que aquello que dijo Dios por boca de Natán que el podio de David permanecería firme y que el bastón de mando permanecería en sus rodillas, es contarle que eso se está realizando.

"Tendrás un hijo" quiere decir la dinastía continúa, "tendrás un hijo" quiere decir "la promesa se va a cumplir", "tendrás un hijo" significa Dios es fiel a sus promesas, alégrate porque ha venido a salvar a su pueblo". Y ese es Cristo, el Hijo eterno de Dios, pero en este texto es sobre todo ese hijo de David, es aquel que continúa y lleva a su plenitud el cumplimiento de las promesas que Dios había hecho al rey David.

“Le pondrás por nombre Jesús” San Lucas 1,31. Y eso aquí todos sepamos que este nombre Joshua en hebreo significa “el Señor” o “Yahvé salva”.

Es que el nombre mismo de Jesús es un nombre que entraña una fuerza de salvación, y nuestra Orden de Predicadores ha tenido buen cuidado, en todo tiempo y en todo siglo, de fomentar esta devoción al nombre de Jesús, porque ella, repito, es también un anuncio, tal vez el más breve, de la historia de la salvación.

El sólo pronunciar el nombre de Jesús, el solo sonido del nombre de Jesús ya evoca esa fidelidad misericordiosa de Dios que salva.

"Será grande, se llamará Hijo del Altísimo" San Lucas 1,32. “Será grande” San Lucas 1,32, le dice, y este también es anuncio de salvación, este también es Evangelio.

Nazaret queda en Galilea, Galilea al norte de Palestina, Palestina en un rincón del mundo y este calendario romano, tal vez el rincón más oscuro, el más olvidado, el más complicado y el más sucio; la esquina llena de judíos, la esquina llena de problemas, la esquina llena de rebeldías.

El rincón difícil, oscuro, sucio, ese rincón, para el que casi no se conseguía Procurador, porque sí había porciones y regiones del Imperio en las que se disputaban quienes querían tener el dominio, no era ese el caso de Palestina.

Un rincón pequeño y sucio, y dentro de ese rincón la región más despreciada, Galilea; a nosotros nos suena familiar Galilea, pero Galilea vista desde Jerusalén, que ya era mal vista desde Roma, Galilea vista desde Jerusalén, era el rincón pagano dentro de Palestina, Galilea era demasiado judía para los romanos y demasiado pagana para los judíos.

Galilea, hermosa sí por sus campos, hermosa sí por su verde, sus flores, sus cultivos, pero despreciada, deforme, horrible para los judíos. Porque Galilea estaba más al norte de Samaría y Samaría ya era la tierra del adulterio de la fe, la tierra de la prostitución de la alianza.

Galilea era llamada Galilea de los gentiles, como diciendo, ya con este apelativo, que ahí, más que fe, propiamente lo que podía haber era lo que hoy llamamos un sincretismo confuso y sospechoso.

Y dentro de esta Galilea, demasiado judía para los romanos, demasiado pagana para los judíos, un “poblacho” que no aparecía en mapa alguno, que no se menciona ni siquiera una vez en el Antiguo Testamento, Nazaret, y dentro de ese Nazaret, esta pequeña joven que recibe a tan ilustre visitante de la corte celestial.

Que se le dijera a esta jovencita iletrada y campesina, que sabía bien o que debía tener idea de qué clase de región era la que estaba habitando, que se le diga a Ella: “-Vas a tener un hijo y este hijo será grande”, "-¿qué clase de grandeza podrá tener un hijo mío, en este pedazo de aldea que queda en el último rincón de una tierra a la que nadie quiere?".

"Será grande, le dice el Ángel, “se llamará Hijo del Altísimo” San Lucas 1,32. Notemos entonces cómo desde el principio, y esta será como una especie de ley del Evangelio, cómo desde el principio, lo más grande de Dios va a aparecer en lo más humillado y pequeño; y lo más santo de Dios va a aparecer casi asustadoramente revuelto con lo más sucio.

¿Cómo es que en esa tierra de fe tan sospechosa y en ese rincón tan mínimo, tan despreciable, se pueda hablar de grandeza y se pueda hablar de alteza y se pueda hablar de santidad? Pues es que esta es una ley del Evangelio.

Probablemente, si se hubiera puesto a otros doctores o teólogos a escoger el lugar del nacimiento de Jesús, se hubiera buscado una familia irreprochable, donde hubiera rabinos y escribas, gente que se tuviera la certeza que había conservado encono con la fe; pero aquí se trata es de una región de la cual, como lo sabemos, dijo Natanael: “¿De aquí podrá salir algo bueno? San Juan 1,46.

Pues si esa pregunta “¿De ahí podrá salir algo bueno” San Juan 1,46, la podremos repetir en cada uno de los capítulos del Evangelio, ¿podrá salir algo de Nazaret? ¿Podrá salir algo bueno de ese profeta vagabundo milagrero? ¿Podrá salir algo bueno de tanta elocuencia como demagógica? ¿Podrá salir algo bueno de ese grupo de pescadores y pecadores? ¿De ese grupo de publicanos, de ese grupo de miserables que le rodean? ¿Podrá salir algo bueno?

En esto, cuánto se parece Jesucristo a su antepasado el rey David, cuánto se parece, porque si leemos con detenimiento las historias de David, David la mayor parte de su vida tuvo como ejército a gente de la plebe, a ladrones, salteadores a esa gente que lo puede arriesgar todo, porque todo es porque se puede perder ese poco con tal de tener algo.

Pues bien, este Señor Jesucristo está siempre ante nuestros ojos como objeto de esa pregunta que hizo Natanael: ¿Podrá salir algo bueno? San Juan 1,46, o se podía preguntar si podía salir algo bueno de Nazaret, y se podía preguntar si podía salir algo bueno de Galilea, pero también se puede preguntar si puede salir algo bueno de la Cruz, y si puede salir algo bueno del sepulcro, y esto es lo que nos van mostrando los misterios del Rosario, que son como un Evangelio meditado, cantado, orado.

¿Podrá salir algo bueno de la Cruz? De semejante traición, de semejante crueldad, ¿podrá salir algo bueno? Y sobre todo, ¿Podrá salir algo bueno del sepulcro? ¿De eso, de una tumba puede salir algo bueno? De un sepulcro del que no salen sino sólo malos olores, que toca maquillar discretamente con libras y libras de incienso, de mirra, de un perfumes, de un sepulcro de donde sólo sale carroña y malos olores, ¿de ahí podrá salir algo bueno?

Pues bien, “será llamado Hijo del Altísimo” San Lucas 1,32. Sí, va a salir algo bueno, y del sepulcro salió no sólo algo bueno sino lo mejor; del sepulcro no solo salió noticia sino una buena noticia, la mejor, la gran noticia de la salvación.

Y de ese sepulcro, que es como una imagen en la tierra del infierno al que desciende Cristo en su Pasión, de ese sepulcro sale alguien bueno, sale la humanidad buena, sale la humanidad renovada; de ese sepulcro, en el que se pierde ya toda esperanza, de esa Cruz, que parece inútil y escandalosa, brota la salvación del mundo.

“El Señor Dios le dará el trono de David su padre” San Lucas 1,32, se trata de un Rey. Creo yo que María tenía mucha fe o estaba muy asustada o prefirió no reírse frente a ese personaje que venía del cielo, porque cualquier otro o cualquiera otra, fácilmente hubiera podido soltar una sonora carcajada: “¿Ahora yo voy a ser mamá del Rey? Vea pues, ¡qué maravilla, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin!"

Este es Nuestro Señor Jesucristo, este es nuestro Salvador, este es el Evangelio del Padre, y con los ojos de María nos acercamos para contemplarle, con los ojos de María nos acercamos para creerle, con los ojos de María nos acercamos para obedecerle, para servirle, de modo tal, que a la sospecha y a la pregunta de Natanael: ¿Podrá salir algo bueno?" San Juan 1,46, el Santo Rosario nos enseña a responder: “Para Dios no hay nada imposible” San Lucas 1,37.

Así como la pregunta de Natanael la podemos repetir en cada capitulo, en cada versículo del Evangelio: ¿Será que podrá salir algo bueno de esta radicalidad? ¿De esta pobreza? ¿De estas nuevas y revolucionarias ideas de virginidad y de obediencia? ¿Si será? ¿podrá salir algo bueno de ahí?

Si eso lo podemos preguntar en cada versículo de la Escritura, en cada versículo del Evangelio, también en cada versículo el Ángel nos puede responder: “Para Dios no hay nada imposible” San Lucas 1,37, y yo creo que ese anuncio es actualísimo y necesarísimo para todos, pero sobre todo para nosotros los religiosos.

¿Podrá salir algo bueno de las renuncias que suponen mi consagración? ¿Podrá salir algo bueno del dolor que nadie mira? ¿De la soledad que nadie entiende? ¿Puede salir algo bueno de la incomprensión? ¿Puede salir algo bueno de ese pedazo de cruz en que se ha convertido mi existencia? ¿Puede salir algo bueno de mi noche? ¿De tanta tentación? ¿De tan poco fruto? ¿De tanto morir y tan poco vivir?

¿Puede salir algo bueno? La oración con el Rosario nos enseñará que para Dios nada hay imposible, en verdad, así como Eliseo lanzando un madero logró cambiar las aguas salobres en potables, así también, lanzando al río de nuestra vida el madero de la Cruz, como lo contemplamos en el Santo Rosario, más de una amargura puede convertirse en cáliz de salvación.

Entonces nosotros, como el salmista y como en la Eucaristía, levantaremos el Cáliz de salvación, brindaremos por ese amor inextinguible, y le daremos gracias a Dios.

Así lo conceda Dios.