Nde4005a

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Fecha: 20020110

Título: Los mandamientos de Dios no son pesados

Original en audio: 4 min. 56 seg.


Hermanos:

En espíritu de fe y de fraternidad, quiero compartir una reflexión con ustedes sobre esta primera lectura que hemos oído de la Primera Carta de Juan. Porque allí se presenta al amor del prójimo como el gran criterio, el gran síntoma, la gran señal de la presencia del amor de Dios en nuestra vida.

Y así quiso el Espíritu Santo que quedara plasmado en la Sagrada Escritura, para enseñanza y para corrección de todos nosotros. Ahí se ve cuál es el fruto propio del amor de Dios. Cuando el amor a Dios está presente en nuestra vida, pues da frutos en amor, y no sólo de palabra sino de obra, a nuestros hermanos.

Pero esa enseñanza se puede entender mal. Porque el orden lógico de la enseñanza es: cuando hay amor a Dios, hay amor al prójimo. Eso significa que cuando no hay amor al prójimo, falta amor de Dios. Esa es una sana lógica. El criterio no es que yo tengo que amar al prójimo para que se note que amo a Dios.

Esa es una falsa interpretación que a veces se da como en círculos piadosos o en comunidades religiosas, por eso lo comparto aquí. Porque se nos entra como esa mentalidad: "Tengo que ver cómo amo al prójimo, tengo que esforzarme en amar al prójimo, para que se me crea que amo a Dios, o para yo tener la conciencia tranquila de que sí amo a Dios"; pero eso es darle la vuelta a la Palabra del Señor.

Lo que Él está diciendo es: que si tú descubres que no hay en ti amor al prójimo, pues tiene que acudir a la fuente, y la fuente, según ha aparecido en esta primera Carta de Juan, es: "Él nos amó primero" 1 Juan 4,19; por consiguiente, si me falta amor al prójimo, tengo que fortalecerme en el amor que le recibo a Dios y en el amor que le tengo a Dios.

Sólo sobre la base del amor que Dios me tiene y del amor que nace en mí hacia Dios, sólo sobre esa base es posible que haya amor al prójimo. Ahora, si no hay amor al prójimo, tengo que preocuparme y tengo que buscar cuál es la fuente para ese amor al prójimo; y esa fuente está en el amor que Dios me da, porque Dios me amó primero.

Esto es importante, porque fíjate lo que dice esa primera lectura: "Los mandamientos de Dios no son pesados" 1 Juan 5,3.

Cuando tenemos que forzarnos, cuando tenemos que rompernos por dentro para poder amar al prójimo, estamos sintiendo que los mandamientos son pesados: "¡Qué peso tener que amar!", y esa no es la mente de Dios, eso no es lo que Dios quiere con nosotros; Él no quiere que nosotros sintamos "¡qué peso tener que amar!"

"El que tiene a Dios ha vencido al Mundo" 1 Juan 5,4, y nos explica: "Y nosotros vencemos al mundo por nuestra fe" 1 Juan 5,4.

Una vez más, el orden es: a través de la fe, acepto al inmenso amor de Dios en mi vida; a través de la fe, siento, experimento el amor de Dios en mi vida, y entonces brota en mí un amor grande hacia Dios.

Ese amor para ser discernido, para ser fortalecido, ha de convertirse en amor al prójimo; pero el amor al prójimo brota del amor de Dios, brota del amor que yo le tengo a Dios, y el amor que yo le tengo a Dios, brota del amor que Dios me tiene a mí.

Y descubro el amor que Dios me tiene a mí, a través de la fe. y recibo la fe, y recibo el don del Espíritu Santo, a través de la evangelización, a través de la predicación de la Iglesia.

Con el orden bien claro, descubramos por qué los mandamientos de Dios no son pesados; y descubramos también por qué el amor, ahora, gracias a la fe y al don del Espíritu, es posible en nuestras vidas.