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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19991225

Título: En la debilidad se muestra la fortaleza, porque la debilidad desarma

Original en audio: 15 min. 47 seg.


Queridos Hermanos:

Les confieso que tengo un poco de dolor de cabeza y cansancio. Y mi hermano en el sacerdocio y en la vocación dominicana, está un poco enfermo. Mi dolor de cabeza y mi cansancio se deben a emociones intensas que he tenido en este día, sobre todo por la tarde.

Estuve visitando a un enfermo, vecino de la casa de mis papás. Debido a una trombosis, este hombre está entre la vida y la muerte. Podemos decir, si Dios no dispone otra cosa, que está a las puertas de la eternidad y del Cielo.

Y después de esa emoción intensa, con el tiempo justo, he llegado para ver cómo se proclamaba el evangelio en la ciudad de Roma, esa lectura hermosa que se hizo antes de que el Papa abriera la Puerta Santa, con lo cual se inaugura el Jubileo del Año 2000 de la encarnación y de la redención.

No soy hombre duro, de piedra; más bien he sido quizá sensible, o demasiado sensible. Y no se hicieron esperar las lágrimas de gozo, de arrepentimiento, de gratitud, de alabanza, de intercesión; como que cada lágrima tenía su propio mensaje.

Yo no me avergüenzo, ni como hombre, ni como sacerdote, de mis lágrimas. Porque resulta que el Fundador de mi Comunidad era hombre de abundante llanto, llanto de júbilo, llanto de gozo, llanto de arrepentimiento, llanto de intercesión. Y si Santo Domingo de Guzmán, nuestro Fundador, me va a regalar algo de sus lágrimas, yo de mi parte no puedo tener sino lágrimas de gozo de recibir las lágrimas de Santo Domingo.

De verdad, es un tiempo maravilloso para la Iglesia. Las noticias hablaban de cerca de 1600 millones de personas. Algo así como la cuarta parte, casi la cuarta parte, o por ahí cerquita, o un poco más de la cuarta parte de la población de la humanidad, estaba como yo, mirando ese gesto tan sencillo.

Un hombre que no ha sido vencido, ni por las enfermedades, ni por los atentados, ni por los insultos, ni por las contradicciones, ni por los años, un hombre de avanzada edad, pero de corazón firme, de corazón más joven que muchos jóvenes, un hombre con el cuerpo agotado en el servicio de Jesucristo, y con el corazón renovado por el Espíritu Santo, ha abierto esa puerta simbólica, con la cual la Iglesia entera se declara en estado de conversión, y en estado de permanente evangelización.

Esta puerta se abre, y es el Papa el primero en cruzar ese umbral que él mismo llamó el umbral de la esperanza. Se abre una puerta para la humanidad.

Cuando tantas voces nos hablan de puertas cerradas, de esperanzas fallidas, cuando se habla de que no hay futuro, y tantos, incluso dentro de la Iglesia, sólo tienen voces de catástrofes, este anciano, rejuvenecido por el poder del Espíritu, abre una puerta y dice: "Hay esperanza, y la esperanza se encuentra en Jesucristo. Hay esperanza, y la esperanza se encuentra por el camino de la conversión, por el camino del amor, por el camino de la gracia". ¡Una oferta maravillosa! ¡Una oferta preciosa!

La ceremonia, como seguramente pudo ser vista por muchos de ustedes, fue realmente impresionante, sobria pero impactante. El Papa nos ha acostumbrado a las reuniones de centenares de miles de personas. No faltaron esos millares de peregrinos en la Plaza de San Pedro y en la Basílica del mismo nombre.

Pero el hombre mismo que abre esas puertas, es un hombre débil, un hombre que se encuentra al final de su vida. Y eso es lo que más me gusta, que es la debilidad de un hombre enfermo, de un hombre cansado y viejo, es esa debilidad la que le abre la puerta a la misericordia de Dios, y la que manifiesta la fuerza de Dios.

Uno no sabía si alegrarse, o temblar de miedo, cuando se le ocurre al Papa arrodillarse en esa Puerta para hacer oración. Uno, digo yo, hablando por mí y por muchos otros, como que quería sostener a este ancianito. Decía uno: "¡A qué horas se cae este pobre hombre!"

Pues esa es una palabra que Dios nos regala. En esa debilidad, debilidad como la de este hombre, Dios está mostrando la fuerza de su amor y de su redención.

Alí Agca fue el hombre que disparó contra el Papa Juan Pablo el 13 de mayo de 1981. Muchos años después, van a cumplirse ya diecinueve de ese atentado, entrevistaban a este señor Alí Agca, y él decía: "Me siento profundamente arrepentido de haber cometido ese atentado". "Disparar contra el Papa", decía él, "es algo tan inútil, tan estéril y tan cobarde como atentar contra un niño".

Y en la debilidad se muestra la fortaleza. El mensaje de la Navidad, mis hermanos, es ése: que la fuerza más grande de Dios aparece en una carne tierna, humilde, un Niño con frío, con llanto y con hambre. Ahí está Dios amando.

¿Por qué es tan fuerte ese Niño? Porque nos desarma. El que se presenta como un poderoso ante mí, me arma. El que se presenta débil, pequeño, tierno y amoroso, me desarma. Es más fuerte el que me desarma que el que me arma. Es más fuerte la debilidad que la misma fuerza. Es más sabia la maravillosa ignorancia de ese Niño que todo tendrá que recibirlo de sus papás, que la sabiduría de los más grandes, poderosos y entendidos de esta tierra.

Escuchamos en el evangelio de hoy: "El emperador mandó a hacer un censo de toda la tierra" San Lucas 2,1. "¡A ver con qué gente cuento!" Y resulta que entre la gente con la que contaba el emperador, estaba Dios.

En Cristo Niño, Dios tiene una sonrisa, una sonrisa de ironía que desarma nuestras presunciones. Y por eso yo les invito, mis hermanos, al comenzar este Jubileo maravilloso del Año 2000 del Nacimiento de Jesucristo, a entrar con el pie descalzo, con el corazón humilde por las sendas de la salvación.

¡Qué presunción la de este emperador! "Voy a ver de cuántos soy rey". Y entre esos, Dios, naciendo en una aldea perdida, que no aparecía en las cuentas de ningún imperio y de ningún emperador.

Dios nos invita a una lógica totalmente distinta, y vamos a ver cuánto nos demoramos en aceptarle la lógica a Dios. Nos invita a una lógica diferente.

Durante este siglo que está acabando, el mundo hizo experimentos pavorosos: hizo el experimento del fascismo, hizo el experimento del nazismo, hizo el experimento de gobernar con garra de hierro, con garrote, con mazo.

El mundo de hoy sigue haciendo experimentos: "Vamos a aplicar en la economía la ley del más fuerte". Han llegado gigantescas instituciones bancarias, gigantescas instituciones financieras a nuestro país, y se han tragado, se han engullido a las financieras pequeñas. Hemos visto desbaratarse una parte importante de nuestro sistema financiero por la ley del más fuerte.

Pero eso no ha pasado solamente aquí. Eso ha pasado en muchos países, por todas partes. Este mundo sigue haciendo el experimento de la ley del más fuerte: ¡A ver si a garrotazo es posible construir un imperio!

Y Cristo, desde el llanto del Portal de Belén, está diciendo que no es por ahí, que por ahí no es, que el camino de la vida es distinto, que el camino es diferente. Es un camino que pasa por la conversión, un camino que pasa por el amor, por la ternura.

¡Cuánta gente llena de salud, llena de fortaleza, llena de poder! Y el hombre que nos ha predicado al comenzar este Jubileo, es un hombre que le tiembla la mano, que casi no puede caminar, que está cansado, que es un anciano, pero que tiene una palabra más fuerte que la de los imperios de esta tierra.

Hermanos, este es un día para preguntarnos a qué rey estamos sirviendo, cuál es nuestro rey, y cuál es nuestro emperador. ¿Es nuestro emperador Augusto? ¿Es nuestro emperador Herodes? O, ¿es nuestro Rey Jesucristo? ¿Estamos con la lógica de esa fuerza que aplasta al que se le ponga adelante? O, ¿estamos con la lógica de ese Rey que tiene más fuerza que todos, porque puede desarmar los corazones?

Al comienzo de este Jubileo, demos gracias a Dios por su piedad, por su misericordia. Uno no entra en el Reinado de Jesucristo por una opción ventajosa. Uno no entra en el Reinado de Jesucristo, porque le hayan ofrecido intereses más altos de los que dan los imperios de hoy. Uno no entra en el Reinado de Jesucristo, porque está convencido de que los aliados van a ser más fuertes que los enemigos.

xxxxUno entra en el Reinado de Jesucristo por una palabra preciosa que se llama gracia, regalo. Decía Jesucristo mismo: "Nadie puede venir a mí si el Padre no lo atrae" San Juan 6,44.

Sé muy bien que la lógica de este Emperador de Belén, la lógica de este Rey que nace pobre, fuera de la ciudad en un establo, no convence a nuestros racionamientos, le da inseguridad a nuestra voluntad.

Pidamos entonces el regalo, la gracia de entrar a este Reino. Ahí no se entra, porque le presenten a uno un "brochure", un folleto con todas las grandes ventajas que va a tener. Ahí se entra por un regalo que llega al alma, por una convicción serena, por eso que se produce y lo conocen bien los papás cuando el bebé sonríe la primera vez, esa sonrisa que te desarma.

A mí cómo me conmueve ver a hombres grandes, fuertes, violentos, tomar a sus hijos y conmoverse. Esas manotas, esos brazotes y ese cuerpote, se vuelven de gelatina ante la sonrisa de la bebita, o del niñito. Eso es gracia; eso es lo que significa la gracia.

Vayamos, pues, al Pesebre, especialmente en esta noche. Que Cristo Niño nos sonría desde allí, que una lágrima suya, que una sonrisa suya nos cautive, que llegue a nosotros el llamado de esa gracia, y entremos a ese Reino, Reino de amor, Reino de justicia, Reino de salvación.

Para Él, Nuestro Rey recién nacido, la alabanza, la gloria y el amor por los siglos.

Amén.