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Fecha: 20061225

Título: Podemos ser sorprendidos por Dios

Original en audio: 25 min. 55 seg.


A veces es una buena idea, cuando queremos meditar en las lecturas que nos ofrece la Iglesia, buscar alguna palabra, o alguna idea que esté en común en esas lecturas.

Por ejemplo, el día de hoy yo quisiera tomar el verbo "aparecer". Es como verse uno sorprendido por una buena noticia. Eso está en las tres lecturas de hoy.

Isaías nos ha dicho: "El pueblo que caminaba en tinieblas, vio una luz grande" Isaías 9,2. Cuando uno va en tinieblas, uno no espera que aparezca luz; mucho menos espera una luz grande. Es una sorpresa, es algo que no aguardábamos.

En la segunda lectura de San Pablo a Tito encontramos: "Ha aparecido la gracia de Dios" Carta a Tito 2,11. Eso es algo que no nos esperábamos. Esperábamos tal vez el castigo de Dios. Hay mucha gente esperando la ira de Dios, el castigo de Dios, el desquite de Dios.

Es muy difícil tratar de explicar lo que es que aparezca la gracia de Dios. Es más fácil entender a un Dios bravo, un Dios iracundo por el mal comportamiento de los seres humanos. Eso lo podríamos entender. Pero, ¿cómo entender que ha aparecido la gracia de Dios? ¿Qué quiere decir eso? ¿Que no importa si yo peco, o no peco?

Alguna gente interpretaba la predicación del Apóstol San Pablo de esa manera. Lo calumniaban, y decían: "Lo que usted está diciendo con ese mensaje de la gracia, es que el pecado en realidad no importa, y que uno puede hacer lo que se le dé la gana". En todo caso, en la segunda lectura está esa idea: "Ha aparecido la gracia de Dios" Carta a Tito 2,11.

Y en la lectura del evangelio, también hay otra aparición; en realidad son varias apariciones: "Unos pastores pasaban la noche al raso, al aire libre" San Lucas 2,8.

No esperaban nada especial esa noche. Pero, "un Ángel del Señor se les presenta, la gloria del Señor se les presenta" San Lucas 2,9, una noticia de inmensa alegría se les presenta. Ellos no estaban esperando eso. Se trata de una aparición; es una sorpresa.

El Dios que tanto necesitamos, el Dios que tratamos de esperar, es sin embargo una sorpresa; es siempre una sorpresa. Y creo que este es un mensaje muy importante para nosotros: que Dios es capaz de sorprender, que no le conocemos todos sus caminos, y que en su sorpresa, cambia por completo nuestra historia.

"El pueblo que caminaba en tinieblas, vio una luz grande" Isaías 9,2. Se vieron sorprendidos con la luz. Me gusta ese verbo del castellano antiguo, que nosotros hoy atribuímos sobre todo a la gente sencilla, tal vez la del campo: "Se toparon con la luz".

Es perfecto para describir lo que nos quiere decir Isaías: es toparse con la luz; es algo que yo no esperaba.

Hay mucha gente que no espera nada esta noche. Se parecen a los pastores de los que habla el evangelio. Yo me atrevo a pensar que la mayor parte de la gente no espera nada de esta noche. Y es posible que algunos de ustedes hayan venido aquí, y no esperen nada de esta noche.

Es posible que ustedes hayan venido aquí, y simplemente estén esperando que termine esta cosa religiosa, y "vámonos".

¿A qué? ¿A una fiesta como a otras fiestas? ¿A una comida como a otras comidas? ¿A un baile como a otros bailes? ¿A las amistades? ¿A las risas? Eso espera mucha gente.

Yo debo reconocer, que, claro, como mi vida está entregada a este servicio, a mí eso me causa disgusto, que la gente no tenga esa esperanza, que la gente llega a la iglesia sin esperar nada. Mucha gente llega sin esperar nada, llegan desconociendo a Dios. La primera tentación de uno es como de disgusto, como de rabia. Pero si yo me pusiera bravo, estaría traicionando el Evangelio que predico.

¡Bienvenidos los que no esperan nada! ¡Bienvenidos los aburridos! ¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos los incrédulos y semi-incrédulos! Y, ¡Bienvenidos todos los distraídos!

La gente que está en gran preparación, tal vez no necesite estas palabras. Pero el pueblo que caminaba en tinieblas, no estaba esperando una luz grande, y les llegó esa luz. Y si Dios lo hizo esa vez, llamando a ese pueblo a una esperanza, Dios lo puede hacer también hoy.

Nos dice la Carta de San Pablo a Tito: "Ha aparecido la gracia de Dios" Carta a Tito 2,11, lo que no esperábamos.

No esperábamos un Dios así, pero ha llegado. Y si ese Dios ha llegado, si ese Dios ha cautivado, ha fascinado y ha enamorado gente a lo largo de tantos siglos, ¿por qué no puede hacerlo hoy? ¿Por qué no puede tomar hoy al corazón más frío que hay entre nosotros?

Ustedes saben que a veces debajo de un hábito, se esconde un corazón helado, un corazón frío, un corazón indiferente que ya lo sabe todo. Hay religiosos que ya lo saben todo, hay sacerdotes que ya lo saben todo, y no se sorprenden de nada. Esos tampoco esperan nada.

Hay monjas que viven la Navidad como otra ceremonia más dentro de la larga, interminable serie de ceremonias que tiene toda su vida. Pero tampoco esperan que suceda nada especial en esta noche.

O entre los amigos laicos, jóvenes, niños, matrimonios que nos acompañan, de pronto hay personas que tampoco esperan nada.

¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos los aburridos! ¡Bienvenidos los rutinizados! ¡Bienvenidos los desconsolados! Ustedes pueden ser atraídos, ustedes pueden ser sorprendidos. Quizá hoy usted puede toparse con la gracia de Dios, como dirían nuestros amados campesinos. Quizá hoy usted puede toparse con un Ángel del Cielo.

Y eso explica muchas cosas. Por ejemplo, eso explica el temor. La persona que se siente que está super preparada para recibir a Dios, cuando se le aparece un Ángel, entonces dice: "Bueno, llegó un poco tarde pero al fin llegó". No siente sorpresa; siente que se merece ese Ángel.

¿Sabe que hay gente que siente que se merece comulgar? Hay gente que siente que se merece ser perdonada, y hay gente que siente que se merece la gracia. "La gracia no se merece", dice Santo Tomás de Aquino, "la gracia es principio para merecer". "Principium merendi", dice Santo Tomás. La gracia no se merece.

Yo cómo quisiera a veces tomar esas vidas acartonadas, de las cuales he conocido tantas, y la mía ha sido muchas veces así, tomar esas vidas envejecidas, rutinizadas, esas vidas que no esperan nada, esos monjes aburridos, esos sacerdotes aburridos que cogen con pereza el libro, que no saben ni leer, que no les interesa lo que están leyendo, esas monjas que toman esa Liturgia de las Horas, y: "¡Ay! ¡La Cruz!" ¡Qué agradable sería poder tomar una vida de esas, y darle una sorpresa!

Ese es mi único reclamo en contra de Catalina Labouré, Margarita María Alacoque y Faustina Kowalska, con la probable excepción de esta última. ¡Eran personas como tan buenecitas!

¿Qué hacemos para sorprender? ¿Sorprender con amor y con alegría? ¿Con santidad y con pureza? ¿Con verdad y con una primavera del Espíritu en los corazones? ¿Qué hacemos para que los Obispos prediquen con ganas? ¿Qué hacemos para que no nos digan únicamente lo que es verdadero, sino para que nos enamoren con lo que es bello? ¿Qué hacemos para que los superiores por fin envíen circulares que nos animen, que nos hagan llorar de gozo? Necesitamos esa clase de predicación y esa clase de circulares.

¿Cómo puede llegar a ser tan aburrida la vida cristiana para tanta gente? Entonces la gente se nos aburre desde temprana edad. La historia mía siempre es la de ese niño que decía: "Yo no vuelvo a Misa". "¿Por qué no vuelves a Misa?" "Porque el padre siempre dice lo mismo, que nos portemos bien".

Yo quisiera ser un padre, no uno que dice que se porten mal, pero sí quisiera ser un verdadero padre que trae una vida nueva. ¡Si yo pudiera inyectar en la vida de usted una verdadera sorpresa! ¡Imagínese que usted pudiera sentir después de quince años, veinte años, que el corazón se le acelera de amor!

Hay religiosas, a las que yo quisiera entrevistar con esa casi crueldad que tienen algunos periodistas, por ejemplo aquí en Colombia, y decirle: "Hermana, ¿a usted qué le acelera el pulso hoy aparte de la arterioesclerosis? ¿Qué le acelera el pulso a usted, hermana? ¿Qué hace que usted sienta gozo? ¿Qué le trae brillo a sus ojos, hermana?" Ustedes dirán que la emprendí contra las hermanas. ¡No!

A tantos católicos: ¿Qué podemos hacer para que tu vida reciba una aparición de gracia y de gloria? ¿Qué podemos hacer para que tú puedas sentir que habitabas en tierras de sombra, y una luz te brilló? O de pronto, esa luz ya está brillando.

De pronto, como sugiere una traducción del griego en el capítulo cuarto de San Lucas: "La Palabra se cumple al pronunciarla" San Lucas 4,21. De pronto tú sientes allá en lo profundo de tu corazón: "Me gustaría sentir eso".

El primer punto, el punto de partida es que uno pueda sentir algo de envidia de la gente que está enamorada, no de la gente que está apasionada simplemente. La pasión es una cosa que no es tan interesante; se repite siempre.

Además implica como una especie de apagar la luz. Una persona apasionada con la pasión de la ira, o con la pasión del sexo, con la pasión de la vanidad, del orgullo, es una persona enceguecida. La pasión es algo aburrido, porque es enceguecido.

No digo una persona así, digo una persona enamorada, una persona que se siente "en-amor", "en-amor-ada", una persona que se siente inundada de amor. Yo creo que si algo debe traernos esta Fiesta, es una inundación de amor, que uno sienta que es muy grande siendo tan chiquito. ¡Es tan bonito! ¡Es tan bello! ¡Es tan santo!

El fruto grande de esta Noche de Navidad, es que podamos sentir que algo puede empezar en nosotros, algo que puede ser un secreto que se queda entre el Pesebre y tu corazón.

Quizá con estas palabras que te estoy diciendo, esa luz está naciendo en ti. De pronto tú sientes que vale la pena conocer a Jesús, no como lo que alguien dijo que otro le contó, que otro más había dicho. De pronto tú sientes en este instante, que quisieras tener lo que dijo San Pablo, una experiencia particular, personal, innegable, incontestable del amor de Dios.

Ese es el fruto de la Navidad: Sentir que ese Niño vino por mí, que así me ama, que me ha amado, y que eso me quiebra la voz y me hace llorar.

Hay que tenerle miedo a la gente que llora por todo, pero hay que tenerle miedo también a la gente que no llora por nada. Hay que tenerle miedo a la gente que se ríe de todo, pero hay que tenerle miedo a la gente que no ríe de nada.

¡Qué bello encontrar una persona que puede llorar de alegría sabiendo que el Niño vino, que es verdad que ha nacido! ¡Qué bueno encontrar una persona que corre al Portal de Belén, que se postra, que ve la humildad de esos pañales, de esas telas, que ve la pobreza, la sencillez, y al mismo tiempo la alegría; que ve lo perfecto en lo más humilde, en lo más bajo, lo más excluido!

Cuando uno tiene una experiencia de esa naturaleza, mis hermanos, uno tiene una experiencia de lo que es la gracia de Dios. Uno siente escalofrío; es algo que se siente en el cuerpo también.

Ustedes no vayan a creer que la espiritualidad es una cosa que se queda allá con un razonamiento: "Claro, ahora comprendo; si b² - 4ac < 0, no hay solución real a una ecuación cuadrática; es obvio".

La fe no puede ser eso. La fe es: "Me topé con alguien. Yo no esperaba a Jesús y me lo encontré; me lo encontré a la vuelta de una página de la Escritura, me lo encontré yendo a una Misa a la que yo no quería ir, me lo encontré en una Navidad que hubiera podido ser como cualquier otra, pero me lo encontré; o mejor dicho, Él me encontró.

Ese encuentro maravilloso, esa alegría es el corazón de la vida religiosa. Ahí, de esa alegría de que "me lo encontré y Él me encontró", y esa especie de fascinación conjunta, esa especie de abrazo que no quiere que se acabe, eso es lo que produce religiosos. Los religiosos nacemos de ahí, o debemos nacer de ahí, o podemos renacer de ahí, de esa fantástica alegría de saber que esa clase de amor existe.

Es algo surreal, es algo fantástico. Si no fuera pecado, diría que es algo mágico. Es algo así, es una fascinación, y produce cosas fascinantes. San Pablo nos dice lo que produce ese encuentro con la gracia: "Ha aparecido la gracia de Dios" Carta a Tito 2,11, que nos enseña a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos.

Nos enseña a llevar ya desde ahora, una vida sobria, honrada y religiosa. Esa es la descripción de la vida que eso produce.

Una vida sobria significa una vida en la que la persona no es esclava de sus propios deseos. Una vida honrada es una vida en la que la justicia y el bien para todos importan, y una vida religiosa es una vida que tiene una referencia, que tiene una dirección que apunta hacia Dios, que tiene su ancla en la eternidad. Esa es nuestra vida.

Esto está en la Carta de San Pablo a Tito, capítulo dos. Es de los sumarios, es de los resúmenes mejores de la vida cristiana. ¿Qué es vivir después de encontrarse con la gracia? Es llevar una vida sobria, honrada, religiosa.

Sobria, ¿qué quiere decir? Que no soy esclavo, ni de mis miedos, ni de mis recuerdos, ni de mis proyectos, ni de mis temores, ni de mis pasiones, ni de mis pecados. No estoy en poder de nada de eso; eso es la sobriedad.

Una vida honrada, ¿qué es? Es una vida capaz de pensar más allá de su propio bien. El gran pecado de nuestro tiempo es que cada uno piensa solamente en su bien. Se perdieron las ilusiones colectivas. Algunos dicen que la última gran utopía colectiva del mundo era el comunismo.

Cayó estrepitosamente hace unos cuantos años, por lo menos en su modelo ruso, y en cuanto al modelo cubano, la gente está que ruega para que algo suceda.

De manera que, ¿dónde están las utopías? ¿Dónde está la gente que sea capaz de pensar que el mundo sí puede realmente ser mejor para todos y que nadie debería estar condenado a quedarse sin instrucción, sin alimento, sin la oportunidad de esperar un mañana mejor?

Eso es una vida honrada, una vida que es capaz de ir más allá de sí misma, y que es capaz de pensar en lo que es justo para todos.

Y luego una vida religiosa, una vida con una referencia hacia Dios, hacia la eternidad, hacia la trascendencia, que tiene esa ancla más allá de lo que alcanzamos a ver. Eso es lo que trae la gracia de Dios en nosotros.

Amigos queridos, yo quiero que ustedes se encuentren con un amor así. Yo quiero encontrarme con un amor así. Tengo la presunción, o será falta de modestia, de imaginar que varias veces me he encontrado con el amor de Dios así, con un amor sorprendente e inesperado.

Tengo la pretensión de afirmar que me he topado con Cristo. Tengo la pretensión de afirmar que de ahí viene mi alegría, que de ahí viene mi vida religiosa, y que de ahí viene esto que se llama ser sacerdote.

Tengo la presunción, tengo la vanidad, puede sonarle a alguien, de decir que eso ha sucedido, que ha pasado en mi existencia, y que es lo más lindo, que es lo más santo, que es lo más grande que le puede acontecer a ningún ser humano.

Y yo a usted no le puedo desear nada mejor en Navidad, sino que usted se tope así con Jesucristo, que usted se encuentre con Él, que usted pueda sentir que recupera lo más puro de su corazón, lo más limpio de su alegría, que usted no tiene que seguir sintiendo asco de usted mismo y de la gente que le rodea.

Estoy sorprendido de la cantidad de personas que sienten asco de la vida que llevan, y sienten asco de su propio cuerpo por lo que han hecho con él. Sienten asco de cómo funciona el país por todos los delitos, los crímenes y la corrupción. Sienten asco del mundo.

Sienten asco de la música que oyen pero la siguen oyendo. Sienten asco de la droga que consumen, y la siguen consumiendo. Y esa es la Europa que yo conozco, esa es la Europa en la que vivo. Es muy triste.

Hoy te declaro que no tienes que vivir así, hoy te declaro que puedes encontrarte con Alguien que tiene una oferta mejor para ti, Alguien que puede recuperar lo que todavía no se ha prostituido en tu corazón, Alguien que puede recuperar lo que todavía está limpio en tu alma, y que desde ahí puede edificar algo más bello que todo lo que tú te hayas imaginado, incluyendo la mejor y más alta de tus trabas.

Es una propuesta maravillosa, y algo grave debe estar sucediendo en la Iglesia si no tenemos más gente enloquecida de amor por Cristo. La salvación de la vida religiosa es fundamentalmente ésa: que estemos apasionadamente enamorados de Jesucristo, de manera que sintamos que sin Él nada somos, y que con Él lo podemos todo.

Que venga ese Espíritu de Navidad, el verdadero Espíritu de Navidad. Que venga y se posesione de esta asamblea, que le dé una gran sorpresa a aquel que menos se lo esté esperando.

Aquel que esté más aburrido, distraído, cansado: ¡Venga hermano! Venga para acá usted que es un distraído, usted que no le para cuidado a nada, usted que vino obligado, enlazado por el papá, por la mamá.

Porque así le traen a uno a la gente a la Misa. Le traen a la gente enlazada, y claro, la gente protesta: "¡Sáquenme de aquí!" A esas personas, Dios les puede dar sorpresas maravillosas de amor.

Lo chistoso es que junto a esas personas, también hay novicias aburridas. Ustedes no crean que todas las novicias son felices. ¡No! Una novicia es una mujer vestida de santa, no necesariamente una mujer santa vestida. Ustedes no le crean demasiado a las novicias. Hay que quererlas, hay que rezar por ellas, pero no le crean demasiado.

Ni le crean demasiado a los sacerdotes, o a los religiosos, en cuanto a que como seres humanos, todos tenemos muchas falencias, y todos necesitamos encontrarnos de un modo sorprendente con Jesús.

Quizá yo soy el peor de todos los que estamos aquí, pero pienso que alcanzo a reconocer cuando los ojos de alguien están brillando con amor a Cristo. Tengo la presunción de afirmar que esa clase de amor yo la reconozco.

Tengo la presunción de afirmar que muchas veces, cuando hablo con algunas personas, digo en lo íntimo de mi alma: "¡Jesús, si tan sólo te toparas con este corazón! ¿Qué hacemos, Jesús? ¿Por qué no le pones una cita de amor a esta monjita por ahí, no sé, en alguna columna, por allá en algún libro, en alguna fuente, a la salida, a la entrada. ¿Qué hacemos para que esta hermana se renueve en amor? ¿Qué hacemos para que ella pueda sentir que su vida es maravillosamente nueva en Jesús?"

Yo pienso que sí, que si extendemos este fuego, muy pronto tendremos al mundo entero ardiendo como Jesús quería.

Vamos a continuar nuestra celebración. Vamos a seguir dándole gracias a Dios. Y el que no se haya topado con Jesús, de pronto le queda una inquietud, y dice: "¡Jesús!"

Como rezaba un ateo: "Dios, si de veras existes, haz que yo te encuentre aunque no creo". Pues algo así le toca a mucha gente.

Entonces, el que no se haya topado con Jesús, el que no crea mucho en esto, yo le digo que vivo en un país que le está dando la espalda a Jesucristo. Vivo en Irlanda, y veo todos los días a la gente dándole la espalda a Él. Dejan de bautizar su gente, huyen de las iglesias, se apartan de los sacerdotes. Es decir, la gente en desbandada, en retirada.

Pero lo más lindo es que cuando mucha gente se está yendo, Jesús sigue encontrándose con algunos aquí, y allá, y allá; sigue encontrándose.

Lo más lindo de Jesús es que jamás se rinde. Porque si el ser humano es terco para pecar, Jesús es terco para amar.