Nde1006a
Fecha: 20100104
Título: Reconocer la Carne de Cristo en: la divina Palabra, la Eucaristia, los pobres y el ministerio sacerdotal en la Iglesia.
Original en audio: 16 min. 2 seg.
Queridos Hermanos,
Durante todo el tiempo de navidad hemos sido acompañados por el Apóstol San Juan. A mí me gusta pensar que la Iglesia, que es nuestra madre, para cada tiempo litúrgico nos da acompañantes para que vivamos mejor nuestra fe.
Por ejemplo, en el Adviento tuvimos tres acompañantes: el Profeta Isaías, Juan el Bautista y la Santísima Virgen María. Si uno vive bien el Adviento, acompañado de estos tres grandes de la Santidad, seguramente le saca mucho provecho al Adviento.
Y, en el tiempo de Navidad hay un acompañante que ha estado con nosotros, aunque, quizás no le hemos dado tanta atención como se merece: se trata del Apóstol San Juan. En la Primera Carta, especialmente en su Primera Carta, el Apóstol San Juan destaca lo que significa para nosotros el misterio de la Encarnación, que finalmente es el gran misterio que celebramos en Navidad.
Allá en la cumbre de la misa de media noche en Navidad recordábamos el prólogo del Evangelio, también según San Juan, donde Él dice: “Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria” San juan 1,14. Este es el versículo 14 del capítulo primero del evangelio según San Juan.
Ese es el evangelio, pero la primera lectura, también de este Apóstol, es la que nos ha ido educando. Repito, tal vez no le damos la suficiente importancia, de lo poco que yo alcanzo a ver, creo que no se predica lo suficiente sobre este texto maravilloso.
La Primera Carta de San Juan nos recuerda fundamentalmente que es verdad la Carne de Cristo, y esto no solamente significa el Cuerpo físico de Cristo, sus músculos, tendones, nervios, la piel, sino que es verdad la historia de Cristo, lo que Él vivió su completa inserción en nuestra historia humana, como dice la Carta a los Hebreos: “En todo semejante a nosotros, menos en el pecado” Carta a los Hebreos 4,15
Y precisamente, por ese énfasis en la verdad de la Carne de Cristo, este Apóstol San Juan llega a decir cosas sumamente graves, sumamente serias, por ejemplo: “No os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios” 1 Juan 4,1, y nos advierte: “Pues muchos falsos profetas han salido al mundo” 1 Juan 4,1
Entonces, esta Carta nos advierte que en materia de religión y de creencias hay, como se dice, para todos los gustos. Hoy, por ejemplo, podemos decir que el tema de la religión se ha vuelto como una especie de supermercado.
Así como la gente va al mercado o al supermercado, y lleva un carrito metálico en el que va echando las cosas que le gustan y no echa lo que no le gusta, así quiere hacer mucha gente con la fe, es decir, quieren escoger lo que sí les gusta y dejan de lado lo que no les gusta.
Por ejemplo, cuando se habla de que Cristo es compasivo y misericordioso, "eso sí me gusta"; cuando nos afirman los Evangelios, en boca de Cristo, que lo que Dios ha unido no le separe el hombre, y que por consiguiente la gente no puede divorciarse y andarse casando con el que se le dé la gana, "ya eso no me gusta".
Entonces vamos echando en el carrito de mercado lo que sí nos parece, y vamos dejando por fuera lo que no, y cada uno hace de la religión su propio supermercado. Por ejemplo, hay personas que dicen: “Ese tema de la justicia social, la preocupación de Cristo por los pobres, su opción por los más necesitados, me gusta eso”.
Cuando Cristo dice: “Hay que perdonar a los enemigos” San Mateo 5,44; “hay que dar al César lo que es del César” San Mateo 22,21, o cuando la Biblia dice que reconozcamos a los que nos gobiernan legítimamente, "ya eso no me gusta".
Hermanos, la fe no puede ser un supermercado, la fe no puede ser simplemente escoger lo que a cada quien le parezca.
Y por eso hay tantos falsos profetas, porque como explican varias veces las cartas llamadas pastorales, especialmente las dos cartas de San Pablo a Timoteo y la carta de San Pablo a Tito, pues hay muchos falsos maestros.
Así como la Primera Carta de San Juan el día de hoy nos dice que hay muchos falsos profetas, San Pablo nos dice en esas Cartas Pastorales que hay muchos falsos maestros. ¿Y cuál es la característica del falso maestro? Que habla únicamente para endulzar el oído, para alagar a sus oyentes, para darle gusto a lo que la gente quiere escuchar.
Y por eso hay todo un mercado, un mercado de opiniones y de creencias, incluso un mercado de religiones. Cuando yo era niño quedé sorprendido, impactado por el siguiente dato: en los Estados Unidos de América, en aquella época, estamos hablando de hace treinta años, había más de ochocientos grupos, iglesias cristianas distintas, ochocientas, y eso era hace treinta años.
Actualmente son miles y miles de iglesias distintas. Cada persona que quiere predicar una cosa distinta, organiza en el garaje una capillita, pone unas sillas y empieza a recoger diezmos, y quedó hecha otra Iglesia.
Aquí nos dice la Primera Carta de San Juan: “Cuidado, cuidado con los falsos profetas, porque han venido muchos” 1 Juan 4,1. Son muchos los falsos profetas, son muchos los falsos maestros.
Esta advertencia creo que hay que tomarla con toda su seriedad. Esta advertencia nos está indicando que el tesoro más precioso que tenemos sobre esta tierra, es decir, la fe, a uno se le puede pervertir, se le puede torcer, se le puede oscurecer, e incluso uno la podría perder, Dios nos libre.
Por eso, tenemos que vivir nuestra fe, tenemos que conocerla, tenemos que profundizarla. ¿Qué estamos haciendo nosotros los católicos para conocer y profundizar nuestra fe? Esa es una pregunta que yo me hago.
Porque sucede y pasa, que cuando uno se sienta en el confesionario, la gente se confiesa de muchas cosas, pero yo no me acuerdo en los últimos diez años de sacerdote de una sola persona, o quizás habrá habido alguna, una sola persona que se haya confesado lo siguiente: “Padre, me acuso que yo no he tenido ningún interés en formarme en la fe”.
Y tendríamos que acusarnos de ese pecado, porque no estamos profundizando en nuestras raíces cristianas católicas, y cuando un árbol no tiene raíz profunda, llega el vendaval y se lo lleva, y eso es lo que nos pasa a los católicos que no tenemos esas raíces profundas, cuando llega el momento de la crisis, entonces: "Dios no existe".
Cuando llega el momento de la crisis: “Me voy a ver qué me dice el brujo”, cuando llega el momento de la crisis: “Me voy para el garaje de no sé dónde, donde están cantando unas canciones cristianas, que esas canciones sí me tocan el corazón”.
Cuando una persona no se ha preocupado por afianzar su fe, por afianzarla en la predicación de los Apóstoles, en la doctrina de la Iglesia, en el tesoro grande que nos dio el Espíritu Santo, cuando una persona no ha profundizado su fe está expuesta a perderla.
Y la pierde de muchas maneras: volviéndose ateo, volviéndose un ateo práctico, esos que dicen: “Sí, soy católico”, pero nunca aparecen por la Iglesia, sino si acaso para la ceremonias sociales, por ahí la Primera Comunión de la sobrina, o el entierro del abuelo Braulio. No aparecen para nada más.
O también pierde uno la fe porque entonces se lo llevan los brujos y las supersticiones. Cuánto católico practicando ritos raros, riegos extraños, poniendo fetiches, haciéndole coqueteos a la suerte, sin saber qué lo que le está ofreciendo es un espacio a Satanás para que le haga daño en el corazón y en la familia.
Y luego todos los católicos que se van a los grupos protestantes, y dicen: “Ahora sí conozco a Jesucristo”. Yo le tendría que preguntar a esa persona: En el tiempo en que tú estuviste en la Iglesia Católica, ¿cuándo te confesaste de no haberte formado en la fe?
Porque hay que crecer en la fe, hay que formarse en la fe. Nosotros usualmente comemos todos los días, a menos que estemos muy enfermos o excesivamente pobres, ¿alimentas tu fe todos los días?
Así que fíjate esta advertencia lo importante que es: “No os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo” 1 Juan 4,1.
Y nos da un criterio muy interesante para hacer ese discernimiento, y ese criterio es: reconocer la verdad de la Carne de Jesucristo. Reconocer, dice aquí textualmente: “Todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios” 1 Juan 4,2.
Pero reconocer la Carne de Jesucristo no es solamente decir que hace veinte siglos hubo un ser humano que era verdadero Dios. Reconocer la Carne de Cristo es reconocer el cuerpo de Cristo sobre el altar.
Reconocer la Carne de Cristo es reconocer la presencia de Cristo en el pobre, porque Él dijo: “Lo que hicisteis a uno de estos mis humildes hermanos, a mí me lo hicisteis” San Mateo 25,40. Eso es reconocer la Carne de Cristo.
Reconocer la Carne de Cristo es reconocer que en mi comunidad de fe, en mi comunidad parroquial, el hermano que está ahí es Cristo a mi lado. Porque así nos enseña San Pablo, que Cristo es la Cabeza y todos somos miembros los unos de los otros.
Reconocer la Carne de Cristo es reconocer la presencia viva de Cristo en los Apóstoles y sus sucesores, porque Cristo dijo a los Apóstoles: “El que ha vosotros escucha, a mí me escucha; el que a vosotros recibe, a mí me recibe” San Mateo 10,40.
De modo que uno no puede decir simplemente: “Yo reconozco que Cristo es Dios en nuestra carne", si está negando la presencia de Cristo Maestro en la persona del Papa y de nuestros Obispos.
Uno no puede decir que uno cree en la Carne de Cristo o en la encarnación de Cristo, si no cree la presencia del Señor en la divina Eucaristía. Uno no puede decir que uno cree en la Carne de Cristo, si no reconoce esa presencia del Señor en los hermanos más necesitados.
En cambio, cuando uno confiesa verdaderamente la presencia de la Carne de Cristo en todas estas epifanías que he mencionado, todas estas manifestaciones como son: el pobre, como es la Palabra de Dios, cmo es la Eucaristía, como es el ministerio de los obispos y sacerdotes; cuando uno confiesa que ahí está presente Cristo, ahí lo está moviendo a uno el Espíritu de Dios.
Hermanos, sigamos esta celebración pidiéndole al Señor tres cositas: primera, que nos enseñe a valorar nuestra fe, que no vendamos nuestra fe por un plato de lentejas, que valoremos lo que significa creer en Dios y recibir el testimonio inmortal que nos ha dado los Apóstoles y sus sucesores.
Segunda petición y segundo compromiso: que nosotros tengamos la mirada atenta para reconocer la Carne de Cristo en cada uno de estos lugares que hemos dicho: la divina Palabra, la Eucaristía, los pobres, el ministerio sacerdotal en la Iglesia.
Y tercer compromiso: que esta misma firmeza que queremos para nosotros, la transmitamos a las personas que amamos, por ejemplo, los papás a sus hijos, o los profesores a sus alumnos.
Que nosotros construyamos comunidad en el nombre y por el poder de Cristo, para que brille el esplendor de su Evangelio, el esplendor de su verdad.
Amén.