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Fecha: 19980103
Título: Conocer a Jesus es darse cuenta quien tiene el poder para quitar el pecado
Original en audio: 12 min.
Nos ofrece el evangelio de hoy el testimonio de Juan Bautista. Y hay que destacar dos frases de Juan: "Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que que sea manifestado a Israel" San Juan 1,31; y luego: "Ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo" San Juan 1,33.
"Yo no lo conocía" San Juan 1,31, alguien puede preguntar: "¿Cómo no lo iba a conocer si eran parientes?" Y parece que algún grado de cercanía debían tener, si María, la Madre de Jesús, se siente obligada por el amor a socorrer a Isabel, la madre de Juan Bautista, ¿entonces cómo dice que no lo conocía?
Sí conocía que Jesús era pariente suyo, pero conocer que ese Jesús llevaba la unción del Padre para quitar el pecado del mundo, eso era lo que no conocía.
Y esta es la misma situación en que se encontraban muchos de los parientes y de los compatriotas y paisanos de Jesús: sabían de Él, pero saber que ese Jesús tenía la unción del Padre y que Él tenía entonces el poder para quitar el pecado del mundo, eso era lo que no sabían.
Y esto nos dice que hay como dos maneras de conocer a Jesús. Indudablemente, para esos paisanos de Nazaret, Jesús era una persona irreprochable, era una persona recta, honrada, sincera, sencilla, quizá alegre; podrían decir muchas cosas buenas de Jesús, podían, incluso, decir que era como un ejemplo de judio, pero todavía eso no es conocer verdaderamente a jesús.
Conocer a jesús es lo que le sucedía a Juan, es darse cuenta, es ver que en Él no sólo están grandes y bellas virtudes, eso no es lo más importante de Jesús, las grandes y bellas virtudes, no es lo más imórtante. De hecho, Juan tenía virtudes muy grandes y muy bellas, Juan también era recto y era honrado, y maba a Dios, oraba y era justo.
El problema nos son las virtudes, el problema es quién es el que tiene unción, el poder, quién tiene poder para quitar el pecado.
Gente buena hay, gente buena existe pero el punto no es que sean buenos, sino que hagan buenos a los otros. El punto no es ser justo, sino poder justificar; no sólo ser sanos, sino poder sanar, y este es el poder, esta es la unción del Espíritu Santo.
"Yo no lo conocía" San Juan 1,31, y luego dice: "Pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel" San Juan 1,31. El agua del bautismo de Juan, hace que aparezca el Agua Viva, que es el Espiritu Santo, del bautismo de Cristo.
El Bautismo de Juan hace manifiesto al Espíritu de Jesucristo, ¿por qué? Porque el bautismo de Juan es aquel arrepentimiento del pecado, aquella conciencia humilde, sincera, creyente de que hemos roto la Alianza y de que sólo Dios puede rehacerla.
No se nos puede olvidar que Juan estaba bautizando en el Jordán, no era porque ahí vio un charquito o un pocito que le pareció como bueno. Juan no fue que se pusiera a paser por toda Palestina y de pronto vio un pocito y dijo: "Usted está aquí como bien; aquí empiezo a predicar", no.
Sabemos que cuando los israelitas entaron en la Tierra Prometida, cruzaron el Jordán, y Josué les dijo: "Este cielo y esta tierra y estas piedras son testigos de las palabras que habéis dicho. Ahora sí, ¡a cruzar el Jordán!". Ese Jordán que se cruza, es la aceptación de la Alianza.
De manera que si ahora Juan predica y bautiza en el jordán, con ese gesto, con esa geografía, le está diciendo al pueblo que la Alianza que nosotros hicimos aquí en estas aguas, no la hemos cumplido".
Untarse de las aguas del Jordán, lavarse en las aguas del jordán, era decirle al Señor Dios: "Me reconozco como transgresor de la Alianza", "reconozco que no he vivido la Alianza". No es lo mismo, entonces, mojarse de las aguas del Jordán, que mojarse de cualquier otra agua, para estos judios en este momento.
Mojarse en las aguas del Jordán, es presentarse ante Dios como un humilde, arrepentido transgresor de la Alianza. Me atrevería a ir más lejos: cuando Isrrael atraviesa el Jordán, el milagro, como nos lo describe la Escritura, es que ellos pasan secos, y esa agua no les moja.
En cambio, ahora en el bautismo, se trata precisamente de lo contrario, se trata de que esa agua me moje, se trata de que esa agua me lave.
El poder de Dios, en el milagro que se nos describe, detuvo las aguas, y de esa manera los israelitas no se ahogaron, como sí se habían ahogado los egipcios.
El que se bautiza, el que se sumerge en las aguas, el que se lava en las aguas del Jordán, está diciéndole al Señor: "Me va a apasar a mí como le pasó a los egpcios, estoy a punto de ahogarme, Señor. Los egipcios murieron en las aguas, yo estoy aquí sumergidio en estas aguas".
El bautismo de Juan, podemos suponer, era un bautismo como todos estos antiguos, de inmersión: "Me estoy ahogando, no he cumplido la Alianza, me estoy hundiendo en el cieno profundo y no puedo hacer pie; me estoy hundiendo, sólo tú puedes salvarme".
Cuando alguien dice eso, entonces se cumple lo que dijo Juan: "Yo salí a bautizar con agua" San Juan 1,31; es decir: "Yo salí a que el pueblo se diera cuenta que era un transgresor que había incumplido la Alianza, que había faltado a su palabra, que se está ahogando y que sólo puede rogarle a Dios".
Cuando una persona hace este itinerario, reconoce esa verdad, entonces se manifiesta la gracia de Jesucristo, porque en relidad, lo que hacía Juan era llevar al pueblo a un retirio espiritual, llevar al pueblo a un intenso retiro para que extendiera sus manos, para que abriera humildemente su corazón, para que rogara ese diluvio que no mata, y ese es el Espíritu santo.
Las aguas, como sabemos, en la Sagrada Escritura pero especialmente en el Antiguo Testamento, son señal al mismo tiempo de muerte y de vida. Muerte como en el diluvio, muerte como en aquel salmo que describe a los israelitas navegando por el mar, rodaban, se tambaleaban como ebrios y no les valía su pericia; señal de muerte, pero también señal de vida, porque sin ella no hay riego, la sed abrasa.
Pues bien, lo que se nos está diciendo es: "Señor, esta agua me está ahogando, me muero, Señor, dame un diluvio de vida,- ese es el Espíritu Santo-, un diluvio que ya no mata, un diluvio que ya no destruye, un diluvio que salva, una inundación de amor, una inundación de perdón, un desbordamiento de gracia, una Nueva Alianza".
Ahí, que tiene su comienzo, ahí donde la Alianza anterior se rompió, ahí donde se le faltó a la palabra con Dios, ahí Dios da una nueva palabra, Dios da un nuevo amor, Dios comunica su Espíritu para que haya esa Alianza, que en la Misa llamamos Nueva y Eterna.
Por eso este Cristo es el que bautiza con Espíritu Santo, ya no es el agua antigua, sino es el Espíritu de claridad, es el Espíritu que clarísima y manifiestamente muestra el amor de Dios, muestra el camino de una Alianza que ya no falla.