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Fecha: 20090103

Título: El santo abandono y el verdadero desprendimiento son la senal del hambre del Espiritu

Original en audio: 34 min. 15 seg.


La palabra “manifestación”, o también, “revelación”, es muy importante en el evangelio según San Juan, porque Dios no nos empezó a amar cuando su Hijo nació sobre esta tierra, como estamos celebrando en este tiempo de Navidad.

El amor de Dios ya existía. El amor de Dios ya era una realidad, pero una realidad que no conocíamos. La Encarnación no es el comienzo del amor de Dios, sino el comienzo de la manifestación del amor de Dios.

Y sin embargo, esa manifestación casi equivale a un comienzo para nosotros, porque sólo cuando uno recibe la manifestación, sólo cuando uno recibe la revelación, ese amor como que se hace real en la propia vida.

Un ejemplo importante e interesante lo tenemos en la persona del Apóstol San Pablo cuando él dice, en la Carta a los Gálatas, que hubo un momento en que Dios se dignó revelar a su Hijo en él, en Pablo. Y en ese momento, cuando Jesús empezó a existir en la vida de Pablo, la vida de Pablo cambió completamente.

Por supuesto, esto hace que uno se pregunte cómo puede darse esa manifestación, o si hacemos la pregunta con la urgencia que da el amor, entonces, queda formulada así: ¿Cómo puede apresurarse la manifestación de Dios? Porque una vez que se manifiesta, una vez que se revela, la vida ya no vuelve a ser igual.

Pensemos en el caso de una monja de clausura que tuvo un proceso maravilloso de conversión, hablo de Santa Teresa de Jesús; por supuesto, Dios la amó desde siempre, pero hubo un momento en que ese amor se volvió manifiesto para ella. En ese momento, estaba ella cercana a sus cuarenta años de edad, Teresa empieza con resolución, con empeño, con generosidad un camino de oración, un camino sobre todo de amor.

Cuando el amor se manifestó en la vida de Teresa, entonces Teresa emprendió el camino del amor, y por supuesto, uno dice: “¡Qué hermoso sería que esa manifestación Teresa la hubiera tenido quizás unos cuantos años antes! ¡Qué hermoso sería que no tuviéramos que esperar tanto tiempo!" Por una razón muy real, San Agustín hablaba de esa tardanza en la respuesta, por eso escribe: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva”.

Él siente que ha amado tarde a Dios, porque descubre que Dios lo amó siempre, pero descubre que su propia respuesta demoró en aparecer, y ciertamente, la razón de esa demora estuvo en que el mismo Agustín estaba entretenido en otras cosas, así lo dice él mismo. Él dice: "Me retenían, lejos de ti, aquellas cosas, que si no estuvieran en ti, no existirían".

Agustín estaba entretenido, Agustín estaba enredado en las cosas, enredado en los placeres, en los temores, como decía San Juan de la Cruz, con su estilo poético característico: “A nosotros nos distraen las flores y las fieras”, es decir, los placeres y los temores. Los gustillos, que trae el mundo y las cobardías que se amontonan, se apilan en el alma.

A medida que esas cobardías van ganando fuerza en nosotros, entonces las fieras se van volviendo más grandes, y lo que al principio podía aparecer como un pequeño perrito, al cabo de un tiempo, pues ya es un temible león o un mastodonte, o un dinosaurio, y uno cada vez se siente más impedido.

Y todo esto nos devuelve a la pregunta original: ¿Cómo apresurar la manifestación de Dios? Pensemos el caso de un maestro de novicios o una maestra de novicias, realmente, todo el arte de la formación está en que el formando o la formanda reciba esa manifestación.

Es a través de la manifestación del amor Divino como aquella joven podrá empezar a obrar como por sí misma. No por ser aplaudida o por ser regañada, no simplemente porque lo diga una norma, o porque sea la palabra del Prior o del Maestro, empezará a obrar por sí misma porque siente que tiene un compromiso, tiene una alianza con Aquel que se le ha manifestado a ella o a él, según el caso.

Entonces, ¿qué nos dice La Escritura? ¿Qué nos dice, por ejemplo, el texto de hoy? El texto de hoy utiliza esa palabra, y la utiliza porque Juan Bautista da testimonio de Cristo y repite un par de veces, en el Evangelio que hemos escuchado: “Yo no lo conocía” San Juan 1,31. Él no conocía al Cordero, y sin embargo, tuvo ocasión, tuvo oportunidad de recibir la manifestación de Él.

Entonces, nosotros que queremos esa manifestación para nuestras propias vidas, para nuestras comunidades y para todo el mundo, nos preguntamos:¿cómo se dio esa manifestación.

Volvamos al texto que hemos leído, entonces. Dice aquí Juan Bautista: “Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel” San Juan 1,31. De repente, esta frase cobra un brillo especial, una significación especial.

Dice Juan: “Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que Él sea manifestado a Israel” [[Categoría:Juan 001_031|San Juan 1,31]. Y luego repite en la misma frase, por lo menos la misma premisa, aunque añade algo diferente. Dice: “Yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu, ése bautiza con el Espíritu” San Juan 1,33.

Es decir que Juan recibió la manifestación, Juan recibió la revelación a través del agua y del Espíritu. Por algo, nos dice Jesucristo, a través de Nicodemo, en el mismo evangelio de Juan, que: "Hay que nacer del agua y del Espíritu" San Juan 3,5.

Pero quizás en el caso del Bautista podemos aprender un poco más de qué quiere decir esa agua y qué mensaje trae esta paloma desde el cielo. Más o menos la escena que se describe aquí es: que Juan no sabe quién es el Cordero; sabe que el Cordero está cerca, sabe que el elegido, el que ha de bautizar con Espíritu está cerca, y para que aparezca ese Cordero, él empieza a bautizar, y en el proceso de bautizar se manifiesta el Hijo de Dios. En el proceso de bautizar aparece el Cordero. Pues entonces nos interesa ese Bautismo.

Si ese Bautismo tiene la fuerza suficiente para manifestar al Cordero, nos interesa mucho ese Bautismo. Del Bautismo de Juan nos habla el Nuevo Testamento en repetidas ocasiones. Se trata de un Bautismo a orillas del Jordán, se trata del Bautismo que renueva la alianza, se trata del Bautismo de arrepentimiento de los pecados.

Podríamos entonces intentar una traducción de este mensaje con las siguientes palabras: Allí donde se propaga el arrepentimiento, se manifiesta el Cordero. Allí donde los corazones se arrepienten, allí donde los corazones reconocen su necesidad, allí donde cada uno no niega el pecado que ha tenido en su propia vida, allí amanece la luz de Dios, allí despunta el Cordero.

Tal vez, este es el primer mensaje, la primera enseñanza concreta que podemos tomar el día de hoy. Si queremos que se manifieste Cristo propaguemos el arrepentimiento, la conversión, la penitencia. Porque allí donde se propaga el arrepentimiento, allí donde los corazones se abajan, se humillan, y admiten cada uno su propia culpa, allí amanece Dios. Allí aparece ese que fue llamado: “El sol que nace de lo alto” San Lucas 1,78.

¿Queremos que brille la luz de Dios en este monasterio? Hay que propagar sentimientos de conversión, de arrepentimiento. Y esto es bien interesante porque no es tan obvio, a veces uno cree que Cristo va a llegar por una palabra erudita, o que Cristo va a llegar por una práctica particular de devoción, o que Cristo va a llegar a través de esfuerzos más o menos aislados.

Y resulta que lo que hizo Juan fue lanzar una red de arrepentimiento, lanzar un mensaje de arrepentimiento a todos, y en medio de la humildad de todos esos corazones, apareció la maravillosa figura de Jesucristo.

Podemos decir que la soberbia es algo así como lo que es el ruido para los oídos,o lo que es el humo para los ojos, la soberbia,- y todos tenemos de ese pecado en una u otra forma, pienso yo-, la soberbia es como humo que nos hace ciegos, como ruido que no nos deja oír.

A medida que ese humo se aparta, porque llega el aire fresco y limpio de la sensatez y de la humildad, entonces se despeja el panorama, y entonces vemos dónde está Dios y qué quiere Dios; dónde está Cristo y cuánto nos ama Cristo.

En la algarabía, en la repetición, cada uno repitiendo sus propios planes, sus propias ideas, ahí no escuchamos la voz del Señor. Pero en la medida en que se propaga no solamente el silencio sino sobre todo el deseo de la escucha, en un momento dado, el susurro del Altísimo se deja escuchar en los labios de Cristo. Y entonces aparece, se manifiesta el Cordero de Dios. Y aquí entendemos por qué la resolución tiene que ser comunitaria. Esto no fue un esfuerzo aislado. Esto no fue Juan solamente matándose a fuerza de penitencia.

Si pensamos en lo que es el ruido en un grupo de personas, treinta, cincuenta personas, las que sean, que uno solo se calle no destruye el ruido. Es necesario que disminuyan todas las voces para que aparezca la única voz, para que brille esa voz, la voz que guía, la voz que muestra el camino. Esa voz que tiene que ser reconocida por cada uno de nosotros, según lo que dijo el mismo Cristo: “Mis ovejas conocen mi voz” San Juan 10,27.

Y lo mismo con lo del humo. Gracias a Dios casi en todas partes del mundo se prohíbe hoy fumar en recintos públicos. Cuando no había esa restricción, que por supuesto es tan saludable, pues sucedía que en una reunión social, cuatro, cinco, diez fumadores, bien pronto pueden llenar de su humo el salón. Cuando muchos están fumando, no basta que uno sólo apague su cigarrillo, seguirá habiendo demasiado humo todavía.

Pues entonces el mensaje que nos da la Escritura es que cada uno tiene que quitar el humo de su propia soberbia, cada uno tiene que dejar la algarabía de su propia voz y su propio reclamo, y un espíritu de acogida, y un espíritu de silencio, y un espíritu de amorosa escucha tiene que abrirse espacio para que entonces se manifieste este Cristo. Esa fue la obra de Juan Bautista. Al predicar el Bautismo del arrepentimiento, Juan despejó el ambiente, Juan trajo un aire nuevo, y en ese aire nuevo y en ese ambiente limpio se pudo ver la hermosa figura de Jesucristo, se pudo escuchar su preciosa voz.

Juan dice dos veces en el Evangelio: “Yo no lo conocía” San Juan 1,31, la segunda vez que lo dice se expresa así: “El que me envío a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu, ése ha de bautizar con Espíritu Santo” San Juan 1,33.

Es decir que Juan, que estaba bautizando, por eso lo llamamos Juan el bautizador, Juan el Bautista; Juan, que estaba bautizando, se da cuenta de los límites de su propio bautismo, se da cuenta que el arrepentimiento es, a lo sumo, la mitad de la historia. El arrepentimiento no lo es todo, el arrepentimiento es sólo la mitad. Que seamos humildes, que queramos escuchar, que reconozcamos nuestros pecados es bueno porque despeja, pero ese aire despejado sería un puro vacío, si no llegara la paloma del Espíritu.

Es decir, si nuestros corazones tienen que desocuparse, es para poder llenarse; si nuestros corazones, a través de la humildad, el arrepentimiento, la confesión de los pecados están abriendo un espacio, es para que ese espacio pronto sea llenado por el amor de Dios.

Y por eso, para encontrarse con el Cordero hay que recuperar el hambre de ese amor, hay que recuperar hambre del Espíritu, hay que tener conciencia de esa necesidad intransferible, inaplazable, hay que tener hambre del Espíritu de Dios. Un hambre que supone de algún modo quitar cualquier otra hambre. Que me ayude el Espíritu para poder explicar este punto. Tener hambre del Espíritu es tener conciencia que sólo Dios, sólo Él tiene realmente la solución.

Observemos que los judíos de aquella época, los judíos del siglo primero, estaban esperando lo que Cristo luego anunció, es decir, el reinado de Dios. Esperar, anhelar el reinado de Dios es algo muy parecido a esperar y a anhelar la venida del Espíritu Santo. Porque esperar el reinado de Dios es estar convencido que sólo cuando Dios sea honrado, obedecido, sólo cuando su gloria aparezca, sólo cuando su voluntad se cumpla, solamente ahí habrá bien para todos.

Buscar, anhelar, suplicar la llegada del Reino de Dios de alguna manera supone estar desencantado de los planes del mundo, estar desencantado de los propios planes. Tiene que haber una especie de sobrio rechazo, una especie de sensata desilusión del ser humano. Hay que pasar por la desilusión, hay que desilusionarse de planes humanos, incluyendo mis planes, tus planes.

Cuando uno tiene una gran idea, todavía no tiene el Reino de Dios; cuando uno tiene una gran idea, y se ha desilusionado de ella, está un poco más cerca del Reino de Dios. Sólo cuando se ve el límite del propio Bautismo, el límite de la propia propuesta... Juan tenía una propuesta, por algo era predicador, por algo era un profeta. Él tenía algo que proponer, pero tanto amó Dios a Juan Bautista, que iluminó la mente de este santo hombre, de modo que él pudiera conocer el límite de su propia propuesta.

"Sí, yo tengo una propuesta de Bautismo, pero el Bautismo de veras, es el que viene después". Es decir, Juan no estaba amarrado a su proyecto, no estaba amarrado a su propuesta. Él sabía que más allá de su mejor idea está la idea de Dios; más allá de mi mejor proyecto está el proyecto de Dios; más allá de lo más inteligente está la inteligencia de Dios; y más allá de todo lo que yo pueda imaginar como puro está la pureza, la diáfana pureza de Dios.

Por eso el anhelo del Espíritu Santo supone una sensata desilusión de planes humanos, incluyendo los planes propios. Es como una especie de escepticismo, pero no es el escepticismo amargo, sino es el escepticismo esperanzado del que sabe que lo que Dios propone, lo que Dios quiere es todavía mejor, es muchísimo mejor, es infinitamente mejor.

No es el escepticismo de decir: “No hay nada que hacer”, sino es el escepticismo de decir: “Algo haremos”, pero, lo nuestro será solamente cinco panes, y el secreto de multiplicarlos no es nuestro. El secreto de esos panes y el secreto de esos peces lo conoce únicamente el que habrá de venir".

Lo que nosotros hacemos es presentar nuestro Bautismo, es decir, nuestra propuesta, dentro de este contexto; nosotros presentamos nuestro Bautismo, nuestra propuesta, nuestra ofrenda, nuestro plan. Pero al mismo tiempo desconfiamos de ese plan y no nos amarramos a él, porque para aquel que ha conocido la omnipotencia divina, ver a Dios creando panes y ver a Dios multiplicando panes es muy parecido.

El Dios que los multiplica es el mismo Dios que los crea. Y si Dios es tan poderoso para crear, como es poderoso para multiplicar, ¿qué hago yo levantando mi pan y diciendo: "Este es el pan"? Pues, ese es mi pan, pero Dios puede hacer un millón iguales y mejores, y Dios puede prescindir de mi pan y puede prescindir de mí. Entonces el anhelo del Espíritu es una santa desconfianza de uno mismo.

El que tiene demasiada confianza en sí mismo defenderá su pan y va a decir: “Aquí está mi pan, encontré el pan”, Y Dios le va a decir: “Ese es tu pan, pero ese no es el pan que yo quiero dar”. Por eso en el Padrenuestro decimos: “Danos tú el pan, danos hoy nuestro pan”. Dios tiene que dar el pan, y que Dios utilice mi pan, no me lo tiene que agradecer Dios, se lo tengo que agradecer yo a él.

Soy yo quien tengo que decir: “Gracias Señor, porque algo usas de mi”. Yo creo que esto se parece mucho a lo que sentía la gente cuando invitaba a Cristo, por ejemplo, a que cenara en su casa. Más le debo agradecer a Cristo que venga a comer a mi casa, que Cristo agradecerme a mí que yo le dé una sopa o un pedazo de carne; más le debo yo, porque Él quiera utilizar lo mío, que Él me debe a mí por utilizar lo que yo soy y lo que yo tengo.

Cuando se llega a esa santa desconfianza, que es la gran lección del desierto, cuando se llega a ese punto, que fue el punto de la altísima santidad de Juan Bautista, cuando se llega a ese punto, se llega también a la total libertad.

A ver si aprendemos esta lección que nos da el Bautista: unos discípulos suyos, de Juan, le dijeron: “Oye, mira que el que tú bautizaste, ahora está bautizando” San Juan 3,26, aunque no era Cristo mismo quien bautizaba, sino sus discípulos. Y dijo Juan: “Pues nadie puede arrogarse lo que no le den" San Juan 3,27, "más bien que Él crezca y que yo disminuya” San Juan 3,30.

Donde se ve que Juan no estaba aferrado a su pan, Juan no reclamaba derechos de autor: “Yo tengo derechos de autor. El que empezó con los bautismos fui yo; me respetan mis bautismos, me hacen el favor”. Él no estaba aferrado a su Bautismo, él no estaba aferrado a su pan, él más bien sentía: "Que Dios haya querido utilizarme para hacer algún bien, pues eso se lo debo yo a Dios, no me lo debe Dios a mí. Y si Dios ha querido utilizarme para hacer algún bien, y si yo estoy agradecido porque me permitió ese bien, pues sólo Dios sabe por cuanto tiempo tengo que hacer yo ese bien".

Y por eso, la gran señal del hambre del Espíritu es el santo abandono y es el verdadero desprendimiento. Juan el Bautista empezó a predicar cuando Dios le dijo, y dejó de predicar cuando Dios se lo quitó. Y ahí sí que se cumple lo que dijo Job cuando tenía paciencia, porque también al santo Job se le acabó la paciencia.

Lo que dijo cuando tenía paciencia era: “Dios me lo dio, Dios me lo quitó” Job 2,10. Realmente, esa es la vida de un santo. La vida de un santo es esa: "Tengo que predicar cuando Dios quiera y tengo que callarme cuando Dios quiera; tengo que aparecer y brillar si Dios lo quiere, tengo que desaparecer y ocultarme si así Dios lo quiere; tengo que proponer y liderar cuando Dios lo quiere, y tengo que irme a un rincón y volverme paisaje cuando Dios lo quiera". Porque uno no quiere volverse paisaje.

La lección más hermosa de humildad, la aprendí de un niño norteamericano, un gringuito. Este niño estadounidense, estudiante de primaria, lo que sería primaria para nosotros, pertenecía, por supuesto, a su grupo, a su clase. Y entonces, tenían que elegir el equipo de rugby, me parece que era. Y por supuesto, en la preparación, o en la escogencia se buscaba a los mejores jugadores, que eran los que iban a salir allá, al campo y eran los que iban a ganar aplausos, y eran los que iban a quedar en las fotos, y eran los que iban a tener los ojos y la atención de todo el mundo.

Y este niño, cuando vuelve a casa, vuelve radiante, cuando ya paso el día de la elección de jugadores. El niño vuelve feliz; y el papá, que sabía lo que estaba sucediendo en el colegio, entonces lo que se imaginó es que su hijo había sido elegido para el equipo. Pero para sorpresa suya el niño le dice con una gran sonrisa: “Papá, me eligieron para hacer barra".

"No me eligieron para que yo brillara, me eligieron para que fuera paisaje. Me eligieron para que quedara atrás". Esa también es una elección, así también me ha elegido Dios. Esa también es su voluntad. El hambre del Espíritu está en este escepticismo esperanzado, en esta santa desconfianza de uno mismo, en ese abandono en el querer divino, que es estar aferrado sólo a que Él reine, sólo a que Él aparezca.

Juan el Bautista tenía esa característica. Juan el Bautista, como lo demostró y aparece en los Evangelios, no estaba aferrado a su pan diciéndole a Dios: “Usted tiene que consagrar este pan, ested tiene que multiplicar este pan”. Juan tenía esa clase de abandono y sus ojos fueron doblemente bendecidos: bendecidos por poder mirar al Cordero, y bendecidos por poder mirar la paloma del Espíritu.

Y aquí hay una doble revelación: El Espíritu que revela al Cordero, y el Cordero que revela al Espíritu, porque van juntos. Este es un hecho que no se puede olvidar. El Cordero sin el Espíritu no sabríamos quién es; el Espíritu sin el Cordero sería un fenómeno más de la naturaleza, una palomita que se le ocurrió volar sobre el Jordán.

Este es un misterio que podremos comentar, si Dios lo permite, en otra ocasión. El Espíritu revela al Cordero, y el Cordero revela al Espíritu. Pero lo cierto es que para esa doble revelación, doble revelación que bendijo lo ojos de Juan, es necesario tener ese santo abandono, ese escepticismo esperanzado, esa confianza radical en el querer divino.

De modo que si Dios nos elige para hacer barra, pues ahí estamos; y si Dios nos elige para salir a la cancha, ahí estamos; y si luego nos dice: “Ve, tú, sal de la cancha”, pues salgo de la cancha, y vuelvo a la vida opaca, quizás más serena, quizás más bella, sólo Dios lo sabe.

En resumen: para que se manifieste el Cordero necesitamos propagar un espíritu de humildad y de conversión; y para que se revele el Cordero necesitamos propagar una verdadera convicción, un verdadero amor al querer divino que implica santa desconfianza en nuestros propios planes, y que indica el anhelo quemante y perpetuo de su gloria entre nosotros.

Amén.