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Fecha: 19951225

Título: Todo el pecado se repara en la carne de Cristo

Original en audio: 12 min. 59 seg.


El nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo es al mismo tiempo restauración y nueva creación, ¿por qué es restauración? Nos ha dicho el profeta Isaías, que "las ruinas de Jerusalén pueden cantar a coro" Isaías 52,9.

¿Y por qué es nueva creación? Nos dice la Carta a los Hebreos que, “aquella palabra, aquella voz de Dios que antes se hacía oír por medio de los profetas, en estos últimos tiempos se nos ha dado a conocer por medio del Hijo” Carta a los Hebreos 1,1-2.

Y así, Jesucristo, es al mismo tiempo nuevo y antiguo, tiene toda la novedad de una construcción reciente, inédita, pero tiene también toda la antigüedad de las ruinas que son renovadas o que son restauradas.

La Carne de Cristo es nueva, porque en Él vuelven a empezar todas las cosas, pero la Carne de Cristo es antigua, porque es la misma Carne en la que el pecado reportó victoria en otro tiempo.

Y así, Cristo, es nuevo con la novedad de Dios, pero es antiguo con la antigüedad de la humanidad. Dios, que es eterno, por eso mismo es siempre nuevo; pero Dios, que es eterno, por eso mismo es siempre anterior a toda antigüedad, primero que toda historia.

Jesús viene a renovar todas las cosas y nuestras ruinas, como las de Jerusalén, pueden cantar a coro, porque precisamente, ahí donde nosotros nos equivocamos y ahí donde el pecado dejó heridas, ahí la Carne de Cristo producirá cicatrices, sanaciones, cánticos, será mejor decirlo con algunos ejemplos.

Nuestras manos, segura y lamentablemente, nos han servido para pecar, nuestras manos han quedado heridas, han quedado lastimadas por ese pecado, porque no fueron creadas por Dios para el pecado, sino para edificar, para construir, para levantar una obra que sea alabanza de su gloria.

Nuestras manos han quedado marcadas por el pecado, pues bien, manos como las nuestras, con la antigua carne nuestra, pero con una unción nueva, son las manos de Cristo, y así nuestras manos arruinadas, nuestras manos vueltas ruinas hasta el punto de tener que decir: “Mis manos me sirvieron sólo para pecar”; nuestras manos arruinadas se alegran en las manos de Cristo, porque la Carne de Cristo es carne como la nuestra, pero es también carne y sangre nueva, como la novedad del Espíritu.

Y así, las manos de Cristo no van a servir para arruinar, sino para reparar ruinas y en efecto, para eso le sirvieron a Él, para pasarse bendiciendo y sanando a los enfermos, a los afligidos, a los oprimidos.

Nosotros llevamos en nuestro rostro la cara de lo que hemos sido. Cuando uno no hace ningún esfuerzo especial para expresar alegría, ni tristeza, ni nada, cuando uno simplemente está como está con su cara, pues no es solamente la cara que Dios le dio, es la cara que usted se ha dado.

La cara no proviene solamente de lo que salió de las manos de Dios o de lo que salió del vientre de su madre. Cuando usted no hace ningún gesto, la cara proviene de todos los gestos que usted ha hecho durante su vida, esa es la cara que uno va tomando, y por eso hay personas que uno se las encuentra y uno dice: "-¿Perdone, por que llora?" "-No, yo no estoy llorando, esa es mi cara"

Hay personas que tienen cara de dolor de muela, hay personas que tienen cara de problema, uno se encuentra con una persona: “-Este señor tiene algún problema”, “-no, yo no tengo ningún problema en este momento”.

¿Por qué eso? porque los gestos que uno va haciendo los miles de gestos, las miles de combinaciones de gestos que uno puede hacer con los músculos de su cara, van distribuyendo las porciones de tejido muscular, de tejido adiposo, y así uno se va haciendo responsable de su cara, y por eso hay gente que tiene cara de sinvergüenza, así no haga trampa, tiene cara de sinvergüenza, tiene cara de tramposo, tiene cara de mentiroso, tiene cara de amargado.

Pero hay rostros que producen cierta paz, hay personas a las que uno puede mirar y como que la mirada descansa en esa cara, pues bien, si nosotros pensamos en el conjunto de la humanidad, tendremos que decir que el rostro mismo de la humanidad, lo mismo y peor de lo que antes decía de las manos, está arruinado.

Si uno en un computador sumara los rostros de las personas que se encuentra, un rostro que sea la suma de todos esos, yo creo que habría demasiada tristeza, demasiada mentira, demasiada desvergüenza, demasiado orgullo, en esa sumatoria de caras.

Afortunadamente para nosotros, no necesitamos un supercomputador, lo que venga después de los Pentium, para hacer esa suma de caras. Si tú quieres ver cuál es la cara que resulta como suma de toda la humanidad, yo puedo garantizarte que es una ruina, te lo puedo garantizar mirando la cara del Crucificado. ¿Qué es la cara de Cristo en la Cruz, sino la suma de todas las caras?

Por eso en las imágenes del Crucificado, en realidad no es necesario representar a la gente que estaba alrededor de Él, no es necesario pensar lo que estaba aquí alrededor de Cristo, es lo que está reflejado en los ojos de Cristo.

La carne del Crucificado no es sino el reflejo de lo que ha sucedido en el mundo, y por eso tiene que decir el profeta Isaías: “Le vimos un aspecto poco atrayente” Isaías 53,2, y también dice por ahí cerca que, "tan desfigurado estaba que ni siquiera parecía humano” Isaías 53,14.

Efectivamente, los rastros de humanidad han huido de nuestro rostro, porque el pecado es inhumano; cuando ese pecado cayó todo de una sobre Cristo, produjo la cruz, y como Cristo tiene una Carne absolutamente sensible, en ella quedó, de acuerdo a la Carta a los Hebreos, “la impronta del ser del Padre” Carta a los Hebreos 1,3; pero como es tan sensible y como Cristo jamás se defendió, ahí quedó también la impronta de la humanidad.

De manera que lo tenemos en Cristo Crucificado es el doble rostro de Dios y del pecado, y así podemos leer en un solo vistazo cuánto ama Dios y qué terrible es el pecado.

Pues se ve bien entonces en la carne, especialmente en la carne del Crucificado, que nuestras ruinas han sido levantadas en la obra de Dios, nuestra cara se ha llenado de tristeza, o de hipocresía, o de aburrimiento. Hay caras que dan tedio, el tedio de la vida.

Pues bien, nuestro rostro arruinado, encuentra descanso, alegría en el rostro de Cristo que es restauración de ese rostro original que Dios quería para nosotros; nuestro rostro arruinado puede ser y es reconstruido en Cristo, y por eso podrá decir después el Apóstol: "Nosotros mostramos en nuestro rostro descubierto, la gloria de Jesucristo" 2 Corintios 3,18.

Así pues, Dios, en Cristo, estaba reparando todas las cosas; así pues, Dios, en Cristo, puede darle descanso a los distintos fracasos y a la suma de los fracasos nuestros, pero también a la suma de nuestras alegrías y a la suma de nuestros éxitos. Todo lo humano, todo lo bueno que hay en la humanidad, todo eso encuentra eco en Cristo.

¿De cuánta generosidad es capaz un corazón? Que lo diga el corazón de Cristo, ¿de cuánta verdad es capaz un hombre? Que lo diga Cristo, ¿de cuánto amor puede estar llena una existencia? Que lo cante la vida de Jesucristo.

En este día que en que la Iglesia celebra solemnemente la Carne de Cristo, esa Carne nueva y antigua, en ese día comamos la Carne de Cristo, comulguemos a Cristo, alimentémonos de Jesucristo, así podemos entender lo que significa comulgar.

Lejos de todo ritualismo, comulgar es darle autoridad a la Carne de Cristo sobre nuestra carne ¿Qué opinas de esa pequeña definición? Comulgar es otorgarle poder.

Llenos de fe, por haber escuchado la Palabra de Dios, otorgarle poder, rendirnos ante la Carne glorificada de Jesucristo, para que esa Carne, entrando en nosotros, renueve todo en nosotros, de manera que nuestras manos sean como prolongación de las manos de Cristo, de manera que nuestro rostro sean como un reflejo de su gloria, de manera que nuestras palabras sean un eco de la Palabra increada.

Comulgar, especialmente en este día de Navidad, es saber que esa Carne es la única Carne eterna, porque la carne de las amarguras, de las lujurias, de las mentiras, de los engaños, de las borracheras, de los robos, esa carne está condenada a la destrucción y pronto apestará la corrupción que no termina.

Comulgar, especialmente en este día, es recibir la Carne inmortal, es recibir la Carne ungida con el amor que no acaba, es decirle sí al misterio de la encarnación y darle autoridad para que ese Verbo encarnado realice toda su obra en nosotros.

Bendito sea su Santo Nombre.

Amén.