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Fecha: 19981225

Título: Reconocer al Recien Nacido

Original en audio: 24 min. 59 seg.


En la celebración de la medianoche estábamos admirando qué había sucedido y por qué había sucedido.

¿Qué había sucedido? El milagroso nacimiento, el alumbrar de ese Sol que nace de lo Alto, la presencia en nuestra tierra del Hijo del Dios vivo.

Y, ¿por qué ha sucedido? Por el amor, por el amor incomparable, indescriptible, inagotable, irreversible de Dios.

La celebración en la que estamos, la Misa del día de Navidad, en cierto sentido se dirige a otra pregunta: ¿quién es el que ha nacido? Sabemos que ha nacido, sabemos que es el amor el que ha hecho posible su nacimiento. La Misa en la que nos encontramos, nos invita a mirar con mayor detenimiento, quién es este Recién Nacido.

Se trata del Hijo de Dios, superior a todos los Ángeles. Se trata de la Palabra hecha carne. Se trata de Aquel, por quien han sucedido las edades del mundo. Se trata de la luz verdadera. Se trata, en fin, de la visita definitiva de Dios, que muestra a Sión su propio rostro, y así inaugura el tiempo de la consolación, el tiempo de la alabanza, el tiempo del cumplimiento de las promesas.

Reconocer al Recién Nacido, saber quién es: este es el comienzo para recibir los bienes que nos trae. Porque aunque le hemos visto nacer en gran pobreza, son muchas las riquezas que vienen con Él.

Pero permanecerán cerradas en la humildad de su humanidad. Sólo pueden ser abiertas por la Palabra de Dios. Esta Palabra que se nos predica, se convierte así en la Palabra que contemplamos en el Recién Nacido.

Las lecturas que nos ofrece la Iglesia, el testimonio de los profetas, de los apóstoles y de los evangelistas, nos ayuda a abrir ese tesoro, a abrir ese regalo y recibir sus bienes.

Lo que más destaca en las palabras de las lecturas que hemos escuchado hoy, es el origen antiguo de este Recién Nacido. Dice el evangelista Juan: "En el principio..." San Juan 1,1.

Y los intérpretes de la Escritura son concordes en afirmar que esta expresión con la que se inicia el Evangelio de Juan, ha sido puesta a propósito en paralelo con aquella expresión por la que comienza el libro del Génesis y toda la Escritura; también allá se nos dice: "En el principio..." Génesis 1,1.

"En el principio Dios creó el Cielo y la tierra" Génesis 1,1, dice el Génesis. Y aquí se dice: "En el principio ya existía la Palabra. Por medio de la Palabra se hizo todo" Génesis 1,1-3. Es evidente el paralelo entre el Génesis y San Juan.

Se trata de un antiguo origen; se trata de Alguien que está desde el principio. La Carta a los Hebreos lo dice de otro modo: "Por medio del Hijo, Dios ha ido realizando las edades del mundo" Carta a los Hebreos 1,2. Es algo parecido a lo que dice el Evangelio de Juan.

Y también nos invita esta Carta a los Hebreos a reconocer el camino que Dios ha recorrido con su pueblo. Eran como balbuceos de la revelación definitiva todas aquellas profecías que sirvieron de lámpara y de guía al pueblo de Israel. Era Dios el que le estaba hablando a ese pueblo, era Dios quien lo estaba conduciendo. El origen es desde antiguo.

El nacimiento nos habla de algo nuevo, es el recién nacido. Es, como dijo Jesucristo, refiriéndose a las tribulaciones que hay que pasar por el fruto que dan, la alegría de un nuevo ser que llega a este mundo.

Pero Jesús, que es la imagen de todo lo nuevo, es también el resumen de todo lo antiguo. Y así, las palabras que estamos escuchando, pronunciadas, predicadas precisamente en el día de la Natividad, nos invitan a mirar en Jesucristo, como luego dirá claramente el Apocalipsis, "al Primero y al Último" Apocalipsis 1,8.

Porque no es sólo antiguo en el sentido de vetusto; es antiguo, porque es el Primero. Y no es nuevo solamente porque sea reciente, sino porque es definitivo, porque es el Último. De este modo, las lecturas que escuchamos, nos invitan a reconocer en Jesucristo al Primero y al Último, al origen y al término, a lo que es comienzo, pero también a lo que es definitivo.

Por otra parte, la primera lectura nos habla de la alegría. Es la alegría del Evangelio, es la alegría de la Buena Nueva que se difunde, que se propaga.

Realmente, si hay una palabra propia de la Navidad, es la alegría. San León Magno habla con respecto a este misterio, y dice que es motivo de gozo para todos, y que de este gozo no se deben excluir, ni los pecadores, porque se les está ofreciendo perdón, ni los paganos, porque se les está ofreciendo fe, ni desde luego los creyentes, porque se les está ofreciendo la razón de sus anhelos, el motivo de sus esperanzas.

La Navidad entera está marcada por la alegría. Pero esta alegría que aparece en el profeta, tiene su característica propia, que es aquello que se resume en la expresión que dice el pasaje de la primera lectura: "Tu Dios es Rey" Isaías 52,7.

En esa expresión se condensa, cuál es la razón profunda de la alegría de la Navidad. Es la alegría por la ternura de Dios, por su cercanía, por su mansedumbre, por su oferta universal.

Pero todo eso tiene su raíz última en lo que dice Isaías: "Tu Dios es Rey" Isaías 52,7, que significa: "Ahora reina Dios, ha llegado el Reino de Dios". La alegría es porque Dios comienza a reinar; la alegría es porque llega el Reino de Dios. Y por eso, al ver la razón de esta alegría, también descubrimos su límite, y su tensión interna.

Si la razón de esta alegría es porque Dios reina, y si nosotros decimos cada día: "Venga a nosotros tu Reino", "ven a reinar", quiere decir que la celebración de la Navidad es el germen de la celebración última, de la celebración definitiva.

Pero es sólo eso: el germen. Porque si el motivo de gozo de la Navidad es que Dios reina, y si todavía tenemos que pedirle a Dios que venga a reinar, quiere decir que la Navidad no ha dado aún su fruto entero. Quiere decir, que el fruto completo, que el fruto pleno de la Navidad, llegará sólo cuando veamos completamente a Dios reinando.

Lo maravilloso, pues, de la Navidad, no está solamente en el abajamiento de Dios. Lo maravilloso no es en últimas, que Dios haya llegado hasta nosotros, sino que por esa humildad, por ese abajamiento, nos levanta.

Cuando Él reina, cuando Él extiende todo lo que puede, todo lo que ama, y todo lo que sabe en nosotros, cuando Él comunica sus bienes, porque Dios reina participando sus bienes, entonces nosotros nos levantamos con Él.

Es poco alegrarse de que Dios se haya abajado, si eso no está unido a la alegría de que nosotros, en Él y con Él, nos hayamos levantado. Lo maravilloso de la Navidad, no es que Él se haya hecho pequeño, sino que el amor que a Él lo hizo pequeño, a Él y a nosotros nos hace grandes en los bienes de su gracia mientras vamos por esta tierra, y en los bienes de la gloria cuando lleguemos al Cielo.

El pregón de victoria en Isaías es: "Tu Dios es Rey" Isaías 52,7, "reina tu Dios". Pero Isaías va más allá. Se trata del retorno de Dios.

Aquellos vigías, que son como imagen de toda la humanidad a la espera de la Buena Noticia, ya pueden cantar, ya pueden hacer un coro de alabanzas. Y explica Isaías: "Se alegran en el Señor que vuelve a Sión. Romped a cantar a coro ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo" Isaías 52,8-9.

Por eso, aquellos que sembraban con lágrimas, pueden cosechar entre cantares. Aquellos que se dolieron por los azotes de Jerusalén, ahora pueden regocijarse en el vestido de novia que Dios le ha dado.

Y en esto también hay una enseñanza para nosotros. Es evidente que el gozo crece en proporción a las lágrimas. Es evidente que cuanto mayor fue la tristeza por la desolación de Jerusalén, mayor será ahora el gozo por la consolación de Jerusalén.

Cuanto mayor, cuanto más prolongado, cuanto más sentido haya sido el lamento por la destrucción de Jerusalén, pues también mayor y más sentida será la alabanza por la reconstrucción de Jerusalén.

Y por esto podemos decir, que hay Navidades, y Navidades. La Navidad será pequeña en el gozo, para el que ha llorado poco. Para el que se ha dolido poco por las ruinas, será también poca la alegría por la restauración.

Pero aquel que ha padecido en su corazón, aquel, que tiene el alma en ruinas de ver a Jerusalén en ruinas, ése tendrá el alma en fiesta cuando llegue la Boda de la Ciudad Santa con el Dios del Cielo.

La tristeza aparece así, no sólo como anterior al gozo, no sólo como una preparación al gozo, sino, si se me permite la expresión, como una especie de requisito para el gozo. El que ha tenido poca tristeza, tendrá poca alegría. El que haya tenido una gran tristeza, tendrá una gran alegría.

Pero no se trata desde luego de cualquier tristeza. Decía Santa Catalina de Siena, que hay lágrimas que son de muerte, porque son la expresión de un amor mundano, cerrado, egoísta, estéril. Pero hay lágrimas que son de vida, hay lágrimas que riegan el surco y que hacen abundante la cosecha. Son esas las lágrimas que hemos de pedir a Dios.

Ese es el llanto del que hablaba Jesucristo cuando dijo: "Bienaventurados los que lloran porque serán consolados" San Mateo 5,4.

Y sí, felices, y cuanto mayor el llanto, y cuanto más profundo el dolor, más felices. Ese llanto, esa lamentación, es la expresión del amor, de un amor que comprende que donde hay ruinas, debería estar levantada la Casa de Dios.

Por eso ese amor, cuando Dios lo otorga, ese amor maravilloso, cuando Dios lo concede, produce primero llanto, pero luego alegría. Es el mismo amor, el que nos hace dolernos por las ruinas, y el que nos hace alegrarnos por la reconstrucción. Es el mismo amor, el que primero deja el alma desolada, y luego deja el alma consolada. Y el que quiera llegar a la verdadera consolación, debe pasar por la verdadera desolación.

Así, con la discreción de los susurros del Espíritu Santo, fíjate cómo ya en el día mismo de la Natividad, se anuncia la desolación y la consolación de la Pascua.

En el día mismo en que vemos aparecer la humanidad de Cristo, entendemos que esa humanidad, como adelantándose a todos nosotros, tendrá que pasar por la máxima desolación, cuando a las puertas de Jerusalén, sea destruido su Cuerpo en la Cruz, para luego llegar a la máxima consolación, al descanso definitivo, cuando esa humanidad sea completamente restaurada.

Decía San Pablo: "Se siembra en vileza, y se cosecha en gloria" 1 Corintios 15,43. Lo que tú cosechas, no es lo mismo que sembraste. Por esto, la Carne de Cristo, que vemos y que adoramos en el misterio de Navidad, es Carne para la Pascua. Con esta celebración, tenemos ya preparado el Cordero.

Ya sabemos que de las praderas del Cielo, el Unigénito, el Único del Padre, Ése por quien todo fue hecho, está en medio de nosotros. Y esa Carne preparada durante el año de gracia que anunció también Isaías, al final será ofrecida en la Pascua para salvación de todos nosotros y para gloria del Padre.

Una noticia así no puede quedarse solamente para los que vieron destruida a Jerusalén. Es que esa Jerusalén destruida es una imagen de lo que ha pasado en el primer Santuario que tuvo Dios, que es el corazón humano.

Cuando Dios creó al hombre, lo hizo a imagen y semejanza suya. Quiso, pues, que el corazón humano fuera su Sagrario, su Templo; quiso habitar allí. Ese Templo, esa Ciudad Santa, que debería ser cada corazón, es el que está destruido.

Y por eso, el consuelo no es solamente para la Jerusalén de esta tierra; al fin y al cabo dice el evangelista: "Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron" San Juan 1,11.

El consuelo es para todo corazón que es como una Jerusalén destruida. Por esto termina diciendo Isaías: "El Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios" Isaías 52,10.

Esta es la labor hermosa del evangelizador: ayudar a que su oyente descubra su alma desolada. Un buen predicador, un buen evangelizador, tendría que lograr que cada oyente descubriera en su corazón la Jerusalén destruida, y que pudiera ver la llegada, el retorno de Dios.

Ese Dios que con blasfemias y con ingratitudes, con pecados, hemos arrojado de nosotros, ese Dios que tuvo que abandonarnos como la gloria de Dios abandonó el Templo según vio Ezequiel, ese Dios que estaba lejos, ahora retorna, se acerca.

Y nosotros, que somos los confines de la tierra, nosotros, que ni siquiera pertenecíamos al Pueblo de la Alianza, de pronto entendemos que nuestros anhelos, que eran nuestros vigías, ven llegar la gloria de Dios, ven llegar el amor de Dios.

Para nosotros, los antes paganos, para nosotros, los confines de la tierra, la sorpresa es doble, y de alguna manera, la gracia es doble. Porque para el pueblo de Israel era la alegría de la promesa que se cumple. Ellos sabían que existía un Dios, y para ellos la noticia es que ese Dios viene a reinar.

Pero para nosotros, la sorpresa es doble. Primero, porque no sabíamos que tuviéramos ese Dios, y ahora, no sólo sabemos eso, sino sabemos que ése es el Dios que reina, ése es el Dios que viene a reinar.

Sí, nosotros que somos los confines de la tierra, estamos viendo la victoria de nuestro Dios, estamos viendo las primicias de su Reinado, estamos descubriendo su estilo, su manera de gobernar, su soberanía y la majestad del Altísimo puesta sobre un Pesebre.

Pero es que antes de estar en ese Pesebre, es el vientre y el regazo de María el verdadero trono en donde podemos encontrar al verdadero Rey.

Junto con Ella, junto con su esposo San José, junto con los pastores y los Ángeles, junto con los campos y las estrellas, también nosotros nos rendimos ante Él, y le decimos: "Felices somos, porque eres tú Nuestro Dios, y porque Nuestro Dios es Nuestro Rey".