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Fecha: 19951225

Título: La Navidad es para redefinir la palabra amor

Original en audio: 28 min. 49 seg.


Tan grande es el misterio del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, que necesitamos nosotros gracia del Espíritu para predicar de Él y gracia del Espíritu para acogerlo en nuestra mente, en nuestro corazón. Pidamos ese don del Espíritu para que Dios haga su obra esta noche santa.

Porque la Iglesia misma, consciente de la grandeza de este misterio, se detiene, se demora en saborearlo, lo paladea, lo medita en profundidad, y por eso ofrece al pueblo fiel varias celebraciones que van como invitándonos a ahondar en una misma riqueza, a profundizar en una misma belleza.

Para esta celebración de la Natividad del Señor, existe la Misa de la vigilia, que se celebra más temprano de media noche, en la víspera del veinicinco de diciembre; existe la Misa de media noche, en la que, por misericordia, nos encontramos; existe la Misa de aurora, al principio del veinticinco de diciembre; y existe la Misa de este mismo día, propio de la Natividad.

Esta multiplicidad de formularios, esta abundancia de lecturas, ¿qué nos están diciendo? Que lo que en un día triste, Dios tiene tanto para dar, que por decirlo así, como que no cabe en una sola celebración.

Dios tiene tanto para dar, que se necesita que nosotros como creyentes de ese Cristo, al que hoy contemplamos recién nacido. Preparemos nuestro corazón para algo realmente grande, y abramos nuestra boca para que Dios nos sacie.

Ahora bien, si hay varios formularios, varios fragmentos, no será sólo para hacer un recuento de lecturas que narren el nacimiento de Cristo.

Esta variedad de lecturas también significa, que hay como diferentes puntos de vista, y en este sentido, cada uno de esos formularios, cada una de esas Misas, tiene por así decirlo, su gracia particular, es como una mirada especial, como un rayo de luz para acercarnos, para adentrarnos al misterio de la Natividad del Señor.

Como nos encontramos en la Misa de media noche, es bueno que nos preguntemos cuál es la gracia particular que tiene esta celebración, a qué nos invita la Iglesia, en medio de las tinieblas, con el cansancio del día, y cuando tantos ya están descansando en el reposo de la noche, en el reposo del sueño, o están descansando y divirtiéndose de otras maneras.

¿Qué clase de gente somos nosotros? ¿Qué pretendemos o esperamos de esta celebración en el corazón de las tinieblas? ¿Qué buscamos sino, por así decirlo, el misterio del misterio? ¿Lo misterioso de la misma familia, lo místico de este misterio de la Natividad del Señor?

Nosotros en esta celebración, estamos buscando el corazón de este misterio de la Natividad, porque vigilan, porque velan, están en pie, se sostienen, ¿quiénes durante la noche? Pues aquellos que tienen que cuidar cosas de valor o aquellos que esperan cosas valiosas.

¿Quiénes son los habitantes de la noche? Pues aquellos que tienen que cuidar, como los celadores, como los vigilantes, literalmente aquellos que no duermen. Vigilar es literalmente eso, es no dormir. En medio de la noche, estamos buscando el verdadero valor de nuestras vidas.

Si estamos aquí despiertos a esta hora, es sin duda alguna, dejando otros valores, y por eso obtendremos el verdadero provecho de esta celebración. Los deberes de corazón los dejamos de lado, si en este momento recogemos como único valor nuestro, como único valor de nuestra vida a ese valioso Jesucristo.

Los primeros que escucharon el anuncio fueron los pastores, porque tenían que vigilar por turnos, porque tenían valores que guardar. Pues bien, ellos tuvieron que dejar de alguna manera su rebaño e irse a buscar a ese Niño envuelto en pañales, a ese Niño Pastor de pastores.

Estos pastores tuvieron que acercarse a ese Niño y dejar sus rebaños, tuvieron que descubrir su verdadero valor. Están despiertos en medio de la noche, también aquellos que esperan que alguien vuelva.

Nosotros, al igual que aquellas vírgenes de las que nos habla el Señor Jesucristo en algunas de sus parábolas, estamos esperando que venga Jesús; somos gente incompleta. Si estuviéramos completos, si tuviéramos nuestra dicha plena en algún otro sitio, ahí habría que ir a buscarlos, y no estaríamos aquí.

La gente que está aquí hoy en Misa de media noche, es gente incompleta; hubo Algo que no llegó a tu vida, Alguien que no ha llegado todavía y ese Alguien que te mueve en esperanza, en anhelo, necesidad, es Alguien que te sostiene despierto.

Nosotros estamos esperando la llegada de Jesús y el que espera, el que está incompleto, al que no le ha llegado todavía su regalo, hace esfuerzos por mantenerse despierto, porque sabe que sólo así, despierto, podrá recibir a Jesucristo, a quien espera.

Por eso nosotros nos vamos adentrando en la noche, nos vamos metiendo en el misterio de la noche y en ese misterio de esa noche, queremos encontrar lo misterioso de este nacimiento, el valor de nuestras vidas, aquello que no se nos puede perder, el regalo que no podemos dejar pasar.

¿Y qué nos dicen las lecturas de hoy? Isaías en su capítulo nueve, nos dice: "Un niño se nos ha dado" Isaías 9,5. ¿Cuál es ese tesoro, cuál es ese valor y cuál es ese misterio de un Niño?

Todos nosotros hemos nacido y hemos sido niños, la diferencia es que desde el principio de su vida, este Niño es don, es regalo, es para otros, es oferta de Dios, es gracia de Dios.

Nosotros no hemos sido así, porque nuestros padres, seguramente, tenían planes para nosotros; esos planes se vienen a descubrir cuando el niño toma decisiones: "-Papá, he decidido que quiero ser guitarrista", "-ay, no, mijo".

Ese no, mijo, ¿qué significa? "No corresponde a lo que yo quería de ti", luego, sí quería algo. La mamá piadosa, la hija dice: "-Mamá, voy a entrar al convento", "-no, no no, usted tiene un futuro por delante...." Como quien dice, si entra de monja, se le acaba el futuro.

¿Qué quiere decir eso? Que sí tenía un plan para la niña. Y por eso nosotros, de alguna manera, nacemos del egoísmo, el acto en el que nosotros somos engendrados, ese acto de amor y de placer, también no logra ser un acto de absoluta donación.

Ya trabajo es encontrar parejas que quieran darle hijos a Dios. Pues bien, esos niños, que somos nosotros y que hemos sido engendrados así, llevamos en nuestra frente, en nuestro corazón, el sello de ese radical egoísmo, y por eso de alguna u otra manera, cada niño se convierte en una especie de inversión de sus padres, una inversión como el que invierte en un CDT.

Hay programas financieros muy simpáticos, por ejemplo, usted invierte una determinada suma cuando el niño, su pequeñito entra a kinder, y usted va depositando a determinados plazos, una serie de cantidades.

Cuando termina el niño la secundaria, esa entidad financiera le paga estudios en Colombia o en el exterior, -en el caso de que sea colombiano-; esta es una de las ofertas que tienen los padres de familia.

Yo quisiera ver la cara de esos padres de familia, cuando al niño al que ya le han metido una millonada dice: "-¿Sabes? Yo quisiera ser misionero", "-qué misionero va a ser usted, ya le hemos metido mucho dinero a este negocio".

Pero yo no me refiero solo a las vocaciones religiosas o sacerdotales; un padre de familia, de comunión casi diaria, por lo pronto semanal, cuando el hijo le dice: "Papá, yo no voy a terminar mi bachillerato, yo pienso inscribirme durante un año en un programa de maestros misioneros, yo quiero ser misionero durante un año".

Un año le pareció demasiado a este papá, un hombre piadoso, un hombre bueno, que si tu lo ves acá en el monasterio y lo saludas, dices: "Estas son las familias cristianas que van a cambiar al mundo".

A ese papá le pareció demasiado un año de la vida de su hijo. A Papá Dios, no le parecieron demasiados treinta y tres años de amor; y a María no le parecieron demasiados esos años de amor y de donación; y a José no le pareció demasiado trabajar para ese Niño que no había salido de sus entrañas, pero que en cierta forma había salido de su corazón creyente.

A José no le pareció demasiado eso, y por eso este Jesús nace libre, nace para todos; por eso este Jesús, desde el principio, puede ser buena noticia y puede ser alegría, "porque un Niño se nos ha dado" Isaías 9,1.

Porque este Niño sí puede ser para todos, porque este Niño nació sin plan, porque este Niño tiene, como dirían los que saben de computadores, el config.sys, archivo que le da las instrucciones iniciales al computador para poder prenderse, en blanco.

Este Hombre no está programado, este Hombre no está lanzado a nada que no sea amar, perdonar, salvar.

"El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una luz grande" Isaías 9,1, dice el Profeta Isaías, "porque un Niño se nos ha dado" Isaías 9,5. Este Niño no está agarrado por su mamá ni por su papá, este Niño no está encadenado ni enlazado por prevenciones sociales o por prejuicios.

Este Niño no está condenado a ser gerente ni a hacer emperador; este Niño no está condenado a abogado ni a ser médico. Este es un Niño que nace con absoluta libertad, y por eso en ese Niño libre, en ese Niño amado y amoroso, en ese Niño, vuelve a empezar la historia de los hombres. En un Niño así, por misericordia amado y amante, en un Niño así, se puede renovar la historia de los hombres.

Eso es lo que estamos celebrando en esta noche, que en un Niño así se puede renovar, se puede salvar la historia de los hombres. Si observamos a quienes nos rodean, descubrimos tan grande la bondad, tan grande la Providencia, tan inmensa la gracia de Dios.

¿Puede una mujer tener un hijo y donarlo? Sólo si desde la raíz de su ser se ha sentido, se ha sabido, se ha posibilitado como amor, y por eso, en un sentido profundo, el nacimiento de Jesucristo, es una especie de confirmación del misterio de la Inmaculada Concepción.

Sólo una mujer que tiene amor y sólo amor, desde las primeras hasta las últimas fibras de su alma; que tiene amor y sólo amor desde los primeros hasta los últimos tejidos de su cuerpo, sólo una mujer así puede tener un hijo, amarlo infinitamente y darlo totalmente. Eso sólo lo hace la gracia, eso sólo lo hace un amor de ese tamaño.

"Os anuncia una gran alegría" San Lucas 2,10, dice el Ángel. Una gran alegría que lo será para todo el pueblo. Es bueno que meditemos en eso, ¿qué significa esa alegría ¿Para quiénes va a ser alegría Jesús?

Comentaba yo, no hace mucho, que la Navidad es un tiempo que gusta a algunas personas, pero que a mí me da la impresión de que cada vez gusta menos. A mí me parece, que cada vez son más las personas que viven este tiempo, con un dejo de nostalgia, con una especie de melancolía imborrable, con una especie de nostalgia mal disimulada.

A mí me parece que cada vez son más las personas para las cuales estos días son una especie de desierto, una especie de desasosiego.

Si en este momento pudiéramos recorrer hogares, casas, calles, apartamentos, aquí de Bogotá, ¿en qué rostros encontraríamos alegría? ¿Encontraríamos gozo, sonrisa, felicidad, encontraríamos esa plenitud en quiénes? ¿Esta noticia sigue alegrando a quiénes? ¿A quiénes trae alegría? ¿Para quiénes es noticia?

Este nacimiento de Jesucristo, ¿para quiénes es este gozo de este nacimiento de Jesucristo? A mí me da la sensación que aquellos que encontremos despiertos, si están contentos y si ríen, quizá lo hacen por otros motivos.

Y entonces yo vuelvo a mi pregunta: ¿para quiénes es buena noticia este nacimiento de Jesucristo? ¿Para quiénes va a ser gozo este nacimiento de Cristo? La única respuesta que se me ocurre es, para aquellos que les hacía falta.

Uno sólo se alegra de encontrar algo si le hacía falta, y por eso en su providencia, en su maternal solicitud, la Iglesia ha querido, durante el Adviento, que nosotros nos acostumbremos a la idea, a que mastiquemos, asumamos y asimilemos, de que Jesús, de verdad, nos hace falta, y que nos hace falta también este año, de que nos hace falta también ahora, también hoy.

Para aquellos que han descubierto de que Jesús les hace falta, esta es la noche del gran regalo, y al ver a ese Niño, -a mí no me gusta que duerman tan rápido a ese Niño-, pueden descubrir en Él su tesoro: Jesús, tú, Jesús, tú eras lo que me estaba haciendo falta, y lo que tú me das, no me lo podía dar ningún abrazo humano, ni tampoco ninguna suma de dinero, ningún licor; no me lo podía dar nada de esta tierra, sólo tú, Jesús.

Si nosotros logramos esta noche, en el misterio de esta noche, fijar nuestra mirada en la mirada del Niño, -no lo duerman tan rápido-, en esos ojos veremos, descubriremos que eso era lo que nos estaba haciendo falta.

Yo quiero destacar el por qué no me gusta que duerman tan rápido al Niño. A mí me da un poco de gracia y un poco de disgusto, que la mayoría de los villancicos son un afán de dormir al Niño, porque no ha acabado de nacer y ya está cantando que se duerma, que se duerma; ¡déjelo que nazca el Niño, no que se duerma!

Yo compruebo ahí -esto es una teoría mía, no es una versión oficial de la Iglesia-, es un compartir de un hermano que está muy feliz por el nacimiento de Cristo. Hasta donde yo he podido comprobar, es porque el Niño dormido, uno lo siente de uno.

¿Qué hay de la gente con el Niño dormido? El Niño dormido se agarra y lo integra en su propio ser y uno puede soñar para ese Niño dormido y estando así, uno sueña con Él así, entonces uno lo coge, lo duerme y ya, ese Niño es inofensivo.

No me gusta un Jesús inofensivo. Recién nacido, ya habrán flechas que llegaban ahí, adonde llega el amor de Dios.

No me duerman tan rápido al Niño. Seguramente, esta noche y después, durmió bastante, pero en esta medianoche, no me lo duerman tan rápido, porque flechas de amor, porque diamantes de gracia tiene en sus ojos, pero es un afán de que el Niño no hable, no llore, no se moje.

¿Qué es lo que la gente quiere tener del Niño Jesús? Un inepto, tener un muñeco ahí, para el cual yo puedo soñar lo que yo quiera.

Jesús vino al mundo, no para que nosotros lo agarremos y hagamos de Él lo que nosotros queramos, vino para agarrarnos y hacer de nosotros lo que Él quiera; Jesús no viene al mundo para que nosotros lo integremos a nuestro modo de ser, sino para integrarnos a su modo de ser.

Jesús viene al mundo, no tanto para que nosotros lo consintamos, el asunto de la Navidad no es un asunto de consentimiento y en este sentido, me da dolor decirlo, tántos cánticos navideños adolecen, porque son más una exaltación de los sentimientos paternales o maternales del artista, que un desvelamiento del misterio de Dios que aparece ahí.

La Navidad no debe ser un cántico a nuestras ternuras, ya habrá otras oportunidades, tome por su cuenta el día de la madre, el día del padre u otras de esas oportunidades y allá hable de que somos tiernos; nos tomamos todos de la mano, cantamos y lo que sea.

La Navidad no es tanto para esas ternuras, tampoco es tanto para comer arequipe con breva y todas las delicias gastronómicas locales; la Navidad no es para eso, sino es para redefinir la palabra amor, que funciona a partir del nacimiento de Cristo, como absoluta y radical donación.

Entonces, ¿para qué uno quiere hacer un cántico a las ternuras humanas? Para no caer en la cuenta de que ese Jesús, desde chico, se está dando; desde pequeñito es pura donación.

Uno quiere dedicarse a cantar las lágrimas del Niño, las primeras mojaditas y ensuciaditas del Niño, y uno quiere quedarse en estas mojaditas y ensuciaditas y las lágrimas del Niño, para no caer en la cuenta de que es donación desde el primer momento de su existencia, de que un Niño se nos ha dado.

Y entonces, cuando el Niño ya queda sepultado, aquí dice en la Biblia que tenía que irse; que estaba envuelto en unos pañales, no en todos los pañales, excluye por lo tanto pañal, con las lágrimas, y con las ternuras, y lo envuelve, y lo arropa, queda el Niño sepultado por todos los pañales y un Niño que queda así sepultado, es un Niño inofensivo, y Cristo no vino para ser inofensivo, Cristo vino para infectar de amor al mundo.

Pregúntale a un especialista en inmunología, que está de moda con el tema del SIDA y todo aquello, cómo obran los virus al entrar en el organismo huésped: desde el principio están tratando de ver cómo logran multiplicarse, cómo logran propagarse.

Yo me imagino a Jesús así, como un virus de amor, que vino a infectar la tierra y que desde esta noche santa, desde esta noche buena, empieza a infectar de amor, ya tenía cundida la Virgen, Ella estaba cundida; San José lo agarró por su cuenta, y ahora empieza: ángeles, pastores, reyes. Esta es una estrategia de la gracias, es una estrategia del amor.

No lo envuelvas tanto ni lo duermas tan temprano. Este es un Niño que tiene tanto amor para dar, que tiene flechas de gracia en sus ojos, que tiene poder de sanación en sus manos, que tiene mucho qué decir, incluso con su silencio.

Este Jesús que es el gran estratega del amor, este Jesús es el gran liberador.

Nosotros, si esperábamos un liberador así, gócémoslo, pero si queríamos al otro Jesús para cargarlo.... Yo estuve en varios almacenes hace poquito: "díme cómo quieres a tu muñeco y te lo traigo y ya tienes tu Navidad, y ya estuvo".

Pero si tú lo que buscas es uno que ame así, es uno que libere así, es uno que sea un virus de amor capaz de infectar la tierra, entonces alégrate esta noche y bendice en esta noche al Dios tres veces santo, porque ese sí es el Jesús que nos va a mover el piso, ese sí es el Jesús que necesitamos.

Si Jesús viene a cambiar la definición de la palabra amor en tu vida esta noche, tuviste Navidad; si Jesús en esta noche te cambia la clave de amor; si Jesús en esta noche te cambia las claves de la alegría, quiere decir que logró infectarte, quiere decir que te bajó las defensas, dicen que eso es lo que hace el virus aquel del SIDA.

Necesitamos que Jesús sea una especie de virus del SIDA de la gracia –mire esa barbaridad que acabo de decir-; necesitamos que Jesús sea un SIDA que te baje las defensas, que te entre así, pequeñito, pequeñito, que se entre en tu vida, que todo lo infecte de amor, que todo lo toque de alegría, que todo lo siembre de luz.

Es tan bello ese Jesús, ese Jesús así me gusta, a ese Jesús despierto y amoroso, yo quiero proclamarlo esta noche y quiero que nos hagamos heraldos, y quiero que nos hagamos predicadores de este Jesucristo, que es tan maduro desde Niño y tan inocente cuando grande.

A Él el honor y el poder por los siglos.

Amén.