N3en002a
Fecha: 19970103
Título: Nuestra relacion con Cristo depende de la fe
Original en audio: 13 min. 52 seg.
El evangelio nos ofrece la continuación del testimonio de Juan sobre Jesús. Y de Jesús se dicen dos cosas en este día. Primera, que "Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" San Juan 1,29, esta expresión la ha tomado la liturgia eucarística de la Iglesia cuando se presenta la Hostia consagrada, minutos antes de ser comulgada.
A Cristo se le llama “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” San Juan 1,29. Y también se le llama hoy: “Este es el que bautiza con el Espíritu Santo” San Juan 1,33. “El Espíritu se ha posado sobre Él” San Juan 1,32. Y por eso, Él tiene potestad para bautizar con Espíritu Santo.
O sea que se nos a dicho que: “Este es el Cordero de Dios” San Juan 1,29, y se nos dice que: “Él quita el pecado del mundo” San Juan 1,29, y que: “Él bautiza con Espíritu Santo” San Juan 1,33.
Pensemos estas dos afirmaciones que no por casualidad están juntas. Él quita el pecado y Él bautiza con el Espíritu Santo. De pronto podemos juntarlas más y decir: “Él quita el pecado del mundo, bautizando con Espíritu Santo”. Porque el objetivo del bautismo es evidente, se trata de una limpieza.
Los Esenios en tiempo de Nuestro Salvador, tenían multitud de abluciones, de lavatorios con claro signo de purificación. El Antiguo Testamento también conoció abluciones, lavatorios que tenían esa misma significación.
De modo que no estamos forzando las palabras cuando decimos que la venida de Cristo a nuestra tierra tiene por lo menos entre sus objetivos ese: limpiar el pecado con el Espíritu.
El Espíritu Santo es como una limpieza interior. De modo tal que si Juan debía ofrecer agua que lavaba los cuerpos como señal de arrepentimiento, de deseo de pureza; Jesús ofrece una nueva Agua que lava los corazones, que limpia el interior de las personas, y esa nueva Agua es el don del Espíritu Santo.
De esta afirmación podernos sacar unas tres enseñanzas para nosotros. Primera, no es, entonces, que uno se limpie para acercarse a Jesús, no es así, es que Jesús es el que limpia. No es que uno diga: “Yo soy indigno de acercarme a ti, Jesús, entonces cuando yo me limpie, cuando yo sea limpio, cuando yo sea digno, me acerco a ti”.
No precisamente: "Porque no soy limpio, precisamente, porque no soy digno, por eso me acerco a ti, pero como además soy débil y no puedo ni acercarme, por eso te pido que tú te acerques a mí".
La limpieza no es una condición para acercarte a Cristo, la condición para acercarse a Cristo es creer que Él es el Cordero de Dios, creer que Él puede quitar el pecado del mundo, de mi vida, de mi familia. Él puede quitar las taras que acompañan a la Iglesia, una comunidad, Él puede levantarnos de esos cardos pesados, Él puede quitarlo.
De modo que esta es la segunda enseñanza: el acceso al don de Cristo está fundamentalmente en la fe, y de esa fe depende nuestra relación con Cristo, depende más de la fe que de cualquier calidad moral buena o mala que podamos tener. Y de aquí una tercera enseñanza, lo que debemos pedir fundamentalmente, entonces, para nosotros y para los otros, es la fe.
Yo he visto, con cierta claridad, con respecto a nosotros, los sacerdotes. Al interceder usted por un sacerdote, ruéguele a Dios, sobre todo, que despierte la lámpara de la fe, que arda esa fe en el corazón del sacerdote, porque de esa fe depende que él pueda ver a este Cristo, y al amor que Cristo le tiene y el amor que Cristo tiene a su pueblo, y etc., todo lo demás vendrá de ahí.
Y Cristo es el que limpia, Cristo es el limpiador, porque tiene esa Agua nueva que bautiza, y que se llama Espíritu Santo, y Él es el único que la tiene. Es locura pretender que uno puede quitarse sus pecados, es locura pretender eso, que uno puede limpiarse, que uno puede purificarse.
Eso es lo mismo que creer que uno puede salvarse y es lo mismo que afirmar que fue inútil la venida del Señor, sólo Él puede hacerlo, sólo de Él depende eso. Y lo que a nosotros nos corresponde, es fundamentalmente ejercer fe en eso, en nuestro Señor y Salvador Jesucristo puede hacer en nosotros.
Una última enseñanza, consecuencia de las anteriores, es que de acuerdo con el tamaño de esa fe, de alguna forma, está el tamaño de esa limpieza.
Yo quiero implorarle a Dios que, hoy, nos regale una fe profunda para no depender más de nuestro pasado, ¿qué pasa? ¿Por qué a veces andamos tan lento en la vida del Espíritu? ¿Por qué estamos tan pendientes de los defectos humanos? ¿Y por qué nos acostumbramos a explicar más el mal y no tanto a vencerlo?
No hay que darle tantas explicaciones al mal: “Es que los males de la Iglesia vienen desde tal fecha…”, “es que usted no sabe que en esta comunidad todo se dañó desde que fulanito hizo tal cosa, desde que fulanita la embarró en esto, y desde que zutanita se alió con menganita y después…”
¿Por qué eso? ¿Por qué le damos tanto el corazón a esas explicaciones? ¿Qué clase de gente somos nosotros buscándole más la explicación al mal, que su respuesta, que su sanación, que su salud?
Una fe más profunda, una fe más viva, hace más por la solución del mal que mil chismes, explicaciones, razones que se den.
Usted se acuerda, por ejemplo, del ciego aquel de nacimiento, mire la diferencia entre la actitud de los Apóstoles y la actitud de Jesús. Se presenta el ciego de nacimiento, pregunta de los Apóstoles: “Maestro, ¿quién pecó, para que este naciera así?” San Juan 9,2, de una vez a devolverse, cuál es el del problema, cuál es el de la culpa.
¡Y qué pregunta tan estéril esta, y con cuánta frecuencia la hacemos! "¿Quién pecó para que este hombre naciera así?" ” San Juan 9,2. Supongamos que la respuesta fuera: “Pecó el papá, porque el papá fue un desgraciado que no creía ni en la suela de sus zapatos”.
“Ah, bueno, entonces fue por la culpa del papá, y bien ciego que quedó el hombre” ¿De qué sirve eso? La actitud de Jesucristo es distinta: “Esto no es asunto de pecados, esto es para la gloria de Dios” San Juan 9,3.
Oiga, ¿qué tal aplicarle eso a la vida de uno? Porque todos arrastramos ciertas taras, por ejemplo, de familia, la bobera de la familia, hay cierta bobera ahí que se va pegando, hay familias que tienen tendencia al suicidio, familias que tienen tendencia al alcohol, a la mentira, a la embriaguez, a lo que sea.
Y a veces parece que nosotros repitiéramos la frase de los Apóstoles “Dime, Señor, en mi casa, ¿quién pecó para que yo naciera con este orgullo, esta prepotencia? ¿Yo por qué resulté energúmeno, no me aguanto ni yo solo?”.
Supongamos que a uno en una cierta visión, revelación o lo que sea, le dijeron: “Lo que sucede es que su abuelito, mejor dicho, el abuelito de su tatarabuelito era la mata, la mata de la soberbia, ese tipo sudaba orgullo, rezumaba prepotencia y de ahí viene usted”; ¿eso de qué sirve?
"No, es que en nuestra comunidad todo se dañó desde que....” ¿Para qué sirve eso? ¿Para qué sirve eso? Mientras uno está ocupado en esos razonamientos no cree, no aplica fe, no ejerce fe.
Cristo es el Cordero de Dios, es el único que quita el pecado del mundo, y lo quita con el don del Espíritu Santo. Y ese don se recibe, y obra, y opera en nosotros, cuando nosotros ejercemos fe en el ministerio bendito de nuestro Salvador.
Ese es Jesucristo, comulgar es creer eso, por algo la Iglesia, pocos segundos antes de la comunión, nos dice: “Este es el que quita el pecado del mundo” San Juan 1,29.
Este es, a eso vino, no vino a nada más; quitar el pecado del mundo y bautizar con Espíritu Santo, “no es sólo un hobbie de Cristo, un pasatiempo que Él tiene, Él tiene un pasatiempo, tenía por ahí un negocito y en su rato libre, de seis a ocho, quitaba pecados”.
Cristo no tuvo ningún pasatiempo que conste, no tuvo ningún hobbie, su oficio, su vida, su pasión, su todo, es realizar esa reconciliación que sólo se logra quitando el pecado y dando la gracia del Espíritu Santo.
A ese amor total de Cristo nos unimos en este día, en esta hora, en esta Misa, a ese amor total de Cristo. Y yo quisiera que hoy comulgáramos así, con esa fe: “Jesús, Señor, tú puedes hacerlo, tú quieres hacerlo, tú sabes hacerlo, tú puedes arrancar la iniquidad de nuestras vidas”.
Llamemos nuestro corazón hacia la fe, despertémonos a la fe viva en la acción de Jesucristo que bautiza con el Espíritu Santo...